Las Voces de Caín CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

Debra llegó puntual al consultorio del doctor Mallory. Aunque algo en su interior le decía que cancelara la cita, se obligó a cruzar la puerta. El terapeuta, con su aire tranquilo y profesional, la recibió con una sonrisa neutra.

—Bienvenida, Debra. ¿Cómo ha estado desde la última sesión?

Ella se sentó en el mismo sillón que la vez anterior, cruzó las piernas y apoyó las manos sobre su regazo.

—Bien, normal. Volviendo a la rutina —respondió con evasiva, fijando la vista en un cuadro minimalista que colgaba de la pared.

—¿Qué significa «normal» para usted? —le preguntó el terapeuta, inclinándose levemente hacia adelante.

Debra suspiró.

—Fotografiar cosas que no tienen sentido, evitar mensajes de personas que no quiero ver... sobrevivir, supongo.

El Dr. Mallory asintió, dándole algo de tiempo.

—¿Puedo preguntarle algo más concreto, Debra? La última vez mencionó que creció en un ambiente familiar muy estricto. ¿Le gustaría hablar un poco más sobre eso?

Por un momento, ella dudó. El silencio en la sala pareció alargarse, pero finalmente comenzó a hablar.

—Mi familia son adventistas del séptimo día. Muy devotos, muy... Estrictos. No hay margen para nada que no esté dentro de las normas.

—¿Qué tipo de normas?

Debra soltó una breve y amarga risa.

—Todo. Cómo vestir, cómo hablar, qué hacer cada sábado... La música que escuchábamos, los libros que podíamos leer... todo estaba controlado. Mi madre siempre decía que debíamos dar ejemplo. «La familia Connelly debe ser intachable».

El terapeuta hizo una nota en su libreta, pero no apartaba la vista de ella.

—¿Y usted qué pensaba de esas normas?

—De niña, no pensaba mucho. Simplemente hacía lo que se suponía que debía hacer. Pero, cuando crecí, empecé a darme cuenta de que nunca iba a ser suficiente. Siempre había algo más que podía hacer mejor, algo más que podía evitar para ser más «pura».

—¿Qué sentía al respecto?

Debra se encogió de hombros, aunque sus manos se tensaron sobre su regazo.

—Frustración. Miedo. Siempre tenía miedo de no estar a la altura, de decepcionar a mis padres y, por supuesto, a Dios. El castigo divino era algo de lo que se hablaba constantemente en casa.

—¿Recuerda algún episodio en particular que haya reforzado esa sensación?

Ella se quedó en silencio un momento. Luego bajó la mirada.

—Cuando tenía unos once años, Amanda, una compañera de la escuela, me prestó un libro.

Era una novela de aventuras, algo totalmente inofensivo.

Lo escondí bajo el colchón, pero mi padre lo encontró.

Se enfureció. Dijo que estaba dejando que el «mundo secular» corrompiera mi mente.

Me obligó a quemarlo en el patio trasero mientras él y mi hermano mayor rezaban.

—El Dr. Mallory no la interrumpió sino que la dejó continuar—.

Recuerdo cómo me sentí mientras se quemaba el libro.

Como si yo misma estuviera siendo castigada.

Como si todo lo que me gustaba o me hacía feliz fuera malo.

—Eso debió de ser muy doloroso.

Debra asintió, mordiéndose el labio.

—Lo fue. Pero lo peor no eran los castigos físicos o emocionales. Lo peor era que creía que me lo merecía. Que había hecho algo malo.

El terapeuta se inclina un poco más hacia adelante.

—¿Y ahora? ¿Todavía cree que se lo merecía?

Ella lo miró directamente por primera vez en la sesión, y sus ojos reflejaban una mezcla de dolor y desafío.

—No. Ahora sé que no. Pero sigo sintiendo esa voz en mi cabeza diciéndome que nunca seré suficiente.

El Dr. Mallory asintió, reconociendo el peso de sus palabras.

—Ese tipo de pensamiento puede ser muy difícil de desaprender, sobre todo cuando se ha inculcado desde tan joven. Pero es importante que reconozca que no está sola en esto, Debra. Podemos trabajar juntos para cambiar esa narrativa interna.

Ella no respondió de inmediato, pero algo en su expresión se suavizó ligeramente.

—Supongo que por eso estoy aquí —dijo finalmente, aunque su tono era más resignado que convencido.

—Exactamente. Y esto es solo el comienzo.

La sesión concluyó poco después. Mientras salía del consultorio, Debra sintió que algo dentro de ella, aunque fuese mínimo, había comenzado a moverse. No sabía si era alivio o incomodidad, pero era un cambio, y eso ya era un paso adelante.

***

Esa tarde hacía frío y llovía en Nueva York, el tipo de clima que hacía que Debra quisiera quedarse en su apartamento envuelta en una manta.

Sin embargo, esa noche había accedido, después de semanas de evasivas, a cenar con el congresista Robert Taylor.

Él había sido persistente, pero respetuoso, y aunque parte de ella quería seguir evitando cualquier interacción social que la sacara de su rutina, algo en su tono amable y genuino había conseguido derribar sus defensas.

A las siete en punto, se escuchó un claxon discreto desde la calle.

Debra miró por la ventana de su pequeño apartamento y vio un taxi negro estacionado frente al edificio.

Con un suspiro, cogió su abrigo de lana gris y su bolso, y bajó.

Al salir, Robert estaba apoyado contra el taxi, vestido con un elegante traje oscuro que le sentaba como un guante.

Le dedicó una cálida sonrisa y le tendió la mano para ayudarla a entrar en el coche.

—Gracias por aceptar, Debra. Sé que no ha sido fácil convencerte —dijo mientras cerraba la puerta a sus espaldas y daba instrucciones al conductor.

—Sí, bueno... No se me dan bien este tipo de cosas —respondió ella con una tímida sonrisa.

—No tienes que preocuparte. Solo quiero disfrutar de una buena cena con una compañía aún mejor —respondió él con un tono sincero, sin rastros de presión.

El taxi los llevó a un restaurante exclusivo del Upper East Side, uno de esos lugares que Debra había visto en revistas, pero nunca había considerado visitar.

El ambiente era cálido y sofisticado, con luces tenues, manteles de lino impecables y un murmullo constante de conversaciones discretas.

Un maître los condujo a una mesa junto a una ventana con vistas a la calle iluminada por farolas y les pasó la carta.

—¿Vienes mucho por aquí? —preguntó Debra mientras examinaba la lista de platos, sintiéndose un poco fuera de lugar.

—De vez en cuando. No soy de los que cenan en sitios así todas las semanas, pero cuando hay algo especial que celebrar, este es mi lugar favorito», respondió Robert, dejando la carta a un lado.

Pidieron sus platos y, mientras esperaban, Robert inició la conversación, logrando que Debra se relajara poco a poco.

—Sé que no hablas mucho de tu familia —dijo, con cuidado—, pero pensé que quizá podría hablarte un poco de la mía.

Debra levantó la mirada, algo desconcertada, pero asintió.

—Claro.

—Soy de Ohio, de un pueblo pequeño. Mis padres eran profesores, gente trabajadora y cálida. No teníamos mucho, pero había mucha unión en nuestra familia. Después de casarme joven, tuve dos hijos maravillosos: Charlotte y Lucas. Son mi orgullo y mi alegría.

Debra escuchaba en silencio mientras él hablaba con una sonrisa en el rostro, como si evocara cada detalle mientras lo contaba.

—Mi matrimonio no funcionó —continuó Robert—, pero mi exmujer y yo hicimos un pacto desde el principio: los niños serían lo primero. Y lo hemos cumplido. Hemos estado presentes para ellos, incluso si eso significa ir a eventos escolares juntos o tener cenas familiares.

Debra, que había estado girando el vaso de agua entre sus dedos, levantó la vista, impactada por sus palabras.

—¿Y eso funciona? —preguntó, sorprendida por lo diferente que sonaba de lo que ella había conocido.

Robert rio suavemente.

—No es perfecto, pero sí, funciona. Creo que cuando se ama a los hijos, se hace lo que sea necesario por ellos.

Charlotte está en la universidad ahora y Lucas está a punto de empezar la secundaria.

Siempre me recuerdan lo importante que es encontrar un equilibrio entre el trabajo y la vida personal.

Mientras él hablaba, Debra no podía evitar comparar lo que estaba escuchando con su propia infancia.

La imagen de Robert como un padre comprometido, que incluso tras un divorcio mantenía un fuerte lazo con sus hijos, era muy diferente de su propia experiencia.

Para sus padres, las apariencias y las normas religiosas siempre habían estado por encima del afecto, de los momentos compartidos o de cualquier tipo de comprensión.

—Pareces un buen padre —dijo finalmente, con un ligero temblor en la voz.

—Gracias —respondió Robert, mirándola con una expresión genuina—. ¿Y tú? ¿Alguna vez has pensado en tener hijos?

Debra negó con la cabeza, tomando un sorbo de agua para disimular la incomodidad que le producía la pregunta.

—No estoy segura de estar hecha para eso.

Robert asintió lentamente, respetando su respuesta.

—Creo que nadie sabe si está preparado. Es algo que simplemente sucede, y luego aprendes sobre la marcha. Pero bueno, no he venido a presionarte con conversaciones sobre niños —dijo con una sonrisa, cambiando el tema de manera ligera.

El resto de la cena transcurrió con una mezcla de conversaciones amenas y silencios cómodos.

Robert hacía preguntas sobre su trabajo, interesado de verdad en su arte, aunque ella se mantuvo breve en sus respuestas.

Aun así, Debra no pudo evitar sentirse agradecida por la calma que él proyectaba, una calma que hacía mucho tiempo que no sentía en su vida.

Cuando el taxi la dejó en su apartamento al final de la noche, Robert salió a abrirle la puerta.

—Gracias por venir, Debra. Espero que podamos repetirlo algún día.

Ella dudó por un momento, pero luego le dedicó una ligera sonrisa.

—Quizá. —Buenas noches, Robert.

Mientras subía las escaleras hasta su apartamento, Debra no podía dejar de pensar en lo diferente que había sido la noche.

No había sido perfecta, pero tampoco tan terrible como había temido.

Sin embargo, aún sentía que había una barrera entre ella y el resto del mundo que no estaba preparada para derribar del todo.