13 Deseo concedido
—Vamos, hombre. Prometo no hablar de tu pecadito. Dime, ¿qué quieres tanto ahora que serías capaz de hacer un trato con Lucifer para conseguirlo?
—Adoraría acostarme con un hombre como ese, que me hiciera estremecer y olvidarme de todo, aunque fuera una noche.
Los segundos pasaron, Bautista estaba en manos del hombre acreedor de todos los premios de la lotería genética. Era más hermoso de cerca, a esa distancia cada arruga alrededor de sus ojos, cada cana, casi imperceptible en su cabello rubio, lucía más exquisita.
—Estoy mal de la cabeza—musitó y su cuerpo se arrojó hacia adelante.
El hombre lo presionó contra su cuerpo y le devoró la boca, en sentido literal.
Fue un beso cargado de deseos reprimidos, deseos que Bautista desconocía que podía albergar por un desconocido.
Sus manos recorrieron los pectorales que parecían rocas, sus bíceps, tríceps y grupos musculares que Bau no sabía qué existían se sintieron entre sus dedos, a pesar del saco y la camisa.
Sus brazos se enredaron al cuello, y sus pies se levantaron, poniéndose de puntillas.
Necesitaba más de esa boca, el hombre mordió su labio inferior y lo estiró.
Bautista gimió y contraatacó atrayéndolo más, uniéndose más a ese ser que lo deseaba tanto como él.
—Así está mejor.—El hombre musitó y le dio un chupetón en la mandíbula—. Me gustan los niños honestos.
Bau cerró sus manos sobre la chaqueta.
—Mira, anciano. Vuelves a decirme niño y yo…
El hombre volvió a besarlo. Bau cerró los ojos y se entregó al dulzor de esos labios, al calor y al perfume, porque Dios, ese aroma era tan único como quien lo portaba. El aroma a lavanda y almizcle intenso, varonil, pero sin ser territorial en extremo. Tan diferente de su aroma cítrico.
Las manos del hombre fueron a su espalda, serpenteó con sus dedos largos y firmes, hacia arriba y hacia abajo, explorando a pesar de la ropa que los separaba.
Alguien silbó. Bautista y el hombre se apartaron unos centímetros.
—Dios mío—Bau dijo sin entender todavía qué entidad había tomado posesión de él para tornarse tan descarado.
El hombre le acarició la mejilla, y le dio un nuevo beso corto en los labios.
—Vamos.
El hombre lo asió de la mano, los pies de Bautista se movieron, incluso iban más rápido que sus neuronas, las cuales, todavía no procesaban lo que su cuerpo estaba haciendo, lo que su cuerpo deseaba.
Sin embargo, Bau lo siguió, después de todo, ¿quién en este planeta se negaría a una noche con este hombre?
Estaban a las puertas del Ritz Carlton cuando el cerebro de Bautista fue consciente de lo que estaba sucediendo, y de lo que estaba a punto de hacer, aun así, no retrocedió.
Subieron al ascensor, las puertas se cerraron y el hombre lo acorraló en una de las esquinas.
Bautista volvió a enredar sus brazos en su cuello, y se entregó a un nuevo beso, uno más intenso que el anterior, como si eso fuera posible.
—Espera—dijo cuando el hombre puso su pierna derecha entre las de él y presionó sobre su erección—, por favor espera.
—He esperado demasiado—Le mordió la mandíbula—. Te he visto jugar con tu trago y luego con un cigarrillo. Créeme, has superado mi ración de paciencia y control por esta noche.
Bau entrecerró los ojos y se perdió por enésima vez en sus labios. El hombre lo presionó sobre el espejo detrás de ellos, lo único que se escuchaba eran sus respiraciones agitadas, y el sonido de besos que iban y venían.
Llegar al piso treinta y tres fue una tortura, una exquisita flagelación a la que Bautista se sometió. El hombre lo empujó fuera del ascensor y buscaron la habitación 228.
—¡Ah!—Bautista gimió cuando fue aplastado sobre la puerta de la suite, mientras su amante se apoyaba detrás de él, La erección rozó su coxis, y Bau odió ser tan bajito porque, de lo contrario, el enorme bulto habría descansado entre sus nalgas.
—Me estás volviendo loco.—El amante musitó en su nuca, su nariz entre sus cabellos rubios rojizos, aspiró su aroma.
Bautista se hizo hacia atrás, asió las manos del hombre e hizo que lo envolviera.
—Tómame—rogó—, tómame ahora.
El hombre apartó uno de sus brazos, y su mano fue hacia el picaporte donde deslizó una tarjeta magnética. La puerta se abrió y de pronto, ambos estaban en el interior de la enorme suite.
Cerró la puerta con violencia, Bau se giró hacia él, pero ninguno de los dos era el mismo del inicio.
Cada gesto, cada respiración estaba llena de deseo por el otro, de un hambre voraz.
La necesidad de darse un festín con cada porción de piel del otro hasta que no quedara nada, hasta que ambos olvidaran sus nombres y los problemas que tenían.
Bautista retrocedió por la sala, su amante fue tras él mientras empezaba a quitarse pieza a pieza de la elegante, pero incómoda ropa.
Bau lo contempló, cada parte del cuerpo que ahora comenzaba a mostrarse.
Una enorme serpiente surcaba parte de su brazo y bordeaba su hombre hasta desaparecer en la espalda, una espalda ancha adornada por un águila.
Imponente incluso en las figuras que tocaban su piel.
—Quítate la ropa.—El hombre ordenó y se detuvo a un metro de él—. También quiero verte.
Quizás era el alcohol. Sí, definitivamente era eso, porque en ningún planeta o universo paralelo Bau habría accedido a entregarse a un desconocido sin importar lo bello que fuera y mucho menos, a quitarse la ropa frente a él cuando las lámparas de luz cálida estaban encendidas.
No obstante, lo hizo. Por esa noche, era más que el gerente de operaciones, el empleado fiel y entregado, el muchacho traicionado. Esta noche era Bautista Price, el hombre capaz de despertar la lujuria en un ser que parecía divino.
Cada prenda que se quitaban caía a sus pies, el preludio de una noche infernal, el anticipo de un festín, aunque el apetito de Bau se sentía voraz. Cuando por fin estuvieron desnudos, Bau percibió un hilo de presemen escurriendo de su pene, la excitación en su punto más alto.
Su amante dio pasos hacia él, sus dedos acariciaron su abdomen, su pecho con músculos inexistentes y libre de vello, y apretaron el pezón derecho. Bau llevó su rostro hacia un lado, y se mordió el labio inferior para no gemir.
—Mírame.—De nuevo esa voz llena de mando, un hombre seguro de sí mismo y de lo que generaba—. Quiero escucharte gemir.—Lo sostuvo de la cintura, las piernas de Bau estuvieron a punto de flaquear—. No te guardes nada.
De nuevo sus bocas se encontraron, y las manos vagaron libremente sobre la piel del otro.
Bau gimió alto cuando el hombre salpicó chupetones sobre su cuello, y después en su pecho blanquecino.
Cuando la boca se cerró sobre el pezón izquierdo, asió la cabeza rubia para que se mantuviera ahí.
El hombre rodeó con su lengua la protuberancia rosa, y luego succionó con intensidad.
Las caderas de Bau fueron hacia adelante, su pene rozó la pierna de su amante, su boca lo estaba derritiendo.
Jugó con su pezón y despacio se movió hacia el otro.
Bau no se perdía detalle, este hombre le había dicho que lo mirara, y él obedecería.
Las inseguridades no se habían esfumado. Estaban ahí, burlándose de su ingenuidad, burlándose de la convicción de que este hombre no se reiría de él después cuando lo recordara.
«¿Siquiera va a recordarte?».
¡Qué importaba! Se dijo a sí mismo, entretanto recibía los besos, los chupetones y todo lo que este hombre le estaba dando.
De pronto, su amante imponente cayó de rodillas.
La lengua experta y talentosa, pinceló el hueso de la cadera, los orbes esmeralda sobre los de Bau, quien percibió su pulso a punto de saltar a las nubes.
—¿Tú de verdad…?
—Sí—interrumpió la frase de Bau—, deseo chuparte aquí. Deseo que te vengas en mi boca ¿Puedes hacer eso por mí, niño bonito?
Bau le acarició los cabellos rubios suaves y esponjosos. Sus dedos se enredaron entre las hebras.
—Hazlo, viejo decrépito. Hazme gritar de placer hasta que no pueda más.