33
Un odio sagrado
Rook
Rook:
Si estás leyendo esto, significa que Frank ha muerto y yo he seguido su mismo destino.
Llevo una sola frase y ya me está quedando cursi. No iba a dejar ninguna nota. Supuse que mi suicidio sería lo bastante esclarecedor.
No soy nadie sin ella. El hecho de que su asesino se encuentre bajo tierra me ha proporcionado cierto alivio, pero, aun así, sigue sin parecerme suficiente.
He decidido escribirte solo a ti. Para empezar, porque eres el único que le cae bien a mis padres.
Aunque son demasiado respetuosos como para admitirlo en voz alta, sé que mi padre aún no ha perdonado a Alistair por abrirle un boquete a la pared de un puñetazo y que Thatcher le da « yuyu » a mi madre (sus palabras, no las mías).
En cambio, a ti te aprecian de verdad y estoy seguro de que, cuando yo no esté, les brindarás todo tu apoyo.
Me gustaría que les recordases que se portaron muy bien conmigo.
Me dieron amor, un hogar y una vida. Hicieron todo lo que estuvo en su mano para ayudarme con mi esquizofrenia y siempre les estaré agradecido por ello.
Diles que los quiero y que no he tomado esta decisión por egoísmo.
Creo de verdad que estarán mejor sin mí. Cuando pasen el duelo y acepten mi pérdida, se darán cuenta de que se han quitado un peso de encima. No tendrán que ver a más médicos ni estar constantemente preocupados por mis pastillas. Serán libres.
Igual que yo.
No tienes por qué hacerlo, pero sé que les echarás un ojo a Levi y a Caleb. Asegúrate de que no se metan en demasiados embrollos y, si al final acaban liándola igualmente, enséñales a evitar que los pillen la próxima vez.
Thatcher y Alistair no van a recibir ninguna carta porque sabían que esto pasaría y creo que se mentalizaron hace tiempo. Sin embargo, tú te negaste a verlo y trataste de evitarlo por todos los medios.
Sé que ellos me llorarán, pero no se culparán a sí mismos por lo sucedido. Al menos, no como tú.
Por eso te escribo a ti. Quiero que sepas que nada de esto ha sido culpa tuya. Ni mi enfermedad ni el asesinato de Rosie. Por más que intentaras evitarlo, no podías hacer nada para impedir que pasase.
Tu apoyo fue más que suficiente, pero no era lo que necesitaba.
No te castigues por mi muerte. Fuiste una de las pocas personas que hicieron que valiera la pena vivir. Y si te atreves a ensuciar mi recuerdo con tus remordimientos, pienso levantarme de la tumba solo para darte una buena paliza.
Confórmate con saber que he encontrado la paz. Que soy feliz porque por fin estoy con ella. Y, algún día, cuando tengas noventa y tantos, tú y yo también volveremos a encontrarnos.
No te consumas buscando respuestas, y menos después de haberte escrito toda esta cursilada.
No pierdas nunca tu fuego.
Nos vemos en el Estigia.
Silas
Releo la carta una vez más, agradecido por no tener que hacer nada de lo que dice.
Enciendo el Zippo, acerco la llama anaranjada al papel y contemplo cómo empiezan a quemarse los bordes.
La hoja arde con rapidez, y el fuego la devora aún más deprisa cuando la tiro en la papelera que hay junto a mi cama.
Una semana.
Ese es el tiempo que Silas lleva fuera. Sigue vivo, pero nos ha dejado.
Después de lo que Sage me había contado del psiquiátrico de Monarch, me negué a permitir que su familia lo mandara allí, y ellos accedieron de buena gana a internarlo en un centro cerca de Portland.
No para alejarlo de la humillación de Ponderosa Springs, sino para asegurarse de que recibe la atención que merece.
No sabemos cuánto tardará Silas en recuperarse de ese episodio psicótico ni cuánto tiempo tendrá que estar hospitalizado. Podrían ser semanas, meses o incluso un año. Lo único que sabemos es que estamos preparados para permanecer a su lado hasta que le proporcionen la ayuda que necesita.
Los médicos confían en que, con terapia cognitiva y un nuevo tratamiento, no tardará en volver a ser el de antes, pero siempre cabe la posibilidad de que termine entregándose a las alucinaciones que le asolan la mente.
Intento no pensar mucho en ello.
Una vez que las llamas se han consumido y la carta se ha reducido a cenizas, cojo mi chaqueta de la cama y bajo las escaleras.
Mi padre está sentado a la mesa, con unos cuantos papeles desparramados delante y un vaso de whisky a su izquierda.
Al oír mis pasos, alza la vista hacia mí.
—¿A dónde vas? —pregunta, y el tono áspero de su voz me da a entender que busca desquitarse con alguien.
—Fuera —gruño.
—Si te pregunto algo, espero una respuesta de verdad, Rook, no que te hagas el listillo.
Arrastra la silla hacia atrás para levantarse y me corta el paso antes de que llegue a la puerta.
—Voy al funeral de Frank, a presentar mis respetos, velar por el difunto y cumplir con mi deber de cristiano.
—No le faltes el respeto a Dios bajo este techo, hijo, y menos sabiendo todos los pecados que has cometido y sigues cometiendo.
—No pienso quedarme aquí aguantando tus sermones moralistas —mascullo, y me hago a un lado para poder largarme sin discutir, pero se ve que hoy tiene ganas de bronca.
—Vas a quedarte aquí hasta que yo te lo diga.
Me coge de la parte delantera de la camisa y me acerca tanto a él que me llega el olor a alcohol que desprende su aliento.
Podría dejar que me pegara. Que me hiciera daño por no haber podido evitar lo de Silas.
Que descargara su dolor sobre mi cuerpo y me volviera a usar como el chivo expiatorio por la muerte de mi madre.
Por un instante, me planteo permitírselo.
El ansia de dolor sigue latente bajo mi piel, aguardando a ser liberada.
Pero Sage me está esperando y le di mi palabra, así que reprimo ese impulso de inmediato. Quiero ser la persona a la que acuda cuando el mundo la lastima, no su tormento.
—Me he hartado de dejar que me castigues por un accidente. —Le agarro las muñecas con fuerza y le aparto las manos de mi camisa—. No tienes derecho a jugar a ser Dios solo porque eches de menos a mamá.
Su semblante refleja perplejidad y miedo a partes iguales. Es consciente de que podría matarlo en una pelea justa. Sabe que he estado permitiendo que se saliera con la suya todos estos años.
—¿Un accidente? Si te hubieras portado bien, solo por esa vez, ella seguiría con vida —sisea con desprecio—. Ya de niño te costaba obedecer una simple orden, pero te aseguro que vas a aprender a comportarte como es debido, así sea lo último que hagas.
Entonces, levanta la mano con la clara intención de pegarme.
—Más te vale prepararte para las consecuencias que vas a desencadenar con ese golpe. Yo sé encajar un puñetazo tuyo, pero ¿aguantarías tú uno mío? —le advierto—. O también puedo darles a mis amigos la luz verde que tanto han estado esperando.
—No serías capaz —escupe.
—Te aseguro que sí. —Esbozo una sonrisita de suficiencia—. Y no muestran piedad con los padres que tratan a sus hijos como a un saco de mierda. Así que, antes de asestarme otro golpe, pregúntate si estás preparado para responder por tus pecados, papá.
Esta vez, cuando paso junto a él, no se molesta en detenerme. Se queda petrificado por el miedo a tener que enfrentarse a las consecuencias de sus actos.
Pienso a menudo en lo que haría si algún día se arrepintiera de todos los años de abuso a los que me ha sometido.
Creo que, al final, acabaría perdonándolo, aunque me llevara algo de tiempo.
Al fin y al cabo, podría decirse que yo mismo lo había provocado para que descargara su dolor sobre mí.
Pero las personas no cambian de la noche a la mañana, así que ya lo decidiré si alguna vez llega el momento.
Cuando la puerta se cierra a mi espalda, dejo todas esas preocupaciones atrás. Hay algo mucho más importante que requiere mi atención ahora mismo.
Sage está apoyada contra el capó de su coche, con los brazos cruzados y unas gafas de sol negras. La falda que lleva ceñida a la cintura resalta esas preciosas piernas que tanto me gusta sentir a mi alrededor cuando me introduzco en ella.
Se me hace la boca agua al ver sus labios pintados de un rojo intenso. Como el de una manzana envenenada.
Un impulso irrefrenable me incita a devorarlos, a esparcirle el color por toda la barbilla con mis besos y con las cosas impuras que me encantaría hacerle a esa boca impregnada de veneno.
Si ya de por sí tengo poco autocontrol, junto a ella parece ser inexistente, de modo que cedo a mis deseos.
Presiono mis labios contra los suyos, sin preocuparme por la mancha que van a dejarme, y me sumerjo en ella, sintiendo cómo cobra vida bajo mi tacto.
Es mi fuego infernal y mi agua bendita. A veces se muestra dulce y otras, podría incendiar el mundo entero.
Pero me encanta despertarme cada día sin saber qué versión de ella voy a encontrarme.
Le deslizo las manos por debajo de la falda y voy ascendiendo lentamente mientras la acaricio. Cuando toco la piel levantada justo encima de su glúteo izquierdo, me invade una sensación de orgullo.
—¿Cómo va esa herida? —murmuro, apartándola de mí lo justo para que pueda responderme.
Se me eriza todo el vello del cuerpo al pensar que la he marcado en más de un sentido, no solo en el físico.
Lleva mis iniciales grabadas a fuego justo en la parte superior de su culo, tal y como le prometí que haría, y la tipografía gótica resplandece sobre su piel igual que una joya.
Cada vez que la veo, el estómago se me llena de mariposas.
—Bien. Todavía me duele un poco, pero me gusta —contesta, mordiéndome el labio inferior y tirando de él de forma juguetona.
—Ah, ¿sí? Te gusta sentir un poquito de dolor, ¿verdad, FT? —Sonrío con arrogancia y le subo las gafas hasta la coronilla para poder mirarla a los ojos.
—Solo cuando sé que vas a contrarrestarlo con tu lengua.
Antes creía que enamorarme de Sage había sido el peor error de mi vida.
Que me volvería débil y apagaría la llama que siempre había ardido con tanta fiereza dentro de mí.
Sin embargo, ahora comprendo que, en realidad, es el oxígeno que la alimenta, para bien o para mal.
Hizo que prendiera en mi interior con más intensidad y se aseguró de que no se consumiera.
Pese a que ambos hemos pasado por un infierno, me siento agradecido por ello; si mi vida hubiese sido un camino de rosas, nunca habría sido capaz de reconocer su virtud ni el pecado. Nunca sabes lo quebrada que se encuentra tu alma hasta que tratas de amar a alguien.
Ladeo la cabeza al captar un brillo penetrante en el azul de sus ojos.
—¿En qué piensas?
Casi puedo ver cómo giran los engranajes de su cabeza.
—En tus ojos —susurra—. Son lo primero en lo que me fijé al volver aquí. Tenías la mirada vacía, pero ahora parece distinta. Menos apagada.
—Tienes razón, cariño —digo mientras le coloco un mechón de pelo detrás de la oreja—. Cuando lo nuestro se acabó, me di cuenta de lo vacío que había estado siempre. Lo único que me hacía sentir vivo eras tú. Y creo que se nota.
No hay ni un ápice de mentira en mis palabras.
—¿Cómo te ha ido ahí dentro? —pregunta, rodeándome la cintura con los brazos.
—Bueno, no estoy sangrando. Algo es algo —contesto entre risas—. Aunque no soy yo el que me preocupa. ¿Estás lista para lo de hoy?
Me enreda los dedos en el pelo y juguetea con los mechones.
—Me cabrea que vayan a enterrarlo junto a mi hermana, pero, contigo de la mano, creo que estoy preparada para cualquier cosa. —Se inclina hacia mí con una sonrisa en la cara y me roza los labios con los suyos—. Mi dios del fuego.
—Conque dios del fuego, ¿eh?
—Sip —responde, batiendo sus largas pestañas—. Siempre dispuesto a arder y a iluminarme con tu fulgor. Si algo sale mal, sé que estarás ahí para otorgarme tu chispa.
El colgante dorado que le adorna el cuello refulge bajo la luz del sol.
—Siempre estaré ahí, pase lo que pase. Siempre podrás contar conmigo.
—¿Eso quiere decir que has decidido mantenerme a tu lado para siempre? —murmura.
Aún nos aguardan obstáculos a los que tendremos que enfrentarnos.
Por más que nos hayamos esforzado en cubrir nuestras huellas, hay enemigos que saben de nuestra existencia y son conscientes de que vamos tras ellos.
No tardarán mucho en interponerse en nuestro camino y tratar de separarnos; hemos dejado de ser los cazadores y pronto nos convertiremos en la presa, pero estamos preparados para lo que sea que se avecina.
Aunque no nos den caza, nos aseguraremos igualmente de que las familias de las chicas desaparecidas obtengan las respuestas que necesitan y de que las personas adecuadas se enteren de lo que está sucediendo, incluso si tenemos que jugarnos la vida en el proceso.
Acabar con la vida del que había arrastrado a Rose a aquellas redes ha sido una pequeña victoria; sin embargo, seguimos estando muy lejos del final, y más sabiendo todas las vidas que hay en riesgo ahora mismo.
Nunca me he considerado un héroe, pero, a pesar de lo que la gente opina de mí, soy un ser humano decente.
No podrán con nosotros ni aun desatando el mismísimo infierno en la tierra. Nos hemos forjado en él y vivimos entre sus llamas. Haría lo que fuera por proteger a mi familia. Por muy disfuncional y desastrosa que sea, es mía, y no permitiré que nada ni nadie le haga daño.
Y sí, Sage y yo nos encontramos el uno al otro en un huracán de decisiones impulsivas y lujuria desenfrenada, pero lo que construimos a partir de todo el dolor, las mentiras y las verdades fue algo auténtico.
A ojos de los demás, el nuestro es un amor fruto del pecado. Las malas lenguas dirán que el hijo del demonio corrompió al ángel más querido de Ponderosa Springs. Pensarán que me colé en su cuarto una noche y la condené a morar en la oscuridad conmigo durante toda la eternidad.
Nuestra historia será infame mientras permanezcamos en este pueblo. Pero ellos no saben lo que hicimos. Y tampoco saben que ella es mucho más que un frágil ángel.
Es una fuerza capaz de arrasar con todo a su paso. Un fénix renacido de las cenizas.
Mi Lilith.
La única por la que estaría dispuesto a hacer arder el mundo entero.
En las tinieblas, hallamos un amor imposible de contener.
Algunos lo considerarán un acto impío, una ofensa contra el mismísimo Dios, pero es nuestro. Y con eso es suficiente.
Sage tenía razón. Mañana los pájaros cantarán, y seguirán haciéndolo cada día mientras estemos juntos.
—Quiere decir que eres la única persona que deseo mantener a mi lado para siempre.