Las Voces de Caín CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Debra llegó puntual, vestida con un sencillo traje negro y su cabello recogido en un moño bajo.

No buscaba impresionar, simplemente quería cumplir con la velada sin complicaciones.

Robert ya la estaba esperando en una mesa cerca de una ventana, con una sonrisa cordial que combinaba a la perfección con su impecable traje gris.

—Debra, me alegra mucho que hayas aceptado venir. —Se levantó y le ofreció su mano, que ella estrechó con una leve sonrisa.

—Gracias por invitarme. Este lugar es impresionante —respondió, mientras observaba el ambiente lleno de luces cálidas y el murmullo discreto de conversaciones alrededor.

Tras el intercambio de cortesías y un brindis inicial con una copa de Chardonnay, la conversación comenzó a fluir. Robert, congresista demócrata y ferviente aficionado a la fotografía, no tardó en abordar su tema favorito.

—Siempre he admirado a los fotógrafos por su capacidad para capturar la esencia de un momento —dijo él, inclinándose ligeramente hacia ella—. Pero dime, ¿qué es lo más importante para ti a la hora de hacer una foto? ¿La técnica, la luz, la emoción?

Debra tomó un sorbo de su vino antes de responder, tomándose un momento para elegir las palabras adecuadas.

—Todo depende de lo que quiera transmitir.

Por supuesto que la técnica es importante; necesitas entender la luz, la composición, el enfoque...

Pero si la imagen no transmite, no importa lo perfecta que sea técnicamente.

Para mí, lo esencial es la emoción, ese instante que resuena con quien lo observa.

—Eso es fascinante. Siempre he luchado con la composición, ¿algún consejo para alguien como yo? —preguntó con una sonrisa, claramente interesado.

Debra esbozó una ligera sonrisa, algo más relajada.

—Intenta simplificar. Encuentra un punto focal y elimina todo lo que pueda distraer la atención de él. La fotografía no solo consiste en capturar lo que ves, sino también en lo que eliges no mostrar.

Él asintió, claramente impresionado por su perspectiva.

Durante la cena con el congresista, Robert Taylor mencionó que había visto la última exposición de Debra y quedó fascinado por la atmósfera melancólica y poética de sus fotografías.

—Tu obra tiene algo único, casi nostálgico —dijo, girando lentamente el vino en su copa—. Me recordó a algunas fotografías antiguas que vi en el pasado, de personas fallecidas. Eran perturbadoras, pero también llenas de dignidad. ¿Sabes de lo que hablo?

Debra levantó la mirada, sorprendida. Aquella era la primera vez que alguien reconocía una de las inspiraciones ocultas de su exposición.

—Sí, sé a lo que te refieres —respondió ella con un tono más suave de lo habitual.

Las fotografías post mortem—. Era una práctica común en el siglo XIX, cuando la muerte era más cercana, más cotidiana.

En una época en la que la fotografía era un lujo, muchas familias se aseguraban de capturar la última imagen de sus seres queridos.

A veces, era la única imagen que quedaba de ellos.

Robert asintió intrigado.

—Entonces, ¿esa fue tu inspiración?

Debra tomó un sorbo de agua antes de responder.

—No del todo, pero encontré algo poderoso en esa tradición.

Hace años, tuve acceso a un archivo de fotografías post mortem mientras preparaba un proyecto.

Me impactó lo íntimas que eran. Algunos cuerpos estaban dispuestos como si aún vivieran: niños con juguetes, mujeres con sus mejores vestidos, hombres con sus herramientas de trabajo.

Esas imágenes no solo hablaban de muerte, sino también de amor y de cómo la gente luchaba por conservar lo que quedaba de sus seres queridos.

Decidí rendir homenaje a esa lucha en mi obra, aunque desde una perspectiva más contemporánea —continuó fascinada de poder comentar su arte con alguien que sí lo entendía—.

Yo he fotografiado vivos que parecían muertos —concluyó.

—Es fascinante. Supongo que, en cierto modo, se trata de una forma de inmortalidad —comentó él, apoyándose en la mesa—. ¿Pero no fue algo... oscuro de explorar?

Debra dejó escapar una ligera sonrisa.

—Lo fue. Pero, al mismo tiempo, fue liberador. Me hizo reflexionar sobre cómo enfrentamos la pérdida, cómo miramos el pasado y cómo, a través del arte, intentamos preservarlo. La muerte es un tema difícil de abordar, pero esas imágenes me enseñaron que también puede haber belleza en lo efímero.

La conversación derivó luego hacia otros temas, pero aquel momento quedó grabado en la mente de Debra. Había expuesto una parte de sí misma que rara vez compartía y, para su sorpresa, no le resultó tan incómodo como esperaba.

La conversación continuó con preguntas técnicas sobre lentes y revelado, pero también se desvió hacia temas más personales.

—¿Y tu familia, Debra? Háblame un poco de ellos —dijo él, mirándola con curiosidad.

Ella tensó ligeramente los labios antes de responder.

—No hay mucho que contar. Mi vida familiar no es particularmente interesante.

Robert pareció captar la reticencia en su tono y, con tacto, cambió de enfoque.

—Entendido. Bueno, en mi caso, tengo dos hijos. Ethan tiene veintisiete años y trabaja como abogado en Boston, y Caleb, de veinticinco, está en Chicago, siguiendo mis pasos en el mundo de la política.

—¿Siguiendo tus pasos? —preguntó Debra, mostrando un interés genuino.

—Sí, aunque a veces creo que es más por desafío que por verdadera pasión.

Mi exmujer siempre decía que los dos éramos demasiado tercos, igual que su padre.

—Hizo una pausa, dejando escapar una breve risa, antes de añadir—: Nos divorciamos hace diez años.

Fue amistoso, pero doloroso, como suelen ser las separaciones.

Debra lo escuchaba en silencio, sorprendida por la honestidad de Robert. Pocas personas hablaban con ella de temas tan personales y, aunque no le agradaba, tampoco se sentía incómoda.

La cena transcurrió con una mezcla de temas ligeros y profundos, hasta que llegó el momento de la despedida.

—Ha sido una velada maravillosa, Debra. Gracias por acompañarme. La miró con un atisbo de esperanza en los ojos—. Si te apetece, podríamos tomar una copa juntos en un lugar más concurrido. Quizá en The Campbell, en la Grand Central.

Debra negó con suavidad, pero con firmeza.

—Gracias, Robert, pero creo que ya basta de socialización por esta noche. Ha sido un día largo.

Él pareció aceptarlo sin problema y levantó la mano para pedir un taxi.

—Entiendo perfectamente. Permíteme que te consiga uno.

Cuando el coche llegó, él abrió la puerta y esperó a que Debra se subiera.

—Gracias por la cena —dijo ella desde el interior, antes de que el taxi se pusiera en marcha.

Robert permaneció en la acera, mirando cómo se alejaba el coche entre las luces de la ciudad.

Dentro del taxi, Debra se recostó contra el asiento y dejó escapar un leve suspiro. Había cumplido con la velada, pero sabía que el peso de los recuerdos que el telegrama había traído consigo no sería fácil de disipar.

***

Debra cerró la puerta de su apartamento tras de sí, dejando atrás el bullicio de la ciudad.

Soltó las llaves sobre la pequeña mesa de la entrada, se quitó los tacones y caminó descalza hacia el salón.

La cena con Robert había sido menos incómoda de lo que esperaba, pero no podía negar que estaba agotada.

Se dejó caer en el sofá, agradeciendo el silencio que reinaba en su hogar.

Estaba a punto de dirigirse a la habitación donde revelaba sus fotografías cuando sonó el teléfono fijo. Frunció el ceño, pues pocas personas usaban ese número y no esperaba recibir ninguna llamada. Dudó un momento antes de levantar el auricular.

—¿Debra?

Reconoció la voz de inmediato.

—John. —Su tono era neutro, pero se notaba que estaba cansado.

—¿Has recibido el telegrama de Anthony? —preguntó su hermano menor desde Atlanta.

Ella apretó los labios y cerró los ojos por un momento.

—Sí, lo recibí.

Hubo un breve silencio al otro lado de la línea antes de que John hablara de nuevo.

—¿Piensas venir?

—No.

La respuesta fue corta y contundente. Debra se levantó y caminó hacia la ventana, mirando las luces de los edificios vecinos.

—Debra... —John suspiró al otro lado—. Sabes que mamá está muy enferma, ¿verdad? Anthony dice que...

—No quiero hablar de eso. —Lo interrumpió con un tono más firme.

—Por favor, escúchame. —La voz de John se volvió más suave, casi suplicante—. Es nuestra madre. Tal vez quiera hablar contigo. No sabes cuánto tiempo le queda.

Debra notó cómo se le formaba un nudo en la garganta. Cerró los ojos y apoyó la frente contra el frío vidrio de la ventana.

—No puedo, John. Lo dejé todo atrás. Middleton, la casa, ellos... todo quedó enterrado hace años. No quiero volver a él.

—Debra, no puedes vivir toda tu vida huyendo del pasado. Es hora de perdonar y de comenzar de nuevo. No por ellos, sino por ti misma.

Ella apretó los dientes, luchando contra una oleada de emociones que no quería afrontar.

—John, no es tan simple.

—Tal vez no lo sea, pero ¿cuánto tiempo más piensas cargar con esto? No puedes seguir ignorando el hecho de que somos una familia, aunque sea disfuncional.

Debra notó cómo se le tensaba el pecho. Las palabras de su hermano no eran agresivas, pero le hacían daño.

—No puedo, John. Lo siento.

Sin esperar una respuesta, colgó el teléfono y lo dejó sobre la base. Se quedó mirando el aparato, mientras su mente era un torbellino de pensamientos contradictorios.

Caminó hacia el cuarto de revelado y cerró la puerta.

Necesitaba ocuparse de algo, de cualquier cosa, para evitar pensar en la llamada, en el telegrama, en Middleton...

Pero, mientras encendía la tenue luz roja y preparaba los productos químicos, no podía evitar que las palabras de John resonaran en su cabeza.

«Es hora de perdonar».

Debra negó con la cabeza, como si así pudiera ahuyentar la idea. Había enterrado su pasado por una razón y no estaba dispuesta a abrir esa puerta. Nunca, nunca jamás.