Lascivo (Prohibidos 2) 5 Lecciones dolorosas
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5 Lecciones dolorosas

El abandono es la muerte de alguien que amaste, es el pasar del tiempo tortuoso en donde sabes que esa persona no va a regresar, y que no le importaste lo suficiente para mirar atrás.

El abandono es, quizás, la peor forma de muerte porque debes aprender y acostumbrarte a la pérdida de un ser que por su propia voluntad se apartó de tu lado, debes aprender a lidiar con la culpa que se instala, en donde piensas que hiciste algo malo, que faltaste a tus obligaciones ¿Y si hubiera puesto más de mí?

¿Y si hubiera trabajado menos horas? ¿Y si hubiera ganado más dinero?

¿Podría haber escuchado mejor? ¿Podríamos haber tenido más sexo?

El abandono es ser y saber. Ser suficiente para ti mismo, incluso cuando la mente te dice que fallaste, y saber que hay acciones con consecuencias irreversibles y eres el protagonista de una de ellas.

Ya no importa si por un milagro esa persona decide regresar, las cosas nunca serán iguales.

Los barcos que se queman no vuelven a flotar en la superficie, no completos, y las maderas incineradas ya no serán capaces de darte cobijo, ni mantenerte en la superficie cuando todo alrededor se hunde.

Caminé sin rumbo esa noche, caminé hasta que los pies me dolieron, caminé hasta que las lágrimas decidieron secarse y liberar mi rostro.

Caminé y caminé porque pensé que en algún momento encontraría el sendero de regreso a mí mismo, a la versión de mí que se sentía feliz, a la versión de mí que se sentía afortunada.

Era un desperdicio de fuerzas, una pérdida de tiempo porque, me gustara o no, ya nunca volvería a ese lugar.

«Joseph Dalton».

Miré hacia el cielo, ese cielo cubierto de nubes que iban y venían.

La brisa movía mi chaqueta, mi camisa desajustada, mi corbata suelta, mi cabello que caía libre después de pasar mis manos por él, de manera cruel e incesante.

Quería arrancarme cada mechón de pelo, quería borrar mi horrible cara, quería desaparecer.

Los autos en su transitar constante, la gente, aunque en menor cantidad debido a que la noche se apoderaba de cada espacio, pasaba a mi lado.

Algunos perdidos en sus pensamientos, otros riendo, otros con una tristeza profunda enmarcando su rostro.

Me pregunté qué era lo que los atormentaba, si acaso tenía derecho a huir cuando hay personas cuya existencia es un infierno, y también me sentí culpable por eso.

Me sentí culpable de mi dolor, me sentí culpable del abandono, y quise reír ante la estupidez, ante mi falta de amor propio.

Estaba rodeado de gente, y percibía a la soledad como mi única compañía. Un ser tan inútil, un pedazo de basura desechable, una cosa que carecía de sentido conservar.

Hay distintos tipos de dolores. Está el soportable, aquel con el que te despiertas, pero luego pasa, está el que te carcome los huesos, ese que se asemeja al ácido que te corroe hasta el punto que mirarte al espejo es una tarea titánica, y luego , como si nada fuera a doler más, está esa aflicción que te borra, esa que te saca de tu historia y te condena a un papel secundario.

Ese dolor que te dice que nunca vas a estar completo de nuevo, sin importar los años que pasen. Yo estaba en ese nivel.

Mi vida se había dividido en un antes y después de Joseph Dalton.

Pensé en lo que vendría, en mi puesto como CEO en la empresa en donde debería hacerme cargo de todo, como siempre lo hice, pero ahora con un título.

Pensé en la gente, la cual ,conocería, en los hombres que, quizás y con un poco de fortuna, llegarían a mi vida ¿Cómo haría para no caer en comparaciones?

¿Qué sería capaz de entregar cuando ya no queda nada de mí?

Me detuve frente al edificio de mi amigo Tanner, del hombre al que ahora entendía en cuerpo y alma.

El recepcionista me permitió el ingreso como siempre hacía.

Observé mi reloj y me pregunté si quizás estaba durmiendo, luego recordé a Gina quien apenas dormía, así que, supuse que Tanner tampoco lo haría.

Subí hasta el quinto piso y llegué a su puerta, estuve a punto de dar la vuelta, pero de verdad necesitaba un hombro en el cual llorar, alguien que me entendiera.

Mis padres ni siquiera conocían a Joseph, mi hermana siempre estuvo más atenta a sus redes sociales y a generar contenido vacío que a mí.

No había amigos en el trabajo, solo compañeros, Tanner era lo único real que tenía, era lo único que me quedaba.

Di dos golpecitos y escuché los pasos. Tanner abrió la puerta y observó mi rostro. Su mandíbula se tensó.

—Maldito hijo de puta—dijo entredientes y me envolvió en sus brazos, en su cuerpo musculoso. Me derrumbé en llanto por enésima vez—. Lo sabía, ¡bastardo insensible! ¡Siempre lo supe!

—Debí escucharte—balbuceé mientras me desmoronaba en su pecho—, se va a Australia con su jefe, Tanner. Nunca pensó en casarse conmigo, nunca. A él solo le preocupa la maldita expansión.

—¿Sí? Pues espero, desde el fondo de mi corazón, que le expandan bien el culo y lo dejen tirado, sin nada, para que así aprenda a valorar a la gente que lo quiere.

Me aparté y me limpié las lágrimas. Tanner se hizo a un lado y me permitió pasar. Su departamento era pulcritud y limpieza, observé cada rincón de la sala y me percaté de cuánto había cambiado desde aquella vez que lo encontré perdido entre los escombros de lo que fue su existencia.

—Ven, siéntate.

Tanner me dirigió a la sala, me ubiqué en el sofá, en ese mismo sitio en que tantas veces me senté para consolarlo.

—Perdóname.—Mi voz se entrecortó—. No sabía a dónde ir.

—Tranquilo. —Tanner se sentó a mi lado—. Gina se durmió recién, iba a comer un sándwich e irme a dormir.

Levanté mis piernas y las doblé, me ubiqué en posición india, mis brazos sobre mis muslos.

—No es justo.

Tanner rio ante la tontería.

—Pues bienvenido al mundo real. Aquí nada es justo. Lo que sucede es que hasta ahora no lo habías sentido con todo su peso.

Fruncí el ceño y observé a mi amigo, las palabras salieron y salieron.

Le conté cada frase, cada puñal que Joseph Dalton me clavó en ese restaurant.

Tanner me escuchó sin interrumpir, se mantuvo estoico, dejando que mi angustia fuera la protagonista, a pesar de que su propia historia era mucho más cruda.

Saqué el anillo y lo abrí delante de él, ambos observamos los detalles.

—Es hermoso—dijo Tanner—, yo me habría casado contigo, aunque fuera por el anillo.

Cerré los ojos y una sonrisa se dibujó en mis labios, una sonrisa tan necesaria e inesperada.

—La próxima vez voy a proponerte matrimonio a ti.

—No pierdas el tiempo, yo ya no me caso.

—¿Ni siquiera conmigo? —pregunté en tono de broma.

—Especialmente contigo, ¿quién quiere un bebé llorón cuando ya tengo uno?

Esta vez ambos reímos, Tanner puso la mano en mi pierna.

—Vas a sobrevivir—dijo seguro—, este no es el fin del mundo, y aunque en este momento sientas que vas a morir, renacerás. Encontrarás tu propósito y seguirás adelante.

—Yo no soy como tú, Tanner. No sé si soy capaz de superar esto. Joseph era el amor de mi vida.

—No, solo fue tu primer amor, tu equivocado primer amor—agregó con una convicción de acero—, no todos los amores de juventud están destinados a sobrevivir, a veces, solo a veces, llegan personas mejores.

Tomé su mano. Era cálida y enorme, como él.

—Tú nunca volviste a abrirte a esa experiencia.

—No—replicó—, pero mi destino no tiene que ser el tuyo. Te aseguro que no lo será. Allí afuera hay un macho alfa que va a adorarte.

Me reí una vez más.

—¿Cómo sabes que será un macho alfa y no un imbécil como Joseph?

—Porque cuando uno aprende la lección, la vida nunca te la repite, así que más vale que aprendas, Bau. Llora, sufre, golpea cosas, pero levántate y sigue, y por favor, no le entregues el corazón al primer tonto que te deja una rosa.

Sonaba a un desafío insuperable, cuando el corazón está hecho pedazos, y tu rostro parece un bolsa de box que han golpeado sin descanso, todo parecía una verdad insostenible.

—Mañana debo ir a la empresa—dije sin ganas—. Dios, no quiero.

—Pues no lo hagas—Tanner replicó—, repórtate enfermo.

—Hay revisión de tres presupuestos mañana.

—Que lo haga alguien más, yo estaré supervisando. No vamos a incendiar nada.

Pensé en la propuesta de Tanner que sonaba más que tentadora, pensé en los meses de sacrificio, de noches en vela y fines de semana metido entre cuatro paredes. El martes me convertiría en el nuevo CEO de la empresa de mi padre y debía demostrar que era digno de ese lugar.

—No, no voy a permitir que Joseph siga destruyendo mi vida, no más.

Tanner hizo una mueca similar a una sonrisa, sus ojos ambarinos sobre mí, su piel oscura que brillaba y siempre lucía perfecta.

—Muy bien, bebé llorón. La lección dolorosa comenzó a surtir efecto.