Lascivo (Prohibidos 2) 14 Déjame darte el placer que mereces
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14 Déjame darte el placer que mereces

Bautista no era un mojigato, al menos no se consideraba como tal.

Había tenido sexo bueno, de hecho, muy bueno con su ex, pero este hombre rompía cualquier molde y lo bueno de pronto se consideraba malo.

A este hombre de rodillas frente a él, que succionaba como si la vida se le fuera en ello, debían erigirle un monumento porque era un dios del sexo.

Roma llevaba a sus prisioneros hasta el monumento a Júpiter para que lo honraran como una divinidad suprema. Bau se sintió como esas almas. No había alternativa más que inclinarse y rendirle pleitesía, rendirse a un hombre cuya experiencia sobrepasaba la de él y la de muchos.

Bau se mordió el labio inferior mientras su amante lo sostenía de las caderas y devoraba cada porción de su miembro como si se tratara de un manjar.

Estaban en medio de la suite de uno de los hoteles más prestigiosos del mundo, con las luces encendidas y los ventanales descubiertos, develando todo lo que ocurría en el interior.

De solo imaginar que podía haber personas que en ese momento lo observaban, el calor subió por su rostro que ya estaba sudado.

Arrojó su cabeza hacia atrás, sus piernas trémulas mientras su amante lo comía con deleite, la mano derecha del hombre fue hacia el pene y lo masturbó.

Bau lo escrutó, grabó la imagen en su retina, en su mente y, aunque lo negara también quedó en su corazón.

La lengua rodeó el glande, los dientes rasparon la punta, los vellos de todo su cuerpo fueron atravesados por una corriente eléctrica.

—Espera—dijo y sus manos se apoyaron en los hombros musculosos, en los deltoides de acero.

—Dije que quiero probarte—replicó su amante.

—Ya lo sé—Bau susurró—, pero voy a caerme.

El hombre deslizó su lengua en círculos por sus labios hinchados y le sonrió.

—¿Sufres de vértigo, niño bonito?—Se burló—. Veamos si es verdad,

—¡¿De qué…espera?!

En un movimiento propio de una película para adultos. Su amante se puso de pie, lo asió de la cintura con tal fuerza y lo colocó encima de él. Las piernas de Bau quedaron enredadas en el cuello del hombre. Observó alrededor con terror, sin saber cómo sujetarse para no caerse.

—¡No! ¡Tengo miedo!—Sus uñas se enterraron en los hombros, y su amante rio.

—Tranquilo, déjame mostrarte lo rico que es esto.

—No, quiero bajarme, suél…¡Ah! ¡Dios!

Su voz se perdió en un gemido de puro placer cuando su amante lo tragó por completo y su cabeza comenzó a moverse hacia atrás y hacia adelante.

Muy despacio, lo llevó hacia los ventanales, donde apoyó a Bau quien se enrojeció cuando notó que su trasero desnudo estaba completamente expuesto.

Se enfocó en el techo, en las arañas antiguas y en los caireles, el diseño de seguro estaba valuado en miles de dólares.

Rio ante su estupidez, ante la necesidad impetuosa de su cerebro de encontrar respuestas.

Gimió de nuevo, y sus caderas respondieron a esa boca que era la perdición de cualquier mortal.

Sí, quizás si caía se quebraría el cuello, pero todo eso carecía de relevancia cuando estaba recibiendo el mejor sexo oral de toda su vida.

—Voy a…—Quiso advertirlo, de verdad deseó hacerlo, pero el orgasmo logró que sus palabras se convirtieran en un sollozo desordenado de placer y vergüenza.

Apoyó su espalda por completo en el cristal detrás de él y se retorció ante el éxtasis que llegó en oleadas cargadas de lascivia infinita. Su cuerpo envuelto en pequeñas descargas eléctricas, la boca de su amante abandonó su pene, y despacio, las piernas de Bau volvieron al suelo.

—Carajo—dijo todavía perdido en el orgasmo, seguía apoyado en el cristal. Acarició el cuerpo musculoso de su amante y lo atrajo hacia él para un beso picante.

Su sabor en la boca de su compañero lo encendió. Asió el enorme pene que estaba húmedo y con ambas manos lo masturbó despacio.

—No—replicó e intentó apartarlo, pero Bautista se lo impidió.

—Deseo probarte también—Sus bocas a milímetros—, tu sabor, muero por conocer tu sabor.

Su amante le acarició la mejilla, Bau se inclinó sobre la palma de su mano derecha y la besó.

El hombre desnudo se apartó, retrocedió en la sala de la suite y fue a un sofá de tela blanca a un par de metros de ellos.

Bau se mantuvo apoyado en el cristal, se acarició a sí mismo, sus labios, chupó sus dedos y los deslizó sobre su cuello, su mano descendió a sus pezones, y estiró el derecho.

Los orbes verdes profundos de su amante lucían oscuros. Se acarició a sí mismo su imponente virilidad con la mano derecha y con la izquierda le hizo seña que se acercara.

Bautista caminó hacia él, contorneó las caderas, porque se había percatado que su amante estaba hipnotizado con la curva de su culo. Estaba a centímetros de él, su rodilla tocó la rodilla del hombre sentado de piernas abiertas.

—De rodillas—ordenó—, no vas a parar hasta que mi semilla llene tu boca.

Bau le dio una amplia sonrisa, y se arrojó entre las piernas musculosas.

—No soy tan bueno como tú—aclaró—, pero de algo de lo que estoy orgulloso es que aprendo rápido.

—Pues has tenido suerte, niño bonito. Yo soy un maestro paciente, y si lo deseas, podemos practicar toda la noche.

La lengua del muchacho pinceló la ingle, en un movimiento lento y seductor. El sabor de su piel lo tenía al borde la locura.

—¿Toda la noche?—preguntó mientras tomaba el pene—¿No estás alardeando un poco, viejo decrépito?

Una sonrisa cargada de seducción se dibujó en el hombre. Lo asió del cabello, el agarre fue tan fuerte que Bau gimió de dolor y placer. Los dientes rasparon el lóbulo de la oreja.

—Niño bonito, cuando mañana despiertes y seas incapaz de caminar, quiero que recuerdes tus palabras.—La nalgada fue tan fuerte que Bau aulló—. No voy a tener misericordia contigo, porque acabas de dictar tu propia sentencia.

Una combinación de miedo, ansiedad, deseo y lujuria recorrieron el torrente sanguíneo de Bautista cuando una nueva nalgada cayó en su piel enrojecida.

—Ahora, quiero que esa linda boquita tuya haga algo más que hablar, a menos que sea lo único que sepas hacer con ella.

Bau lo empujó en el sofá con violencia. La espalda de su amante dio en el respaldo mullido y rio.

Su boca hinchada por los besos ahora recibiría algo mucho más grande y tentador.

Masturbó la carne húmeda con ambas manos y un escalofrío invadió su columna vertebral.

Pensó que los penes de ese tamaño solo correspondían al cine para adultos.

Una fantasía por la que se pagaba. Una vena lo recorría desde el prepucio hasta los testículos, la lengua de Bau fue sobre ella, se deslizó despacio, el sabor lo extasió.

La respiración de su amante se entrecortó.

El muchacho repitió la acción, su mano derecha acarició con ahínco sus testículos y los estiró.

El hombre gimió, y Bau sonrió con entusiasmo.

La virilidad se hundió en su cálida boca y su cabeza se desplazó hacia arriba y hacia abajo, con deleite y anhelo, como quien busca explorar y encontrar algo irremplazable.

Los dedos de su amante acariciaron sus cabellos, lo peinó despacio mientras Bau se perdía en su actividad, en la textura, en los sonidos de placer y los jadeos.

—Sabía que no me equivocaba contigo—musitó su amante, su mano derecha seguía sobre el rostro angelical de Bau, quien cada tanto, afirmaba su mejilla en su palma—.

Mi verga te queda bien. —Las mejillas de Bau se ahuecaron y succionó con ahínco y devoción.

Esta vez, el hombre asió la cabeza con ambas manos, y lo inmovilizó—.

Voy a follar tu linda boca, ¿de acuerdo, cariño?

Bau asintió, la virilidad del hombre en su boca adquirió vida propia y ritmo estremecedor.

Su amante arremetió en el cálido interior sin contemplación.

Bau se sostuvo las piernas musculosas y aguantó.

Su propio pene erecto y húmedo entre sus piernas.

Su garganta en carne viva, el hombre vapuleó su boca hasta rebalsarla.

Percibió el sabor cálido y salado que golpeó su garganta. Bau contuvo el reflejo nauseoso y tragó. Su amante lo observó con lascivia.

—Sí, así es—dijo y acarició despacio su rostro—, eres un buen alumno definitivamente.

Bautista gimió y percibió el trozo de carne pulsar hasta vaciarse.

Cuando su amante se retiró, él apoyó su cabeza en sus caderas, su boca hinchada y agotada.

El hombre puso sus brazos por debajo de sus axilas y lo levantó para llevarlo a su regazo.

Bautista se sentó a horcajadas, y sus labios se encontraron de nuevo.

Eran insaciables, ese era, tal vez, el único punto en el que ambos se asemejaban.

—Quiero más—susurró contra los labios del hombre—, quiero…

—¿Qué?—Su amante desafió con una media sonrisa—¿Qué deseas?

—Todo—dijo sin dudar—, deseo lo que me prometiste.

Un beso húmedo sobre su cuello, luego otro, y otro, después sobre su pecho, succionó un pezón y lo soltó con violencia. Bau gimió, sin dejar de contemplarlo, sin dejar de contemplar ese sueño del cual rogaba no despertar.

Las manos grandes y poderosas aplastaron sus sensuales nalgas, y las estrujaron. La pelvis de Bau se agitó como un barco que solo necesitaba el impulso de las olas. Sus miradas se encontraron, la oscuridad de la lujuria en cada facción de ambos.

—Vamos a mi cama—ordenó el hombre que no esperó a que Bau se pusiera de pie, sino que lo asió de la cintura y lo cargó—. Te voy a tomar allí.