Lascivo (Prohibidos 2) 19 Arjen Cross
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19 Arjen Cross

Barbara Cross llegó a las oficinas de Price Construcciones diez minutos antes de la hora acordada. Quedó estupefacta cuando una figura conocida ya estaba en la sala de espera con su celular en mano.

—¿Ha llegado antes que nosotros?—preguntó a su asistente porque necesitaba corroborar que no estaba siendo víctima de una alucinación.

—Y se ha quedado en la sala de espera.

Los Cross no esperaban, ellos regían los horarios de todo el mundo, así es como fueron criados, así es como se comportaba Bárbara, y creía que su hermano también, pero, al parecer, para seguir el papel de empresario abnegado necesitaba demostrar compromiso y de que estaba a la altura de las circunstancias.

La discusión en la última junta con los gerentes de área le reveló a Bárbara que Arjen no solo venía de visita, venía a quedarse con lo que ella construyó. Apenas los notó, el hombre se puso de pie y le sonrió.

—Buenos días, hermanita.—La cara de pocos amigos de Bárbara provocó que su sonrisa radiante se ensanchara—¿Qué? ¿No estás feliz de verme?

Bárbara puso los ojos en blanco y pasó a su lado rumbo a la recepcionista. Arjen colocó las manos en sus bolsillos y la siguió.

La mujer de inmediato comunicó que estaban allí y les permitió el ingreso. Los tacones de Bárbara resonaron en el suelo de mármol, Arjen la seguía. Todo el mundo se detuvo a contemplarlos.

Price era una empresa mediana ¿Habían hecho bien las cosas la última década? Por supuesto, sin embargo, les faltaba mucho para entrar en las grandes ligas ¿Qué hacían estas personas en una compañía que era solo una hormiga en comparación con ellos?

Los hermanos se movían con soltura, su dominio del espacio era excepcional.

Su altura, su porte, la pared entre su mundo y el resto era alta.

Bárbara se encargaba de que cada vez esa pared tuviera más ladrillos.

Arjen, sin embargo, no estaba interesado en la ostentación.

Habían sido afortunados desde el primer momento, al menos en materia económica.

Gastaba, bebía, comía, follaba, hacía y deshacía a su antojo, pero odiaba la humillación.

Nadie era mejor que el otro. Y a Arjen no le gustaba menospreciar, aunque la soberbia pareciera un rasgo genético de los Cross, él luchaba para apaciguarlo.

—No era necesario que estuvieras aquí.—Barbara señaló.

—¿Después del desastre que presencié el otro día? Sí, por supuesto que debo estar aquí.

La mujer frenó en seco. Arjen también se detuvo.

—Siempre fuiste así.

—¿Así cómo?

—Disfrutas verme caer—agregó—, mis errores son combustible para ti.

—Cariño, de verdad te das demasiado crédito.—La risa burlona desapareció y dejó un rictus serio—. No me interesa si destruyes tu mundo, pero no voy a perder mi dinero por tus berrinches o tus decisiones que distan mucho de ser racionales.

—Siempre mejor que los demás, ¿no es así?—Bárbara siguió. Estaban a la entrada del pasillo, a un paso de los ascensores—. El mundo te debe.

—Deja de proyectarte—replicó el hombre—, y te guste o no, voy a participar en cada decisión de ahora en adelante. Te guste o no, soy dueño de la mitad.

Bárbara le dio una risa socarrona.

—¿Y de qué te sirve? Al menos yo contaba con el amor de nuestra familia, ¿tú?

Arjen dio un suspiro.

—Con lo único que contaste fue con un padre mentiroso y cruel y un amante que envidiaba mi éxito.

El rostro de Bárbara se transformó. Contuvo sus manos que buscaban abofetear a ese bastardo que no merecía nada.

Arjen caminó adelante y subió al ascensor. Bárbara y su asistente quedaron allí, mientras los empleados pasaban a su alrededor.

—Puedes tomar el próximo ascensor. No te molestas, ¿verdad?

—¡Maldito…!

La puerta se cerró y Arjen dibujó una sonrisa.

***

—¿Ha llegado la nueva lista de precio de estos materiales?—Tanner preguntó a uno de los miembros de su equipo.

—Todavía no, tienen faltantes en la calidad que solicitamos.

—Maldición.

Tanner se rascó la barbilla.

—Está bien, de todos modos, envía un nuevo correo electrónico. Necesitamos fechas de envío, de lo contrario, deberemos buscar otro proveedor.

—Claro.

La chica se alejó. Tanner observó que la puerta de uno de los ascensores del octavo piso se abrió.

Un hombre rubio e imponente salió y se arregló su chaqueta.

Tanner frunció el ceño ¿Lo conocía? Sí, claro que lo había visto.

El hombre tenía la clase de altura, elegancia y rostro que nadie olvidaría, pero…

Sus ojos ámbar se abrieron al límite, su boca hizo una gran O cuando el reconocimiento cayó como una losa de una tonelada en su cabeza.

—¡Carajo!—dijo en voz alta, como alguien cuya sorpresa por el encuentro es incontenible.

Los ojos verdes del hombre fueron en su dirección. Frunció el ceño un segundo, y luego las arrugas gestuales de su entrecejo se suavizaron. Una sonrisa burlona recorrió su cara.

Tanner apretó la carpeta que llevaba en su mano, y la apoyó en su pecho. A medida que el hombre se acercaba.

«Retrocede».

Quería hacerlo, deseaba esconderse hasta saber quién era este hombre que ahora caminaba por la empresa con la seguridad de un dueño.

—De todas las coincidencias posibles.—El hombre se burló.

Tanner agradeció a los dioses que su piel fuera oscura, de lo contrario, se asemejaría a un tomate, como su amigo Bautista.

«Bautista».

Mierda, debía correr y contarle el chisme.

—Muy buenos días.—Tanner sonrió y le estrechó la mano—. Es una coincidencia inesperada.

Arjen arqueó una ceja divertido.

—¿Eres esquizofrénico?

—¿Disculpe?

—No te pareces en nada al hombre de la otra noche.

Tanner dio pasos hacia él.

—Si fuera posible, me gustaría que eso quede en…

—Entiendo—Arjen replicó y estrechó su mano—, soy Arjen Cross.

La mandíbula de Tanner se abrió al punto máximo.

—¿Tú eres…, es decir, tú eres?

Arjen observó alrededor mientras Tanner intentaba desenredar la maraña de palabras en su lengua. El ascensor se abrió de nuevo y Bárbara Cross junto a su asistente salieron.

Tanner se percató de que era más bella que en las fotografías. La mujer llevaba un traje blanco entallado y tacones aguja que golpeaban sobre el mármol como disparos bien ejecutados.

—Bárbara—Arjen habló antes de que su hermana lo hiciera—, te estaba esperando. Justo estaba hablando un momento con Tanner…

—Tanner Levinson.—Se presentó de inmediato—. Soy el subgerente de operaciones. Trabajo junto al señor Bautista Price.

Bárbara parpadeó, y lo observó de arriba a abajo, como si estuviera evaluándolo. Tanner estrechó la mano de la mujer.

—Es un gusto—dijo la mujer, aunque su rostro denotaba lo contrario—. Tenemos una reunión con el señor Price.

Arjen se cruzó de brazos. Observó a Tanner con humor.

—Así que Bautista Price.

Tanner asintió.

«Sí, bastardo. Es el hombre al que dejaste al borde de la silla de ruedas».

—Por favor, les pido me acompañen—agregó—. La CEO ya está esperándolos.

—¿Y Bautista?

Tanner controló las ganas de golpearse la cabeza contra el piso.

—Vendrá en unos minutos. Está finalizando otra reunión.

Caminó delante de los visitantes y maldijo en mil idiomas diferentes. Pobre Bautista, de todos los hombres que podía follarse eligió al que estaba a punto de trabajar con él.

Tenía que avisarle, pero antes, debía cumplir y llevarlos a la sala de reuniones.