18 Inesperado
—¿Puedo hablar contigo?
Bautista cerró su laptop cuando su padre apareció en la puerta esa tarde. Tanner se había marchado hacía ya diez minutos, igual que su secretaria.
—Te escucho.
Guardó en su bolso la computadora y su agenda de papel, ya que la electrónica, muchas veces, no le daba el orden mental ni la tranquilidad esperada. Su padre todavía estaba anonadado.
—¿De verdad no vas a quedarte y revisar los presupuestos?
—Si las personas del departamento lo hicieron y tienen el visto bueno de Jackie, no veo cuál sería el objetivo de hacerlo.
Berton negó, quería parecer calmado, pero estaba furioso.
—¿Crees que a mí no me costó tomar la decisión?
—¿Te costó?—Bautista enarcó una ceja. Berton dio un suspiro.
—Jacqueline es brillante, solo necesita un poco de experiencia ¿Qué te cuesta guiarla en este proceso? Es tu hermana.
—Y también es tu hija—replicó—. Tú eres el CEO, ella es la heredera ¿Qué haces hablando conmigo cuando deberías estar revisando números a su lado?
El hombre negó.
—Me decepcionas.
Bautista rio con amargura.
—¿Yo te decepciono? Mierda, he escuchado tonterías, pero esta supera al resto.
Tensó la mandíbula, pero no respondió, en cambio, Berton intentó otro enfoque.
—Vamos a perder esas licitaciones—afirmó—. Todos han dependido de ti por años ¿Cómo esperas soltarlos así sin más?
—¿Acaso tú no hiciste eso?—Bautista preguntó dolido—. Si sabías que tengo una función crucial, ¿por qué dejarme sin nada?
—No has quedado sin nada—replicó subiendo su tono de voz—. Deja de victimizarte.
—Y tú deja de buscar culpables de que tu niña dorada no sepa cómo encender una computadora.
No soy responsable de su falta de experiencia, o de que su boca sea demasiado grande y prometa cosas que no puede cumplir.
Los números hablan por sí solos. Los míos lo hicieron por años, pero tú y mamá se negaron a verlos.
—No hables así—Berton lo reprendió—. Jacqueline tiene otros talentos.
—No sabía que ser tu favorita era un talento.
Berton negó.
—Sigues siendo mi hijo—El hombre apeló a los sentimientos—. Este también es tu legado. Esta empresa te debe mucho, pero tú le debes también.
—Yo no le debo nada—dijo sin fisuras—. Dediqué jornadas laborales de catorce horas, noches, fines de semana, dediqué vacaciones, dediqué…
—Bautista se detuvo por un instante y luego observó a su padre.
Fue imposible contener las lágrimas—. Incluso le quité tiempo a mi pareja por seguir este sueño, por aferrarme incluso cuando ni siquiera me invitabas para salir en las fotos.
Los ojos de Berton se agradaron.
—¿Tienes pareja?
—Tenía.—Bau se limpió las lágrimas con el dorso de la mano—. Se trata de Joseph Dalton.
Berton tragó saliva.
—Uno de los gerentes de Veritas—dijo en voz baja.
—Él mismo—Se le volvió a quebrar la voz—. Me dejó por su jefe y por su expansión a Australia. Estoy con él desde que éramos adolescentes. Y como si fuera poco, veinticuatro horas después, mi querido padre me arrebata todo el sacrificio que hice aquí ¿Sabes cómo se siente eso? ¿Tienes una puta idea?
Berton agachó la cabeza.
—Bau…
—Me destrozaste—replicó con rabia contenido—. Tú y el hijo de puta de Dalton. Y ahora esperas que todo siga igual, que siga esforzándome y trabajando como dueño por una empresa que nunca será mía ¿Entiendes lo retorcido que suena?
—Hijo—Berton levantó la mano e intentó tocarlo, pero Bau retrocedió—, sé que en este momento te parece una locura mi decisión, créeme que yo también me lo he dicho muchas veces, sin embargo, tú no ves lo que yo veo en Jacqueline, la manera en que conecta con los clientes, su energía, su creatividad.
Puede que me odies, sin embargo, este negocio también se trata de riesgos, de apostar incluso cuando todo el mundo cree que perderás.
Bau dio un suspiro.
—Puedes seguir apostando todo lo que desees—replicó—. Yo ya no voy a seguir siendo tu patrocinador.
Berton se estremeció como si hubiera recibido un golpe. Bautista pasó por su lado hacia la puerta.
—Mañana tendremos a Barbara Cross aquí. Ella pidió específicamente hablar contigo ¿Estarás en la reunión?
Bautista lo miró por encima del hombre sin darse la vuelta.
—Estaré allí luego de hablar con los jefes de proyecto.
Berton se rascó la barbilla.
—¿A quién carajo le importan los jefes de proyecto cuando podemos lograr el negocio de nuestras vidas?
—A mí—Bau replicó—, porque es mi trabajo, y lo haré de la mejor manera. Hablar con CEOs de otras empresas es la función de Jackie, así que estarán sin mí la primera parte.
El silencio llenó la oficina. Berton volvió a agachar la cabeza y una punzada de tristeza golpeó el estómago de Bau.
No le gustaba ver de ese modo a su padre, no le agradaba que la empresa sufriera por la ineptitud, pero estaba harto, y cuando una persona leal se cansa, es difícil que retroceda en sus decisiones.
Las lágrimas caían sin control cuando Bau abandonó el edificio.
Subió en el primer taxi que encontró y se dirigió a su departamento.
El celular sonó con llamadas de Berton y también de Salma.
No contestó ninguna de ellas, ¿qué iban a decirle?
¿Debía madurar? ¿Ser el mejor hombre en esta situación?
¿Apoyar a la familia porque es todo lo que tenemos?
No, Bautista estaba cansado de escuchar lo mismo. Lo hizo desde que tuvo uso de razón. Debía esforzarse, debía cumplir, debía, debía, debía ¿Y cuándo era el momento de recibir? ¿En qué momento la deuda emocional dejaba de estar en rojo?
Se quitó el sweater de cuello de tortuga y se colocó una camiseta blanca.
Se observó en el espejo y a pesar de las lágrimas, una sonrisa apareció en su rostro.
Su estructura diminuta se había convertido en un mapa del erotismo más primitivo.
Desde los dedos tatuados en sus caderas e ingle, pasando por los chupetones sobre su vientre, y las marcas de diente en las aureolas de sus pezones.
Los cardenales rojizos en su cuello, una tras otra contando una historia de placer, una de la cual él fue protagonista.
«Sabía que no me equivocaba contigo. Mi verga te queda bien».
La voz ronca, cargada de seducción y lascivia. Esa voz que resonaría en sus oídos hasta que se fuera de este mundo. Bau se acostó en su cama.
Las lágrimas seguían brotando de sus ojos.
Los recuerdos de la noche anterior mezclados con el dolor de la traición, el rostro del hombre desconocido que lo hizo suyo de mil formas distintas, la cara de su ex cuando le dijo que jamás pensó en casarse con él, el rostro de sus padres cuando le entregaron el poder a Jacqueline.
Bau se acarició despacio, rozó sus sensibles pezones debajo de su camiseta holgada y gimió, levantó las caderas, y se imaginó debajo del hombre que ahora llenaba sus fantasías, su fetiche personal, y solo su recuerdo le provocó una erección.
—Sí—susurró para sí mismo y sus caderas se levantaron—, tu verga es perfecta para mí.
Sus caderas se elevaron, el roce de su pantalón lo excitó al punto que tuvo que sacar su virilidad de darse placer él mismo. Las manos iban y venían, recorrían su cuerpo con premura y anhelo.
—Tómame—musitó y se mordió el labio inferior—, tómame como desees.
Su esencia llenó su mano al cabo de unos minutos.
Bau abrió los ojos, esos orbes de ensueño empapados por las lágrimas.
No tenía a nada a lo que aferrarse, excepto una fantasía.
Sin embargo, contrario a lo que muchos pensarían, el solo recuerdo de esa noche le dio felicidad.
Una isla solitaria en medio de un mar de tristeza.
Era suficiente, se aferraría a ello hasta que fuera capaz de ponerse de pie una vez más.