28 Días tormentosos
Horas antes.
—¿Has perdido la cabeza?
Barbara observaba atónita, abría y cerraba la boca sin saber qué decir, su expresión era un cúmulo de emociones y todas negativas.
—No—Arjen replicó con tranquilidad—, creo que Bautista Price es el hombre para esta firma y para un puesto estratégico.
Bárbara le dio una sonrisa irónica.
—No me hagas reír—Caminó por la sala de reuniones de Cross Construcciones—, le das el manejo total solo por un par de diseños mediocres.
—Le estoy dando el poder que se merece con el potencial que nadie le reconoció hasta ahora.—Arjen no estaba dispuesto a ceder un milímetro. Bárbara presionó el puente de su nariz.
—Arjen, esto es un negocio de millones, no una excusa para tus ligues—agregó embravecida—. Quiero que ese mocoso demuestre lo que sabe antes de ponerlo en un pedestal.
Arjen frunció el ceño.
—¿Qué pasa, Barbie?—Remarcó el nombre porque odiaba que él la llamara de ese modo—. Fuiste tú quien se interesó por Price en primera instancia, de hecho, estabas muy convencida, ¿qué cambió?
La mujer entrecerró los ojos.
—¿Piensas que soy idiota? Sé lo que haces, manipulas y mueves a todos a tu favor. Sabes que la mayor parte de los miembros de esta empresa me responden a mí, entonces decidiste poner a una de tus putas en…
Arjen golpeó la mesa.
—Vuelves a llamarlo así y me vas a conocer.
La señaló con el dedo y la mujer sonrió.
—¿Pero miren lo que tenemos aquí? Nuestro querido Arjen defendiendo con uñas y dientes a uno de sus amantes.
—Lo que haga con mi vida privada es cosa mía—replicó—, así que, si vas a faltarme el respeto que sea a mí, no a una persona que no conoces y que solo se ha dedicado a trabajar desde los 16 años y conoce este mercado como nadie.
Bárbara se cruzó de brazos. Estaba cerca del ventanal que daba al Empire State.
—Recursos humanos debe tener una entrevista con él—Bárbara sacudió la cabeza, incrédula—¡Es que, por el amor de Dios, Arjen! ¡Ese puesto puede ser nuestra ruina!
—Hay decenas de puestos claves en esta empresa—Arjen argumentó—, si quieres que la gente de recursos humanos le otorgue el visto bueno, estoy de acuerdo, pero solo será una formalidad.
Bautista Price tiene las condiciones necesarias, y el hambre de triunfo que está empresa necesita en esta etapa.
Esto no es una guerra, Bárbara, aunque te empeñes en convertir a este lugar en una zona de conflicto permanente.
Bautista estacionó su camioneta frente al edificio donde vivía.
El sol se había ocultado hacía media hora y la noche se adueñaba de cada espacio, aunque las luces de la ciudad impidieran que se asentara con todo su poder.
Tenía los ojos hinchados, había llorado todo el camino de regreso, de hecho, se detuvo dos veces porque la tristeza era tal que le impedía pensar con claridad.
Uno sabe que los finales duelen, pero Bau jamás esperó que este lo entumeciera de esta forma.
La lluvia que lo había acompañado hacía unos momentos se detuvo, el frío, sin embargo, seguía ahí, estoico, listo para dar lucha. Bajó del vehículo y cruzó la calle, caminó con su cabeza gacha, enfocado en el suelo, sus manos en los bolsillos.
Pasó al lado de un hombre que estaba parado en la acera sin siquiera mirarlo, el aroma lo golpeó como un tren. Se detuvo en seco, dio media vuelta y descubrió la sorpresa de su vida.
Estaba allí, luciendo más bello y perfecto que nunca, con un abrigo marrón de paño y una bufanda color chocolate que hacía que su cabello luciera entre rubio y castaño.
El hombre estaba de frente, Bautista dio pasos hacia él, le dio una sonrisa cargada de infinita tristeza, el clima no ayudaba tampoco, todo era gris, incluso su estado de ánimo.
—¿Cómo sabes dónde vivo?
Arjen se encogió de hombros.
—Todo mago tiene sus trucos, y no los revela.
Bautista negó y fue hacia él, sus manos en los bolsillos, ansiosas y temerosas de su calidez.
—¿Cómo estás?—preguntó el hombre.
Las lágrimas empezaron a caer.
—Yo no…
—Lo sé, créeme que lo sé.—Abrió los brazos para recibirlo—. Ven aquí.
Tres pasos, tres simples pasos entre sentirse la peor persona del mundo y el ser más afortunado. Bautista se perdió en su calor, en su perfume, en todo lo que ese hombre le ofrecía sin reservas, apenas conociéndolo.
—Los perdí para siempre.
Arjen le acariciaba su cabeza.
—¿Puedes perder lo que nunca tuviste?—Bautista cerró los ojos y las lágrimas cayeron con más fuerza.
Sus manos se aferraron al abrigo de su amante quien besó lo alto de su cabeza—.
Puede que te parezca el fin del mundo, pero te juro que no lo es.
A uno le duele dejar a la gente que ama, pero si ellos no corresponden nuestros sentimientos, ¿qué queda?
Bautista se apartó y se limpió las lágrimas. Su nariz parecía un pompón rojo.
—Debes pensar que soy un niño patético.
Arjen le dio una media sonrisa de labios cerrados.
—Nunca, para mi eres un niño bonito siempre.
—Tonto.—Le dio un golpecito en el brazo—. Todavía no me dijiste cómo conseguiste mi dirección.
—Y no te lo diré—Arjen replicó—, ahora vamos a dar una vuelta.
—Hace frío—Bau continuaba limpiándose el rostro—, además soy un desastre.
—No, estás perfecto así.—Arjen se quitó su bufanda y la puso alrededor del cuello de Bautista—. Estás desabrigado.
El muchacho rio y asió sus manos mientras estas todavía estaban en la bufanda ¿Cómo carajo había llegado a esto?
«No te entusiasmes».
Bautista luchaba por frenar las ideas en donde ese hombre y él terminaban juntos. Esto era un sueño, ¿qué pasaría cuando despertara?
—¿A dónde vamos?
Arjen le acarició la mejilla.
—Yo solo soy el forastero, niño bonito, así que tú guíame.
—Hecho.
Bau lo tomó de la mano y caminaron juntos. El frío les acariciaba el rostro, pero ninguno le dio mayor importancia.
El otoño envolvía el Bryant Park con un manto de calma que contrastaba con el ritmo vertiginoso de Nueva York. Los árboles empezaban a desprender hojas que caían y formaban alfombras crujientes sobre los senderos. Arjen abrazó a Bautista por los hombros, y ambos se dedicaron a recorrer el lugar.
En el aire se percibía un suave aroma a tierra húmeda debido a la llovizna de la tarde y este se mezclaba con el olor a café recién hecho y el humo de los carritos de comida cercana.
Las luces de las farolas se reflejaban en los charcos pequeños a causa de la llovizna.
El lugar estaba concurrido, incluso con el frío, personas que se dirigían rumbo a sus hogares y se detenían un momento, parejas, familias, risas lejanas, y el murmullo de conversaciones que se entrelazaban y le daban calor al ambiente, incluso en el frío.
Bautista se detuvo frente a uno de los puestos de comida árabe. Arjen se paró junto a él.
—¿Qué sucede?
Dio un suspiro, desconocía si contarle o no.
—Es una tontería.
—Dime.
—Aquí tuve una de mis mejores citas con Joseph—confesó—, tenía 18 años y había cobrado mi primer sueldo en Price Construcciones. Dos años trabajando gratis y, después me pagaron un puñado de dólares, pero para mí fue un tesoro. Estaba tan feliz que lo traje aquí.
—Tu novio.—La voz de Arjen sonó sin ninguna connotación. Bau lo miró.
—Exnovio—replicó de inmediato—, lo siento, no debería estar contándote esto.
—Está bien.—Arjen lo tranquilizó—. Ese hombre fue importante para ti. Siempre lo será.
Bau se mordió el labio inferior, sin saber cómo actuar. Ellos no estaban en una relación, al menos no como la que tuvo con Joseph ¿Cómo definirían lo que tenían?¿Amigos con derechos? ¿Relación casual? ¿Compañero sexual? ¿Jefe con derechos? Su cabeza daba vueltas y vueltas a la idea.
—Lo fue—Bautista aclaró de inmediato—, es tiempo pasado, pero a veces, me encuentro pensando en él. —Arjen peinó su cabello—. Por cierto, ahora me odia.
—¿Y eso?
—Trabaja en Veritas, y piensa que nuestra participación con ustedes fue mi forma de vengarse.
Arjen puso los ojos en blanco.
—Es un imbécil.
—¡Lo es!—Bau exclamó y rio—. Nunca lo conocí de verdad.
—Uno nunca conoce de verdad a las personas, Bau. Esa es la primera lección que debes aprender.
—¿Entonces qué hacemos? ¿No confiamos en nadie?
Arjen se enfocó una vez más en el puesto de comida.
—Primero deben demostrarnos que son merecedores de esa confianza.
—La gente finge.
—Sí, por eso siempre hay que estar atento—advirtió.
Bau tragó saliva.
—¿Cuánto te lastimaron para que pienses así?
—Mucho—confesó con una sonrisa amarga—, y sigue doliendo, sin importar los años que pasen.
Bau se quedó con esa frase, se quedó pensando en el dolor que su amante, y ahora su flamante jefe, guardaba. Quería preguntar más, quería saber quién fue su primer amor, quién lo traicionó tanto como para vivir en el pasado.
Caminaron despacio, admiraron el paisaje, contemplaron a la gente, a la ciudad y sus luces. Era la ciudad en la que Bautista había crecido, pero nunca dejaba de sorprenderse de su belleza.
Regresaron a su departamento, sin prisas, conversando de cosas triviales, como si de verdad fuera una pareja, como si de verdad pudieran escribir una historia fuera de las cuatro paredes de una habitación de hotel.
Se detuvieron en la entrada del edificio.
—¿Quieres pasar?—preguntó con timidez.
Arjen lo asió del rostro y lo besó despacio, con dulzura, y le mostró que lo había juzgado de manera equivocada; este hombre también poseía una faceta tierna.
—Mañana tengo una reunión a las siete de la mañana—agregó y lo asió del mentón.
Le dio un pequeño beso en la nariz—, y tú debes lidiar con el resentimiento de tu familia, así que necesitas recuperar fuerzas.
—Bau asintió con una sonrisa. Iba a quitarse la bufanda, pero Arjen lo detuvo—.
No, quédatela. Piensa en mí cuando la tela toque tu piel.
Bau negó como si se tratara de algo absurdo.
—No necesito esto para recordarte. Vives en mi mente las veinticuatro horas del día.
Arjen dio un suspiro y lo besó de nuevo. Esta vez, el beso fue duro y posesivo. Bau adoraba la versatilidad de este hombre.
—¿Qué voy a hacer contigo, Bautista Price?
—Lo que quieras—dijo sin pensar en las consecuencias—, sé que es locura, pero es lo que siento.
Arjen le estampó un nuevo beso corto y lleno de promesas.
—Nos vemos, niño bonito. Cuídate.
—Tú también, viejo decrépito. Hablamos mañana.