Lascivo (Prohibidos 2) 4 La cruda verdad
8%

4 La cruda verdad

«Me mudo la semana que viene».

Todos sus órganos se sacudieron, su sangre se detuvo y de pronto, el miedo, ese monstruo que intentaba mantener a rajatabla emergió con brutalidad.

—¿Australia?—preguntó con urgencia, aunque quería demostrar tranquilidad—¿Y has decidido irte sin más? ¿Sin siquiera decírmelo apropiadamente?

—Lo estoy haciendo ahora. —Se defendió.

—Joseph, yo te invité a cenar ¿Cuánto más ibas a esperar para contarme?

—Sucedió rápido, yo no quería…

—¿Desde cuándo lo sabes? —Bau preguntó.

—Hace un par de meses, pero no me lo confirmaron hasta hace veinte días.

—¿Cuántas veces nos hemos visto en estos dos meses? Joseph, ¿qué esperabas para contarme?

Joseph negó.

—Sabes que mi trabajo es impredecible, yo también lo soy. Mi impulsividad es algo que admiras, siempre te gustó. Tú mismo lo dijiste.

—Me gusta que evoluciones, pero ¿por qué callarlo tanto tiempo?—Bautista replicó—. Adoro que viajes y regreses a mi lado, pero esto, Dios, jamás hemos estado tan alejados.

—Bau…—Joseph buscó la manera de infundir calma—, solo son seis meses.

«¿Seis meses apartado de ti?».

El muchacho apretó los labios, era ahora. Su boca se abrió y disparó antes que su mente lo detuviera y le dijera que estaba cometiendo un error.

—Cásate conmigo.

—¿Qué? —A Joseph se le descolgó la mandíbula. La confusión llenó su cabeza.

Bau se apresuró a sacar la cajita de terciopelo.

Nada estaba saliendo según lo planeado, pero no le importaba.

Su amor estaba a punto de marcharse a miles de kilómetros y él no quería quedar atrás, no podía.

Si debía rehacer su vida, si debía abandonar todo, lo haría.

Sería su sacrificio, estaba acostumbrado a sacrificarse por los demás.

—Sé mi esposo.—Bau abrió la caja, el anillo de platino tenía en el medio un pequeño nudo tallado y decorado con diamantes—. Déjame ir contigo, empecemos en otro lugar, juntos.

—Bau, tú…—Joseph estaba atónito, el hombre frente a él temblaba con la pequeña caja entre sus manos—¿por qué deberíamos casáramos?

La sonrisa nerviosa de Bautista empezó a desdibujarse, segundo a segundo.

—Porque nos amamos, porque queremos un futuro juntos, porque…

—No—Joseph negó con todo su ser—, yo nunca pensé en casarme.

—¿De qué estás hablando? —La voz le tembló, la duda emergió desde sus entrañas—. Dijiste que querías un futuro conmigo, de hecho, hablamos de mudarnos juntos.

—Sí, me gustaría eso, pero no ahora—Joseph aclaró—, no cuando una oportunidad como la de Australia está en mis manos, además tú tienes un trabajo. Vas a ser el CEO de tu empresa, es tu legado ¿Por qué abandonarías algo así?

Bautista sacudió la cabeza.

—¿Y qué con eso? Puedo empezar de nuevo. Tengo talento y hago que las cosas funcionen.

—No, no quiero que renuncies.—Joseph replicó tajante—. No vas a abandonar tu trabajo por mí, además eres un hombre de costumbres, nunca te adaptarías a otro sitio.

«Estúpido y humillado».

Las dos palabras se clavaron como espinas de cactus en el alma de Bautista Price.

—No quieres que vaya contigo—musitó—, nunca pensaste en mí cuando aceptaste esto, ¿verdad? Nunca pensaste que yo podría seguirte a dónde fueras. Por eso no me contaste.

Joseph sonrió y negó, le acarició la mejilla.

—Amor, por favor. Claro que he pensado en ti, lo hago cada día, pero eso no significa que quiera atarme a un matrimonio y…

—Atarnos.—Un nuevo puñal y Bau, para ese momento, ya había perdido la cuenta—. El amor no te ata, te protege. Es lo que siempre creí que ambos deseábamos. Soy tu compañero de vida.

Joseph presionó su mano sobre el puente de la nariz.

—Dios mío, de todas las formas en que pensé que iría esta noche, jamás se me ocurrió esta.

Bau le sonrió con tristeza.

—¿Nunca se te ocurrió que después de años desearía formalizar? ¿Salir de la clandestinidad?

—Bau—Joseph le habló como si fuera un niño haciendo un berrinche, un infante al que resultaba necesario apaciguar—, solo nos hemos tenido nosotros toda la vida, el trabajo y nada más. Ambos merecemos más y lo sabes. Australia es un horizonte, yo no quiero solo quedarme desde la orilla.

—¿Lo sé? —Bau negó y dio un suspiro profundo.

Su vista quedó sobre las mesas cercanas—¿Quieres saber lo que pensé cuando te conocí?

—Joseph tenía la vista en el plato ahora—.

Me pregunté muchas veces qué hice para tener la suerte de que alguien como tú me mirara, cómo podía tener la fortuna de conocer no solo a mi primer amor, sino a mi alma gemela.

Y sí, suena cursi y patético, pero me lo dije a mí mismo cada vez que me miraba al espejo, cada vez que hacíamos el amor y te dormías a mi lado.

—Bau.

—No se trata del viaje, ni de la expansión, ¿verdad? —Bautista preguntó, aunque ya conocía la respuesta—. No soy suficiente para ti, no en esta etapa de tu vida.

—Bau—Joseph le asió una mano y la presionó entre las suyas—, jamás pensé eso de ti. Eres hermoso y yo también me he sentido afortunado de tenerte.

—Entonces, ¿por qué este planteo, Joseph? —Bau apartó la mano, tenía los ojos llenos de lágrimas—¿Por qué no quieres casarte conmigo? ¿Por qué me niegas la posibilidad de acompañarte a dónde vayas?

—Porque es un camino que debo transitar solo, porque necesito más de la vida, y tal vez suene egoísta, pero ¿y si allá afuera nos espera algo mejor?

—Y mientras tanto yo debía esperarte aquí, ¿no es así? —Todas las piezas del rompecabezas encajaron—. Ser el buen novio que te escribe y te dice te amo, te envía fotos subidas de tono, mientras tú estás en un trabajo conociendo a decenas de personas, decenas de potenciales candidatos.

—No hables así—Joseph lo cortó—, jamás te he engañado.

—¿En serio? ¿Me vas a decir que no pensaste en estar con alguien más? ¿Nunca te preguntaste si había algo mejor que nuestra primera vez? ¿Algo más interesante que un amor torpe que comenzó en nuestra adolescencia? ¡Acabas de admitirlo!

Joseph se mantuvo en silencio, un silencio que le reveló a Bautista que su suerte estaba echada.

Su corazón sangraba a borbotones. Una herida profunda que nadie podría cauterizar, aunque quisiera.

Cada órgano de su cuerpo que latía con amor, ahora se cocinaba en el hedor de la traición y la decepción, la verdad era purulenta y despiadada, una daga llena de óxido directo al pecho.

La miseria brotaba de sus ojos en cada lágrima, preguntándose a sí mismo qué hizo mal, cuánto más podía entregar para no perder a un hombre que ya había tomado una decisión.

—Te amo, Bautista—Joseph finalmente habló—, pero el amor no es suficiente a veces.

Bau puso su vista en el plato, en la cena que no comería, en el esfuerzo que sería en vano, en el amor que nunca fue recíproco.

En el mundo no había lugar para los débiles, pero tampoco para quienes todavía creían en el amor.

El mundo carecía de fragilidad y se negaba a comprender los sentimientos de aquellos que sí lo eran.

Bau era incapaz de cambiar su esencia, era incapaz de dejar de creer en las personas y en el amor, sin importar cuánto daño este hombre le estuviera infligiendo.

El celular de Joseph se oyó lejano, como una melodía que derrumba por completo la endeble pared que todavía los sostenía juntos. Los ojos azules fueron al mensaje y tensó la mandíbula.

—Es Lionel—explicó—, debo contestar esta llamada, pero…

—Es por él, ¿cierto? —Bautista escarbó en su plato, entre la carne cortada y las alcaparras—. Estás interesado en ese tipo, pero no estás seguro de si él siente algo por ti.

—Por Dios—Joseph resopló—, dices cada cosa. Lionel solo es…

—El hijo del dueño de Veritas. Uno de los hombres más poderosos de Estados Unidos, mientras que yo soy solo un gerente de operaciones de una empresa mediana, sin perspectivas de un gran crecimiento a largo plazo.

Lo entiendo, siempre fuiste bueno con los números.

—Los ojos de Bau fueron a los de Joseph, la mentira latía allí, pura y cristalina.

Lo más genuino de la podredumbre—. Vete—musitó despacio.

El celular sonó una vez más. Joseph maldijo.

—Bau.

—He dicho que te vayas. —La mirada del muchacho ardía de dolor y furia—. No quiero verte nunca más.

—No—Joseph rogó—, por favor, no terminemos así.

—Yo no terminé nada—Bau contraatacó—, tú lo hiciste. Ahora, lárgate, vete a Australia, a Marte o a dónde te plazca, este imbécil ya no va a seguir esperándote. No soy el plan de respaldo de nadie, ni siquiera el tuyo.