Lascivo (Prohibidos 2) 15 Incendio voraz
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15 Incendio voraz

Bautista acarició las sábanas de satén color crema, las cuales, brillaban con la luz de las lámparas, de igual modo sus cuerpos cubiertos con una capa perlada de sudor.

Estaba en medio de esa enorme cama, y su amante, el hombre que jamás pensó tener, lo escrutaba perdido en el delirio.

Se retorció en la calidez de las telas, en medio de la cruel excitación que no encontraba saciedad.

El hombre arrojó un tubo de lubricante y la corbata de seda italiana que había llevado esa noche a su lado, luego puso una rodilla en la cama y gateó hasta donde estaba.

Bautista se enfocó en la tela suave, en los colores.

—¿Tienes miedo?—Se giró, sorprendido por la pregunta.

—No—replicó Bautista—, solo estoy…

—Tienes miedo.—Esta vez no fue una pregunta—. Descuida, te gustará.

El muchacho tragó saliva y asintió.

—Solo…—Sus palabras murieron cuando su amante comenzó a besar sus pantorrillas, y su lengua ascendió sobre sus piernas—, carajo.

Lo pinceló con su lengua. Bau se sintió en manos de un pintor experto, uno que, con cada beso, con cada chupetón se grababa en su cuerpo y en su alma.

Tembló ante la intensidad de las sensaciones, su pene yacía erecto sobre su vientre.

Sus ojos fueron al paisaje en el techo, a la profundidad del bosque, a las vetas doradas alrededor del dibujo, a las flores blancas que caían en una especie de cascada.

Su amante lo cubrió por completo con su cuerpo, Bau extendió sus piernas para él, y el hombre se posicionó entre ellas.

Sus erecciones se tocaron y fue inevitable gemir.

Asió la corbata, y la llevó a su rostro.

—Cierra los ojos.

—Yo…

—No tengas miedo.

Por algún motivo, este desconocido poseía la capacidad de llevarlo a un lugar seguro, un lugar del cual no deseaba regresar.

Bau asintió y cerró los ojos, los cuales fueron cubiertos por la seda.

Su respiración se aceleró, las manos de su amante recorrieron el costado de su pecho, sus dedos trazaron formas hasta llegar a sus caderas.

Su boca tocó su piel de nuevo, y las sensaciones se tornaron más intensas.

El umbral de placer se rompió en el instante en que su amante succionó una vez más sobre su pene, y el lubricante resbaló entre sus nalgas.

Iba a prepararlo, y eso provocó que su cuerpo se tensara.

Era muy grande, demasiado ¿Sería capaz de aguantarlo? ¿Acaso lo lastimaría? El placer lo golpeó y gimió alto, cuando un par de dedos ingresaron en su interior y se combinaron con la boca experta sobre su hombría.

Extendió sus brazos, y sus manos rasguñaron el satén, para luego caer sobre la rubia cabellera que hacía estragos en su cuerpo.

El vaivén de sus caderas estaba fuera de control.

Bau buscaba más, entretanto las falanges golpeaban sobre su punto de excitación.

Su orgasmo se gestaba en su vientre, una explosión a punto de hacer vibrar no solo su cuerpo sino toda la maldita habitación, una ola expansiva.

—Para—rogó—, para, por favor. Me voy a venir.

El hombre apretó su pene y Bau se contrajo en una mezcla de dolor y gozo irresistible.

—¿Venirte? ¿Quién te ha dado permiso para que lo hagas?

Bau se mordió el labio inferior, sus ojos vendados parecían intensificar cada toque.

Una tercera falange ingresó en su interior y luego un cuarto.

El dolor lo hizo estremecerse, pero cada vez que pensaba que era incapaz de resistir, el hombre succionaba sobre su pene y el dolor inenarrable solo se tornaba una mísera molestia.

El hombre fue sobre él una vez más. Bau lo envolvió con sus brazos y sus piernas. La seda italiana de la corbata estaba empapada por sus lágrimas, el hombre descubrió sus ojos y besó sus párpados.

—Quiero tus ojos en mí en todo momento—ordenó como era su estilo—. No voy a perderme ninguno de tus gestos.

Bau asintió, sus ojos fueron hacia abajo, la enorme «bestia» ahora estaba enfundada en un condón XL ultra lubricado. La punta se apoyó en la entrada y esta se abrió despacio ante el empuje. Sus ojos volvieron al hombre sobre él, frunció el ceño de dolor.

—Respira—musitó y besó su mejilla—, iré despacio hasta que te acostumbres a mí tamaño.

—Bésame—dijo con un hilo de voz y su amante le concedió el pedido.

El pene ingresó despacio, tal y como había dicho, hasta la empuñadura. Se mantuvo sin moverse por varios minutos. Las manos de Bautista recorrieron su espalda y se arrastraron por las nalgas tonificadas. La pelvis de Bau se levantó en un acto reflejo, su amante entendió el mensaje a la perfección.

La primera estocada provocó un gemido largo y roto, las uñas romas recorrieron la espalda musculosa y se clavaron con fuerza.

Su amante arremetió, las estocadas tomaron ritmo con el pasar de los minutos.

Bau se percató de que el dolor solo era anecdótico, sus entrañas se adaptaron al grosor, su piel asimiló el toque divino, y sus caderas bailaron al unísono con el correr de los segundos, como si se conocieran desde siempre.

Sus ojos se mantuvieron en el hombre sobre él, su boca se abría y dejaba escapar gemidos indecorosos, gemidos que impulsaban a su hombre a entrar con más urgencia, perdiendo el control y los cuidados.

La cama, al cabo de diez minutos, se sacudía con su ritmo, con sus caderas insaciables que buscaban más del otro.

Frente a frente, unidos en cada parte de tal modo que nadie podría decir dónde empezaba uno y dónde terminaba el otro.

El orgasmo provocó que nuevas lágrimas inundaran los ojos de Bautista, su cuerpo se sacudió, como si millones de voltios lo recorrieran de palmo a plano y lo llenaran de un gozo infinito.

Ya no existía la traición, ni sus padres, ni su maldito exnovio, ya no existía la empresa y tampoco las expectativas.

Solo era esa cama, su glorioso amante sobre él, y Bau, como el soñador que era, anhelaba quedarse a vivir allí.

Su amante salió de su interior y lo giró como una muñeca de trapo, su cuerpo cayendo boca abajo sobre el colchón.

—Manos y rodillas—dijo en su oído. Bau, temblando por el orgasmo, obedeció a cada orden.

El semen caía sobre las sábanas de satén, se deslizaba en hilos encantadores que encontraban el lugar donde yacer.

Su amante lo penetró una vez más, los dedos se tatuaron en sus caderas, el agarre fue intenso, Bau se sostuvo con fuerza porque las estocadas rápidas y duras lo hicieron estremecer.

Su cabeza gacha, el sudor caía sobre el colchón, mientras que su amante dejaba una estela de besos húmedos sobre su cuello, y por su columna vertebral.

Bau estaba erecto de nuevo al cabo de cinco minutos.

Su amante lo follaba sin parar, ráfagas constantes hasta que, de pronto, el vaivén se tornaba lento y tortuoso.

Bau protestó a la tercera vez, se giró hacia su compañero y este le habló en su oído.

—¿Ansioso?

—Eres malo—dijo y su boca se frunció, ¿estaba haciendo un puchero?

El hombre lo llevó hacia él. Lo envolvió en su cuerpo grande y sudado.

La espalda de Bau dio contra el pecho y el vientre de su amante.

Su mano derecha fue hacia su garganta y apretó.

Un agarre férreo que no lastimaba, pero incomodaba un poco.

Las estocadas sacudieron su cuerpo de nuevo, Bautista se aferró a los brazos que rodeaban su diminuta figura.

Era violento, intenso, lascivo, perfecto.

«¿Qué carajo te pasa?».

Echó un vistazo a su cuerpo, a las innumerables marcas y trazos que ahora cubrían su piel pálida.

«Heridas de guerra».

Se dijo a sí mismo. Trofeos de una noche de pasión como jamás esperó vivir.

Su amante chupó su cuello, y luego el lóbulo de su oreja, antes de que su mano abandonara su cuello y tomara su mentón para que se girara hacia su rostro.

Lo besó con vehemencia y ferocidad. No había nada romántico en este hombre, nada que mostrara debilidad o incluso sumisión.

Era un macho territorial en toda regla, y Bautista Price, el muchacho por el nadie daba un céntimo, había tenido el privilegio de probarlo.

La esencia blanquecina salió a borbotones, Bautista puso los ojos en blanco mientras su entrada se contraía y lograba sacarle un gemido ronco a su amante.

Una, dos, tres estocadas más y su amante se vino en su interior.

Bau quiso protestar sabiendo que había un condón de por medio, pero era consciente de que era una estupidez.

No conocía nada de este hombre, ni siquiera su nombre ¿Qué carajo esperaba?

Se arrojaron a la cama exhaustos, su compañero salió de su interior y se deshizo del condón.

Los ojos de Bautista fueron hacia el hombre quien se limpiaba el pene con un pañuelo descartable.

Su respiración, poco a poco, se normalizaba, su cuerpo exhausto ya no respondía a las órdenes de su cerebro.

No quería dormirse, no podía, no esta noche.

El hombre caminó hacia el baño de donde trajo una toalla húmeda y lo limpió.

Bau quiso erguirse y demostrar que no estaba deshecho, pero era inútil.

Cada extremidad pesaba una tonelada. Su amante dejó la toalla en el piso y se acostó a su lado.

El sudor provocó que el cabello rubio corto se adhiriera a su frente.

Bau lo acarició, y el hombre besó su mano.

—Duerme—musitó y lo llevó sobre él.

—No—Bau negó, aunque apenas podía mantenerse despierto—, no todavía.

El hombre, adivinando su miedo, le sonrió.

—No te preocupes, solo te estoy dando un respiro. Más vale que duermas porque, dentro de una hora, voy a follarte de nuevo, y esta vez, no habrá piedad.