CAPÍTULO 2
El telegrama permanecía donde lo había dejado la noche anterior: en el primer cajón de la mesita de noche, entre un paquete de pañuelos de papel y un libro que nunca terminaba de leer.
Había cerrado el cajón como quien cierra una puerta a la que no quiere volver.
Para Debra, aquella delgada hoja de papel amarillento era como un fantasma; la idea de enfrentarse a su contenido le apretaba el pecho como un nudo de ansiedad.
Las calles de Nueva York eran un espectáculo constante.
Los taxis amarillos dominaban las avenidas y el sonido de los cláxones formaba parte de la banda sonora diaria.
En las aceras, ejecutivos con impecables trajes caminaban a paso acelerado junto a artistas bohemios que parecían resistirse al ritmo frenético de la ciudad.
Las tiendas abrían sus puertas, los vendedores ambulantes comenzaban a montar sus puestos y el olor a pretzels y perritos calientes impregnaba el aire.
Debra caminó por la avenida mientras las hojas de los árboles caían, marcando la llegada del otoño.
El clima era fresco y el cielo estaba despejado, lo que auguraba un día agradable.
Llevaba un abrigo beige que combinaba con su bufanda de lana, y el sonido de sus botas resonando contra el pavimento acompañaba sus pensamientos.
Tenía una cita con su representante, Nathan Ellis, a las diez de la mañana.
El objetivo era claro: proponer una nueva exposición de su obra en una galería más prominente que le ofreciera la visibilidad que su carrera necesitaba con urgencia.
Aunque su última exposición había tenido una acogida decente, sentía que aún no había alcanzado todo su potencial.
El café donde había quedado con Nathan era un pequeño local en el Soho, con paredes de ladrillo visto y cuadros de artistas locales.
Era el tipo de lugar que parecía diseñado para conversaciones creativas y reuniones informales.
Nathan ya estaba allí cuando llegó, sentado en una mesa junto a la ventana, con su inseparable libreta de notas y su teléfono móvil, que no paraba de sonar con llamadas y mensajes.
—Debra, siempre puntual —dijo él con una sonrisa, levantándose para saludarla con un beso en la mejilla.
—No quiero hacerte perder el tiempo pues soy consciente de lo ocupado que estás —respondió ella mientras se sentaba.
El café estaba lleno, pero el ruido de las conversaciones se mezclaba armoniosamente con la suave música jazz que sonaba de fondo.
Nathan era un hombre enérgico, de unos cuarenta años, con una barba bien cuidada y un estilo impecable que combinaba chaquetas de cuero con camisas de diseñador.
Escuchó atentamente mientras Debra le hablaba de su idea para la nueva exposición, asintiendo de vez en cuando y tomando notas rápidas en su libreta.
—Tengo algunos contactos en Tribeca. Podría hacer unas llamadas y ver qué podemos conseguir —le dijo finalmente, inclinándose hacia adelante con entusiasmo—. Pero esta vez necesitamos algo más impactante. Algo que llame realmente la atención.
Debra sabía que tenía razón, aunque no lo expresó. Había pasado los últimos meses trabajando en una nueva serie de cuadros que aún no había mostrado a nadie: piezas que plasmaban emociones más oscuras y personales, pero de las que temía exponerlas al mundo.
Después de la reunión, decidió dar un paseo por las calles del Soho.
Era su rutina favorita: observar escaparates, perderse en librerías independientes y detenerse en los mercados al aire libre.
A menudo encontraba inspiración en las calles, en los rostros anónimos con los que se cruzaba, en los detalles cotidianos que otros parecían ignorar.
El día había transcurrido rápidamente y, cuando el sol comenzaba a ocultarse tras los rascacielos, Debra decidió regresar a su apartamento.
El trayecto en metro, como siempre, era un contraste: una cápsula subterránea donde el bullicio de la superficie se transformaba en el murmullo de conversaciones apagadas, el sonido metálico de las ruedas y el ocasional eco de un músico callejero.
Cuando llegó a casa, el apartamento la recibió con su habitual silencio. Era un espacio pequeño pero acogedor, decorado con un estilo minimalista que contrastaba con la saturación visual de la ciudad. Dejó el bolso sobre el sofá, encendió una lámpara junto a la ventana y se preparó una taza de té.
Sentada frente a la mesa de la cocina, vio de forma involuntaria la mesita de noche. Sabía que el telegrama seguía allí, como si tuviera vida propia. Pero aún no estaba preparada para enfrentarlo. Aún no.
***
Debra se sentía más cómoda en la penumbra de su pequeño laboratorio de revelado que en cualquier otro sitio del mundo.
Era una habitación minúscula en su apartamento, que originalmente estaba destinado a ser un vestidor pequeño, pero que había transformado en un santuario creativo.
La tenue luz roja iluminaba las paredes llenas de negativos colgados con pinzas, y el suave olor a productos químicos impregnaba el aire.
Estaba trabajando en una nueva serie de fotografías para un álbum que esperaba publicar el próximo año.
Su última exposición, titulada Fragmentos de silencio, había explorado los vacíos emocionales que deja la distancia; esta vez, quería centrarse en la conexión con lo que queda después de la pérdida, las huellas que las personas y los lugares dejan en nuestras vidas. Pensaba en llamarlo Ecos de ausencia.
En el cuarto oscuro, sus movimientos eran precisos y casi ceremoniales.
Cada negativo pasaba por sus manos con un cuidado extremo, como si fueran frágiles piezas de un rompecabezas que solo ella podía ensamblar.
Sumergía los papeles fotográficos en líquidos reveladores y observaba cómo las imágenes emergían lentamente, como si cobraran vida.
Era un proceso casi mágico que la hacía olvidar todo: el telegrama, las expectativas de los demás, la inmensidad de Nueva York.
Una de las fotografías que acababa de revelar mostraba un banco vacío en Central Park cubierto por hojas de otoño. La soledad de aquel banco transmitía una melancolía profunda y bella. Era el tipo de imagen que podía contar mil historias, aunque ninguna tuviera un final feliz.
Justo cuando estaba colocando la foto en el fijador, el sonido del teléfono la sacó de su concentración.
El aparato estaba en la sala de estar y el repentino ruido parecía amplificado en el silencio del apartamento.
Debra dudó un momento antes de quitarse los guantes de goma, secarse las manos con un paño y salir del cuarto oscuro.
—¿Diga? —preguntó, todavía con la mente en las imágenes que acababa de revelar.
—Debra, encantado de encontrarte en casa. Soy Robert Taylor.
Debra se quedó en silencio unos segundos antes de responder.
El congresista Taylor era un conocido suyo desde hacía unos años, alguien que había asistido a una de sus exposiciones y con quien había coincidido en varios eventos sociales.
Era encantador, elocuente y, según muchos, ambicioso.
A ella no le desagradaba, pero tampoco sentía un interés particular por él ni por las conversaciones interminables sobre política que solían rodearlo.
—Buenas noches, congresista —dijo con voz neutra.
—Por favor, llámame Robert. Espero no interrumpir nada importante.
—Estaba trabajando, pero puedo esperar.
—Perfecto, porque quería invitarte a cenar mañana por la noche. Hay algo que quiero hablar contigo, pero prefiero hacerlo en persona.
Debra frunció el ceño, sosteniendo el teléfono con más fuerza de la necesaria. Era buena detectando los matices en las voces, y aunque Taylor intentaba sonar casual, había algo detrás de la invitación que ella no lograba descifrar.
—Te lo agradezco, pero... no estoy muy segura. He tenido unos días muy ocupados y podría necesitar algo de tiempo para mí misma.
—Debra, te prometo que será una velada tranquila. Solo estaremos tú, yo y una buena botella de vino. No te robaré mucho tiempo.
Sabía que su negativa podría parecer descortés, pero también conocía sus propios límites. Las cenas con gente como Robert Taylor solían ser una mezcla de conversaciones que giraban en torno a intereses que no compartía y una falsa cordialidad que la agotaba.
—Déjame pensarlo, ¿de acuerdo? Te llamaré mañana para confirmarte.
—Perfecto, esperaré tu llamada. Buenas noches, Debra.
Cuando colgó, se quedó mirando el teléfono durante unos segundos antes de regresar al cuarto oscuro.
Intentó concentrarse de nuevo en las fotografías, pero no podía quitarse de la cabeza las palabras del congresista.
No solo la cena la inquietaba, sino el hecho de que, una vez más, alguien estuviera intentando invadir el refugio que ella había construido con tanto cuidado.
Con un suspiro, se puso de nuevo los guantes y volvió a sumergirse en el proceso de revelado. Al menos allí las cosas eran simples. Los productos químicos hacían su trabajo, las imágenes tomaban forma y ella podía sentirse en control, aunque fuera por un rato.