26 Decisiones
—No quiero gritar, pero, Dios, quiera gritar ¡Estoy feliz!
Bau estaba cruzado de brazos mientras Tanner hacía un show con la noticia que acababa de darle.
—¿Puedes bajar la voz?—Bautista pidió, pero Tanner estaba a punto de subir al escritorio de la alegría.
—¿Es que te imaginas, Bau? Nosotros trabajando en Cross Investments, es decir, es lo máximo a lo que uno puede aspirar en este ámbito.—El muchacho rio, Tanner frunció el ceño—¿Por qué no estás eufórico?
Se rascó el entrecejo.
—Probablemente no volveré a hablar con mi familia después de esto. Soy consciente de que soy un idiota, pero no es fácil para mí.
Tanner rodeó el escritorio, y se apoyó en él, al lado de su jefe y amigo. La empresa era un solo murmullo, en los pasillos iban y venían compañeros, los cuales seguramente quedarían en el olvido.
—Eres una buena persona, Bau.
—¿Bueno o tarado?
Tanner lo pensó.
—Un poco de las dos, pero nunca has actuado desde la maldad, y eso es lo que cuenta.
Bau se enfocó en el techo, luego en las paredes con sus títulos y fotografías de sus proyectos.
—Voy a extrañar este lugar, pese a todo.
—Toda tu vida está aquí, Bau. Por supuesto que lo harás.
—¿Y tú?
Tanner se encogió de hombros.
—Tengo un talento natural para que la gente me considere un grano en el culo, así que no, lo más probable es que pueda empezar de cero sin remordimientos.
Bautista observó más allá de su oficina. Maia escribía en su computadora ajena al desastre que sobrevenía.
—También siento pena por ella.—La señaló con la cabeza—. Lo más probable es que mi padre y Jacqueline la despidan.
—¿Por qué no hablas con Arjen?
Bau dio un suspiro.
—El paquete solo nos incluye a ti y a mí. Dudo que Bárbara me permita más atribuciones que esa.
—No son atribuciones—Tanner esgrimió—. Maia es parte importante de este equipo. Es una secretaria excepcional.
El muchacho se cruzó de brazos.
—El equipo legal de Cross me enviará un boceto del contrato, veré qué puedo hacer.—Tanner le dio una mirada pícara—¿Qué?
—Supongo que la charla de tu nuevo puesto no ocurrió por teléfono, ¿me equivoco?
Bautista resopló, pero fue inevitable reír.
—Te gusta demasiado el chisme.
—Me declaro culpable—Tanner se señaló a sí mismo—, ahora responde la pregunta.
Su jefe se quedó en silencio unos segundos, Tanner no iba a marcharse de allí sin una respuesta.
—Me invitó a comer lasaña.
—Claro.
—¡Es verdad!—Bautista se defendió—. Fui a cenar con él, y hablamos del proyecto. Solo eso.—Tanner lo escrutó con detenimiento—¿Qué te pasa?
—Tu piel luminosa y radiante me dice que hubo más que una cena.
Bautista se cubrió el rostro.
—Eres insoportable.
—¡Vamos!
—No hubo sexo, si es lo que esperas que diga—aclaró Bautista, luego hizo una mueca dubitativa—, bueno, tal vez un poquito.
Tanner entrecerró los ojos.
—Define «un poquito».
El arrebol tiñó las mejillas de su jefe.
—Basta, tenemos trabajo que hacer y hoy debo irme temprano.
—No, hasta que me digas.
—Soy tu jefe, maldita sea.—Bau le arrojó su lapicera, pero por supuesto Tanner la esquivó.
—¡Ya sé!—Caminó de espaldas a la puerta—. Se la chupaste.
Bautista abrió y cerró la boca.
—No—replicó—, ahora fuera de aquí.
—¡Mentira!—Se burló—. De seguro él también te lo hizo a ti, o quizás…—Los ojos de Tanner se iluminaron—¡Ya sé! Fue un 69, ¿verdad?
—¡Largo!—Bautista gritó, pero sus mejillas se encendieron más de púrpura. Tanner se carcajeó.
—¡Lo sabía! ¡Soy tan bueno en esto!
—Más vale que salgas de esta oficina, porque de lo contrario nuestro trato termina ahora.
Tanner se movió con felicidad hacia la puerta. La abrió y antes de cerrarla se dio la vuelta.
—Jefe, ¿puedo decirte algo?
Bau entornó los ojos.
—¿Tengo opción?
Tanner se humedeció los labios, y esta vez su sonrisa fue cálida, no una mueca burlona.
—Te ves feliz.
Bautista se arregló el mechón de cabello rebelde.
—Lo estoy, y me aterra porque no conozco a Arjen Cross.
Tanner le restó peso.
—Si me preguntas, no puede ser peor que Joseph Dalton, al menos a este no le molesta mi color de piel.
—No, ¿verdad?—Bautista levantó la mano y Tanner cerró la puerta.
Se concentró de nuevo en la pantalla de su computadora. Su renuncia estaba a medio terminar, debía imprimirla porque lo acompañaría esta noche a la cena con sus padres y su hermana. Su cuerpo se estremeció de anticipación.
El momento había llegado y todavía era incapaz de creerlo.
***
«La casa de los abuelos».
Para Bautista siempre sería así. Le evocaba sus mejores años, le evocaba amor incondicional y sabiduría inmensa. Subió a su camioneta esa tarde y condujo al lugar donde se reuniría con sus padres y su hermana.
—Ellos me odiarán.
—Si no tomas esta decisión, el que terminará odiándose cada vez que se mire al espejo, serás tú.
Bautista se detuvo en uno de los tantos semáforos que debía atravesar para llegar al lugar y sonrió como un adolescente, quizás lo era, así es como se estaba comportando.
¿Cómo podía ser posible que en menos de una semana su vida hubiera dado un giro de ciento ochenta grados?
Un día, era un hombre tranquilo, de novio con su amor de toda la vida y con un futuro prometedor.
Al otro, era un tonto engañado, cuyos padres nunca lo valoraron.
Horas después, era una zorra hambrienta de sexo por un hombre catorce años mayor que él.
Un hombre que le había dado más confianza que su novio durante toda su relación.
¿Estaba enamorado de Arjen Cross? ¡Por supuesto que no! Uno no se enamora de la gente así de rápido, sin embargo, la conexión que ambos tenían, al menos la que él sentía, era profunda, como si hubiera surgido de otra época, no de una noche en donde el alcohol le jugó una mala pasada.
¿Podía describir siquiera la noche anterior? De solo recordarla le ardía todo el cuerpo. Tanner no tenía idea de todo lo que hizo, la manera en que su cuerpo se rendía a un hombre que estaba hecho para el placer.
«Lascivo».
¿Había otro término que describiera mejor a Arjen Cross? Hasta el momento, Bautista no lo había encontrado.
Avanzó por la carretera con su camioneta. Una fina escarcha comenzaba a cubrir las calles. El frío se adueñaba de cada espacio y con él, los cielos se tornaban grises.
La casa de campo se alzaba tranquila a las afueras de la ciudad.
Una construcción antigua rodeada de un bosque que en otoño se transformaba en una amalgama de tonos cálidos: rojos profundos, naranjas brillantes y dorados suaves.
Una sinfonía de color que Bautista nunca se cansaba de admirar.
Sus paredes de piedra y madera mostraban las marcas del tiempo, y el viento parecía susurrar recuerdos en cada rendija.
Poseía grandes ventanales donde la luz dorada inundaba las habitaciones en la mañana.
Fue allí donde Bautista Price pasó la mayor parte de su infancia, corriendo entre hojas secas que danzaban a su alrededor y escuchando el canto lejano de los pájaros.
El aroma a tierra húmeda y hojas caídas se mezclaba con el de la chimenea encendida, donde los inviernos comenzaban con la promesa de historias familiares que el abuelo interpretaba a la perfección y risas compartidas.
Condujo un poco más de una hora hasta llegar al lugar. Se detuvo en la puerta, con su corazón en un puño, con las palabras que buscaban salir a borbotones, con el dolor a cuestas, pero también la alegría de seguir adelante.
Cada rincón, desde el porche de madera hasta la antigua escalera que crujía bajo sus pies contaba su historia. La casa misma guardaba el eco de sus juegos, sus secretos y sus sueños.
Cuando descendió del vehículo respiró el aire frío y cerró los ojos.
—Abuelos—Los invocó como en ritual, como quien convoca a los guardianes cuando está a punto de rendir cuentas, como quien está a punto de dar un vuelco a su vida.
¿Volvería alguna vez a ese lugar?
La respuesta dolía demasiado, así que decidió no pensar en ella.
Esa casa había sido su refugio sagrado, un espacio donde el tiempo perdía sentido y Bautista podía sentir que el mundo entero pertenecía a sus pasos pequeños y curiosos.
«La vida se trata de no rendirse, querido mío. Nunca te rindas, aunque el mundo te diga lo contrario, aunque el mundo se empeñe en hacerte la vida imposible. Eres valioso, pequeño, siempre lo fuiste».
Bautista se enfocó en el cielo, ese que había mirado tantas veces acostado entre las hojas secas multicolores. Tocó la carta que llevaba en el bolsillo de su chaqueta y la apretó. La suerte estaba echada.