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Una llama eterna
Sage
Mis ojos se posan en el hoyo cavado en la tierra húmeda, donde descansa un ataúd de madera de castaño cubierto con una fina capa de flores.
Me parece un gasto inútil de dinero enterrar a una persona que ya ha sido incinerada de forma gratuita, pero dejó por escrito en su testamento que quería que sus restos reposaran en la parcela que había comprado años atrás.
Se supone que los funerales deben despertarte alguna emoción. En el de Rosemary me sentí vacía y destrozada. Me invadió una tristeza tan inmensa que apenas podía respirar. Sin embargo, hoy no siento nada. Es otro viernes cualquiera en Ponderosa Springs.
Quizá porque mi padre ya estaba muerto para mí mucho antes de que dejara de respirar. Había cortado todo vínculo que me unía a él hacía tiempo, probablemente incluso antes de enterarme del trato que había hecho.
Hoy, la gente llora la pérdida de un hombre al que consideran un noble servidor y que tuvo la desgracia de morir por quedarse dormido mientras cocinaba.
En realidad, habíamos conseguido librarnos de dos villanos, pero para el resto del pueblo tan solo había sido un trágico accidente.
Uno en el que también había perecido heroicamente el detective Finn Breck cuando intentaba salvar a mi padre de las llamas.
Al menos, eso es lo que le conté a la policía cuando apareció en mi casa.
Les dije exactamente lo que Rook me había indicado: que mi padre había invitado a Finn Breck y a Cain a cenar, aunque este último al final no pudo asistir, que me había llegado al móvil una notificación del sistema de seguridad avisando de que se había detectado un incendio y, al leerla, condujimos hasta allí todo lo rápido que pudimos.
Pero, cuando llegamos, la casa estaba envuelta en llamas y no pudimos hacer nada.
Me preocupaba lo que pudiera salir en la autopsia, pero, al parecer, el doctor Howard Discil, el forense del pueblo, les debía un favor a los chicos y no quedó constancia de traumatismos ni heridas de arma blanca en el informe.
Tras prestarle mi declaración a la policía, me forcé a soltar cuatro lágrimas de cocodrilo mal contadas y me puse a sollozar como si me estuviera jugando el Óscar a la mejor actriz.
Sin embargo, hoy no he actuado. Me he limitado a mantener el rostro inexpresivo durante toda la misa mientras Rook permanecía a mi lado, cogiéndome de la mano.
A ojos de los demás, tan solo estaba comportándose como un novio atento, apoyando a una chica desolada.
Al fin y al cabo, lo había perdido todo.
A mi madre, a mi padre y a mi hermana.
No me quedaba nadie en el mundo, así que no era de extrañar esa anestesia emocional que me asolaba. Pero se equivocaban.
Rook no me estaba sosteniendo la mano para insuflarme ánimo.
Era yo la que sostenía la suya. Porque me reconfortaba la idea de plantarme delante de toda esa gente que lo había condenado y proclamarlo como mío.
Cada pieza rota y retorcida de sí mismo me pertenecía solo a mí.
Y sí, puede que lo hubiese perdido todo, pero había ganado mucho más.
—¿Estás bien?
En el momento en el que Rook se apartó de mi lado para ir a hablar con los chicos, supe que ellas vendrían a ofrecerme su hombro para asegurarse de que no me desmoronara.
Cuando miro a Briar y a Lyra, veo la amistad que llevaba tanto tiempo ansiando tener.
Ambas se han quedado conmigo y me han apoyado siempre que lo he necesitado.
Una de ellas incluso ha apuñalado a un hombre en el cuello.
Si eso no es prueba suficiente de su lealtad, que baje el propio Dios y lo vea.
Asiento con la cabeza.
—¿Y tú estás bien? —pregunto, dirigiéndome a Lyra.
Ella no había pedido que la metiéramos en todo este lío y, aun así, ha acabado con las manos manchadas de sangre y condenada a cargar para siempre con el peso de saber que ha quitado una vida para proteger a las personas que quiere.
—Apenas parpadeé —murmura, mordiéndose el interior de la mejilla—. Ni siquiera lo pensé antes de hacerlo. Solo…
—Hiciste lo que debías —respondo con el ceño fruncido—. No tienes que disculparte por salvar a los tuyos, Lyra.
—No me arrepiento. Es solo que me pilló por sorpresa. —Se detiene y toma una bocanada de aire antes de seguir—. No me esperaba que me resultase tan fácil.
Lyra siempre se ha definido a sí misma como la friki de los bichos introvertida que disfruta de su invisibilidad.
De hecho, para el resto del mundo, no es más que un espíritu que deambula por ahí, mimetizándose con el entorno.
Pero cada vez estoy más segura de que eso es solo lo que quiere que la gente piense de ella.
—No me puedo creer que Thatcher Pierson no se haya dignado a darte las gracias —resopla Briar, cruzándose de brazos—. Ya sé que está tocado de la cabeza, pero no cuesta nada decir: «Ey, gracias por salvarme la vida».
—Es Thatcher. No tiene sentimientos. Habría sido raro que se lo hubiera agradecido —comento entre risas, sintiendo una extraña ráfaga de felicidad, pese a encontrarme frente a la tumba de mi padre.
—Sí los tiene —responde Lyra, balanceándose ligeramente sobre los talones—. Si hasta la muerte ha demostrado que posee corazón al llevarse a los que sufren o a los malvados, entonces él también alberga uno en su pecho.
Nos quedamos en silencio por un momento.
—Bueno, sigue siendo un gilipollas —masculla Briar por lo bajo, y las tres estallamos en carcajadas.
Me he reído muy pocas veces de verdad en mi vida. Me resulta un tanto irónico que una de ellas sea justo delante de la tumba de mi padre, pero así es nuestra amistad. Sabemos encontrar la alegría incluso en los momentos de mayor oscuridad.
Hago girar entre los dedos la flor que debería dejar caer sobre su tumba. En vez de soltarla, camino unos pasos hacia la derecha y me detengo frente a la de Rose. Deslizo los dedos por encima de la lápida y suspiro.
No ha habido un solo día en el que no deseara que estuviera aquí conmigo. Me callé demasiadas cosas que me habría gustado contarle. Puede que Lyra tenga razón y la muerte sea piadosa, pero también es cruel. Se lleva a quienes más necesitamos sin mostrar compasión alguna.
Con delicadeza, coloco la rosa blanca sobre su lápida; la otra tumba no la merece.
Unos dedos se entrelazan con los míos, y no me molesto en apartarme porque reconozco su tacto. Me limito a dejarme sostener por él mientras nuestra piel se funde como la arcilla y se transforma en una obra de arte indivisible.
—Rose sabía que yo te gustaba —comento, girándome para apreciar el bello rostro de Rook.
—¿Le contaste lo nuestro? —pregunta con el ceño fruncido, y una punzada de dolor me atraviesa el estómago.
—No, nunca… —Me muerdo el labio inferior—. Nunca tuve la oportunidad de decírselo. Pensaba que tendría más tiempo.
Me duele no haberle podido confesar lo que él significaba para mí. El hombre que resucitó a la antigua Sage y le dio una razón de ser.
—Pero sabía que yo te gustaba. Después de aquel día en la cafetería de Tilly, me dijo que no gastabas energía en lo que no te interesaba. Creo que lo supo mucho antes que nosotros. —Miro su lápida—. Se le daba bien adivinar lo que los demás necesitaban antes de que fueran conscientes de ello.
—Sí, no fallaba una —responde, dándome un apretón en la mano.
Permanecemos allí de pie, permitiendo que su recuerdo nos envuelva y que su luz nos brinde un instante de felicidad.
Sé que no se enfadaría conmigo por lo que ocurrió con Silas, pero querría que estuviera a su lado para ayudarlo a levantarse.
Y eso es exactamente lo que pienso hacer, cueste lo que cueste.
No dejaré que Silas se hunda en la tristeza. A mi hermana no le habría gustado que le guardara luto toda la vida y, aunque hacían una pareja perfecta, estoy segura de que existe alguien capaz de amarlo como ella, así que me aseguraré de que la encuentre y sea feliz.
—¿Qué va a pasar con todas esas chicas desaparecidas, Rook?
No podemos quedarnos de brazos cruzados sabiendo lo que sabemos.
Seguirán llevándose a más y les truncarán la vida tal y como hicieron con Rose —digo apesadumbrada, pensando en la cantidad de familias que estarán buscando a sus hijas sin descanso.
—Tomaremos cartas en el asunto, pero primero tenemos que averiguar en quién podemos confiar, FT. Cuando lo hagamos, contaremos todo lo que sabemos.
—Pero ¿qué hay de…?
—Aunque descubran lo que hicimos. No vamos a dejar que se salgan con la suya, te lo prometo —me tranquiliza, y su mirada me transmite toda la fe que necesito en este instante.
Confío ciegamente en él.
—Quiero que nos entierren juntos cuando muramos.
Una expresión de sorpresa se le dibuja en el rostro.
—¿Tienes pensado morirte pronto?
Se me escapa una carcajada.
—No, pero cuando llegue la hora me encantaría que nos enterraran así, con las manos entrelazadas —contesto, alzando nuestras palmas unidas al aire.
—Por mucho que me guste la idea de meterte mano en un ataúd, yo quiero que me incineren, friki del teatro.
Cómo no, piensa despedirse de este mundo entre las llamas. No esperaba menos de él.
—Bueno, entonces que mezclen nuestras cenizas.
No me importa lo que hagan con mi cuerpo, lo único que quiero es no estar sola.
—Al mirarlo, las brasas que arden en sus ojos me calientan el corazón—.
Mi mayor pesar es no haber estado junto a Rose cuando murió.
Vinimos a este mundo juntas y nos han condenado a marcharnos por separado. No quiero pasar la eternidad sola.
Se lleva nuestras manos a los labios y me deposita un beso ardiente en los nudillos.
—Nunca volverás a estar sola. Nunca. Mezclarán nuestras cenizas.
—Me atrae hacia él hasta que estamos tan pegados que percibo su aroma ahumado en el paladar—.
Y si hemos de resurgir de ellas, lo haremos juntos.
Puede que el destino no me haya marcado como tu alma gemela , pero me encargaré de que sepa que siempre seré tuyo, en esta vida y en todas las que vengan. Siempre lo he sido.
En algún lugar oigo a Shakespeare llorando al ver que hemos desafiado sus designios. Éramos dos amantes desventurados, condenados a la tragedia desde el principio, y aquí estamos.
Cogidos de la mano.
Todos los poetas que alguna vez escribieron sobre un amor dulce y gentil gritan horrorizados ante nuestra versión retorcida del mismo sentimiento.
Pero así somos nosotros.
Una llama eterna.
Y seguiremos siéndolo hasta el fin de nuestros días.