Las Voces de Caín CAPÍTULO 15 #2
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CAPÍTULO 15 #2

—Sí... —Debra tragó con fuerza y se secó el rostro de lágrimas—.

Cuando empezaron los abusos, yo solo tenía cinco años, pero él estuvo impune durante seis largos años.

Cuando abusó de mí, yo tenía diez años. Cuando todo salió a la luz y hablé con mi madre para decirle que yo era una de esas niñas, mi madre no hizo nada. Mi padre me silenció...».

—¿Cómo se perdona algo así? —preguntó Debra después de un largo rato.

El doctor la miraba en silencio, pues él mismo conocía el caso, cuando varias de esas niñas denunciaron finalmente a Morrison.

Documentos de la Iglesia Adventista mostraron que se habían presentado más de 400 reclamaciones contra la iglesia desde 1992, con más de 500 víctimas infantiles.

Morrison era uno de los muchos depredadores sexuales que existían y que los líderes religiosos tapaban.

El doctor intuyó que Debra necesitaba cambiar de tema, y así lo hizo.

—Fuiste una niña muy valiente —le dijo el doctor—. Es importante que veas que eras una niña que necesitaba protección y no la tuvieron. Revelaste la verdad a tu familia, y hacerlo a una comunidad tan cerrada fue un acto de valentía extraordinario.

—No me siento valiente.

—Ahora tienes la oportunidad de procesar lo ocurrido, de decidir cómo quieres que esa historia forme parte de tu vida en el presente.

Debra lo miró, como buscando una respuesta que le diera claridad en medio de su caos interno.

—¿Y si no soy capaz de perdonarlos o de perdonarme a mí misma por no haber sido más fuerte? —preguntó con voz apenas audible.

El doctor le sonrió con empatía.

—El perdón no es algo que se imponga. Es un proceso. A veces, el perdón empieza por entender lo que ocurrió, por permitirte sentir y aceptar tus emociones. Estás aquí, Debra, has compartido tu verdad. Ya has dado el primer paso.

Ella asintió, aunque no estaba completamente convencida, pero sintió que algo dentro de ella comenzaba a aflojar, a ceder. Había más por explorar y más que decir.

—¿Qué pasó con Leah?

—Sobrevivió. Pero eso fue lo último que supe de ella. Su familia se fue poco después. Nunca volví a verla. —Debra bajó la cabeza pensativa.

Esa sesión había durado más de lo habitual, pero el doctor sabía lo importante que era para ella, así que le preguntó si quería continuar en una próxima cita y Debra aceptó.

***

Aquella noche, de regreso en su apartamento, Debra no pudo evitar sentirse emocionalmente agotada. No podía dejar de pensar en las palabras del doctor: «El perdón no es algo que se imponga. Es un proceso».

Se sentó en la cama y cogió su cámara, como hacía cada vez que necesitaba escapar de sus pensamientos.

Pero esta vez no pudo. Había una inquietud creciente dentro de ella, como si algo la empujara a enfrentarse a su pasado.

Sin pensarlo demasiado, abrió el ordenador y buscó en Internet: «Leah Matthews, Middleton, Wisconsin».

Tras unos minutos de búsquedas infructuosas, encontró una pista: un artículo de hacía unos años mencionaba que Leah trabajaba como asistente social en un pequeño centro comunitario en Savannah.

Debra sintió que el corazón le latía con fuerza.

Era la primera vez que se planteaba seriamente la posibilidad de contactar con Leah, aunque la idea la aterraba.

Durante días, la duda la consumió. Cada vez que levantaba el teléfono para marcar el número del centro, lo dejaba antes de completar la llamada. ¿Qué podría decirle? ¿Y si Leah no quería hablar con ella? ¿Y si su contacto reabría heridas que ya habían cicatrizado?

El jueves por la tarde, mientras paseaba por las calles de Nueva York con su cámara, Debra se detuvo frente a un escaparate donde se exponían libros religiosos y de autoayuda.

Uno de ellos llamó su atención: Romper las cadenas del pasado.

Lo tomó en sus manos, hojeó unas páginas y algo en la introducción la conmovió profundamente: «Enfrentar el pasado no siempre significa resolverlo, pero sí puede significar liberarte de su control».

Esa misma noche, se sentó frente al ordenador y redactó un correo electrónico para el centro comunitario de Savannah. Lo escribió y reescribió al menos diez veces antes de enviar un mensaje simple y directo:

«Hola, me llamo Debra Connelly. No sé si este mensaje llegará a Leah Matthews, pero, si lo hace, me gustaría hablar con ella. Estuve en Middleton hace años y siempre quise abordar algo, pero nunca tuve el valor. Si no desea contactar conmigo, lo entiendo. Gracias por leer esto».

Al darle a «enviar», sintió que un enorme peso caía sobre sus hombros. No sabía si Leah respondería, pero al menos había dado el primer paso.

Dos días después, mientras tomaba un café en su apartamento, miró su correo electrónico y vio un mensaje. El remitente era desconocido, pero el asunto decía: «Respuesta de Leah Matthews».

El corazón de Debra se detuvo por un momento. Clicó en el mensaje con las manos temblorosas:

«Hola, Debra. Tu mensaje me ha sorprendido, pero me alegra que te hayas puesto en contacto conmigo.

Recuerdo aquellos días en Middleton, y aunque fueron difíciles, también me enseñaron muchas cosas sobre resiliencia y perdón.

Si estás dispuesta, me gustaría hablar contigo. Déjame saber cómo te gustaría hacerlo».

Debra soltó un largo suspiro, incapaz de contener las lágrimas. Había esperado un rechazo o un silencio, pero nunca una respuesta tan generosa.

Cuando volvió a la consulta del doctor esa semana, le habló sobre el correo de Leah. Por primera vez, su tono reflejaba algo más que dolor: también había una chispa de esperanza.

—No sé qué voy a decirle —admitió, jugando con el borde de su chaqueta—. Pero creo que... —Debo intentarlo.

El doctor asintió con una leve sonrisa.

—Ese es un gran paso, Debra. Hablar con ella puede darte claridad de ideas sobre cómo seguir adelante.

Debra lo miró, sorprendida por lo que sentía: una mezcla de nerviosismo y alivio. Era un terreno desconocido, pero esta vez estaba dispuesta a afrontarlo.