24 Conociéndote
Bautista tocó la puerta de la suite y Arjen abrió.
—Buenas noches, niño bonito.
Llevaba un pantalón de chándal, zapatillas informales y un sweater, toda su ropa era de color negro. Bau levantó la botella que traía.
—Para estar a la altura de la cena.—Arjen le sonrió y le hizo una seña para que pasara. Bau se detuvo a su lado, se puso de puntitas de pie, lo asió del rostro y le dio un beso en la mejilla—. Buenas noches para ti también.
Intentó seguir, pero Arjen lo asió de la cintura y lo atrajo hacia su cuerpo que estaba cálido y contrastaba con el frío que Bau traía del exterior. Estampó un beso en sus labios, uno, dos, tres, muy cortos e intensos.
Bau puso las manos en sus pectorales y fue imposible frenar las caricias sobre el sweater,
—Traerán la cena pronto—musitó cerca de sus labios y besó la comisura de su boca.
—Vida difícil la tuya.—Bau bromeó y se apartó para seguir al interior de la sala de la suite. Arjen sonrió. Observó la botella de vino.
—¿Chateau Haut Brion?
Bau se humedeció los labios.
—Reserva de 2001.
Arjen arqueó una ceja y cerró la puerta.
—Y yo que pensaba que eras un bebedor amateur.
—Lo soy—explicó—, ese vino era el regalo de cumpleaños de mi padre.
—Ups.—Arjen se cubrió la boca divertido—. Alguien sigue enojado.
—No, solo estoy terminado—replicó y le dio un guiño de ojo.
Arjen fue hacia el minibar ubicado cerca de uno de los ventanales.
—Por favor, ponte cómodo.
Bautista, esta vez, observó en detalle el interior del lugar. La combinación de elegancia y minimalismo, algunas antigüedades que se fusionaban con mobiliario moderno.
Arjen llenó las copas, y caminó hacia el sofá. Le echó un vistazo a su alrededor.
—¿Evaluando?
—No hay mucho que agregar—Bau agregó—, aunque si fuera yo, habría cambiado estas lámparas por unas modernas. Los caireles dan sofisticación, pero, a veces, les quitan calidez a los ambientes.
—Es el Ritz, ¿crees que la gente viene aquí por calidez?
—No, viene por poder y ostentación—replicó seguro—, pero puedes tener eso, y no dejar el lugar sin alma.
Arjen le entregó la copa y se sentó a su lado. Sus rodillas se tocaron, al igual que sus hombros. Bau controló sus latidos. Era casi un sueño tener a ese hombre atento a él. Arjen le arregló un mechón de pelo que caía sobre su ojo derecho.
—¿Te has cambiado de perfume?
Bau tocó su cuello y sonrió.
—De hecho, lo olvidé, solo es el aroma del jabón.—Arjen acercó su nariz al cuello de Bau y este se alejó—. Me haces cosquillas.
—¿Demasiado íntimo para ti?—preguntó Arjen.
—Apenas nos conocemos, ¿no lo es para ti también?—Bau preguntó inseguro.
—Buen punto—señaló Arjen y bebió de su copa. Bau lo contempló de perfil, sus ojos vagaron por los músculos de sus brazos.
El timbre sonó en ese instante.
—Justo a tiempo—señaló—, nuestra comida ya está aquí.
Arjen se puso de pie y Bau de inmediato sintió el vacío a su lado.
«Eres un idiota».
Se había estado quejando de la falta de romanticismo y cuando su amante se acercaba, él le lanzaba agua fría.
Arjen fue hacia la puerta y un par de camareros ingresaron con el menú de esa noche.
—Ven aquí.—Arjen ordenó a Bau quien lo acompañó a la mesa, donde colocaron la vajilla y sirvieron los platos.
Uno de los hombres retiró la bandeja y se marchó, mientras el otro quedó de pie cerca de ellos para abastecerlos con el vino y el agua.
—Es exquisita, debes probarla.—Arjen le dijo a Bau quien asió el tenedor y cortó una porción.
Si era sincero, las pastas no eran su punto fuerte, pero este platillo sabía a cielo. Gimió cuando probó el primer bocado. Arjen le dio una sonrisa de labios cerrados.
—Te lo dije—corroboró Arjen mientras probaba un trozo también.
El camarero se acercó y les sirvió agua.
Bau observó al hombre a su lado que cortó un nuevo trozo de lasaña, luego se enfocó en el entorno, en todo aquello que parecía salido de una fantasía.
—¿Cómo te acostumbras?
—¿A qué?—Arjen indagó.
—A vivir como un faraón.
Una risa suelta, sin compromiso, salió de Arjen. A Bau le encantó.
—Me han dicho muchas cosas, pero nunca faraón.
—Solo espero que no seas de los que sueña que los entierren con todas sus riquezas y esclavos incluidos.
Arjen se humedeció los labios.
—No, eso queda para la gente que solo vive para cuidar el dinero, a mí me gusta disfrutarlo también en vida.
—Muchos dirían que ese es el camino a la ruina.
—Bautista, te haré una pregunta y quiero que seas muy sincero.
Bau asintió.
—Siempre lo soy.
—Perfecto—Arjen hizo una pausa, dejó los cubiertos y apoyó sus antebrazos en la mesa—. Si tuvieras que elegir entre convertirte en CEO de una multinacional o el cariño y respeto de tu familia, ¿qué elegirías?
—Esa es fácil, y creo que sabes mi respuesta.
—Exacto—Arjen agregó—, porque hay cosas que no son cuantificables.
El amor no lo es, y puedes tener millones de dólares en el banco y nadie que te quiera, puedes ser el dueño del mundo y, aun así, sentirte solo.
Un faraón es un hombre que aspira a ser Dios y, con ello, se aleja de todos, a mí no me interesa esa forma de vivir.
Me parece una burla, y una falta de respuesta a quién nos creó.
—La mayoría de la gente de tu clase estaría en contra de ese pensamiento.
—La gente de mi clase.—Arjen contuvo una risita.
—¿Qué? No finjas que todos somos iguales.
—No pretendo hacerlo, pero no creí que tú fueras de los que ponen etiquetas.
—Yo no hago eso.
—¿No?—Arjen lo provocó—. Lo has hecho desde que empezamos esta conversación.
Bau se humedeció los labios.
—Todo el mundo lleva etiquetas encima.
Arjen asintió.
—¿A ti te gustan las que tú llevas?
—Enano, fiel, útil, responsable.—Enumeró cada una de ellas—. Las odio.
—Pues yo también detesto que me llamen ricachón engreído.
—No dije eso.
—Me comparaste con un faraón, el rótulo estaba implícito.—Bau quedó en silencio, su vista sobre el plato—. Come, va a enfriarse.
—Eres mandón.
Arjen rio.
—Lo sé, y esa es una etiqueta que me gusta.
Bautista empezó a reír también. Cortó un trozo más de lasaña y bebió del vino. El celular de Arjen que estaba en su bolsillo sonó, el hombre lo sacó, observó el nombre y lo silenció.
Bau masticaba despacio, el celular continuaba encendiéndose. Se mordió el labio inferior y la curiosidad le ganó.
—¿No vas a responder? Tal vez sea una emergencia.
—No lo creo—replicó, e hizo una seña para que el camarero le sirviera más vino—, sería la última persona que mi hermana llamaría si algo malo le estuviera pasando.
El teléfono se asemejaba a un árbol de navidad. Las llamadas no paraban.
—Hey—Arjen le chasqueó los dedos frente a Bautista quien estaba hipnotizado con el celular—, yo estoy aquí.
—Lo siento, es solo que—suspiró—, si mi hermana me llamara con esa insistencia sería incapaz de negarme.
—Tu hermana no te odia como la mía, es diferente—replicó.
El sonido de los cubiertos y los platos fue lo único que rompió el silencio por varios minutos. Bau abría y cerraba la boca, sin saber cómo empezar el tema.
—¿Puedo preguntar algo?
Arjen bebió un nuevo trago de vino.
—Llevas minuto tras minuto intentándolo, así que adelante.
—Es que no quiero sonar entremetido.
Ambos dejaron los cubiertos.
—No lo eres, y descuida. Si no deseo responder, te lo diré.
Bau juntó las manos en su regazo.
—¿Por qué dices que tu hermana te odia?
Arjen bebió un trago de agua y asintió.
—Me culpa de la muerte de su amante y de papá.
Los ojos de Bautista se abrieron con sorpresa.
—¿Por qué?
Arjen dio un suspiro.
—Bárbara estaba enamorada del socio de papá, Peter Wallace. Siempre lo estuvo. Ellos empezaron una relación cuando mi hermana tenía 17 años.
—Dios mío.
—Papá no se enteró hasta muchos años después. Días antes del accidente que Barbie y Peter sufrieron donde él perdió la vida y ella quedó herida de gravedad.
—¿Tú sabías de la relación?
—Por supuesto—Arjen aclaró—, ella me lo contó cuando solo era una niña. Peter fue su primero en todos los sentidos, pero debía callarlo, papá la tenía en un pedestal, mientras que a mí…
—¿Qué?—A Bau se le arrugó el corazón al notar el temblor en la mano derecha de Arjen.
—Me aborrecía.
—¿Por tu hermana?
—No—Arjen rio—, porque era un maldito machista y yo era maricón.
—Dios mío.
Arjen bebió un nuevo trago.
—Me encontró con uno de mis noviecitos cuando tenía quince años en mi cuarto—recordó—, desde ese momento volvió mi vida un infierno. Sus sueños de un heredero de su hijo varón se esfumaron, y este imbécil solo deseaba eso.
—Pero Barbara también era su hija.
—Sí, pero era mujer—Arjen apretó la mandíbula—, y para la mente de alcornoque de mi progenitor eso no valía.
Bau extendió su mano derecha y tomó la de Arjen. El hombre observó la diferencia de tamaño, la delicadeza de los dedos finos, casi femeninos.
—¿Cómo supo tu padre del romance de Bárbara con su socio?
—No lo sé—Arjen negó—, pero lo mantuvo en silencio hasta el accidente.
—Sigo sin entender el odio de tu hermana.
Arjen tragó saliva.
—Mi padre se suicidó días después del accidente que casi mata a mi hermana.
Ella piensa que, de algún modo, yo lo manipulé para que terminara de esa forma.
A eso debes sumarle que Norma, una de las asistentes de mi padre y de Peter Wallace, le aseguró que yo estaba detrás de su accidente.
Lo escuchó cuando yo discutía con papá. Todo era una burda mentira, pero mi hermana lo creyó.
Prefirió prestar oídos a una desconocida que escuchar a su propio hermano.
La mano de Arjen se apretó junto a la de Bautista.
—¿ Y tu madre?
Arjen, quitó su mano para llevarla a la mejilla de Bau, lo acarició despacio. Sus dedos yendo y viniendo por la piel suave.
—Mamá era un sol, pero se fue demasiado temprano. A veces—Arjen se aclaró la garganta—, cuando mi padre quería lastimarme me decía que yo era igual a ella. Era un imbécil si pensaba que eso me hería. Parecerme a mi mamá fue quizás lo poco bueno que hice en esta vida.
—No digas eso.
—Es la verdad—Arjen lo interrumpió—, no tengo a nadie, Bau. Si mañana muero, a nadie le importará. Tampoco si desaparezco.
Bautista sacudió la cabeza.
—Es mentira—dijo seguro—, a mí me interesas mucho.
Arjen le dio un pequeño toque en la nariz respingada.
—No me conoces, tontito.
—Lo que conozco me encanta—confesó—, y agradezco que hayas confiado en mí y me cuentes parte de tu vida.
El hombre lo contempló.
—Es tan fácil confiar en ti—arregló su cabello—, y debo reconocer que eso me pone nervioso.
Bau se señaló a sí mismo incrédulo.
—¿Yo te pongo nervioso?
—Sí, no hay nada más peligroso que un rostro adorable y un corazón cálido. Esa es la perdición de cualquier mortal.
Bautista no encontró palabras para responder. Arjen solo tomó de nuevo los cubiertos y siguió comiendo. El muchacho percibió que el rubor se instaló en sus mejillas como siempre, pero esta vez, no tuvo miedo de mostrarlo.