Las Voces de Caín
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CAPÍTULO 1
Las fotografías expuestas en las salas eran tan perturbadoras como hermosas. Cada instantánea era como un cuadro aséptico y descolorido enmarcado en negro: la muerte en toda su expresión, como contrapunto a un mundo narcisista y superficial.
Las cincuenta personas reunidas en la galería que daba al silencioso jardín de Amster Yard mostraban asombro e inquietud.
A los diversos susurros se unían exclamaciones por las fotografías más impactantes.
La artista, de reconocido prestigio internacional, se encontraba de pie en el centro de la sala.
Vestía del mismo color que sus fotografías, de la cabeza a los pies.
Parecía inaccesible, ya fuera por la mirada ausente de sus ojos o porque la indiferencia que sentía hacia los visitantes era demasiado palpable.
Un periodista decidió cubrir la noticia y se acercó a ella.
—Señorita Connelly, soy del Daily News. ¿Esperaba una acogida así en la ciudad de Nueva York?
—Siempre me sorprende la respuesta de los asistentes a las diferentes creaciones que presento —contestó cortés.
—Es innegable que ha revolucionado por completo el arte de la fotografía.
La artista sonrió en respuesta.
—Simplemente continúo un arte que vio la luz en el siglo XIX.
—Pero, a diferencia de aquellas fotografías de muertos, usted inmortaliza a vivos y los hace parecer auténticos cadáveres. ¿Cómo lo logra?
—¿No pretenderá que le explique el secreto de mi éxito? —bromeó sin apartar la mirada del rostro del hombre.
—Personalmente, considero arriesgada su Quinta logia sobre la muerte.
Aunque la exposición contaba con un total de cincuenta fotografías, cinco de ellas marcaban el alma de la colección. Los cuadros a los que hacía referencia el periodista estaban precisamente detrás de ella.
—Son las etapas a las que se enfrenta el ser humano —contestó con sencillez.
—¡Maravilloso! —Una invitada se acercó a la artista profundamente admirada.
—Gracias —contestó amablemente.
—Su obra logra mostrar en carne viva algunas de las esencias de la evolución del realismo a lo inanimado.
—La madurez de una creación coherente ante el temor más escondido del ser humano: la propia muerte —apuntó el hombre que la acompañaba.
—¿Por qué la ha titulado Memento mori ? —Quiso saber la mujer.
La artista respiró profundamente antes de contestar.
—La expresión latina literalmente significa « recuerda que morirás », y las fotografías expuestas pretenden que no lo olvidemos.
—Es sobrecogedor —se escuchó decir tras ella.
—La del bebé es aterradora —decía en voz baja otra mujer.
—Si pretendía levantar polémica, creo que lo ha conseguido —le dijo el periodista sin dejar de mirarla.
—Es mi interpretación —contestó serenamente.
El periodista del Daily News hizo un gesto negativo con la cabeza.
—Más bien parece su intrínseca invocación hacia su propia catástrofe.
Debra Connelly parpadeó al escucharlo. La mujer que la había abordado junto con su acompañante se habían alejado de ella, al igual que el periodista.
«Mi aparente mundo de felicidad, oprimido siempre por los negros recuerdos. La pesadilla de mi vida que resucita de nuevo con el sonido de esas palabras premonitorias», se dijo Debra Connelly, soltando un leve suspiro.
—¡Es un rotundo éxito! —escuchó decir a su representante.
Nathan Ellis estaba entusiasmado con la acogida que tenía la exposición, y aún estaba por empezar.
—Permíteme que te presente al congresista Robert Taylor.
El hombre de mediana edad tendió la mano hacia ella, que la aceptó amablemente.
—Espero que le gusten mis fotografías —dijo ella.
—« Memento mori » es toda una declaración de principios —dijo el congresista mientras le estrechaba la mano—. Una declaración de principios perpetrada desde una independencia genuina que, aunque nos resulte incómoda, es digna de mención.
—Es audaz, impertinente —continuó Nathan con cierro entusiasmo que no disimulaba—. ¿Verdad?
—Implacable y desconcertante —concluyó el congresista.
—Como puedes apreciar, Taylor es una apasionada de la fotografía y tenía muchas ganas de conocerte —le explicó el representante.
Debra entrecerró los ojos porque se sentía incómoda bajo su escrutinio.
—Es curioso, donde todos ven muertos, yo veo vivos —dijo el hombre, sorprendida por sus palabras.
—Interesante percepción sobre lo inanimado de mis fotografías aquí expuestas —contestó ella en un tono de voz neutro.
—Ese bebé, por ejemplo —comenzó el congresista—, es el único de toda la exposición que parece tan muerto que uno piensa que realmente lo estaba.
Debra lo miró asombrada. Varias personas se pararon a su alrededor esperando su respuesta.
—No lo estaba cuando lo fotografié —contestó al fin.
—¿Y cómo consiguió vaciar de vida los ojos de un bebé? —indagó el congresista. Puede lograr que un adulto, e incluso un niño, siga sus indicaciones, pero no un bebé tan pequeño.
—No estaría aquí si no fuera capaz de tal hazaña —contestó firme y sin apartar la mirada del rostro adusto.
El congresista sonrió en respuesta y le hizo una ligera inclinación de cabeza.
—He reservado una mesa para cenar en The Lion, sé que te va a gustar.
—Estaré encantado de acompañarlas —se apuntó el hombre.
Debra no podía negarse, pero estaba tan agotada que apenas podía mantenerse en pie. Había trabajado mucho para tener la exposición a punto.
—No me gustaría retirarme muy tarde.
—Esto es Nueva York —le dijo su representante. Puedes irte a la hora que te apetezca o no irte nunca.
—No seremos muchos, ¿verdad?
Debra lo preguntaba porque en la última exposición en Londres las cenas habían sido largas y tediosas, y estaban llenas de marchantes de arte. Esa semana había trasnochado demasiado.
—Unos veinte como mucho —respondió el representante. Al oír su respuesta, el rostro de Debra se desencajó.
—Te divertirás —respondió él.
Ella dudaba que fueran solo veinte, pero no dijo nada. Se limitó a saludar a los visitantes y a responder a cada una de las preguntas que le hacían.
***
Cuando regresó a su apartamento poco antes de las dos de la mañana, encontró un telegrama en recepción.
Le dio las gracias al conserje, cogió el telegrama y se puso nerviosa porque nunca traían buenas noticias.
Ya en la habitación, se descalzó y encendió la luz.
Dejó el bolso sobre la silla y se sentó a los pies de la cama.
Abrió el sobre y leyó el contenido. Venía de Middleton y le anunciaba la enfermedad de su madre.
Como había imaginado Debra, los telegramas nunca anunciaban nada bueno.
La noticia del telegrama la mantuvo despierta durante horas, aunque no necesitaba cerrar los ojos para recordar Middleton.
Había pasado más de dos décadas desde que dejó aquel lugar, pero los recuerdos seguían vivos en su memoria, como un álbum de fotografías que no deseaba abrir.
Middleton, una pequeña ciudad al oeste de Massachusetts, siempre había sido un lugar gris y deprimente, donde las fábricas de maquinaria pesada dominaban el paisaje urbano.
Las calles estaban marcadas por el polvo y el hollín que se filtraban hasta los adoquines.
En las noches de invierno, el aire se volvía irrespirable por el humo de las chimeneas y los postes eléctricos, inclinados y corroídos, parecían fantasmas que vigilaban un pasado que nadie quería recordar.
La casa de los Connelly estaba en un barrio de los más antiguos de la ciudad, cerca del río Blackstone, donde las aguas turbias parecían arrastrar el reflejo de la desesperanza que envolvía a la comunidad.
Era una construcción angosta de dos pisos, con una fachada de madera que había perdido su pintura blanca mucho antes de que Debra naciera.
Las ventanas eran estrechas y siempre estaban cubiertas por pesadas cortinas beige, en un intento inútil de esconder lo que sucedía dentro.
El interior de la casa era tan sombrío como su exterior.
Los muebles, comprados de segunda mano por su padre, habían sido funcionales en algún momento, pero ahora estaban desgastados y descoloridos.
La sala, dominada por un sofá marrón con los muelles a la vista, tenía una alfombra raída que desprendía un olor a humedad que parecía haberse impregnado en las paredes.
El comedor estaba presidido por una mesa de madera astillada, donde las cenas se convertían en ceremonias silenciosas interrumpidas únicamente por las órdenes de su padre o los murmullos sumisos de su madre.
Su padre, Ernest Connelly, era un hombre severo, con un carácter implacable que gobernaba la casa con mano de hierro.
Su voz profunda llenaba cada rincón e imponía miedo más que respeto.
Para él, la disciplina no era una opción, sino una obligación, y cualquier atisbo de rebeldía era reprimido rápidamente.
Debra lo recordaba sentado en su silla al final de la mesa, como un juez que dictaba sentencias inapelables.
Su madre, Evelyn, era todo lo contrario.
Era una mujer menuda de rostro cansado, siempre inclinada sobre algo: la ropa para planchar, la comida para servir o, simplemente, su propia tristeza.
Nunca alzaba la voz, nunca cuestionaba a su esposo.
«Es nuestro deber, Debra», le repetía una y otra vez, como si esa frase fuera suficiente para justificar las horas de trabajo y las noches en vela.
Debra Connelly dejó caer el telegrama sobre la mesita de noche con una mezcla de desdén y resignación.
Era de su hermano mayor, Anthony, que se había convertido en la voz de autoridad de la familia tras el declive de su padre.
Las palabras «madre gravemente enferma» se repetían en su mente, pero no lograban traspasar la barrera de indiferencia que había construido en los últimos veinte años.
Se arrojó sobre la cama y cerró los ojos intentando apartar los recuerdos que empezaban a aflorar.
Los domingos interminables en la pequeña iglesia adventista de Middleton, con sermones que advertían del castigo eterno; el silencio expectante de su madre mientras su padre imponía órdenes estrictas, y las miradas de reprobación de Anthony cada vez que ella se atrevía a cuestionar algo.
Su infancia había estado marcada por una rigurosa disciplina religiosa, donde el pecado parecía acechar en cada rincón.
Debra recordó el momento en que decidió irse.
Su padre, un hombre de fe inquebrantable y temperamento severo, había convertido el hogar en un lugar donde la culpa era omnipresente.
Anthony, siguiendo su ejemplo, asumió el papel de guardián de las tradiciones familiares.
En contraste, su madre siempre parecía una figura desdibujada, resignada a su papel de mediadora silenciosa, incapaz de interceder por ella o sus hermanos.
El único refugio que encontró en aquella casa fue su hermano menor, John.
John era cuatro años más joven que ella, pero siempre fue un alma tranquila y comprensiva.
Cuando Debra decidió irse a Nueva York a los dieciocho años, él fue el único que no intentó disuadirla.
Desde entonces, habían mantenido un contacto intermitente, suficiente para recordarle que aún existía un vínculo, aunque débil, con su pasado.
Debra encendió un cigarrillo, algo que nunca se habría permitido bajo el techo familiar, y exhaló el humo lentamente.
«No puedo volver», murmuró para sí misma.
Sabía que enfrentarse a su padre o a Anthony sería abrir heridas que apenas habían comenzado a cicatrizar.
Sin embargo, la voz de John resonaba en su mente, animándola a perdonar y a dejar de huir del pasado.
Pero aún no estaba lista. Aún no. Con un gesto decidido, apagó el cigarrillo y guardó el telegrama en el primer cajón de la mesita de noche, como si al ocultarlo pudiera también sepultar los recuerdos que este despertaba.
Al día siguiente seguiría con su vida, su trabajo, su rutina.
Nueva York era su refugio, un lugar donde había logrado construir una existencia lejos de las cadenas de Middleton.