27 Renuncia
—Viniste.—Salma abrazó a su hijo en el umbral de la puerta cuando salió a recibirlo.
—Dije que vendría.
Bautista abrazó a su madre, e ingresó a la casa que estaba tal como la recordaba.
La enorme chimenea de la sala estaba encendida.
La mesa estaba preparada con la vajilla antigua, la que los abuelos solo usaban para eventos especiales.
De seguro que jamás esperaron que en ese sitio en donde hubo tantas risas, terminara una familia.
Jacqueline se levantó de la mesa.
—¡Bau!—Lo abrazó y lo tomó de las manos, del mismo modo a como hacía cuando eran niños. Mucho había pasado desde aquellos años.
—Hola, hijo.
Bautista se acercó y saludó a su padre con un abrazo corto e incómodo para ambos. Se ubicaron en sus asientos, y su madre comenzó a servir la cena.
—Lamento llegar un poco tarde—dijo Bautista.
—No es propio de ti, así que te perdonamos.—Su madre le sonrió y le tocó el hombro.
El pollo con vegetales humeaba en los platos, crocante y cargado de especias, como a Bautista le gustaba. Estaba claro que esto no solo era una cena, era una ofrenda de paz.
La cena empezó con algunas conversaciones triviales.
Salma habló de un par de amigas del club de lectura, Jacqueline hizo referencia al mal gusto en la última colección de Prada, Berton habló del frente frío que congelaría la ciudad las semanas siguientes.
Bau contempló a su familia. Se asemejaban a piezas de una pintura que estaba descascarándose, vacía y sin vida.
Berton se limpió la comisura de los labios con la servilleta y se sirvió una copa de vino.
—Me gustaría que habláramos de la situación de la empresa.
Los ojos del hombre se enfocaron en Bautista.
—¿De qué situación?—preguntó en calma, aunque por dentro su cuerpo ebullía.
—Perdimos dos licitaciones por errores que tú podrías haber encontrado en un segundo—explicó.
—Lo habría hecho si hubieran estado puestas en mi horario de esta semana.
—Nunca te preocupó eso—replicó Salma.
—No, mamá—Bau aclaró—, pero he ajustado mi inversión en esta empresa de acuerdo a la inversión de ustedes en mí, así que me parece justo que se respete mi horario como el de cualquier otro gerente de área, porque eso es lo que soy.
—No eres cualquier gerente de área.—Jacqueline argumentó.
—¿No?—Bau la miró—. Tengo un sueldo menor al de la mayor parte de los cargos jerárquicos, no tengo participación accionaria en la empresa porque papá decidió que tú serás la heredera. Dime, ¿qué me diferencia del resto de las personas que forman parte de la compañía?
—Tu abuelo dio la vida por esta empresa—Berton esgrimió—. Te pidió que siempre estuvieras allí.
—Y lo estuve, papá—Su pulso estaba tranquilo mientras explicaba—. Me dediqué de lleno desde los 16 años a construir esta empresa junto a ti y al abuelo. No me queda nada por dar.
—Eso no es verdad.—Berton habló, y luego tragó saliva. Miró a Jacqueline y luego a Salma—. Escucha, Bau. Sé que quizás me precipité en mi decisión de dejar el puesto a tu hermana.
—¿Quizás?—Fue inevitable reír—. Papá le dejaste nuestro trabajo de años a alguien que jamás tomó en serio la actividad.
—¡Oye! ¡No te atrevas!
—Cierra la boca.—Bau dijo a su hermana, sus ojos en su padre—¿Qué pasa, papá? ¿Desde cuándo este brote de honestidad?
Berton golpeó la mesa y se levantó.
—Bien, ¿quieres que diga que me equivoqué? ¿Quieres que te pida disculpas por subestimar tu participación y tu manejo de la empresa? Pues bien, ya está. Discúlpame, soy humano y me equivoqué ¿Con eso te basta?
—No necesito tus disculpas, no cuando el daño ya está hecho.—Bau respondió con firmeza.
—Por eso nos reunimos aquí.—Salma habló, asió de la mano a su hijo—. Creo que ha llegado el momento de reivindicarnos, y rever los términos de participación.
Bautista arqueó una ceja, suspicaz.
—¿Cuáles son esos términos?
Berton dio un suspiro.
—Te ofrezco participación igualitaria en la dirección general junto a Jacqueline.
Habrá una clara división de funciones, tendrás el manejo total de los procedimientos y operaciones, mientras que la parte de clientes y administración responderá a tu hermana.
Incrementaremos tu sueldo en un cincuenta por ciento.
Bautista se hizo hacia atrás en la silla.
—Bau, esta empresa te necesita comprometido al cien por ciento.—Salma explicó.
El muchacho negó con la cabeza.
—No.
—¿No?—indagaron los tres con asombro.
—No—Bautista siguió—, no voy a recibir migajas, ya no.
—¿De qué migajas estás hablando? ¡Tendrás los mismos derechos que yo, imbécil!—Jacqueline exclamó.
—Ese era mi derecho desde el primer momento, ¿qué hicieron? Entregarte todo a ti.
—Dios mío, ¿de esto se trata todo esto? ¿Arruinarás la empresa por tu orgullo herido?
Bau le sonrió con tristeza a su padre.
—No, nunca se trató de orgullo sino de reconocimiento, algo que nunca me dieron.
—Te lo estamos dando ahora—agregó Salma.
—Después de ver que su preciosa hija es una inútil, después de ver que sin mí la empresa se cae a pedazos. No quieren darme reconocimiento, solo están desesperados.
—¿Entonces eso es todo? ¿Te desobligas del legado de tu abuelo? ¿De tu legado?
—Yo no tengo un legado, lo perdí en el momento en que mi abuelo murió.—Bau buscó en el bolsillo de su chaqueta el sobre y lo deslizó sobre la mesa.
—¿Qué es esto?
Berton lo tomó y empezó a abrirlo.
—Es mi renuncia a Price Construcciones, papá. Efectiva a partir de treinta días. Se terminó.
—Estás bromeando.—Jacqueline negó—. Eres un maldito desagradecido.
Bautista se puso de pie.
—Supongo que estás proyectándose, Jackie. Ten cuidado con eso.
—Esto es por Arjen Cross, ¿verdad?—preguntó su padre.
—El señor Cross me ofreció ser parte de su empresa y es una propuesta a la cual no voy a negarme.
—No puedo creer que nos estés abandonando.—Su madre tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Ustedes lo hicieron primero, yo solo decidí dejar de esperar en un sitio donde no soy bienvenido.—Bautista se abotonó la chaqueta—. Si me disculpan, debo irme.
—Si haces efectivo esto, olvídate de nosotros.—Berton sacudía la carta en su mano—. No serás bienvenido a este lugar nunca más.
Bautista había hecho el duelo por ese sitio, por la familia que creyó tener, por las cenas de navidad y año nuevo que ya nunca serían. Había pensado en todo eso, y, aun así, no dio marcha atrás.
—Haré todo lo posible para dejar cada procedimiento asentado y asegurar la mejor transición posible. No soy un irresponsable.
—No, solo eres alguien que, a la primera de cambio, se va.
—Sigues sin entender, Berton.—Era la primera vez que llamaba a su padre por su nombre—. Nos vemos en la oficina, disfruten el resto de la cena.
Y sin más explicaciones, y con las piernas temblando, Bautista Price caminó afuera de esa casa, afuera de la familia Price y de todo lo que conocía.
Se sentó en su camioneta, y apretó el volante con todas sus fuerzas. Solo allí, dejó que el llanto se apoderara de él.