Las Voces de Caín CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

La sala de terapia estaba bañada por la tenue luz del atardecer que entraba por las persianas parcialmente cerradas.

Debra estaba sentada en su silla habitual, con las piernas cruzadas y los brazos alrededor de su bolso.

Había un silencio que se prolongaba más de lo habitual.

El doctor observaba su postura rígida y su mirada fija en algún punto invisible de la alfombra.

—Parece que tienes muchas cosas en mente hoy, Debra —dijo él con voz calmada.

Ella suspiró y se removió en su asiento, como si estuviera buscando una respuesta adecuada.

—No lo sé. Supongo que sí.

El doctor dejó que se asentara el silencio por un momento antes de hablar de nuevo.

—¿Qué es lo que estás evitando decir?

Debra lo miró, sorprendida por su franqueza. Era como si hubiera leído sus pensamientos más ocultos.

—No estoy evitando nada —respondió, aunque su tono delataba su incomodidad.

El doctor inclinó ligeramente la cabeza y mantuvo su mirada fija en ella.

—¿Y si te dijera que no es necesario que lo expreses de forma perfecta? Lo que sea que tengas dentro, podemos trabajarlo juntos. Pero el primer paso es admitirlo, aunque sea de forma desordenada.

Debra desvió la mirada. Sabía que tenía razón, pero abrir esa puerta era aterrador.

—No es fácil —murmuró.

—Lo sé. Pero también sé que llevas mucho tiempo cargando con esto sola. ¿Qué crees que podría pasar si lo compartieras aquí, en un lugar seguro?

Ella frunció el ceño y apretó las manos sobre el bolso.

—Creo que podría derrumbarme.

El doctor asintió lentamente, mostrándole que comprendía su sentimiento.

—Y eso está bien. A veces, para reconstruirnos, primero debemos permitirnos rompernos un poco.

Hubo una pausa. Debra parecía debatirse por dentro.

—No sé por dónde empezar —dijo finalmente, su voz apenas un susurro.

El doctor tomó un bolígrafo de su escritorio y comenzó a dibujar un círculo en su libreta.

—El centro del círculo eres tú. Hay capas a tu alrededor. Algunas de esas capas son recuerdos, otras son emociones no expresadas y otras son las historias que te cuentas a ti misma para protegerte. Vamos a explorar esas capas.

Debra observó el dibujo, intrigada.

—¿Cómo?

—Voy a hacerte unas preguntas. No tienes que responder de inmediato, pero quiero que las tengas en cuenta. ¿Te parece bien?

Ella asintió, aunque parecía dudosa.

—De acuerdo.

El doctor dejó el bolígrafo y se recostó en su silla.

—Cuando piensas en tu familia, ¿qué es lo primero que se te viene a la mente?

Debra se quedó en silencio, con el rostro tenso.

—Mi madre y Antony —respondió después de unos segundos.

—¿Por qué ellos?

Ella dudó antes de responder.

—Porque siempre tuvieron el control. Mi madre, con su silencio. Antony, con su... —Su autoridad.

El doctor notó el cambio en su voz cuando mencionó a Antony, una mezcla de resentimiento y dolor.

—Hablemos de Antony. Dijiste antes que él era un reflejo de tu padre. ¿Qué significa eso para ti?

Debra respiró hondo y se pasó una mano por el cabello.

—Significa que siempre estaba ahí para recordarme que tenía que obedecer. Que no podía equivocarme. Era como si quisiera ser mi padre, incluso cuando no estaba.

El doctor inclinó la cabeza ligeramente.

—¿Qué recuerdos específicos tienes de eso?

Ella cerró los ojos por un momento, como si rebuscara en su memoria.

—Había una vez... —empezó, pero se le quebró la voz.

El doctor esperó pacientemente, dándole espacio.

—Una vez me encontró tomando fotos en el bosque que había detrás de la casa. Eran fotos de flores, de árboles... algo inocente. Pero él dijo que estaba malgastando el tiempo. Me quitó la cámara y la guardó en su cuarto. Dijo que no la recuperaría hasta que demostrara que era «útil».

—¿Cómo te hizo sentir eso?

Debra bajó la mirada, mientras sus ojos brillaban con lágrimas que no dejaba caer.

—Como si nada de lo que me importara tuviera valor. Como si mis pasiones fueran... insignificantes.

El doctor asintió con empatía.

—Ese es un recuerdo poderoso. Esos momentos nos marcan más de lo que creemos. ¿Hubo otros como ese?

Ella se quedó callada, pero sus manos temblaban levemente. Finalmente, asintió.

—Antony siempre tenía algo que decir. Cuando me fui a Nueva York, me llamó egoísta. Dijo que estaba traicionando a la familia.

—¿Y qué respondiste?

—No lo hice. Me fui.

El doctor dejó que el silencio llenara la habitación por un momento.

—Debra, parece que llevas mucho tiempo luchando contra la voz de Antony en tu cabeza. Quizás ahora es el momento de desafiarla.

Ella lo miró, sus ojos llenos de temor y determinación a la vez.

—¿Cómo?

—Empezando por reconocer que esa voz no es tuya. Que tú no eres la persona que Antony decía que eras.

—Pero sí lo era —susurró de forma tan baja que al doctor le costaba escucharla.

Debra se retorcía las manos, como si las palabras que estaba a punto de pronunciar se resistieran a salir. El doctor la observaba con atención, sin interrumpirla, esperando pacientemente a que hablara.

—¿Qué sucedió en el pasado, Debra?

—Algo terrible —respondió, y en su voz se podía apreciar angustia verdadera—.

Nunca quise volver a pensar en ello. Creí que, si lo enterraba lo suficientemente profundo, desaparecería.

—Su voz era un hilo quebrado, casi un susurro—.

Pero siempre está ahí, como una herida que nunca termina de cerrarse.

El doctor inclinó ligeramente la cabeza para darle espacio para continuar.

—Cuando tenía diez años, ocurrió algo terrible que cambió mi vida y la de mi familia para siempre.

Fue un escándalo que sacudió a nuestra comunidad.

—Su mirada se perdió en algún rincón de la habitación—.

Una de las chicas del grupo juvenil, Leah, quedó embarazada.

Nadie sabía quién era el padre hasta que se descubrió que era un hombre casado de la iglesia, alguien respetable.

Alguien que todos admiraban... Leah solo tenía trece años.

El silencio en la sala era pesado y cargado de tensión.

—La comunidad se dividió. Algunos culparon a Leah, como si ella hubiera seducido a un hombre mucho mayor.

Otros se pusieron de su lado, pero los rumores y el juicio moral fueron brutales.

Leah y su familia se vieron obligados a mudarse.

No podían soportar las miradas y las acusaciones.

—Hizo una pausa, tragando saliva como si las palabras le ardieran en la garganta—.

Mi padre era uno de los líderes de la congregación que defendió al hombre.

Decía que había que proteger el buen nombre de la iglesia, que era más importante que cualquier individuo.

El doctor asintió levemente, alentándola a continuar.

—Pero lo peor fue Anthony. Él lo idolatraba.

Y cuando Leah habló, cuando contó su versión, Anthony la ridiculizó delante de todos.

Incluso la amenazó para que no lo volviera a hacer.

Yo estaba ahí, en la reunión, escuchándolo todo, viendo cómo mi hermano y mi padre destrozaban a esa chica...

y no hice nada porque estaba aterrorizada —los ojos de Debra brillaban con lágrimas que trataba de contener—.

Después de esa noche, Leah intentó quitarse la vida.

El doctor entendió muchísimo más de lo que contaba Debra, pues durante sus años de experiencia profesional había aprendido a reconocer los signos de abusos.

—¿Hubo más niñas como Leah? —preguntó el doctor en un tono neutro.

Debra rompió a llorar. Había intentado evitarlo, pero no lo consiguió. Pasó un largo momento de silencio. El doctor esperaba su respuesta en silencio.

—Sí —respondió Debra, angustiada—. Yo fui una de esas niñas.

—¿Quieres contarlo? —le preguntó suavemente.

Debra se levantó de la silla. Caminó hasta la ventana y apartó la cortina de color claro. Afuera llovía finamente. El doctor la miraba atentamente, sin perderse detalle alguno.

—La iglesia permitió que un hombre malo asumiera el liderazgo del grupo de conquistadores de nuestra iglesia local.

—reveló Debra con voz entrecortada por los recuerdos—.

Dos de las víctimas decidieron hablar y explicaron a los líderes religiosos que Karl Morrison había comenzado a abusar sexualmente de ellas en 1975 y que los abusos continuaron durante seis largos años.

Una de ellas era Leah, que había quedado embarazada.

—Debra calló un momento para tratar de serenarse. Nuestra Iglesia Adventista sabía que Morrison era un...

Debra no se decidía a usar la palabra adecuada para describirlo, así que el doctor lo hizo por ella.

—Un depredador sexual, un pedófilo, un ser despreciable —apuntó el doctor.

Debra asintió con la cabeza.

—Pero la iglesia lo designó de todos modos como líder de jóvenes.

—¿Quieres continuar? ¿Te sientes cómoda hablando? —le preguntó el doctor, consciente de lo necesario que era para ella contar la verdad, pero también de que debía hacerlo por sí misma y no bajo presión.

—La iglesia sabía que Morrison había estado involucrado en varios procesos penales por abuso sexual infantil antes de trabajar como líder de conquistadores —continuó diciendo Debra.

Morrison fue encarcelado por abusar de niños ya en el año 1970.

Y comenzó su trabajo como líder de conquistadores dos años más tarde, y la organización adventista sabía que Morrison era un hombre malo, como se decía en la iglesia, pero el doctor lo había llamado por su verdadero nombre.

Era un pedófilo y abusador de niños antes incluso de que le abrieran la puerta de nuestra comunidad.

Pero aun así no advirtieron a los padres, ni informaron a la policía ni tomaron las medidas necesarias para evitar que este hombre se acercara a las niñas.

—¿Deseas continuar? —le preguntó el doctor.

Debra tardó una eternidad en responder y, finalmente, lo hizo.