2 Joseph Dalton
El restaurante no era el típico lugar al que iría Bautista, cuyos gustos siempre fueron simples.
Este sitio se caracterizaba por el lujo, la sofisticación y meses de espera para una reservación.
Bau usó todos sus contactos para conseguir una cena allí.
Era su momento y el de Joseph, era un minuto que los marcaría de por vida y debía ser memorable.
Esa pequeña luz que incluso te ilumina en la más profunda tristeza.
Bau pensó en las veces que discutirían a lo largo de su matrimonio, en las veces en que todo parecería derrumbarse por las obligaciones de cada uno, pero bastaría con recordar el instante en que decidieron unir sus vidas para tomar fuerzas y seguir adelante ¿No es así cómo funciona el amor?
¿No es acaso el sentimiento más poderoso de la humanidad?
Llegó al lugar, entregó su llave al valet parking y se detuvo frente a las enormes puertas de cristal. El sudor había regresado. Bau pensó que en cualquier momento iba a desmayarse.
«Lo conoces desde siempre, ¿por qué estás nervioso?».
Bau frunció el ceño y sacudió la cabeza. Era el gerente de operaciones de su empresa, había construido edificios imposibles en tiempo récord, había logrado más que muchos hombres a los 28 años. Era un ingeniero respetado, ¿por qué de pronto iba a morir antes de proponerle matrimonio a su amor?
Se humedeció los labios, se arregló el nudo de su corbata verde azulada que combinaba con sus ojos e ingresó al lugar.
La recepcionista le preguntó su nombre y lo llevó a la mesa reservada.
Su corazón se saltó un latido cuando notó a la figura imponente ya ubicada en su asiento.
Bau se detuvo un instante y lo contempló, se deleitó con el hombre del cual se enamoraría una y otra vez, en cualquier tiempo o espacio.
Su cabello azabache muy corto, su cuerpo ancho y masculino abrazado a un traje gris humo, los dos primeros botones de la camisa negra estaban desabrochados revelando su piel bronceada ¿Cómo carajo había logrado que un hombre como Joseph Dalton se fijara en él?
Era un misterio, uno que a Bau ya no le interesaba develar.
Joseph era suyo y punto final. Pensar demasiado le quitaba disfrute a las cosas, y esa noche no pensaba perderse ni un segundo.
No quería imaginar el rostro de Joseph cuando sacara el anillo de su bolsillo, se negaba a pensar que, tal vez, habría lágrimas en sus ojos, Bau quería matar las expectativas, para de este modo, sentir por completo, sin pensar en que fue mejor o peor de lo imaginado, solo ese espacio entre ambos, la luz de las lámparas árabes en las mesas y el tintineo de las copas.
Bau caminó hacia la mesa detrás de la recepcionista, los ojos azules de Joseph se encontraron con los suyos y entonces sonrió. Sonrió como la primera vez que se encontraron, como el día en que Bau supo que la felicidad tenía nombre y apellido y la conservaría, lucharía con uñas y dientes por ella.
Joseph se puso de pie, la recepcionista les sonrió a ambos hombres. Bau abrazó a su novio y se dieron un beso corto en los labios.
—Has llegado temprano—dijo con torpeza y obviedad Bautista.
—Me moría por verte—Joseph susurró y le acarició el mechón rojizo que caía sobre su ojo derecho—, estás hermoso.
Las mejillas de Bau se tornaron rojizas, Joseph lo observó con dulzura y le acarició su mejilla derecha.
Al cabo de un par de segundos, los hombres tomaron su lugar.
Un mesero se acercó en ese instante, los saludó y les entregó el menú.
Bau no tenía ojos para nada más que no fuera el hombre bello e increíble a su lado.
—Me sorprendiste con esta cena, ¿celebrando por anticipado? —preguntó y arqueó una ceja.
—No, el anunció de CEO no tiene nada que ver. Solo quería algo especial para nosotros.
Joseph llamó al mesero al cual le solicitó un vino tinto.
—Dime, ingeniero Price, ¿qué se siente ser el nuevo CEO de Price Construcciones?
Un hoyuelo se formó en la mejilla de Bau.
—Eso te lo voy a responder el martes.
El mesero regresó con la botella, los hombres se observaban con cariño. Joseph puso una mano sobre la mano derecha de Bau.
—Te mereces el universo, ¿eres consciente de eso?
Bautista se humedeció los labios. El mesero abrió la botella y llenó sus copas antes de alejarse de nuevo. Bau asió su copa y la levantó.
—Brindemos.
Joseph arqueó una ceja y asintió.
—¿Por qué brindamos?
—Por nosotros, por el futuro.
El hombre asintió y le dio una sonrisa.
—Salud entonces, por nosotros.
Las copas golpearon el cristal de la otra, el vino se meció con suavidad y ambos bebieron un sorbo. El líquido hizo vibrar sus papilas gustativas. Un sabor fuerte, agradable, simple, casi como ellos.
—¿Qué tal tu día? —Joseph preguntó poniendo una mano en su mentón, queriendo escuchar a su novio.
—Lo de siempre, Jacqueline y papá prometieron un plazo de construcción de doce meses sobre el Condominio Seven, ¿puedes creerlo?
Joseph frunció el ceño.
—¿El que dijiste que no podía construirse en menos de dos años a no ser que aumentaran el presupuesto? ¿Qué carajo les pasa?
Bau dio un suspiro y negó.
—No lo sé, es tal su afán de quedar bien, pero de los platos rotos siempre debo encargarme yo. Hablaré con el gerente general de Seven mañana e intentaré explicar y justificar lo injustificable.
—¿No te agota ser el salvador?
Bautista puso los ojos en blanco.
—¿Cuál es la otra alternativa? —indagó con tristeza en la voz—¿Discutir con mi familia?
—Eso es lo primero que debes hacer cuando asumas como CEO. Tener una charla directa con tu hermana, de lo contrario seguirá complicándote la vida.
—Es una pérdida de tiempo. Ellos están acostumbrados a que yo me encargue de todo, incluso lo que no me corresponde.
Jacqueline hace solo un año que está metida en la empresa y ya la puso patas arriba.
Papá y mamá hacen oídos sordos.—Bau tomó la mano de su novio y acarició sus dedos largos y finos—. Ojalá me acompañaras en la oficina.
—Sabes que eso no se puede—Joseph le apretó la manos—, tengo mi propio empleo y me gusta así, además mi jefe me da plena libertad, estoy en mi elemento. Otra cuestión es que creo que llegaría un punto que ya no nos toleraríamos. Veritas y Price son incompatibles.
—Ambas se dedican a la construcción, yo no veo incompatibilidad. Veritas es muy superior en tamaño, solo eso, sin embargo, ¿por qué piensas que seré incapaz de superarlos?
Joseph arqueó una ceja.
—¿Eso es un desafío? Cuidado, ingeniero—advirtió risueño—, de todos modos, la filosofía de ambos es distinta, quizás cuando tomes por completo el poder las cosas cambien, pero por ahora, sigo pensando que nos hartaríamos del otro.
Bau frunció el ceño y esbozó una sonrisa.
—Amaría estar contigo todo el día, que alguien estuviera de mi lado para variar y apoyara mis decisiones.
—Lo tienes a tu amigo Tanner.
Bau sonrió, pero prestó atención al tono sarcástico.
—¿De verdad te cae tan mal?
Joseph negó.
—No lo sé—esgrimió—, sé que ha sido tu mejor amigo desde hace años, también soy consciente de que es tu perro leal , pero…
—No es mi perro, es mi subgerente. —Bau aclaró.
—¿No es lo mismo acaso? —Joseph rio, pero a él no le pareció gracioso—¿Qué pasa? ¿Ya no te gusta tanto estar casado con tu empresa que quieres aliados?
Bau se arregló la corbata.
—¿A ti te gusta estar casado con la tuya?
—Yo no estoy casado con Veritas, Bau. Esa es la diferencia entre tú y yo.—Joseph se encogió de hombros—. Tengo un equipo genial, me hacen sentir como que estoy en el lugar correcto, pero si tuviera que irme, lo haría.
—¿Sin mirar atrás?
—Así es como uno debe abandonar los espacios donde no se siente cómodo. Sin remordimientos, pero eso solo lo haces cuando tienes confianza en ti mismo, y las agallas para hacerlo.
Joseph le guiñó el ojo y bebió un nuevo sorbo de vino. Bau tragó saliva.
—Siempre admiré eso de ti—confesó—, tu capacidad para cerrar puertas y no abrirlas de nuevo. Yo nunca…
—Ni siquiera lo intentas. —Joseph lo interrumpió—. Créeme, todos sabemos marcharnos de los lugares que ya no nos pertenecen, a algunos solo les lleva más tiempo, como es tu caso.
—Voy a ser el CEO—Bau recordó—, no necesitaré irme cuando sea yo quien trace las reglas.
Joseph le sonrió y le pellizcó la mejilla derecha.
—¿Tan seguro estás de eso?
Bau abrió y cerró la boca varias veces. La cajita de terciopelo ardía en su bolsillo ¿Por qué este hombre lo conocía tan bien?
¿Por qué carajo Joseph se había enamorado de él que solo era una frágil marioneta trabajadora?
Y lo peor, ¿cuándo era el momento ideal para decirle que anhelaba que sus vidas se unieran?
Que era incapaz de seguir esperando, que soñaba con estar en su cama cada noche.
«Dios mío, ¿puedes calmarte?».
Se lo dijo a sí mismo porque nadie más lo haría.
—Vamos, elijamos el menú. Me muero de hambre.
Joseph dejó la mano de Bau y buscó el menú. Bautista dio un suspiro, y emuló la acción. La carta temblaba en sus manos.
¿Cómo encontrar las palabras correctas que reflejaran todo lo que ese hombre significaba para él?