11 ¿Qué es lo que quieres de la vida?
El bar estaba casi vacío. Había luces tenues, y música de jazz que sonaba de fondo. Bautista observó el sitio, Tanner iba primero. Ingresaron y se quitaron los abrigos. El frío se estaba instalando en la ciudad.
Tanner caminó delante de él, entretanto Bau analizaba la estructura. Su amigo se detuvo y se giró en su dirección. Le sonrió.
—¿Qué estás haciendo?
Bau le señaló una de las vigas de madera. La viga central que mantenía prácticamente en pie el antiguo bar.
—Está inclinada por cinco centímetros—dijo con sus ojos que eran una especie de regla de precisión absoluta—, el espesor no es el correcto tampoco. Menos cuando hay dos pisos sobre ella.
Tanner puso los ojos en blanco.
—Son las dos de la mañana, hombre ¿Podrías dejar de analizar las condiciones edilicias y relajarte un poco?
El bar era antiguo, pero acogedor. La barra relucía, al igual que los licores y la cristalería detrás de ella. Había dos mujeres de la edad de ellos detrás de la barra, y una camarera atendía las mesas. Bau dio dos pasos y se detuvo, observó el piso de madera. Tanner arqueó una ceja.
—¿Qué? ¿Hay fisuras en la madera?
—Las hay—confirmó—¿Quieres saber cuántas?
Ambos rieron. Tanner fue hacia él y lo agarró de la manga de la camisa.
—Ven aquí. Si vamos a morir, este lugar está bonito.
El sitio era pequeño, las lámparas eran antiguas, y daban luz cálida.
«Bronce y madera, eso le da sofisticación».
Pensó para sí mismo porque su amigo lo golpearía si acotaba algo más acerca del lugar. Los asientos eran de madera oscura, del mismo modo que la impoluta barra.
Detrás de la barra había algunas mesas, la mayoría estaban vacías a esa hora.
Los hombres se sentaron. Bau afirmó sus antebrazos y notó que detrás de la alacena donde estaba la cristalería y los licores, había un vidrio de gran espesor y tamaño.
Cubría la pared, lo cual le daba más luminosidad al ambiente, pese a que el techo era de color marrón oscuro y las paredes de un tono tierra.
«¿Por qué sigues analizando todo?».
Bufó cuando se percató de sus manías, de su necesidad de buscar y buscar en cada cosa donde ponía su ojo.
La barwoman se acercó y Bau pidió un bourbon sour mientras que Tanner un whisky doble. La mujer les sirvió lo solicitado en seguida y se alejó. Ambos le dieron un sorbo y el alcohol se acumuló todavía más en su sangre.
—No deberíamos conducir—dijo Bau y Tanner rio.
—¿En serio? ¿Lo dices ahora después de que estuvimos manejando por casi una hora para encontrar algún lugar abierto?
Bau puso la mano en su mentón. Estaba cansado e irritable.
—Lo que me faltaría es terminar en la cárcel.
—Y que abusen de ti.
Bau le dio un golpe en el brazo.
—¡Idiota!
—¿Qué? Como si ese no fuera el peor escenario posible.
Bau puso los ojos en blanco y resopló.
—¿Qué mierda hacemos aquí, Tanner?—Fue una pregunta que pareció más para sí mismo—¿Qué ganamos emborrachándonos hasta el umbral del vómito? ¿Voy a cambiar algo?
—No—Tanner se encogió de hombros y vació lo que restaba de su vaso en un solo tirón—, pero te ayuda a pensar. Hay personas que son más productivas con el alcohol.
—¿En qué planeta?—Bau indagó con suspicacia.
—Los ingleses son buenos pensando y viven borrachos, eso debe darme la razón.—Bau empezó a reír, porque las ocurrencias de Tanner eran infinitas. Su amigo puso la mano en su hombro—. Vamos, amigo. No te desanimes, no ahora.
—¿No debo desanimarme cuando mi vida está en ruinas?
—¿Sabes qué es lo mejor de estar en ruinas?—preguntó Tanner—. Desde allí, solo queda reconstruir.
—¿Desde cuándo te volviste tan filósofo?
—No es filosofía, es experiencia—explicó esta vez con seriedad—. La estás pasando mal, ¿por qué atormentarte y pasarla peor?
Bautista observó su reflejo en la madera de la barra, acarició despacio el borde del mueble.
—Si tuvieras que pedir un solo deseo, ¿cuál sería?—indagó Bau.
Tanner llamó a la barista para que le sirviera otro whisky. El líquido cayó en el vaso, mientras el hombre pensaba.
—Que mi hija muera antes que yo—dijo sin dudar un solo segundo—, que no caiga en manos que puedan hacerle daño, que se sienta sola.
Bau lo observó y su corazón se estrujó.
—¿Incluso cuando te rompa el alma?
—Mi alma se rompió hace mucho.—Tanner hizo una pausa—. Lucho porque la de ella esté intacta. Si eso significa que ella se vaya antes que yo, pues que así sea.
Bautista presionó su mano con fuerza.
—Me habría gustado tener un padre como tú.
El nudo en la garganta de Tanner se tensó. El hombre se encogió de hombros y le dio un guiño de ojo.
—Quien sabe, Price. Tal vez consigues un «Papi dulce» después de todo.
—Vete a la mierda.
Las risas de ambos resonaron en el bar. Los hombres que estaban allí se dieron la vuelta en su dirección.
—¿Qué hay de ti, Price? ¿Cuál es tu sueño, además de encontrar un Sugar Daddy?
Bau abrió la boca.
—¿De qué mierda estás hablando? Yo nunca he querido un viejo para mí.
Tanner se mordió el labio inferior.
—Está bien, está bien.—Levantó las manos—. Dime cuál es tu aspiración entonces. Y por favor, que no sea lo de Price Construcciones. Prefiero lo del Sugar.
Bau sonrió y acarició el borde de su copa.
—Es difícil ahora—confesó—, en este momento solo quiero…
—Venganza.
—No.
—Vamos, hombre—Tanner empujó un poco más—. No me digas que no sería orgásmico ver a tu familia llorar por sus decisiones.
—Yo no soy así.
—¿Así cómo? ¿Una persona normal?
—Una persona horrible.
—Las personas horribles dominan el mundo, ¿por qué no te gustaría ser como ellas?
—No disfruto con el sufrimiento ajeno, es solo eso.
Tanner le dio un codazo juguetón.
—Vamos, hombre. Prometo no decir tu pecadito. Dime, ¿qué quieres tanto ahora que serías capaz de hacer un trato con Lucifer para conseguirlo?
Bautista buscó en su cabeza, lo intentó, pero estaba vacía. No había quedado nada. Era un lienzo en blanco, donde antes existió todo un universo.
La puerta del bar se abrió en ese instante.
Tanner y Bau dirigieron su atención hacia allí.
Un hombre en un traje de tres piezas dio pasos al interior del lugar.
Bau abrió la boca, y se sintió incapaz de cerrarla.
Tanner frunció los labios. El tipo pasó detrás de ellos.
Bau lo siguió con la mirada hasta que ocupó la mesa del fondo, delante de unas pinturas impresionistas que cubrían parte de la pared. Tanner arqueó la ceja.
—Bien, Price. Voy a preguntarte de nuevo, ¿qué quieres tanto ahora que serías capaz de hacer un trato con Lucifer para conseguirlo?
El hombre se quitó el saco, debajo llevaba un chaleco color azul marino, del mismo tono que el resto del traje y una camisa blanca con una corbata de satén en tonos suaves.
La camisa le quedaba entallada por el volumen de sus músculos.
Su cabello rubio lucía abundante y estaba perfectamente recortado.
.. Su mandíbula cuadrada estaba cubierta de una barba suave, sus labios eran finos, del mismo modo que su nariz respingada.
Los orbes del desconocido se levantaron y se enfocaron en Bautista.
El muchacho desvió la mirada, mientras que Tanner reía y bebía a su lado.
—Dios mío—masculló Bautista.
—No, no creo que sea Dios, pero como que se le parece, ¿no?
—Imbécil—Bautista lo reprendió—, ¿cuánto tiempo estuve viéndolo?
—Lo suficiente para que el galán te devolviera la mirada.
Las mejillas de Bautista se tornaron púrpura. Sus ojos volvieron al hombre quien seguía con su vista clavada en él.
—Carajo, sigue mirando—dijo entredientes a su amigo. Tanner asintió.
—Pues sí, es lo normal si está interesado, y es claro que tú le correspondes.
Bau frunció el ceño.
—No digas estupideces—replicó—, además un hombre como él nunca se fijaría en mí.
Tanner se pellizcó el puente de la nariz.
—Tú y tu necesidad constante de autoboicot.
—Es ser realista.—Movió las manos explicando—. Ese hombre no puede ser gay.
Tanner lo observó sin tapujos, y luego le golpeó el brazo a su amigo.
—Tienes razón, no es gay.
—¿Ves?
—Es decir, ¿cómo un tipo no va a mirarme a mí que soy un chocolatito caliente?
Bau frunció los labios. En ese momento no sabía si insultar a su amigo, o reír. Sus ojos curiosos regresaron al hombre que seguía enfocado en él. Desvió la mirada, y dio una pequeña sonrisa.
—No sé qué quiero para mi vida, Tanner, no en este momento, no con todo el dolor que tengo, pero hay algo que tengo claro.
—¿Qué cosa?
Bau se humedeció los labios.
—Adoraría acostarme con un hombre como ese, que me hiciera estremecer y olvidarme de todo, aunque fuera una noche.
Tanner frunció el ceño.
—¿Te conformarías con una noche después de probar el cielo?
—Sí, no tendría alternativa después de todo.
Tanner se rascó la barbilla y dio un suspiro.
—Bien, está hecho.
Asió su vaso y el de Bautista, y se levantó.
—¿Qué haces? ¿A dónde vas?
—Vamos—Tanner corrigió—, si Mahoma no va a la montaña…
El terror marcó las facciones de Bautista cuando Tanner dio pasos en dirección al hombre misterioso.
—¡No! ¿Estás loco?
Demasiado tarde. Cuando Tanner tomaba una decisión nada lo detenía. El calor subió por el cuello de Bau y lo siguió en silencio ¿Qué se supone que le diría? ¡Iba a quedar como un imbécil! Bueno, un poco más de lo que era.
Se pararon frente al hombre y Tanner dio un suspiro. Bau, como un adolescente tonto, estaba detrás de él.
—Hola, ¿está ocupado este asiento?
Bau tragó saliva y levantó la cabeza, después de todo, no podía seguir concentrado en el piso.
El aroma los envolvió a los tres. Almizcle, lavanda y algo picante, algo que reflejaba su personalidad.
Era incluso más imponente de cerca. Los escrutó de arriba a abajo y luego señaló las sillas frente a él.
—Adelante—respondió y Tanner empujó a Bau para que se sentara antes que él.
Bau frunció el ceño, ¿por qué su amigo tenía más talento que él para coquetear con hombres?
Se removió en su asiento, consciente de su respiración agitada, del sudor que comenzaba a poblar su frente, de sus manos sudorosas que ahora limpiaba en el pantalón.
—Soy Tanner. —Estrechó la mano hacia el hombre quien la recibió—. Este es mi amigo Bautista.
—Un placer.—Su voz era gruesa, esa especie de masculinidad que erizaba la piel. Tanner pasó la mano por su cabello rizado, Bau notó que estaba ¿nervioso? Contuvo la risa, porque era tan difícil que algo incomodara a su compañero.
—¿Eres de aquí? Tu acento es…
—Crecí en Gran Bretaña—dijo marcando cada sílaba, Bau se mordió el labio inferior ¿De verdad existían hombres así de sexis?
«Estuviste a punto de casarte con uno».
No, Bau sacudió la cabeza. Joseph Dalton ni siquiera podría besar el suelo donde ese hombre caminaba, Joseph podía ser un auto bien equipado, pero este hombre era el Ferrari que a todos les gustaría montar.
—¡Eso es!—Tanner rio—¿Londres? Conozco a dos amigos que…
—Manchester—agregó y bebió de su Macallan—. Mi lugar en el mundo durante muchos años.
—Bueno, Manchester también tiene su encanto. Las galerías de arte son increíbles.—Bau se preguntó si su amigo alguna vez había visitado esa ciudad, estaba seguro de que no—¿Qué te trae por aquí?—preguntó Tanner.
Bau bebió todo el contenido del vaso. Al notarlo, el hombre de inmediato llamó a una de las camareras.
—¿Qué bebes?—preguntó y Bau movió la boca, pero nada salió.
— Bourbon sour —respondió Tanner—. Su favorito.
—No hace falta—dijo Bau que parecía haber encontrado su voz—, he bebido demasiado esta noche.
—Hombre, relájate.—Tanner le apretó la pierna a punto de estrangularla—. La noche recién empieza.
Bau tragó saliva y le dio una sonrisa nerviosa. Su trago llegó de inmediato. Estaba por dar un sorbo cuando el hombre misterioso lo interrumpió.
—¿De verdad tienes edad para beber?
—¿Dis…disculpa?
Tanner rio y abrazó de los hombros a su amigo.
—¡Qué gracioso!
Pero el hombre no sonrió.
—Tengo 28 años.—Bautista replicó en tono ofendido—¿Cómo piensa que voy a estar aquí a esta hora si no fuera así?
Sus ojos se encontraron de nuevo, entonces el hombre guapo sonrió, y todas las objeciones o el sentido de la ofensa que Bau albergaba murió.
—Es una broma, cariño. Tampoco te lo tomes tan mal.
«Cariño».
No era solo el término, sino la forma en la que lo dijo. El acento perfecto, la dosis de erotismo justo en cada sílaba.
El hombre se centró una vez más en Tanner.
—Respondiendo a tu pregunta, estoy aquí por negocios.
—Me imaginaba—Tanner agregó—. Nosotros trabajamos, mejor dicho, trabajábamos en una empresa de…
Bau le golpeó el brazo. El tipo sexy arqueó una ceja.
—¿Qué pasa? ¿Los despidieron?
—Renunciamos—aclaró Tanner.
—Todavía no—replicó Bau.
—¿Por qué no?—Tanner contraatacó.
—Porque todavía no lo decido.
—Pero, creí que…
—¿Son pareja?
—¿Qué? ¡No!—gritaron al unísono. El hombre sonrió.
—Entonces, se podría decir que están casi renunciando.
—Algo así.—Bau le sonrió. El señor Sexy escrutó las facciones de su rostro.
—¿Entonces no estás con él?—Se enfocó en Bautista quien negó con la cabeza.
—No, somos amigos. Es como mi hermano.
—Hermanos, muy hermanos.
Bau dio un suspiro, ¿por qué carajo Tanner tenía que hablar sin parar? El señor Sexy se humedeció los labios, Bau estaba a punto de derretirse en su asiento. Tanner se arregló la corbata y se aclaró la garganta. Le echó un vistazo a su reloj.
—Dios mío, ¡qué tarde!—Se levantó—. Lo siento, mañana debo estar temprano en la oficina, así que debo dejarlos.
Bautista negó en estado de terror.
«No me dejes, por favor».
Tanner dio un suspiro y casi sintió pena por su amigo, casi.
—Fue un gusto conocerte…, perdona, no recuerdo tu nombre.
El hombre arqueó una ceja.
—No te lo dije.—Estrechó la mano—. Adiós, Tanner. Cuídate.
Tanner se quedó estático, su mano regresó al nudo de la corbata y sonrió.
—En fin, buenas noches.—Apretó el hombro de Bau quien le asió la mano—. Nos vemos.
Se irguió, y le dio un guiño de ojo a su amigo. Cuando Tanner comenzó a dar pasos hacia la puerta, Bau sintió que la única defensa que tenía se resquebrajaba. La puerta del bar se cerró detrás de ellos y Bautista dio un salto.
—Yo también debo irme—dijo buscando su abrigo—. Fue un gusto.
—¿Por qué huyes?
La pregunta lo paralizó.
—Yo no estoy huyendo.
—¿No?—Arqueó una ceja—¿Qué estás haciendo entonces? Tu «hermano» puso todo de sí para acercarse, y debo admitir que fue bastante torpe y gracioso, pero ¿fue por nada?
El bastardo sexy rio ampliamente esta vez. Bau pensó que, si había un límite para la hermosura, este imbécil lo había quebrado. Su celular vibró en su bolsillo, sacudió la cabeza y lo sacó de inmediato.
No tengas miedo de tomar lo que deseas una vez en tu vida.
Tragó saliva y guardó el aparato de nuevo. Se sostuvo del respaldo de la silla y luego volvió a su lugar.
El idiota hermoso señaló el vaso.
—¿Uno más?
Bautista observó esos ojos con determinación, como si se tratara del proyecto de su vida.
—No—dijo sin dudar y le señaló a su vaso—, quiero lo que estás bebiendo.
El rubio asintió y llamó a la camarera que daba un brinco cada vez que este cliente la llamaba.
—Trae un vaso para mi amigo—pidió y se humedeció los labios—, y una nueva botella de Macallan.