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Nueva York, Estados Unidos.

Dos años atrás.

«La vida es sabia».

Bautista cerró los ojos y se detuvo frente a la puerta del departamento de su mejor amigo, de su mano derecha en la compañía, el hombre que llevaba tres días sin aparecer en la oficina.

Bau golpeó despacio, quizás por miedo a empujar a Tanner a un tormento más profundo, por miedo a que el puñal que su mujer le clavó se alojara en su corazón con más ímpetu.

La puerta se abrió, y Tanner estaba allí, mejor dicho, una sombra de lo que era.

Una sombra del moreno risueño que siempre tenía una broma que hacer, que siempre salía de las peores situaciones.

Ahora parecía una estatua de cristal con millones de trizaduras, una estatua que se molía por dentro, que se fragmentaba a tal punto que consumiría cada punto de su personalidad.

Bau recordó cuando a su hija le diagnosticaron el tumor y luego sobrevino la parálisis cerebral, cuando un médico le dijo a ese padre que la vida de su hija nunca sería la misma, que dependería de él para siempre, que se olvidara del mundo tal y como lo conocía.

«La amo, es más bella que nunca ahora».

Fue lo que Tanner esbozó mientras la abrazaba, mientras le demostraba a la pequeña y frágil Gina que estaría allí para ella, contra viento y marea, contra huracanes y gigantes. Amanda, su esposa, sin embargo, reaccionó de manera diferente.

Nadie puede juzgar hasta estar en sus zapatos, Bautista lo sabía, pero irse y abandonar a tu esposo con tu hija cuando ha recibido el diagnóstico más devastador de su historia no hablaba muy bien de ella.

«Necesito sentir que soy más que una madre abnegada, necesito vivir. Perdóname, pero no puedo con esto. Soy incapaz de ser la persona que ella necesita».

Tanner le había mostrado la carta, mejor dicho, se la leyó con la voz entrecortada en un audio de diez minutos que le envió a la madrugada cuando la mujer con la que pensaba envejecer se fue de su lado y ni siquiera se despidió en persona.

Tanner lo dejó pasar, el departamento era un sinfín de objetos desperdigados, como si un huracán hubiera arrasado con cada centímetro de su existencia, quizás lo hizo, quizás su amigo estaba en el ojo de ese huracán, intentando que no se lo llevara y lo destruyera por completo.

Se sentaron en el sofá, uno de cada lado, ambos en silencio. Un silencio pesado e incómodo. Al cabo de unos minutos Bautista se giró hacia su amigo que tenía las manos en su regazo.

—¿Dónde está Gina?

—Duerme—replicó Tanner con una voz muerta.

Bautista abrió y cerró la boca, sin saber qué decir que no sonara a excusa barata o a consejo pseudo psicológico.

—Solo quería ver cómo estabas.

Tanner rio, comenzó a reír fuerte. Su cuerpo se hizo hacia adelante en el sofá, sus antebrazos se posaron en sus rodillas, sus manos juntas.

—Eres tan malo consolando a la gente.

Bau dio un profundo suspiro y se acercó para acortar distancias, ahora estaban pegados. Sus hombros y sus piernas se tocaban.

—Pase lo que pase, saldrás de esto. Eres el hombre más fuerte que conozco.

Tanner lo observó, sus ojos repletos de lágrimas que se negaban a salir porque eso significaba llorar por alguien que no valía la pena, ni el esfuerzo, porque eso significaba llorar por una mujer a la que no le importaron.

—No lo soy—respondió seguro—, tú lo eres.

—No—Bautista lo rodeó con su brazo—, nunca lo fui.

Tanner lloró en su hombro, lloró por minutos que se tornaron horas. Bau lo abrazó con todo lo que tenía, con todo lo que podía ofrecerle.

—Mi madre dice que a veces necesitamos destruir nuestra versión por completo para encontrar una nueva y mejorada.—Sonaba hueco incluso para él—. Detrás de esto hay una enseñanza, hay algo que te hará crecer como ser humano. Estoy seguro, Tanner.

Tanner se apartó, se limpió los ojos y la nariz con el puño de su camisa arrugada.

—Gina me necesita y yo apenas puedo con mi alma—afirmó entre lágrimas—. Solo soy el tipo que hace bromas, que te saca una sonrisa, ni siquiera soy capaz de sostenerme a mí mismo, ¿cómo seré un buen padre? ¿Cómo voy a lograr ser padre y madre a la vez?

—Como lo hacen millones de mujeres y hombres en el mundo—Bautista señaló—, esas personas son iguales a nosotros. Tienen miedos y angustia, pero siguen, y a veces, esa es la única alternativa, seguir, y demostrar que aquellos que te fallaron estaban equivocados.

Tanner se puso de pie, dio unos pasos entre los objetos rotos, y los fragmentos de porcelana.

—Bau, nunca le entregues por completo el corazón a nadie, excepto a tus hijos si alguna vez los tienes, el resto no lo vale.—La frase estaba cargada de rabia y dolor—. Nadie vale tus lágrimas, nadie merece un espacio tan profundo como para derrumbarte.

Bau se limpió las lágrimas y dio pasos hasta estar frente a su amigo. Puso sus manos en sus hombros, miró hacia arriba, porque Tanner le llevaba treinta centímetros.

—Estás hablando desde el dolor ,amigo, pero te aseguro que ahí afuera hay gente maravillosa, gente que daría todo por nosotros, y sí, tal vez todavía no la encuentras, pero aparecerá y ese día, vas a mirar hacia atrás e incluso le darás una sonrisa a ese recuerdo de dolor.

—Dios mío—Tanner comenzó a reír—, solo ruego que Joseph Dalton sea mejor que Amanda, porque de lo contrario, te tocará sufrir mucho, amigo. Horrores.

Bautista le echó un vistazo al lugar donde se había reunido con su amor, con el hombre que ocupaba su mundo antes del colapso de Tanner. El hombre que le demostraba cada día que lo de su amigo no les sucedía a todos, que a veces, el destino no solo te traía demonios, sino también ángeles.

—Mi jefe quiere encargarme una nueva expansión de Veritas.

Bau pestañeó y sonrió. Había estado absorto, ensimismado en sus pensamientos, recordando tragedias cuando el presente le mostraba otra cara.

—Eso es genial, Joseph.—Bau se mordió el labio inferior—¿De qué trata?

Joseph bebió un sorbo más de vino, la carne se enfriaba en su plato y el aroma a albahaca llenaba sus sentidos.

—Es abrir una nueva sucursal—explicó—, la idea es que yo la ponga en marcha y controle los procesos por seis meses como mínimo. El contrato, si todo se da bien, podría extenderse a un año. Ganaría un cien por ciento más de lo que gano ahora.

Bau asintió, no era la primera vez que Joseph asumía proyectos de esa envergadura. Veritas era un gigante.

—Bien, ¿y cuánto tiempo pasarás fuera? —preguntó animado. La nuez de Adán de Joseph se movió.

—Es en Australia, Bau. Me mudo la semana que viene.