CAPÍTULO 4
La rutina de Debra era más que un hábito, era su escudo.
Cada mañana se levantaba temprano, preparaba una taza de café negro y revisaba su agenda mientras observaba el amanecer desde la ventana de su apartamento en Nueva York.
Sus días siempre comenzaban en su pequeño estudio, donde la luz natural era fundamental para su trabajo.
Allí, rodeada de fotografías reveladas, bocetos y notas, encontraba consuelo en el caos organizado de su mundo creativo.
Desde que había decidido darle un nuevo giro a su carrera, Debra se había sumergido por completo en la preparación de su próxima exposición.
Aquel proyecto tenía como título provisional Fragmentos de lo infinito.
Su objetivo era explorar cómo los momentos efímeros pueden volverse eternos a través del arte.
Cada imagen que seleccionaba y editaba era un recuerdo atrapado en el tiempo: desde paisajes desolados hasta retratos cargados de emociones sutiles.
La inspiración la había golpeado con fuerza en las últimas semanas, alimentada en parte por las emociones contradictorias que le había provocado el telegrama de Anthony.
En un rincón de su estudio había colgado un tablero de corcho donde organizaba las fotografías en grupos temáticos.
Pasaba horas cambiando de lugar las imágenes, buscando la narrativa perfecta que conectara cada pieza de su obra con la siguiente.
Esa tarde, Debra tenía una reunión con su representante, Nathan Ellis, que venía acompañado de su prometida, Marion Burke, una de las mejores galeristas de arte de Nueva York.
Marion era una mujer de unos cuarenta años, de cabello corto y elegante, conocida por su habilidad para cerrar tratos que otros solo podían soñar.
Se reunieron en una cafetería tranquila del Soho, donde el ruido de la ciudad llegaba con menos intensidad.
Nathan llegó con una carpeta gruesa y una sonrisa de oreja a oreja.
—Tengo noticias interesantes —comenzó mientras se sentaba en la silla frente a Debra.
—¿Interesantes como qué? —preguntó Debra, alzando una ceja.
—Primero, la galería de San Francisco ha aceptado nuestra propuesta. Quieren programar tu exposición para dentro de tres meses. Y eso no es todo. Están muy interesados en que forme parte de su temporada de verano, lo que significa que tendrás mucho público.
Debra asintió emocionada.
—San Francisco suena perfecto. Me gusta la idea de llevar mi trabajo al oeste. ¿Y las otras opciones?
Marion abrió la carpeta y deslizó una hoja frente a ella.
—Berlín está en trámite, pero tengo buenas sensaciones. También hay interés en París, aunque aún están discutiendo los términos del contrato. Y, sorpresa, se suma Tokio a la lista. Están interesados en colaborar con artistas locales y tu trabajo encaja con la estética que buscan.
—Eso sí que es una buena noticia —apuntó Marion.
Debra tomó un sorbo de su café mientras miraba las propuestas. Era una oportunidad inmensa y lo sabía.
—Tokio... Eso es inesperado. Pero me gusta la idea. Berlín y París también me emocionan. Siento que mi obra podría tener resonancia en esos lugares.
—Y cuando regreses, Nueva York seguirá exponiendo tus trabajos, porque estoy organizando una nueva exposición para Navidad.
Marion sonrió satisfecha. Haber contratado a Nathan Ellis como representante había sido una decisión acertada.
—¿Navidad? No sé si me dará tiempo —susurró Debra, pensativa.
—Puedes —le dijo Nathan—. Y voy a asegurarme de que todos los detalles estén perfectamente alineados. Pero necesito que sigas haciendo lo que mejor haces: trabajar en esa magia tuya.
Cuando regresó a su apartamento, Debra se sentía más animada de lo habitual.
Abrió su cuaderno de bocetos y comenzó a anotar ideas para las exposiciones: desde los nombres de las colecciones hasta la distribución de las imágenes en cada espacio.
Su mente estaba llena de visiones sobre cómo su trabajo podría conectar con personas de diferentes culturas y contextos.
Su entusiasmo se reflejaba en su ritmo de trabajo. Pasaba horas en su estudio experimentando con luces, texturas y tonalidades en el revelado de nuevas fotografías. Cada clic de la cámara, cada inmersión de papel en los productos químicos, la acercaba un poco más a lo que consideraba la perfección.
Debra sabía que estas exposiciones no solo suponían una oportunidad profesional, sino también una forma de reafirmar su identidad.
Había construido su vida lejos de Middleton, lejos de los recuerdos que la perseguían, y su arte era la prueba de que había encontrado la manera de transformar su dolor en algo hermoso.
Aunque todavía quedaba mucho trabajo por hacer, Debra sentía que estaba en el camino correcto. Por primera vez en mucho tiempo, la emoción por el futuro comenzaba a superar las sombras del pasado.
***
Debra estaba picando los ingredientes para una ensalada cuando, casi sin darse cuenta, su mente comenzó a divagar. Las sombras del pasado siempre parecían encontrar un resquicio para colarse en su día a día, especialmente en los momentos de tranquilidad.
Mientras el cuchillo cortaba con precisión, recordó las reuniones de los sábados en la iglesia adventista de Middleton.
Eran ocasiones solemnes, marcadas por un silencio casi reverencial.
Su padre, vestido con un impecable traje negro, lideraba a la familia hacia el templo con paso firme, como si dictara el ritmo de sus vidas.
El recuerdo de las bancas de madera dura la invadió con fuerza: incómodas, rectas, como si fueran un reflejo de la disciplina que se esperaba de todos los feligreses.
Debra tenía que permanecer quieta durante horas, con las manos juntas sobre el regazo, mientras el pastor hablaba de la obediencia, del juicio final y de la importancia de mantenerse en el «camino correcto».
Era una niña inquieta y curiosa, y contenerse bajo aquella atmósfera de rigidez siempre le resultó casi imposible.
Con la cena a medio preparar, Debra dejó el cuchillo, apoyó las manos en el borde de la encimera y cerró los ojos por un instante.
Entonces, volvió a verse en la cocina familiar de Middleton, donde las mujeres de la iglesia se reunían para preparar las comidas comunitarias después del servicio.
Las reglas eran claras: nada de carne ni de condimentos «innecesarios», porque la comida debía ser simple, casi austera, como un reflejo de la pureza espiritual.
Pero no recordaba las reuniones en sí, sino las reglas que las regían, aquellas que dictaban cada aspecto de su vida.
No podían usar joyas ni maquillaje; la ropa debía ser modesta y cubrir siempre más de lo necesario.
Los viernes por la tarde, antes de que comenzara el sábado, la familia al completo tenía que asegurarse de que no quedara ni un quehacer doméstico pendiente.
No se podía ver la televisión, escuchar música secular ni jugar.
El sábado era sagrado y cualquier cosa que les distrajera de la adoración se consideraba un pecado.
Lo que más le pesaba, sin embargo, era la mirada de su padre.
Un hombre cuya fe era tan estricta como su carácter.
Cada palabra, cada decisión, parecía impregnada de un aire de infalibilidad.
Cualquier cuestionamiento era una señal de rebeldía, una falta de respeto no solo hacia él, sino hacia Dios mismo.
Debra sacudió la cabeza y volvió al presente. No quería seguir recordando aquel ambiente donde todo era blanco o negro, donde el amor parecía depender de normas que no siempre comprendía.
Concentrándose de nuevo en la cena, intentó despejar su mente, pero un último recuerdo se coló.
Tenía unos ocho años cuando se atrevió a preguntar a su madre por qué no podían hacer cosas «normales», como los demás niños.
La respuesta aún resonaba en su memoria: «Porque somos diferentes, y ser diferentes significa sacrificios, Debra».
Fue entonces cuando entendió, siendo aún una niña, que aquella diferencia que tanto defendía su familia se sentía más como una carga que como un privilegio.
Volvió a tomar el cuchillo e intentó retomar su rutina. Pero sabía que los recuerdos no desaparecerían tan fácilmente, especialmente ahora, cuando su madre estaba gravemente enferma y las cicatrices de su infancia parecían querer abrirse de nuevo.