6 Revancha
Tengo la teoría de que cuando uno llora, nunca llora por lo que llora, sino por todas las cosas que
no lloró en su momento
—Mario Benedetti.
Bautista sostuvo con fuerza el vaso con café que había comprado en el Starbucks a dos calles de la empresa y se dirigió a su oficina la mañana después del desastre.
Las ojeras no se cubrieron con el maquillaje, el rojizo de sus ojos no se desvaneció con algunas gotas de colirio, sin embargo, estaba listo.
Estaba listo para seguir y ver qué le traía el nuevo día.
Había llorado en la ducha de su baño, había llorado mientras el agua lo recorría y lo limpiaba de la humillación.
Joseph lo había llamado doce veces desde la noche anterior. Fue un viaje emocional leer cada mensaje. Desde su necesidad de culpar a Bau y llamarlo exagerado, a pasar por las súplicas, hasta su necesidad de delegar responsabilidad diciéndole que estaba tirando años de amor por un malentendido.
«Malentendido».
Bautista casi se rio, casi. El tipo le había dicho que se marchaba al otro lado del planeta solo con una semana de anticipación, rechazando su propuesta de matrimonio y la posibilidad de mudarse juntos.
Jamás negó que sentía algo por el hijo de su jefe ¿Cuál fue la parte fuera de contexto? ¿Dónde estaba el malentendido?
Joseph no recibiría una segunda charla, y mucho menos una segunda oportunidad.
Bau ingresó a su oficina quince minutos antes de las ocho y sacó su celular, fue a los contactos y buscó el nombre de quien consideró el amor de su vida hasta solo unas horas atrás.
Fue corto y determinante, su pulgar se deslizó por la pantalla y presionó bloquear.
No lo hizo por debilidad, sino por protección.
No necesitaba que el recordatorio de su fracaso sentimental lo acosara durante toda la jornada laboral.
Tanner ingresó a las ocho en punto como todos los días, con su café en mano y esa sonrisa ganadora que no se desvaneció ni siquiera cuando estaba atascado en el más profundo infierno.
—Buenos días, ingeniero Price. Veo que tuvo un sueño reparador.
Bautista lo fulminó con la mirada.
—¿Se supone que debo reírme?
—Sí—Tanner le dio un guiño de ojo—, porque yo sé algo que tú no.
El muchacho frunció el ceño.
—¿Joseph Dalton murió?
—Ja, ya quisieras. —Tanner se burló—. No, es algo mucho mejor que eso.
Carajo, esa era difícil ¿Qué podía ser mejor que saber que su ex murió asfixiado por su propio veneno?
—Habla, hombre. No estoy de humor para las adivinanzas, no hoy.
Tanner se mordió el labio inferior.
—Bárbara Cross acaba de llamarnos.
Los ojos de Bau casi se salieron de sus órbitas.
—¿Qué?
Una enorme sonrisa se dibujó en el rostro de Tanner.
—Tu secretaria acaba de recibir su llamado. Nos quieren, amigo, mejor dicho, te quieren específicamente a ti.
—No puede ser, es decir…—Se quedó pensativo.
Tragó saliva y su mirada se encontró con la de su compañero de equipo.
Bárbara Cross, una de las dueñas de una de las constructoras más grandes del Reino Unido y los Países Bajos, la misma que había desembarcado hacía solo dos años en Estados Unidos y se estaban apoderando de la mitad de Estados Unidos.
—Pero ellos trabajan con…
—¿Con quién? —Tanner le sonrió con malicia—¿Con la empresa de tu querido Joseph Dalton? No lo sé.—El hombre bebió un sorbo de su café—¿Percibes ese aroma? ¿Lo hueles? Algo así, exquisito y vibrante, algo así como…la más puta venganza que Bautista Price puede tener si juega sus cartas.
Bau se puso de pie, caminó hacia el ventanal desde donde podía observar el Empire State.
—Es imposible.
—¿En serio, hombre? —Tanner frunció el ceño y abrió la boca con incredulidad—¿Te traigo la noticia del año y solo dices que es imposible?
—Veritas es superior en infraestructura a Price Construcciones.
Nosotros no tenemos el capital, ni el respaldo para llevar adelante cualquiera de los proyectos de Cross, ni con toda la liquidez que disponemos en este momento, ni con toda mi sapiencia y mi creatividad. Somos solo una empresa mediana que…
—Tú eres Price Construcciones. —No hubo dudas en la voz de Tanner—. Siempre fue así, convertiste una bicicleta en un todoterreno, y ahora puedes convertirla en un F16.
Las mejillas de Bau se tornaron púrpuras. Tanner nunca escatimaba en elogios para él, no solo era su compañero o su amigo, era su roca.
—¿De verdad crees que tenemos una oportunidad con ellos?
Tanner puso los ojos en blanco.
—Dios mío, Price, a veces eres tan bruto que me dan ganas de golpearte ¿Podrías quererte al menos un poquito? ¿Por qué carajo ellos querrían una cita contigo si no estuvieran al tanto de tus capacidades? ¿Crees que no han estudiado a la empresa previamente antes de siquiera levantar el teléfono?
La respuesta era tan sencilla como aterradora. Bau volvió a su silla.
—Pensé que Bárbara se había retirado de todos los proyectos ¿Acaso no le diagnosticaron depresión?
Tanner se sentó en la silla frente a su escritorio, apoyó sus brazos en el vidrio oscuro y habló cerca de su amigo.
—Lo hizo un tiempo, después de la muerte de su padre—Tanner explicó en tono bajo—, según lo que tengo entendido incluso estuvo en un loquero. Decidió volver al ruedo porque se odia con su hermano mellizo, de hecho, ese fantasma continúa en Europa.
Bau se mordió la uña de su dedo pulgar. Los Cross eran casi un enigma tanto en Estados Unidos como más allá del Atlántico.
Una familia prominente, con más contactos que el propio Dios, que por poco se reduce a cenizas después de la muerte de uno de los socios, y luego de su padre, Bauer Cross en circunstancias más que dudosas.
Bárbara era la cara visible, la mujer brillante y de belleza descomunal que era como una ráfaga inmisericorde cuando de negocios se trataba.
—¿Qué le dijiste a mi secretaria cuando te comentó de la llamada? —Bautista indagó—. Mi padre debería hacerse cargo de eso, después de todo, él sigue estando al frente.
Tanner le dio una sonrisa ladeada.
—Pues, al parecer, la dama sabe quién es el cerebro así que, su asistente decidió hablar directamente con el gerente de operaciones y no con el gerente general.
Bautista se respaldó en su silla, tensó la mandíbula.
—Esta semana será un caos la empresa—agregó—. Por favor, bríndale cita para el jueves próximo.
—Asegurando que ya serás tú el CEO, ¿no? Buena jugada, amigo. —Tanner rio, y golpeó la mesa, para luego ponerse de pie y caminar hacia la puerta—. Me encargo de eso de inmediato, y ¿Bautista?
—¿Sí?
—A veces la vida es una mierda—esbozó con una sonrisa cargada de tristeza—, pero depende de nosotros hacer que mejore. Recuérdalo, ¿está bien?
Tanner cerró la puerta y Bau se quedó en silencio en su oficina amplia y luminosa.
Dio un suspiro y observó la fotografía enmarcada al lado de sus títulos y posgrados.
Su papá, su mamá, su hermana y él cuando tenía diez años.
Unas vacaciones en las Bahamas. Bau recordó haber estado enojado todo el día porque su hermana le quitó una caracola y sus padres lo permitieron.
Ese problema fue todo un mundo aquel día, ahora, sentado en las ruinas de su existencia, Bau quiso regresar en el tiempo a ese instante, al calor de la arena en sus piecitos, y al sol que tostaba su piel blanquecina.
Acarició el teclado de la computadora y la encendió, su mundo había cambiado de rumbo la noche anterior, ahora, solo escasas horas después, podía lograr que la persona que le rompió el alma comiera vidrio molido.
La cuestión que seguía inundando su cabeza, la pregunta que hacía a su corazón temblar era sencilla y compleja a la vez.
¿Bautista Price tenía las agallas para tomar la revancha en sus manos y no mirar atrás?