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7 Cross

Bárbara Cross contemplaba Nueva York desde la ventana de su departamento con una fascinación que solo quienes llegan de visita a una ciudad pueden entender.

Nueva York no se parecía a la Amsterdam donde nació o al Londres donde creció, no porque esas ciudades no tuvieran belleza, sino que la esencia era diferente.

Nueva York era un mosaico vibrante, donde cada esquina parecía susurrar historias de libertad, cada persona que veía en la calle celebraba ese empuje.

La manera en que iban de un lado a otro, el despertar de una ciudad que, a su vez, parecía jamás dormir.

Al contrario de lo que pensaban acerca de ella, a Bárbara le encantaba perderse entre la multitud, sobre todo en la noche, sentir el pulso de luces y sonidos, saber que allí nadie era extraño, y que todos lo eran al mismo tiempo.

Sentirse parte, y sentirse forastero. Una ambigüedad que le llamaba la atención, que le gustaba, que la hacía olvidarse por unos minutos del tortuoso pasado que tocaba a cada instante la puerta.

«Nueva York tiene esa energía magnética, ese aire de promesa, algo que ninguna otra ciudad posee: la sensación de que todo es posible y de que, en sus calles infinitas, uno puede volver a empezar cuantas veces quiera. Creo que seríamos felices allí, incluso si perdiéramos todo».

La voz de su amor, de su único amor repiqueteó en su cabeza, como el agua de una cascada cuando toca la roca. Los ojos verdes hablaban de vacío, hablaban de distancia, pero, sobre todo, de profunda angustia, de un dolor insalvable que nada calmaría, ni siquiera la distancia.

—Esto no está bien.

—Si nos amamos, ¿por qué no debería estar bien?

—Porque soy el socio de tu padre y su mejor amigo.

—No estoy diciendo que dejes los negocios, pero ¿no te cansas de esconderte?

—Bárbara, mi hermosa barbie, te llevo veinticinco años. Esto va más allá de…

—Deja de decir que tienes la edad de mi padre. Yo te amo, te he amado toda la vida, incluso cuando tenía prohibido hacerlo.

—Vas a condenarme al infierno, ¿no es así?

—Pues si me dejas estar contigo, ardamos en él.

Un escalofrío recorrió su columna, su estómago se contrajo y su garganta se cerró. Se humedeció los labios y pestañeó rápido, en un intento vano por ahuyentar las lágrimas, lágrimas que cada tanto seguían saliendo, y quizás nunca dejarían de hacerlo.

Asió el celular y contempló la fotografía que tenía de fondo de pantalla, esa que representaba el último recuerdo, el último beso de un amor que estaba destinado al dolor inconmensurable.

El golpe en la puerta la sacó de la oscuridad. Al segundo, una mujer ingresó con una libreta en mano.

—Buenos días, Bárbara.

—Buenos días. —Su máscara gélida se ubicó en el lugar donde antes estuvo la fragilidad.

—Quiero confirmarle que la reunión en Price será el jueves a las nueve de la mañana.

Bárbara caminó por la sala, asió su bolso y asintió.

—Perfecto, vamos a la oficina. Cuéntame qué tenemos para el día de hoy.

La mujer entrada en años, pero con un porte estoico, asintió. Caminaron hacia afuera del edificio donde el auto y el chofer las esperaba. Bárbara subió al vehículo junto a su asistente. El chofer se puso en marcha rumbo a uno de los edificios más grandes de la ciudad.

Cross Investments, una empresa que fue el sueño de su padre, Bauer Cross y Peter Wallace hacía cuarenta años atrás cuando estos solo eran unos muchachos en Amsterdam, una empresa que se expandió a lo largo de los años hacia Gran Bretaña, Alemania y Francia.

Una compañía que, de la mano de Bárbara y de su hermano se convirtió en sello de calidad y excelencia.

Bárbara sostuvo su abrigo entre sus manos, y lo presionó.

Ninguno de los fundadores vivía ya. Ninguno formaba parte del sueño de llegar a Estados Unidos y conquistarlo.

Los dos fallecidos, ambos con un destino cruel.

Bárbara tensó la mandíbula y pensó en su hermano, en ese bastardo que no debería existir, en ese hijo de puta que debería haber muerto antes que su pobre padre y su amor.

«Una belleza angelical y mirada lúgubre».

Así la describían algunos artículos del espectáculo, Barbara sabía que no estaban equivocados.

Un aura oscura la perseguía, una especie de halo que la acompañaba sin importar donde estuviera.

Tocó su vientre y lo acarició. Hubo un tiempo en el que tuvo vida allí, hubo un tiempo en el que fue feliz, hubo un tiempo en el que poseía humanidad.

La mujer ingresó a su oficina mientras su asistente le comentaba el resto del día.

—¿A qué hora hay reunión con los gerentes de área?

—En una hora, tal y como usted lo pidió—señaló la asistente y golpeó el bolígrafo sobre su agenda—. Hay algo más también.

Bárbara frunció el ceño.

—¿Qué es?

—Hola, hermanita.

La asistente abrazó contra su pecho la libreta. El rostro de Bárbara mutó por la ira.

—¿Qué haces aquí?

El hombre levantó las cejas y le dio una sonrisa.

—Creo que también soy dueño de esta empresa, ¿verdad? ¿Acaso no tengo derecho a venir a la reunión bimestral con los gerentes?

Barbara se puso de pie. Le dio una mirada a su secretaria, la cual comprendió de inmediato y los dejó a solas. La puerta se cerró y la mujer negó.

—Nunca te interesó Estados Unidos.

El hombre la observó de brazos cruzados. Sus ojos del mismo tono de los de ella, pero estos eran profundos y llenos de picardía.

—Si mal no recuerdo, uno de los primeros que habló acerca de la expansión hace diez años atrás fui yo.

La mandíbula de Bárbara se contrajo, sus ojos se encendieron.

—No quiero verte aquí, este es mi territorio. Dijiste que te encargarías de las operaciones en Europa y…

—Europa me aburrió. —El hombre caminó y se sentó frente a ella en el imponente escritorio de vidrio y madera negra africana. Les echó un vistazo a las fotografías sobre él, y se quedó pensativo—. Esa foto siempre me gustó, lástima que nunca la mostrabas.

Bárbara dio vuelta el portarretrato y golpeó la mesa.

—Ni siquiera te atrevas, bastardo. Ni siquiera pienses en hablar de mí o de él.

El hombre levantó la vista, su rictus se mantuvo estoico, sin un gramo de la picardía de recién.

—Nunca hablé de él, ni de ti. Ni siquiera cuando tenías 17 años y entraste a un hotel de lujo con…

—Cállate. —Bárbara no lo dejó terminar—, cállate o te juro por Dios que soy capaz de cometer una locura.

El hombre rio y dio un suspiro.

—Siempre fuiste una perra fuerte, hermanita—agregó—, pero le ladras e intentas morder al equivocado.

Bárbara rio con sarcasmo.

—Claro, ahora vuelve a ensuciar a papá. Vuelve a decir que él lo mandó a matar.

—Fue él. —Se puso de pie y se arregló el saco de color negro—. Tu amor, o tu ignorancia te impiden verlo, y ese no es mi problema.

A esta altura, Bárbara no se controlaba. Odiaba a su hermano, lo odiaba tanto como lo amó alguna vez.

—Estaba embarazada. Te lo confesé buscando tu apoyo—susurró—¿Nada de eso te importó?

La voz se le entrecortó. El hombre negó.

—¿Cuántas veces hemos tenido esta conversación a lo largo de estos últimos años? ¿Cuántas veces has creído mi versión? ¿Cuántas veces has justificado a los fantasmas en tu cabeza que te susurran venganza?

—Solo piensas en ti, siempre lo hiciste. Peter me lo decía.

—Peter te amaba, eso no está en duda—interrumpió—, pero también te manipulaba por miedo. Quería que fuéramos enemigos, para cuando tuvieran que deshacerse de mí, no dudaras.

—Entonces te adelantaste.—La voz subió—. Lo mataste a él y luego a papá, estabas seguro de que yo, aunque sobreviviera, estaría demasiado rota para pelear contigo, para que la investigación siguiera. La inestable, la que necesitaba ser internada.

Acarició el terciopelo de la silla y se mordió el labio inferior.

—Puedes creer lo que quieras. Ya no voy a pedir permiso por existir o seguir vivo. Y si quieres cambiar eso, pues adelante, no voy a detenerte. Toma un arma y búscame, termina con mi vida y sé dueña de tu venganza como anhelas.

—No voy a pisar una cárcel por una basura como tú—agregó con asco—. No vales ni siquiera eso.

El hombre rio y puso sus manos en los bolsillos de su traje negro de tres piezas.

—Estoy de vuelta, Bárbara. No me voy a ir, así que tienes dos opciones.

Te acostumbras a verme o regresas a Europa.

Tú decides. —Las manos de la mujer se volvieron puños.

El silencio espeso y oscuro llenó la lujosa oficina—.

Lo suponía, ahora, si me disculpas, voy a pedir un informe para estar al tanto de la reunión de hoy.

Se dio media vuelta y dio pasos hacia la salida. Bárbara se puso de pie.

—Arjen Cross. —El hombre se detuvo y la miró por encima del hombro—. Si te quedas, voy a asegurarme de complicarte la vida al máximo, ¿entiendes eso?

Arjen rio.

—He trabajado con Bauer Cross y Peter Wallace. Dudo que puedas ser más hija de puta de lo que ellos fueron conmigo.