16 Amanecer
Este hombre no era de hacer promesas vacías, incluso sin conocerlo pude comprobarlo. Lo entendí cuando su boca devoró mi cuerpo una hora después, tal y como había dicho.
No parecía real, tampoco la forma en que nos sincronizamos como una máquina bien aceitada, con engranajes cuyo funcionamiento parecía haber sido probado miles de veces.
Estaba sobre él, mis manos rozaron sus pezones rosados, recorrí su piel mientras mis caderas se deslizaban junto a las de él, y su hombría envuelta en un condón, pulsaba dentro de mí.
Cerré los ojos y eché la cabeza hacia atrás, mi espalda se arqueó cuando sus embestidas se tornaron más rápidas y profundas.
Me asió de la cintura e inmovilizó mi cuerpo, las plantas de sus pies fueron sobre las sábanas húmedas de sudor y su virilidad me penetró con ahínco y premura.
Me mordí el labio inferior y me dediqué a sentirlo dentro de mí.
A disfrutar los minutos que se escurrían y que nunca regresarían.
Este hombre increíble no tenía idea de todo lo que significaba, de cómo su cuerpo me había cambiado, y no solo por el sexo, sino por la manera en qué me trató, como si fuera algo glorioso, algo que valía la pena conservar, y sentí tristeza porque jamás me había sentido de esa forma.
Nadie en mi familia, ni tampoco Joseph me vieron como algo más que alguien útil y fiel, un peón que mantener contento, pero no feliz.
Las lágrimas resbalaron por mis mejillas, mi amante se irguió en la cama, me enredó con sus poderosos brazos y me llevó sobre él. Succionó el lóbulo de mi oreja y gemí.
—Tu mente aquí—musitó y besó mi cuello—, del mismo modo que tu cuerpo.
Leía mis gestos, leía mi dolor incluso. Me pregunté cuál era su trabajo, me pregunté cómo era su vida diaria y quise imaginar cómo era despertar cada día a su lado ¿Estaba loco?
Probablemente. Nadie comienza a imaginar la vida de un hombre al cual jamás volverás a ver, pero fue imposible no hacerlo.
Levantó las caderas y penetró en mí largo y duro, su enorme erección que, a esa altura, parecía perfecta para mí, golpeó sobre mi punto dulce y derramé mi esencia sobre sus abdominales en tiempo récord.
Debería haberme sentido avergonzado por mi resistencia, pero la seguridad que sus brazos me transmitieron bloqueó cualquier pensamiento de vergüenza.
Estaba aquí, besé sus labios, y su boca se abrió de nuevo, nuestras lenguas se enredaron en un baile brutal como fue la constante durante toda la madrugada.
Su cuerpo tibio me brindó refugio, y los latidos de su corazón me arroparon, los escuché con atención, el modo en que se aceleraban, el modo en que se calmaban cuando su esencia se derramaba en mi interior.
Di un ronroneo como un gatito cuando su esencia llenó de nuevo el condón. Sonreí y apoyé mi cabeza en su pecho. Una vez más, mis manos acariciaron ese territorio que de seguro tenía dueño, y no era yo.
Una punzada golpeó mi abdomen, quizás le estaba haciendo a alguien lo mismo que Joseph me hizo a mí, quizás estaba contribuyendo a una infidelidad.
—¿Tienes novio?
Frunció el ceño ante mi pregunta invasiva y estúpida ¿Qué importaba si tenía dueño cuando habíamos follado tres veces? Lo último que deseaba es que me recordara como un tonto tóxico enamoradizo, pero contrario a mis inseguridades, este hombre me sonrió y besó mi mejilla.
—No, no tengo.
Reímos juntos, y nos besamos. Me acurruqué de nuevo a su lado, mis párpados pesaban una tonelada. El cansancio se apoderó de mi cuerpo a pasos agigantados. Me rendí al sueño, a su calidez, a su contención.
Dios, ¿por qué lo bueno es tan efímero en mi vida?
***
El sol daba de lleno sobre la cama de la suite.
Bautista tragó saliva y percibió que su garganta se asemejaba a una lija.
Dolía como el infierno, pero eso no era lo peor.
Sus ojos se abrieron despacio, la habitación iluminada con los rayos solares parecía más grande.
Frunció el ceño y recordó que tenía trabajo.
Quizás no era el dueño, pero todavía no renunciaba, así que debía ir.
Observó el reloj de pared, el mismo sonido que lo acompañó durante toda la noche al ritmo de gemidos y jadeos de placer y dolor.
Su rostro fue a la figura que dormía a su lado, pestañeó varias veces, y los recuerdos de la noche anterior le asestaron el golpe de su vida.
—¡Carajo!—maldijo en voz baja. El rubor cubrió su rostro y su cuerpo desnudo.
Volvió a enfocarse en su compañero, el hombre estaba como Dios lo trajo al mundo con las sábanas apuñadas a sus pies.
Una de sus piernas estaba flexionada, Bautista se humedeció los labios, sus ojos verde azulados exploraron centímetro a centímetro de la piel, sus uñas estaban marcadas en sus caderas, en su abdomen, tenía marcas de dientes a la altura de sus pezones.
Rio y se observó a sí mismo. Carajo, no había punto de comparación con los cardenales que ese hombre dejó en su diminuta estructura.
El pene descansaba sobre su abdomen, seguía luciendo monstruoso en tamaño, pero ahora, Bautista sabía que podía provocar no solo pánico, sino incontable placer.
«Vete de aquí».
La sonrisa que cubría su rostro se desdibujó poco a poco ¿Qué quedaba por decir allí? ¿Cómo miraría a ese hombre a la cara cuando despertara?
No, la respuesta era simple, debía marcharse en ese momento.
Se deslizó despacio por el colchón para no despertar a su amante, un dolor sordo atravesó su columna vertebral y cuando puso un pie en el piso cayó de rodillas.
Se sostuvo del borde de la cama, buscó levantarse, pero sus piernas no le respondían.
Como pudo, se puso de pie, y se sostuvo de la mesita de noche.
Una vez que se irguió, caminó muy despacio hacia el baño donde orinó y se lavó lo mejor que pudo antes de buscar su ropa.
El hombre dueño de la habitación y también de todas sus fantasías a partir de ese momento, seguía durmiendo. Muy despacio, buscó cada una de sus prendas. Fue un suplicio vestirse, Bau contuvo sus quejidos y sus maldiciones porque prefería tragarse la rabia que soportar la vergüenza.
Se vistió con su chaqueta y arregló el cuello de su camisa. Guardó el corbatín del esmoquin en su bolsillo, donde estuvo desde que comenzó a beber como un borracho fuera de control después de la decepción más grande de su vida.
«La segunda».
Claro, por supuesto que su cerebro le recordaría que horas antes también había perdido a su novio. Bau dio un suspiro y se enfocó una vez más en la cama principal de la suite.
Hizo una mueca de angustia que se mezcló con una sonrisa de labios cerrados.
Su corazón latía despacio, ya no quería salirse de su pecho.
El hombre acostado entre sábanas de satén no solo le había dado consuelo, le devolvió la vida.
Lo hizo sentir amado, aunque fuera por unas horas, lo hizo sentir especial.
Abandonó la recámara y se dio cuenta de que en la mesa de la sala había una mesa y a su lado pequeños bloques de papel y dos bolígrafos para anotaciones. Asió uno de los papeles y el bolígrafo negro.
Su mano tembló al escribir las palabras que marcarían el final de esa historia.
Gracias porque, por primera vez, alguien me hizo sentir visto.
Bau.
Dobló el papel, y lo dejó sobre la mesa. El saco de su amante estaba allí y en su bolsillo delantero un pañuelo que combinaba con la corbata de la noche anterior. Rio ante la locura, pero ¿qué más daba?
No lo acusaría de hurto por esa pequeñez, ¿o no?