CAPÍTULO 14
Debra entró en la consulta del doctor Mallory con la mirada más firme que en ocasiones anteriores, aunque su lenguaje corporal seguía transmitiendo cierta incomodidad.
Había sido una semana complicada tras el evento en Atlanta y, aunque evitaba admitirlo, el recuerdo de Antony rondaba su mente con más fuerza de la que desearía.
El doctor Mallory la recibió con una sonrisa tranquila e invitó a Debra a sentarse en el sillón de cuero.
—¿Cómo estás esta semana, Debra? —preguntó él, mientras se sentaba frente a ella.
—Podría decir que estoy bien, pero no sería completamente sincera —respondió, suspirando mientras cruzaba las piernas y jugaba nerviosamente con las manos.
El doctor asintió con suavidad, sin interrumpirla.
—Estuve en Atlanta, en un evento familiar —continuó ella, mirando al suelo por un momento antes de levantar la vista hacia él—. Fue extraño volver a estar cerca de John. Es tan diferente a Antony, y supongo que eso me hizo pensar mucho en nuestra relación.
Mallory tomó nota, mientras el nombre de Antony surgía por primera vez con un matiz cargado de emociones.
—¿Qué recuerdas de tu relación con Antony?
Debra se recostó un poco, como si buscara acomodarse ante la incomodidad de lo que estaba a punto de decir.
—Antony siempre fue como una réplica de mi padre. O quizá debería decir que mi padre lo moldeó para ser su reflejo. Era el hijo mayor, el que debía cumplir con todas las expectativas que mi padre no había podido proyectar en mí ni en John.
—¿Cómo afectó eso a vuestra relación?
—No nos soportábamos —dijo, casi riéndose amargamente—. Desde que éramos niños, Antony encontraba la manera de hacerme sentir inferior. Siempre me llamaba «la rebelde» y «la oveja negra».
Debra hizo una pausa, su mirada se endureció al recordar episodios concretos.
—Hubo una vez... Tenía unos dieciséis años.
Mi padre quería que participáramos en una reunión especial de la iglesia, algo importante.
Yo no quería ir, porque sabía que sería otro sermón interminable sobre obediencia y el papel de la mujer.
Antony me obligó a ir, literalmente. Me agarró del brazo y me llevó hasta el coche mientras yo gritaba que me soltara.
Mi padre no dijo nada, solo lo miró con aprobación, como si estuviera orgulloso de que Antony estuviera «corrigiéndome».
Mallory la escuchó atentamente, notando cómo se le quebraba ligeramente la voz al final de la frase.
—¿Cómo te sentiste en ese momento?
Debra inspiró profundamente, como si intentara mantener el control.
—Humillada. Indefensa. Pero, sobre todo, furiosa. No solo con Antony, sino también con mi padre por permitirlo y alentarlo. Era como si ambos se alimentaran del poder que tenían sobre mí.
—¿Esa dinámica continuó con el tiempo?
—Siempre. Cuando dejé la iglesia y me fui de casa, Antony fue el primero en decirme que me arrepentiría y que estaba abocada al fracaso. Cada vez que hablábamos, me trataba como si yo fuera inferior, como si mi vida estuviera abocada al desastre por no seguir sus reglas ni las de mi padre.
Debra apretó las manos con fuerza y su tono comenzó a reflejar más determinación.
—Pero lo que más me duele es que Antony no era así al principio.
Cuando éramos niños, antes de que el peso de las expectativas de mi padre recayera sobre él, solíamos llevarnos bien.
Incluso me defendía cuando otros niños de la iglesia se metían conmigo.
Pero con el tiempo se convirtió en otra persona.
—¿Crees que él también estaba atrapado en esas expectativas? —preguntó Levin, suavemente.
Debra lo pensó por un momento.
—Supongo que sí. No sé si alguna vez tuvo la oportunidad de decidir quién quería ser. Tal vez, de alguna manera, él también era una víctima. Pero eso no exculpa lo que hizo ni cómo me trató.
El silencio se prolongó durante unos segundos, hasta que el doctor Mallory lo rompió con calma.
—Es normal sentir esa mezcla de rabia y compasión.
Antony parece haber sido una figura compleja en tu vida, alguien que representaba tanto la autoridad de tu padre como sus expectativas incumplidas.
Lo que viviste con él te ha dejado una marca, pero estás aquí ahora, tratando de entenderlo, y eso ya es un paso importante.
Debra asintió lentamente, aunque su expresión mostraba aún cierto conflicto interno.
—Supongo que tengo mucho que procesar todavía.
—Y lo haremos, paso a paso —le aseguró Mallory con firmeza, dejando espacio para que ella volviera a tomar la iniciativa cuando estuviera lista.
En ese momento, Debra sintió una pequeña chispa de alivio. Aunque el camino era largo, hablar de Antony, de su padre y de esas heridas no tan enterradas parecía ser un comienzo necesario.
***
El loft de Nathan Ellis en el Upper West Side estaba decorado con elegancia moderna para la ocasión.
La tenue iluminación resaltaba las obras de arte cuidadosamente seleccionadas en las paredes, mientras que las suaves notas de jazz en vivo flotaban en el ambiente.
Camila Parker, con su porte impecable y su cálida sonrisa, recibía a los invitados en la entrada junto a Nathan, quien no perdía oportunidad de presumir de su prometida como una obra de arte en sí misma.
Debra llegó al evento vestida con un sencillo pero elegante vestido negro que realzaba su aire enigmático.
Aunque inicialmente se sentía algo fuera de lugar, la familiaridad de los rostros presentes —fotógrafos, galeristas, críticos de arte y empresarios— le permitió relajarse poco a poco.
Nathan la recibió con entusiasmo y la envolvió en un rápido abrazo.
—¡Debra! Me alegra mucho que hayas venido. Esta noche tienes que conocer a un par de personas a las que seguro les interesará tu trabajo.
—Gracias, Nathan. Empiezo a recordar lo que se siente en un entorno así —respondió con una leve sonrisa.
Camila se unió a ellos, radiante, y la presentó a un par de políticos locales aficionados al arte.
A medida que avanzaba la velada, Debra se fue encontrando cómoda en la conversación.
Hablaban sobre fotografía, técnicas, la relación entre el arte y la política, temas que despertaban su interés.
Incluso se permitió una copa de vino, algo que hacía tiempo que no hacía.
A lo lejos, vio una figura familiar. Robert Taylor, el congresista, vestía un impecable traje gris y sostenía una copa de whisky mientras conversaba con un grupo de empresarios. La conexión entre ellos fue inevitable cuando sus miradas se cruzaron y él no tardó en acercarse.
—Debra, sabía que esta noche te encontraría —dijo Robert con su habitual tono de confianza, inclinándose ligeramente para saludarla.
—Robert, no sabía que estarías aquí —respondió ella, intentando que su voz sonara neutra, aunque no podía evitar cierta calidez en sus palabras.
—Nathan y yo conocemos a algunas personas del mundo del arte. Pero debo admitir que mi principal motivo para venir fue verte.
Debra se sonrojó ligeramente, pero esbozó una sonrisa mientras Robert le ofrecía otra copa de vino.
Durante el resto de la noche, Robert acaparó toda su atención.
Hablaron de fotografía, de los retos a los que se enfrentan los artistas en un mundo cada vez más digitalizado, pero también de temas más personales.
Él, como siempre, compartió anécdotas de su vida familiar, lo orgulloso que estaba de sus hijos y cómo ellos eran su mayor motivación.
«A veces me pregunto si se dan cuenta de cuánto han cambiado mi vida», dijo, mientras sus ojos se suavizaban con una mezcla de ternura y orgullo.
Debra lo escuchaba, pero no podía evitar compararlo con su propia familia.
Su padre, que siempre fue más un juez que un padre.
Su madre, cuya presencia era constante pero silenciosa, siempre subordinada a las estrictas normas de su esposo.
Y Antony, cuya actitud autoritaria parecía un eco del hombre que los había criado.
Era un contraste abrumador con el mundo cálido y abierto que Robert describía.
La noche continuó, pero Debra comenzó a sentirse emocionalmente agotada. Aunque disfrutó de la interacción, su mente no dejaba de evaluar y cuestionar. Cuando finalmente decidió marcharse, Robert insistió en acompañarla hasta la puerta con la misma sonrisa encantadora que siempre.
—Debra, espero que esta no sea la última vez que aceptes una invitación mía.
—No lo sé, Robert. Ya veremos —respondió ella, esquiva pero amable.
Él la observó entrar en el taxi que Nathan había pedido y, por un momento, Debra pensó en abrirse un poco más a las relaciones humanas. Sin embargo, el peso de su pasado seguía siendo una barrera difícil de atravesar.
Al llegar a su apartamento, Debra se quitó los zapatos y se dejó caer en el sillón, mirando hacia la pared donde colgaban algunas de sus fotografías favoritas.
La fiesta la había dejado agotada, pero al mismo tiempo sentía cierta satisfacción por haber disfrutado de la compañía de los demás, algo que antes consideraba imposible.
Mientras encendía una lámpara de mesa, su mirada se posó en la mesita de noche. Sabía lo que estaba ahí, esperándola. La carta de su madre, que había dejado intacta desde su llegada a Nueva York.
Con un suspiro, abrió el cajón y sacó el sobre. El papel estaba algo arrugado por el tiempo que había pasado allí, pero seguía intacto. Sus dedos recorrieron el borde del sobre, indecisos. Por un momento, se permitió imaginar su contenido: ¿un reproche? ¿Un intento de reconciliación? ¿Una disculpa?
Finalmente, con el corazón latiendo rápidamente, deslizó el dedo para abrirla, pero justo antes de sacar el contenido, algo la detuvo. La dejó sobre la mesita, aún cerrada, y cerró el cajón con rapidez.
—No esta noche —murmuró para sus adentros mientras apagaba la lámpara y se dirigía al dormitorio.
El sobre permaneció en la mesita de noche, como un recordatorio de que, aunque avanzaba, aún quedaban heridas que necesitaban más tiempo para sanar.