Las Voces de Caín CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Debra se despertó con el sonido del tráfico neoyorquino filtrándose por las ventanas.

El sol apenas iluminaba su pequeño apartamento en el barrio de Chelsea.

Se levantó, preparó un café negro y, sin mucho entusiasmo, preparó su equipo fotográfico: una cámara Leica que había sido su compañera durante años, varios objetivos y un cuaderno de bocetos donde a veces anotaba ideas para sus fotografías.

Debra salió a la calle con la cámara al hombro, deambulando sin rumbo.

Disparaba instintivamente, buscando imágenes que «le hablaran», pero lo único que parecía captar su interés eran escenas de soledad y desconexión: una anciana sola en un banco del parque, un edificio en ruinas reflejado en un charco sucio, un pájaro picoteando restos de comida en una acera.

Más tarde, en su estudio de revelado del apartamento, revisó las fotografías del día. Eran técnicamente impecables, pero les faltaba algo. Tal vez vida. Con frustración, las dejó a un lado, apagó la luz y cerró la puerta. Se sentó junto a la ventana y miró la ciudad hasta que se hizo de noche.

Al día siguiente, decidió visitar su galería habitual en Chelsea para hablar con su representante, Nathan Ellis. Llevó consigo algunas de las fotografías recientes, aunque sentía que no valían la pena. Nathan las revisó en silencio, tamborileando los dedos sobre la mesa.

—Tienen tu sello, Debra, pero... no sé, les falta algo. Quizá algo más arriesgado.

Ella se encogió de hombros, incapaz de discutir.

—Estoy trabajando en ello. Necesito tiempo.

Nathan asintió, aunque su expresión denotaba ambivalencia. Antes de despedirse, le mencionó un evento de la galería el viernes y le pidió por favor que asistiera para encontrarse con coleccionistas interesados en su trabajo.

Debra visitó un café en el West Village en un intento por escapar de su propia mente.

Llevaba consigo la carta de su madre, todavía sin abrir, y la colocó en la mesa mientras sorbía un capuchino caliente.

Por un momento, sintió el impulso de abrirla, pero el peso emocional la volvió a dejar paralizada.

Finalmente, la guardó de nuevo en el bolso.

Cuando salió del café, decidió pasear sin hacer nada más que disfrutar del paisaje urbano, pero su mente volvió a la conversación mantenida por teléfono con el congresista Robert Taylor.

La había llamado a su apartamento para invitarla de nuevo a cenar.

Pero ella le había dado largas. El congresista insistió, pero Debra no puede soportar la idea de una cita.

Siente que cualquier conexión emocional sería una carga de más, algo para lo que definitivamente no está preparada.

Esa tarde, Debra tomó el metro hasta Coney Island con su cámara. El paisaje decadente del lugar siempre le había resultado fascinante: los colores desgastados de los carteles, las atracciones oxidadas, las sombras alargadas en la arena vacía...

Se detuvo en un carrusel abandonado y fotografió los caballos de madera con la pintura desconchada. Había algo inquietante en la forma en que las figuras la miraban, como si guardaran historias que nunca serían contadas.

Esa noche, al revisar las fotos, encontró una que le llamó la atención: un niño pequeño con un helado derretido de pie junto a un puesto de juegos vacío. Había algo en su expresión, una mezcla de tristeza y resignación, que le llegó muy hondo.

Al día siguiente, Debra asistió al evento en la galería por insistente petición de Nathan.

El espacio estaba lleno de artistas, coleccionistas y críticos de arte.

Ella caminaba por las salas con una copa de vino en la mano, sintiéndose fuera de lugar.

Algunos asistentes intentaban hablar con ella, pero sus respuestas eran breves y cortantes.

—Debra, debería presentarte al señor Langford —le dijo Nathan, llevándola hacia un coleccionista interesado en adquirir una de sus piezas.

Ella sonrió con profesionalismo, pero la conversación le resultaba agotadora. Finalmente, se disculpó y se marchó antes de que terminara el evento.

Debra pasó gran parte del día encerrada en su apartamento editando fotografías y sintiéndose cada vez más frustrada.

De vez en cuando, los recuerdos del accidente cruzaban su mente: el sonido del claxon, el impacto, el suelo frío del asfalto.

Su mente no dejaba de cuestionarse si realmente fue un descuido o si había algo más profundo.

Recibió otra llamada de Garrett, esta vez para preguntarle cómo se encontraba, pero Debra le dijo que estaba muy ocupada y colgó sintiéndose incapaz de lidiar con la conversación.

A media tarde, Debra decidió pasear por Central Park con su cámara en busca de inspiración. Sin embargo, todo lo que captaba eran imágenes de árboles desnudos y hojas muertas. Era consciente de que su arte reflejaba su estado emocional, pero no sabía cómo cambiarlo.

De vuelta en el apartamento, se colocó frente al espejo del baño y se miró a sí misma. Lo que vio fue el rostro de una mujer cansada, atrapada en su propio mundo interior. Se acordó de que tenía otra cita con el Dr. Mallory al día siguiente y se preguntó si realmente serviría de algo.

Con un suspiro, se tumbó en la cama y miró el techo. La carta de su madre seguía guardada en la mesita de noche, intacta, como una herida que no se atrevía a abrir.