Lascivo (Prohibidos 2)
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1 Destellos en la oscuridad
Cuando el miedo, la preocupación o el amor llega a mi vida, siempre soy capaz de transformarlo en un poema.
—Mario Benedetti.
Bautista Price se arregló el nudo de la corbata por enésima vez mientras se miraba al espejo. Cerró los ojos y dio un suspiro entrecortado por los nervios.
«Cálmate. Él te conoce, todo irá bien».
Su mano derecha abandonó el trozo de tela verde esmeralda y acarició la camisa blanca que ya comenzaba a mojarse por el sudor.
El brillo perlado poblaba su frente. Negó ofuscado.
Sacó un pañuelo de su bolsillo y se limpió.
Quiso recordar la última vez que estuvo tan nervioso al punto de sudar a mares.
Una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro.
Sucedió hacía más de una década atrás, la empresa de su padre estaba en bancarrota, los despidos eran el pan de cada día.
Bau, como le llamaba su familia, trabajó codo a codo con su padre y su abuelo en la logística de la constructora y en todas las operaciones de la empresa, incluso conociendo a medias el trabajo.
«Una vez que entras a esta empresa, sabes que formas parte de un tesoro. Nunca lo dejes caer».
Las palabras de su abuelo en aquella cama de hospital resonaron en sus oídos.
Su abuelo murió una noche fría de invierno cuando Bau tenía dieciocho años , pero el fuego que le transmitió a su nieto, su pasión, nunca se apagó.
Baustista cumplió su promesa. La empresa se tornó su corazón, su familia, su amante, su todo.
Trabajó jornadas semanales de ochenta horas.
Se movió entre sus estudios y ese lugar del que siempre se sintió dueño y padre, al mismo tiempo.
La empresa creció de su mano, tenía habilidad para los negocios, para mejorar presupuestos y cumplir contratos imposibles.
Su padre salía al escenario, recibía los honores, las felicitaciones, y Bautista lo miraba desde atrás con una sonrisa.
No le molestaba estar en las sombras, no cuando estaba dejando un legado, además nunca estaba demasiado a gusto con su aspecto por lo cual era mucho más fácil mantenerse detrás del telón.
Su estatura de un metro sesenta, sus cabellos rubio rojizos, sus mejillas que, cuando estaba en una habitación con demasiada gente, se tornaban de un tono cereza que a muchos le parecía encantador, sin embargo, cuando vas cumpliendo años y tu rostro sigue siendo el de un adolescente ya pierde un poco la gracia.
Bau se arregló un mechón de cabello lacio rojizo, contempló sus ojos verde azulados y negó.
«Trabajas demasiado».
Jacqueline, su hermana, dos años menor que él siempre se lo decía.
Ella siendo la princesa tenía otras aspiraciones y, de hecho, su vida siempre giró más en las apariencias, en las salidas, en la gente.
Era parecida a su padre, todos lo notaban, le gustaba sobresalir y lo demostraba con creces.
Bau el ingeniero taciturno, ella la mujer de los números, la economista vibrante.
Bautista se avergonzaba de su apariencia, de su voz que era melodiosa, pero no masculina.
Jackie, era segura de sí misma, con la belleza que te hace sentir dueña del mundo, y sus padres siempre la alabaron por ello.
«Que lo hicieran».
Bautista estaba acostumbrado a trabajar a favor de los demás, su abuelo siempre le dijo que esto pocas veces se trataba de laureles, sino de encontrar el valor de uno mismo en todo lo que se hace.
Habían pasado doce años desde que comenzó en la empresa, años en los que sudó, lloró y rio, más de una década que lo hizo crecer como hombre y como ser humano.
Acarició su pecho, lo masajeó despacio porque los latidos no se calmaban. Pocas veces recibió un salario acorde a su esfuerzo, no recordaba la última vez que su padre lo llamó a compartir un escenario con él, pero ¿qué importaba ahora?
«El martes habrá una cena en casa. No solo será mi cumpleaños, haré un anuncio muy especial».
Su padre, Berton Price había hablado. Bautista le dio una sonrisa a ese recuerdo, a esa memoria de horas atrás.
Todo el mundo lo sabía, todos lo presentían.
Su padre tenía 65 años y quería marcharse, quería dejar la empresa y ya tenía a su heredero, el mismo que venía formándose desde que tenía 16 años.
Ese día martes cambiaría su vida, pero Baustista, esa noche de domingo, entre la ansiedad y el sudor, quería comenzar con el cambio a partir de ese momento, y ese cambio tenía un nombre, lo había tenido desde hacía diez años.
«Joseph».
Su compañero de secundaria, su compañero de universidad, su sostén, el hombre de ojos cálidos y mirada seductora cuando se lo proponía, el hombre que conocía su piel, su risa, sus enojos, sus nervios, sus gemidos.
El hombre con el que quería casarse, el que todo el mundo creía que era solo su amigo, porque el mismo Joseph no había querido que nada de su historia fuera manchada por críticas o juicios externos.
Baustista había aceptado, Berton y Salma desconocían que su hijo era gay, los padres de Joseph también, pero ya no quería seguir ocultando algo que latía en su pecho, su motivo de alegría cuando las cosas estaban mal.
Joseph y él merecían ser felices, merecían una vida donde no tuvieran que esconderse, y eso empezaría esa noche.
El hombre se observó en el espejo, sus ojos verde azulados profundos le devolvieron la mirada. Le sonrió a su reflejo.
«Estás haciendo lo correcto».
Se alejó del espejo, se colocó los gemelos de oro en los ojales de su camisa y buscó el saco.
Estiró su cabello y lo peinó en un estilo salvaje, como le gustaba a Joseph, incluso a él mismo.
Las ondas rojizas y rubias enmarcaban su rostro juvenil, su «carita de eterno bebé», como solía decirle su madre.
Observó a un costado del tocador y asió la caja de terciopelo color azul, en ella iba su propuesta, su corazón, sus ganas de construir una vida con el único hombre que amó.
Se humedeció los labios, buscó su billetera, y su celular el cual vibró. Entornó los ojos y rio.
—Tanner.
—¿Nervioso? —preguntó la voz del otro lado.
—Me he cambiado de camisa dos veces, ¿eso responde tu pregunta?
—Mierda, entonces vas en serio.
—Es Joseph—replicó—, por supuesto que voy en serio. Es el amor de mi vida.
—Eso no existe.
—Tanner, ya hablamos de esto.
—Sí—interrumpió—, y tú te niegas a escuchar los motivos fundamentados por los cuales, esa tontería no existe.
—Que tu esposa se haya ido no significa que…
—Error—Tanner lo cortó—, mi exesposa se marchó para encontrarse a sí misma luego de que a mi hija le diagnosticaron un tumor cerebral que derivó en una parálisis y retraso mental, así que no, no hay justificaciones, no hay nada que puedas decirme que me haga cambiar de opinión.
No existe el amor de tu vida, solo una persona con la que pasarás unos años hasta que alguno encuentre a alguien más.
Bautista resopló.
—Tienes 30 años, Tanner, una hija de tres años. No puedes hablar así.
—Tienes razón—Tanner habló—, tengo al amor de mi vida justo durmiendo en mis brazos, y créeme cuando te digo que no me interesa, ni me interesará nadie más.
El silencio llenó la línea. Ambos hombres se mantuvieron en silencio.
—Amigo.
—De verdad espero equivocarme contigo—afirmó Tanner—, de verdad espero que el imbécil de Joseph Dalton sea todo lo que esperas y más.
—Nunca lo soportaste.
—No me culpes, hay algo en él que nunca me cayó bien, a eso súmale que odia a los negros.
Bautista frunció el ceño y rio.
—¿De qué hablas? Joseph no tiene nada en contra de la gente de color.
—Bau, tú no eres negro, así que no puedes saberlo—señaló Tanner—, de todos modos, espero que él te haga feliz, porque te lo mereces. Nadie más que tú se merece todo lo bueno de la vida.
Bau sintió un nudo en la garganta.
—Voy a emocionarme.
—No, por Dios—Tanner lo cortó—, mejor te dejo. No quiero despertar a Gina, después no hay poder en el universo que la haga dormirse.
—Nos vemos mañana, amigo. Descansa.
—Igual para ti, no espera—Tanner se retractó—, tú no descanses, pero más vale que aparezcas mañana, aunque sea en silla de ruedas porque hay mucho trabajo que hacer.
Baustista negó.
—Imbécil, sabes que Joseph no es así.
—Lo sé, es de los que folla como abuelito.
—¡Tanner!
—¡Adiós! ¡Suerte!
La comunicación se interrumpió. Bautista negó y comenzó a reír. Su corazón había dejado de latir desbocado. Guardó el celular en el bolsillo de su saco, y asió las llaves. Caminó fuera de la habitación, atravesó la sala y llegó a la puerta. Se detuvo con la perilla en la mano.
«A todo o nada».
Abrió la puerta y salió en busca de una nueva etapa, una que no construiría solo.