31 Sorpresa de bienvenida
Dos días después.
Cada día en Price Construcciones era una despedida continua.
Cada conversación con los gerentes de proyecto y sus subalternos, cada correo electrónico frío y sin alma de su padre o de su hermana.
Todo era una prueba a su voluntad y también a sus sentimientos.
Los días pasaban, y la fecha marcada con rojo se sentía un sueño que se materializaba poco a poco, una fantasía imposible para un hombre que solo esperaba heredar la empresa familiar.
El destino era un gran maestro. Le arrebató parte de su vida para posicionarlo en un lugar mejor, en un sitio en donde ya se sentía reconocido.
—¿Tu amado?—Tanner preguntó mientras dejaba un par de informes en el escritorio de su jefe. Bau sonrió.
—Llega en una hora, iré al aeropuerto a esperarlo.
—Vaya.—Tanner le dio una mirada pícara.
—¿Qué?—Bautista contuvo la risa—Guárdate tus comentarios. Es una orden, Levinson.
—No iba a decir nada—agregó Tanner e hizo un gesto de silencio.
Bautista chasqueó la lengua y luego empezó a reír.
—Eres un promiscuo.
—¿Yo?—Tanner lo miró horrorizado—¡Si eres tú el que va a ir a revolcarse hasta no sentir las piernas!
—Shhhh.—Bau se levantó y le cubrió la boca—. Cállate.
—¿Qué? ¡Dilo fuerte y claro!—Tanner lo provocó—. Me follo en sesenta y nuevo al dueño de Cross Construcciones.
—¡Jesús!—Bau lo golpeó—¿Has perdido la cabeza? ¡Cómo se te ocurre decir algo así!
—Bueno, ya. Ni que ellos fueran vírgenes de todos modos—agregó Tanner con despreocupación—. Te traje el informe de Benson, creo que hubo un desfasaje en los materiales.
Bau negó.
—Lo revisaré ahora, me voy temprano hoy.
—Por supuesto—Tanner aclaró—, no es fácil preparar el culo para un bate de béisbol.
Bau abrió y cerró la boca.
—¿Por qué tuve que contarte?
—Tranquilo, amigo.—Tanner lo rodeó y puso sus manos en sus hombros, le dio pequeños masajes—. Noto algo de tensión aquí.
—Recuérdame el motivo por el cual sigues trabajando aquí.
—Mmmm.—Tanner fingió pensar—¿Soy tu único amigo?
—Lárgate de aquí antes de que te golpee.
—Como digas, jefe.
Tanner se esfumó de la oficina y Bau se quedó con un ataque de risa que le duró varios minutos.
Se retiró media hora antes del trabajo, ignoró todos los mails que ingresaron sobre la hora y se dirigió a su departamento.
Allí se dio una ducha, se depiló completo—como era su costumbre cada vez que se encontraba con Arjen—,y corrió hacia el aeropuerto con el corazón acelerado y su cuerpo que estaba al borde del infarto.
Cuando las puertas de la zona de embarque se abrieron, Arjen apareció con una pequeña maleta y un bolso de mano. Sus ojos verdes se iluminaron cuando vio a la pequeña figura entre la multitud.
Bautista levantó las manos, y corrió hacia él. Arjen dejó su equipaje y abrió los brazos para recibirlo.
—Niño bonito—susurró sobre sus labios antes de besarlo.
Bau puso las manos en su rostro y lo sostuvo adherido a su cuerpo.
—Te extrañé—Bau dijo y notó que la felicidad lo embargaba con toda su fuerza—, te extrañé tanto, amor.
«Amor».
Desconocía si era el momento, o si tenía derecho a decirlo, pero Arjen había dado el primer paso, ¿no era lo lógico corresponderle?
Arjen lo atrajo más cerca de él, ya no había distancia, ya no había prejuicios, no había dudas.
—Vamos, hace frío—dijo y le besó la sien.
Se movieron juntos rumbo a la camioneta de Bautista. El cielo estaba gris, una constante como las últimas semanas. Se sentaron en el vehículo y Arjen dio un suspiro.
—¿A tu hotel?—preguntó Bau quien ya ponía en marcha el motor.
—No—Arjen contuvo una sonrisa—, quiere que vayamos a otro sitio.
Bau frunció el ceño.
—¿Ahora? ¿Con tu equipaje?
—Sí—Arjen asintió—, yo te guiaré.
El muchacho puso primera marcha y se dejó guiar, a pesar de que tenía mil preguntas encima.
Condujo por la autopista, Arjen le contó lo hermoso que estaba Portland y cómo se le habían ocurrido algunas mejoras en el diseño. Bau respondió con entusiasmo, si había algo que llevaba toda su atención, era cuando encontraba un alma que valorara el diseño tanto como él.
El cúmulo de autos fue disminuyendo a medida que dejaban la ciudad y se refugiaban en las afueras. Bautista miraba de reojo a Arjen, pero este se mantenía tranquilo, con su vista en el paisaje exterior.
Llegaron a una zona similar a donde estaba la casa de su difunto abuelo. El estómago de Bautista se retorció al recordar la última conversación que ocurrió en ese lugar.
Dejó esos pensamientos lúgubres de lado. Arjen iba a su lado, y sin importar a dónde fueran, todo sería positivo.
La casa de campo se alzaba tranquila entre senderos cubiertos de hojas secas.
Era una reliquia inolvidable, de esas que dejan huella, como si el tiempo se detuviera alrededor de ella.
Su fachada de madera envejecida y ladrillo cálido se fundía con tonos ámbar, naranja y dorado de los árboles.
Era un sueño, el sueño de un atardecer junto al fuego.
Bautista se preguntó una vez más el motivo por el cual Arjen lo trajo aquí.
—Ingresa por aquí.—Arjen le señaló un sendero y el muchacho lo tomó.
Se detuvieron frente a la imponente estructura de madera y piedra. Lucía más hermosa de cerca.
—¿Qué hacemos aquí?—preguntó, pero Arjen solo le dio un beso en la sien de nuevo.
—Baja, quiero mostrarte algo.
Bautista fue con él, ambos descendieron del vehículo. Incluso el aire contaba una historia, el perfume húmedo y terroso típico de la estación, mezclado con el aroma distante de la leña quemándose en la chimenea.
Se detuvieron frente a las escaleras que daban a un porche. Allí había sillas de madera rústica, una mesa que combinaba en tonos oscuros, y en el techo una araña de metal sin muchas florituras, pero de gran belleza y simpleza.
Las ventanas reflejaban los últimos rayos dorados del sol de la tarde, y desde el interior se percibía un cálido resplandor que invitaba a quedarse.
Una hamaca colgaba entre dos robles a unos metros de ellos.
El sitio estaba rodeado de naturaleza, espacios verdes que requerían algunos arreglos, pero que en líneas generales estaban lindos.
Una mujer abrió la puerta y les dio una sonrisa.
—Señor Cross—dijo con amabilidad—. Pase, todo ha quedado como lo pidió.
Bau volteó hacia el hombre.
—¿Qué está pasando aquí?
—Tranquilo, niño bonito. La ansiedad genera arrugas tempranas.—Le tocó el entrecejo que Bau había fruncido sin querer.
Ingresaron al lugar, Bautista notó que seguía el mismo patrón en cuanto a diseño y decoración. Rústico, y simple, pero al mismo tiempo, sofisticado. Una mesa preparada con velas, y rosas en dos jarrones de cristal.
Bau dio pasos más hacia el interior, atravesó una enorme puerta de madera y se encontró con la sala donde estaba la chimenea encendida, frente a una alfombra en donde había dispuesto una mesa ratona de madera oscura junto a una botella de champagne, chocolates y nueces.
—¿Hay algo más que requiera?
La voz de la mujer se oyó lejana, el cerebro de Bau intentaba reunir piezas, pero resultaba imposible.
—No, gracias. Eso es todo. Yo me hago cargo a partir de ahora.—Fue Arjen quien respondió, porque Bau no podía emitir sonido.
La puerta de calle se cerró al cabo de un par de minutos y los hombres se quedaron allí, atrapados en el calor de la chimenea, y el aroma a incienso que venía de algún sitio, aunque Bau todavía no podía identificar el lugar exacto.
Las manos de Arjen se posaron en sus hombros.
—¿Te gusta?
—¿Qué es todo esto?—Se dio media vuelta, y Arjen lo estrechó de la cintura.
—Es mi casa.
—¿Tu casa?
—Sí, la compré hace tres días.
Bau abrió y cerró la boca.
—¿Compraste esto mientras hacías negocios en Portland?
—Sí—Arjen dijo con simpleza—, la preparé para ti, para mi regreso, aunque estoy empezando a dudar de mi decisión, Todavía no me has dicho si te agrada.
—¿De verdad me estás preguntando esto?—Bau se rio—. Es un sueño, Arjen. Me encanta. Han mantenido piezas de su construcción original, mira esa chimenea.
Arjen lo abrazó.
—Mi pequeño ingeniero curioso.
Bautista lo besó, se abrazaron con intensidad y se perdieron en el otro.
—Los chocolates son mi debilidad.
—También son la mía, un punto en común.—Arjen salpicó el cuello níveo con besos húmedos y posesivos.
Lo llevó de espaldas a la chimenea, y lo arrojó sobre el sofá. Se quitó el abrigo y se sentó a horcajadas sobre su amante.
Bautista lo estrechó de la cintura. La ropa empezó a desaparecer de sus cuerpos por arte de magia. Maniobraron en el sofá y terminaron sobre la alfombra. El calor del fuego hacía que sus cuerpos ardieran y el deseo se intensificara.
Estaban de rodillas frente a al otro, solo con su ropa interior. Bau asió el pene de su amante entre el boxer y este dio un gemido.
—Dijiste que me traías un regalo—musitó sobre los labios, entretanto sus manos seguían sobre el pene que ya estaba erecto—¿Qué es?
—Espera.—Arjen lo apartó y le dio una mirada de arriba a abajo que lo desnudó por completo—. Quítate el bóxer, ahora regreso.