22 Mide tu vida en instantes de felicidad
—Gracias por apoyar mi visión.
—No me agradezcas, lo hice porque se nota a leguas que sabes lo que haces.
—¿No te parece incómodo esto?
—¿Qué? ¿Haber follado y ahora trabajar juntos? Bueno, no seríamos los primeros, ¿verdad?
—No, pero, aun así, es poco profesional.
—Sería poco profesional si hubiera apoyado tu propuesta solo porque tienes un culito increíble, pero no, lo hice porque tu cerebro es aún más apetecible que tu culo.
—Dios, no hables así.
—¿Así cómo? Bautista, hay algo que debes tener en cuenta para trabajar conmigo. En primer lugar, soy muy honesto. No me guardo nada. Si algo no me gusta lo digo sin rodeos. Segundo, no paro hasta conseguir lo que quiero, y creo que hoy te lo he demostrado.
—Escucha, a mí no me interesas fuera de lo laboral. Creo que si hablamos de honestidad debo empezar primero.
—Eres un mal mentiroso, Price, pero porque eres muy joven todavía, te lo dejaré pasar. Aquí tienes.
—¿Qué es?
—Mi tarjeta de presentación. Es mi número, estaremos en contacto, así que es bueno que lo tengas.
—No soy el CEO.
—Definitivamente la inteligencia no la sacaste de tu padre, pero bueno tu hermana es una decisión interesante.
—No voy a hablar de mis superiores.
—Nadie en esta empresa es superior a ti, y si te doy esta tarjeta es porque considero que tu ciclo aquí ha terminado. Este lugar no es nada sin ti, y tú mereces crecer y que te traten como mereces.
—¿En Cross voy a obtener eso?
—Te doy mi palabra, te sentirás cómodo y querido desde el minuto cero.
—¿Sabes lo que me duele de todo esto? Es que, me vaya como me vaya, ellos van a acusarme de traidor.
—¿Y eso en qué te afecta?
—Son mi familia.
—Lo sé, y la familia, a veces, es complicada, sin embargo, no puedes depender de gente que a la primera de cambio te da la espalda. Esa gente no es familia, solo son parásitos.
—¿Cómo puedes?
—¿Qué?
—Ser tan frío al momento de tomar decisiones.
—La vida, Bau. La vida te rompe en mil partes, y si lo permites, lo seguirá haciendo, hasta que encuentres la fuerza para levantarte.
—Es extraño. Jamás esperé verte de nuevo después de esa noche y resulta que ahora estás aquí.
—El destino nos hace sus jugarretas, a veces, sin embargo ¿tanto te molesta?
—Ese es el problema, me encanta.
—Entonces estamos en la misma línea.
Bautista entró en su oficina y cerró la puerta. Se afirmó en ella y por fin pudo respirar. Observó la tarjeta en sus manos, era de color negro con letras doradas en relieve. El aroma todavía estaba en ella.
Se apartó y dio pasos hacia su escritorio. Acarició la superficie, y negó. La puerta se abrió de repente y Berton ingresó sin preguntar.
—¿Qué carajo te pasa?
—¿Perdón?—Bau indagó sin entender.
—Ese imbécil nos deja pintados al óleo frente a tus narices y a ti no se te movió un pelo.
Bau resopló.
—Acabamos de ganar un nuevo cliente, papá. El más grande de la historia de esta empresa, ¿por qué simplemente no puedes estar feliz?
Berton se quedó inmóvil, la furia seguía en sus ojos, pero la razón, de a poco, empezaba a aterrizar en su cabeza una vez más.
—¿Estás con esta empresa, Bautista? Porque te necesitamos con nosotros, no coqueteando con Arjen Cross.
Bau le sonrió con tristeza.
—He estado con esta empresa toda mi vida, y a ti no te interesó ¿Por qué debería comprometer más mi salud mental por un lugar donde no me valoran?
—Berton abrió la boca para responder, pero su hijo levantó la mano—.
Suficiente, no tengo tiempo, ni ganas de seguir escuchándote.
Si no tienes nada importante que decir, ve a hacer berrinche a otro lado, yo debo trabajar.
—¿Cómo te atreves? Mocoso de…
—Una palabra más y te boto la empresa en este instante—El desafío se plasmó en cada gesto del muchacho. Su padre entrecerró los ojos.
—No te atreverías.
—Pruébame—replicó Bau sin miedo.
El hombre se mantuvo inmóvil, inseguro de avanzar en esa afrenta o replegarse. Dio un suspiro profundo y dio media vuelta.
—Espero recapacites, hijo—asestó al final—. Tu abuelo no estaría orgulloso de este comportamiento.
—Mi abuelo habría valorado mi esfuerzo de décadas, así que, lamento informarte que tampoco estaría orgulloso de ti.
La verdad cayó como un yunque en medio de ambos. Berton salió de la oficina con paso firme. Bau se lanzó sobre su sillón y apoyó su cabeza en el respaldo. Necesitaba un minuto de paz, uno pequeñito, aunque fuera.
***
—Te mereces esto.
Tanner dejó sobre la mesa una taza de café y una rosquilla.
—Gracias, amigo—respondió con alivio y le dio un mordisco a la rosquilla.
—Seller nos llamó hace unos minutos—agregó Tanner—, el envío de materiales está previsto para el viernes.
—Perfecto—dijo y agregó en su planilla de actividades, esa que tenía mil columnas y contando. Tanner se cruzó de brazos y esperó—¿Algo más?
Tanner le dio una sonrisa pícara.
—Alguien está muy feliz.
Bau empezó a reír.
—No podías dejarla pasar, ¿verdad?
—¿Bromeas? Todo el mundo está hablando de esto.
—¿A qué te refieres?
—Tu padre habló tan fuerte que todo el piso se enteró. La gente cree que vas a irte.
Bau dio un suspiro.
—Voy a irme—replicó—, pero no ya.
—¿Quieres hacerlos sufrir un poco más?
—Quiero que sientan lo que sucede en mi ausencia, solo eso.
—A Cross no le interesa tener tratos con la empresa, solo contigo.
Bau dejó de teclear porque necesitaba poner toda la atención en esta conversación.
—Cross no es el primero que me ofrece abandonar este barco.
—No, pero es el primero que de verdad te interesa.
El muchacho se humedeció los labios.
—Cross es el sueño de cualquier ingeniero. Personal, dinero, infraestructura.
Tanner frunció el ceño y después hizo una mueca.
—¿Seguimos hablando de negocios?
—Eres un idiota.—Bau asió su bolígrafo y se lo arrojó. Tanner se agachó y lo esquivó.
—Solo espero que me pongas en tu paquete de condiciones para llegar a su empresa.
—¿De verdad piensas que te dejaría afuera?
—Nunca—replicó—, confío en ti.
Bau se detuvo en el ventanal que daba al Empire State.
—¿Recuerdas la primera licitación que ganamos?
—Esa para la que trabajamos cinco días sin descanso ¿Quién la olvidaría?
—Las ojeras y la acidez estomacal me llegaban a los tobillos.
—Estuvimos a base de café y rosquillas por tanto tiempo que después nos daba nauseas de solo verlas.
Los hombres se carcajearon.
—Por suerte lo superé, me encantan las rosquillas. Son mi dosis diaria de carbohidratos y azúcar. Mantienen mi presión sanguínea en un nivel normal, de lo contrario me desmayaría.
Rieron y luego se quedaron en un silencio cómodo, el tipo de comodidad que trae la amistad sincera.
—Hay demasiados recuerdos aquí.—Bau acarició el portarretrato cerca de su computadora. En ella aparecía junto a sus padres y Jacqueline.
—¿Sabes? Cuando me quedé solo con Gina creí que el departamento nunca dejaría de tener fantasmas, que nunca dejaría de ver a su madre en cada rincón, en cada espacio, en cada comida, pero un día, después de mucho dolor y paciencia, me desperté y el primer pensamiento no fue ella, sino mi hija y yo. Nosotros, solo nosotros.
Bau lo observó por unos segundos.
—Irme de aquí no solo implica perder este empleo y sus recuerdos, sino también alejarme de mi familia.
—¿La familia para la que eres prescindible?
—No todos los momentos fueron malos.—Se defendió.
Tanner dio un suspiro.
—Piensa en todos los instantes de alegría, y luego en los días de dolor. Piensa en los días en los que te sentiste amado, y en los que te sentiste como un engranaje inútil. Eso debería darte una pauta.
Bautista negó.
—¿Cómo carajo siempre tienes las palabras justas?
Tanner se encogió de hombros.
—Fácil, el dolor tiene que dejarte algo, si no, ¿para qué mierda sufrir?
El celular de Bautista vibró sobre el escritorio. El número era desconocido.
—Hola.
—Maldito hijo de puta. Querías hundirme, ¿verdad?
Bau le hizo una seña a Tanner quien se acercó, puso el altavoz para que su amigo no se perdiera detalle.
—Joseph, ¿eres tú?—Fingió no conocer su voz—¿Por qué me llamas de otro número?
Le dio un guiño de ojo a Tanner y este se cubrió la boca para no reír.
—¡Porque me bloqueaste, malnacido!—gritó fuera de sí—¿Tienes idea lo que Cross significaba para esta empresa? ¿Para mí?
—Vamos, Joseph—replicó en calma—, de seguro Veritas conseguirá un mejor cliente que Cross, además, ¿a qué se debe este circo? Pensé que ya estabas preparando tus maletas para Australia.
—El proyecto se canceló—dijo entredientes—, deben resolver el desfase económico que Cross ha dejado con su partida. Me has arruinado la vida, Bautista, ¿eres consciente de eso? ¿Estás feliz?
Bautista le dio un nuevo mordisco a la rosquilla antes de hablar.
—Sí, Joseph. Estoy muy feliz ahora, ¿para qué voy a negarlo?
—¿Encima te estás burlando? ¡Maldito infeliz!
—Buena suerte, cariño. La vas a necesitar.—Y mientras Joseph despotricaba mil insultos. Bau cortó la llamada y bloqueó ese número—¿Fui muy sádico?
—No tanto, yo lo habría hecho sufrir más.
Los hombres chocaron sus puños y continuaron riendo.
—Me voy a casa, amigo ¿Necesitas algo más?
—No, suficiente trabajo por hoy. Nos vemos mañana. Ve a ver a tu niña.
—Sí, la extraño—agregó Tanner y salió de la oficina.
Bau cerró su computadora y la guardó en su bolso. Un nuevo mensaje hizo vibrar su celular. Carajo, Joseph era insistente, sin embargo, cuando sacó el aparato de su bolsillo, su corazón se saltó un latido.
Lasagna en mi suite con un buen vino tinto,
¿suena bien para ti?
El muchacho se dio golpecitos en la frente con el teléfono. Se mordió el labio inferior y leyó el mensaje de nuevo. Sus dedos querían moverse solos. Mierda, ¿qué debía responder?