Lascivo (Prohibidos 2) 9 Jacqueline
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9 Jacqueline

Las luces del salón de la mansión Price a las afueras de Nueva York cubrían cada espacio, Bau sonrió cuando un par de empleados se acercaron y lo saludaron.

Era el cumpleaños de su padre, pero si tenía en cuenta de que toda la empresa estaba allí, todo el mundo avizoraba o, al menos, suponía, que un anuncio de los grandes estaba en camino.

Bau notó que la copa de champán temblaba en su mano.

La angustia le atiborraba el pecho, pero Joseph Dalton no le arruinaría este momento, ya no más.

Bebió el líquido de un solo tirón y se enfocó en los doscientos cincuenta invitados.

Sonrió como un robot, recibió halagos y conversó con todo el que se le acercaba.

Tanner le guiñó el ojo del otro lado del salón, estaba con dos de las recepcionistas.

Bau puso los ojos en blanco, de seguro Gina estaba con sus abuelos, y Tanner no desaprovecharía esa noche.

«Quizás deberías ser más como él».

¿Había alguna forma de cambiar la esencia de una persona? Bautista solo tuvo sexo con un hombre en toda su vida, y esperaba seguir así hasta que muriera, sin embargo, su novio tenía otros planes, unos que lo dejaban a él en un papel secundario.

«¿Acaso no estabas acostumbrado a estar en segundo lugar en todo?».

Berton, su padre, hablaba con Jacqueline. La abrazó por un momento mientras conversaban con un viejo amigo. Su madre, Salma, charlaba con dos mujeres de su círculo social, de esas que uno se encuentra en los clubes de campo, a los cuales Bau nunca iba porque lo aburrían.

Estaba solo, se sentía de ese modo desde que era un niño.

Sin un lazo fuerte con su padre o su madre, sin un vínculo entrañable como los que la mayoría de los seres humanos tienen con sus hermanos.

Bau era lo más parecido a una planta, hacía un manejo eficiente de los recursos, pero solo eso.

No había más emociones que las que tuvo con Joseph, no había más amistad que la de Tanner.

Bautista Price no existía, solo era una sombra, una que era de utilidad.

—Cambia esa cara. Están por nombrarte heredero y tienes cara de que se murió alguien.

Bau levantó la vista y negó.

—¿Qué pasó? ¿Las chicas no cayeron en tus tácticas de seducción?

Tanner se encogió de hombros y abrazó a su amigo de los hombros.

—No, lo que pasa es que no quería hacerte sentir mal.

—Vete al carajo—replicó Bau y le dio un pequeño empujón.

—¿Qué? ¿Está mal ser un amigo solidario?

Bau le dio una mirada de picardía.

—Falta poco para el circo, disfruta mientras puedas.

—¿Por qué? ¿Vas a despedirme?

—Por supuesto, es lo primero que haré como CEO de la empresa.

Tanner se carcajeó, llamó a uno de los camareros y tomó dos copas, mientras le quitaba la vacía a su amigo.

—Brindemos.

—Te estás adelantando.

Tanner le sonrió.

—No, quiero brindar no solo por CEO sino por mi amigo, por el hombre que me enseñó lo que es tener un hermano, y le agradezco a Dios cada día haberte puesto en mi camino. No sé si lo habría logrado sin ti, de verdad que no.

A Bau se le llenaron los ojos de lágrimas. Estaba tan sensible, se limpió rápido el rostro y brindó.

—Por nosotros, por nuestra amistad, por el maravilloso futuro que nos depara.

—Salud, jefe.—Sus copas chocaron y ambos bebieron.

—Vaya, veo que están celebrando por anticipado.

Los hombres voltearon a la voz melodiosa detrás de ellos. Tanner le dio una sonrisa educada.

—Jackie—respondió a la mujer que miraba entre ambos—, solo brindamos por el futuro y las cosas que traerá. El gran brindis lo hará tu papá, estamos ansiosos por eso.

La mujer se cruzó de brazos, se acercó a su hermano y le dio una nueva mirada a Tanner.

—¿Podrías dejarnos solos un momento?

—Claro.—Tanner puso la mano en el hombro de su amigo—. Ya regreso.

Bautista asintió. Su hermana se paró a su lado y llamó a uno de los camareros por champagne. Bebió un sorbo.

—Vaya.

—¿Qué?

—No es de la que me gusta—replicó—. Papá ha estado tacaño con el alcohol.

—Creo que la finalidad no es ostentar sino celebrar—agregó en calma. Jacqueline le dio una sonrisa de ternura.

—Siempre me pareciste tan lindo, con esos comentarios tan pintorescos.

Bautista tensó la mandíbula.

—Debe parecerte gracioso, no como tus amigos del club de campo.

Jackie le acarició el hombro, y planchó con su mano una arruga invisible en su esmoquin negro.

—¿Cómo podemos ser tan diferentes, hermanito? ¡Solo nos llevamos dos años!

—Misterios del linaje familiar, supongo—dijo Bautista sin un ápice de diversión—. Es raro verte tan cerca de mí, normalmente me esquivas como si fuera un leproso.

—Bau, yo nunca hago eso.—Puso una mano a la altura de su corazón, como si de verdad le doliera el comentario—. Quizás no somos los más unidos, pero te quiero, siempre te quise.

—Yo también lo hago—explicó Bau—, por eso me duelen tus desplantes.

—¿De qué hablas?—Frunció el ceño como la gran actriz que era—. Jamás te he mirado en menos. Tú eres el taciturno, el que tiene algo que hacer cada vez que me acerco.

Bautista dio un profundo suspiro.

—¿Qué pasa, Jackie? A esta hora siempre eres el alma de la fiesta.

Bebió un nuevo sorbo, el líquido le dio alivio a su garganta seca por los nervios y la adrenalina.

—Es el cumpleaños de papá. No voy a robarle el protagonismo a él, ni a nadie.

Bau dio una media sonrisa ante el comentario poco sutil. Un empleado pasó en ese instante. Saludó al hombre e hizo un asentimiento hacia Jackie. La mujer lo ignoró.

—¿Lo ves? También eres bastante bueno siendo hipócrita.

—¿Qué?—Bau frunció el ceño.

—El idiota ese—explicó—, lo saludaste como si importara.

—Lo hace.—Bau se defendió y ella rio.

—Por favor, ni siquiera sabes su nombre.

—Roland Frank—dijo sin titubear—. Está en el área de logística. Es casado y tiene dos hijos. Trabaja en la empresa desde hace ocho años.

Jackie bebió un sorbo de champán y levantó su mano para quitarle importancia.

—Ay, por favor. Te acabas de inventar eso—dijo con una risita—. Ni siquiera papá conoce a todos sus empleados.

—Yo no soy papá—respondió tajante—, y tampoco soy tú.

Nunca lo entendería. La empatía y el compañerismo no eran valores que crecieran que los árboles.

—Mis amores—Salma los abrazó desde atrás—, vamos a nuestra mesa. Papá dará un discurso muy importante ahora.

El miedo volvió a emerger, una especie de doble personalidad que Bau detestaba, pero que formaba parte intrínseca de él.

Se movieron hacia la mesa. Salma abrazaba a Jackie y le besó la sien.

Bau buscó entre la multitud a su amigo Tanner, quien a lo lejos levantó la copa, y le infundió confianza.

Se acomodó la pajarita del esmoquin, sacó un pañuelo y se limpió el sudor.

Todos los ojos estaban sobre ellos, Bau sintió sus mejillas arder.

Se imaginó como una frutilla con sus mechones rojizos y rubios, sus grandes ojos verdes y su cara de un rojo intenso.

«¿Y así pretendes convertirte en CEO?».

La vocecita nefasta resonó en su cabeza, la conocía, era casi su mejor amiga, esa amiga que nadie quiere, pero que, aun así, se aferra a nosotros.

Berton saludó a uno de sus amigos y subió al escenario. Un atril de vidrio que desde el primer segundo develó que esa reunión no solo era un cumpleaños, sino que definiría el futuro de Price Construcciones. Los pasos de su padre por la escalera se sintieron eternos.

«¿Tanto te importa este título?».

La respuesta era simple. Era un gran no.

Bau se tuvo que admitir en el transcurso de esos segundos que lo que pretendía era algo más que un título o una empresa, quería lo que le negaron desde que era un niño.

Ansiaba reconocimiento, un deseo ferviente de ser valioso a los ojos de sus padres.

Ser más que el muchacho trabajador y eficiente, ser más que el hombre tras bambalinas que convirtió una empresa de quince empleados en una de doscientos.

«Bau, solo nos hemos tenido nosotros toda la vida, el trabajo y nada más. Ambos merecemos más y lo sabes».

Tal vez Joseph en su infinito egoísmo tuvo razón. Bautista sintió que merecía más, y era hora de tomar el timón de su vida.

—Bueno—Berton asió el micrófono—, hola a todos, gracias por acompañarme hoy en este día tan especial para mí.

—Bau estudió a su padre, la capacidad que poseía para que todo el mundo centrara la atención en él—.

No es una fecha más, no puede serlo cuando cumplo sesenta y seis años y cada vez estoy más cerca de la muerte que la vida.

Todos abuchearon y rieron.

—Está bien, no es nada malo reconocer que después de los sesenta y cinco cada segundo es una bendición, y me siento feliz de vivir cada instante ¿Saben el motivo?

He construido una buena vida. Tengo una esposa adorable a la que amo, dos hijos maravillosos.

Jackie, mi pequeña niña, ¿tienes idea cuánto te amo?

Jacqueline se limpió las lágrimas. Varios en la sala lo hicieron también cuando la voz de Berton se entrecortó.

—Eres un regalo, hija mía. Hermosa, carismática, inteligente, creativa. Traduces mis órdenes de una manera tan sutil en la empresa.

Bautista observó a Tanner quien se ahogó con el champán. Jacqueline jamás había tenido contacto con alguien más dentro de la compañía que no fuera la gente de su propia área o de marketing. Bau frunció los labios, carajo ¿era necesario esta hipocresía?

—Te valoro, mi pequeña. Eres luz, y solo por eso mereces brillar siempre.

—Berton cambió de mano el micrófono—. Es por ello que, a partir de hoy, renuncio como CEO de Price Construcciones y dejó mi legado a ti, querida hija, para que construyas un imperio, para que tomes lo que tu abuelo y yo dejamos y lo magnifiques como solo tú puedes lograrlo.

Bau observó la gota de transpiración que se deslizó por la copa de cristal donde burbujeaba el champán.

Levantó la vista y se perdió en el escenario donde Jacqueline subió y abrazó a su padre quien lloraba junto a ella.

Salma, su madre le palmeó la espalda a Bautista y se levantó de la silla para subir y unirse al festejo.

Era surrealista, una escena salida de sus pesadillas, una escena que Bautista quería borrar de su memoria para siempre, sin embargo, la memoria no es selectiva y uno no decide qué es lo que puede conservar y lo que no.

La mirada de la gente iba de él hacia el escenario, nadie en esa sala dudaba de la injusticia perpetrada. Su rostro, a esta altura, estaba en llamas. Sus ojos se encontraron con los de Tanner quien negaba con horror.

¡Qué puta mierda! Bautista quería desaparecer.