12 Sexy y misterioso
Bautista se arregló un mechón de su cabello rebelde y lo acomodó detrás de su oreja. El señor Sexy le sirvió una medida de Macallan en el vaso de cristal. Le gustaba cuando el alcohol se mezclaba con un toque dulce, sin embargo ¿qué más daba arriesgarse a algo diferente?
—¿Por qué tú y tu «hermano» quieren renunciar?
Bau se mordió el labio inferior y sonrió.
—Es que es un tema complicado.
—¿Es complicado o te gusta hacerlo de ese modo??
—No—Bau se defendió y luego se encogió de hombros—, o quizás sí. Ya no sé qué pensar.
Deslizó su dedo sobre la orilla del vaso de cristal.
—¿Puedo preguntar qué ocurrió?—indagó el extraño.
Bau dio un suspiro profundo.
—Vas a pensar que es una estupidez.
—¿Es una estupidez para ti?
Sus miradas se encontraron. Bau se humedeció los labios.
—No, pero…
—Entonces no lo es—replicó el hombre.
Se quedaron en silencio un par de segundos. La incomodidad del inicio dio lugar a algo más calmo, este hombre de verdad estaba prestando atención.
—Trabajé años en la empresa de mi padre.
Mi abuelo me enseñó todo. Me gradué y seguí allí.
Siempre dando lo mejor de mí.—Las palabras salían en cascada—.
Resulta que esta noche él nombró CEO a mi hermana que no tiene idea de nada, y no solo eso…
ella heredará el control total cuando mis padres mueran.
Trabajé toda mi vida por esto, era mi sueño y…
—Su voz se entrecortó—. Dios mío—. Se cubrió el rostro—¿Qué carajo hago contándote esto a ti?
Bau se limpió los ojos, desconocía si la borrachera todavía lo había puesto más sensible, pero, contra todo pronóstico, el hombre sexy no se burló, al contrario, lo observó con reconocimiento, como si de verdad entendiera lo que estaba sufriendo.
—Los favoritismos destruyen familias—dijo y bebió un trago del Macallan—. La cuestión es simple, puedes quedarte ahí o marcharte y construir algo por cuenta propia.
—Es mi vida—explicó.
—No es tu vida—corrigió—, era tu trabajo. Somos más que una función, y no hay nada mejor para un ser humano que lanzarse a lo desconocido. Lanzarse a aquello que parece imposible.
No apartaban su mirada, Bau se sintió expuesto de una forma inimaginable.
—No estoy hecho para lo imposible—respondió—. Lo mío es la estabilidad.
—No seas aburrido.—El hombre le sonrió—¿Vas a decirme que nunca hiciste algo inesperado incluso para ti?
Bau bajó la mirada, de pronto concentrado en la madera oscura de la mesa.
—Me cuesta ser espontáneo.
—Dijiste que tienes 28 años—explicó—. Si a esta altura no tienes buenas anécdotas locas, creo que va siendo hora de que te animes. —La música de fondo desapareció, Bautista solo escuchaba el latir de su corazón. El hombre sacó un cigarrillo—. Voy afuera a fumar, ¿vienes o te quedas?
—No—Bau sacudió la cabeza como un niño—, es tarde, debería irme a casa.
El señor Sexy se mordió el labio inferior.
—Es una lástima—acarició el cigarrillo en su mano derecha—, pensé que estrenaría tu historial de anécdotas «alocadas».
El rostro de Bau perdió todo el color, su corazón que había estado latiendo en sus oídos, de pronto se congeló, a punto de sufrir un infarto. El guapo misterioso llamó a la camarera y pidió la cuenta. Bau, entretanto, se mantenía atornillado a la silla sin emitir palabra.
¡Por Dios! ¡No era un niño! Tanner lo mataría si se enterara de que había perdido la oportunidad de su vida por miedo.
«¿A qué le tienes miedo?».
No había explicación lógica. La cabeza del muchacho daba vueltas y vueltas por los nervios y el alcohol.
Una vez que el hombre pagó la cuenta de ambos, se puso de pie y Bau también saltó de su silla como un resorte. El hombre enarcó sus cejas, sorprendido.
—¿Sucede algo?
—Yo…—Bau tragó saliva. Estaba en el siglo XXI, ¿de verdad los hombres todavía se sonrojaban o era su falta de experiencia?—, a decir verdad, yo también voy a fumar.
El señor Sexy le dio una sonrisa de labios cerrados.
—Perfecto, pues vamos entonces.
Pasó a su lado, Bautista salió detrás de él y buscó su abrigo. El frío de la noche le dio de lleno en el rostro. El hombre buscó el encendedor. Bau no se perdió detalle. La manera en que sus labios presionaban el cigarrillo, la llama cerca de su rostro iluminándolo.
—¿Quieres uno?
Cierto, Bau le había dicho que él también fumaba, cuando ni siquiera cargaba un puto encendedor.
—Claro.—Bau sonrió nervioso y esculcó en su abrigo—. Debo haberlos olvidado en casa.
—No pasa nada.—El tipo le acercó el paquete. Bau, con los dedos trémulos, sacó uno. El hombre le acercó el encendedor. Bau lo puso entre sus labios y la llama tocó la punta. La primera pitada fue directo a los pulmones y contuvo la tos lo mejor que pudo.
—Lo lamento—explicó y se apartó—, es que esta marca es muy fuerte.
El hombre sexy le sonrió.
—Entiendo—dijo, aunque en su cara se le notaba que no se tragaba su mentira.
Dio una nueva pitada, y expulsó el humo hacia arriba. Bau se agachó, y emuló la acción. Esta vez, el ahogo fue mayor.
—¿Estás bien?—preguntó y Bau asentía, pero no dejaba de toser.
—Por supuesto.—Su voz era un hilo entrecortado—. Solo debo acostumbrarme.
La carcajada resonó en la noche, pocas personas iban y venían en la ciudad. Fue nítida, perfecta.
—Por Dios, niño—dijo todavía riendo—¿Algunas vez habías puesto un cigarro en tus manos?
Bau frunció los labios.
—No soy un niño en primer lugar—replicó ofendido—, y para tu información, he fumado muchas veces, pero…
El hombre sexy dio pasos hacia él, más cerca. Bau quiso retroceder, pero el orgullo fue más fuerte y se contuvo.
—¿Sabes?—El hombre inclinó su cabeza para que su rostro estuviera más cerca de Bau—. Eres un niño tan bonito cuando finges ofenderte.
«Niño bonito».
Abrió la boca, pero las palabras quedaron atascadas en la garganta ¿Qué debía responderle?
—Pues tú eres muy muy sexy.—Levantó la cabeza porque este hombre era incluso más alto que su amigo Tanner—. Incluso siendo un viejo decrépito.
Y sí, era la respuesta que ese hombre buscaba. Le sonrió, le quitó el cigarro y arrojó el suyo propio a la calle.
—¡Oye!—Bau exclamó cuando el bastardo lo envolvió de la cintura y lo acercó a su cuerpo tibio y musculoso—. Tú, tú, ¿qué estás…?
—Tienes cinco segundos para arrepentirte, niño bonito—susurró sobre sus labios—, pasado ese tiempo, eres mío.