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En la mente de un asesino
Thatcher
Mi padre me escribe cartas.
En ellas, me cuenta de manera clara y estructurada cómo transcurren sus días, lo largos que se le hacen y las actividades en las que emplea su tiempo libre. A veces, al leerlas, me da la sensación de que se encuentra de vacaciones en una isla desierta. Así de cotidianas parecen.
Si otra persona las cogiera y leyera su letra cursiva desde la primera hasta la última línea, jamás se imaginaría que está recluido entre cuatro paredes de hormigón, aguardando su hora en el corredor de la muerte.
Siempre ha aparentado ser un tipo normal y corriente.
¿Cuántos documentales de crímenes reales hacen falta para que la gente se dé cuenta de una vez de que los verdaderos monstruos no son los que tienen dientes amarillos y garras afiladas?
Lideramos las sociedades democráticas. Somos los típicos vecinos que montan barbacoas en verano, los padres de familia que pasean con sus hijos, los políticos a los que votas, los médicos a quienes les confías la vida.
No nos escondemos bajo la cama de nuestras víctimas ni dentro de los armarios porque eso no nos supone ningún reto.
Salimos a plena luz del día. Analizamos la rutina de los que nos rodean y aprendemos cómo hacernos pasar por lo que consideran una buena persona. Esa a la que le abres las puertas de tu casa e invitas a tomar un café. La que nunca esperarías que te asesinara sin piedad en tu dormitorio.
Cuanto más tarde la humanidad en comprenderlo, mayor ventaja tendremos sobre ella.
La tierra cede bajo mis pasos y el barro va adhiriéndose a los laterales de los zapatos Derby de Dior que pienso tirar a la basura en cuanto tenga ocasión.
Detesto mancharme. El desorden y la suciedad me producen un rechazo físico.
La limpieza y la organización son los únicos principios por los que me rijo.
Duermo envuelto en sábanas de satén blancas y una manta igual de nívea que blanqueo todos los domingos a las diez en punto de la mañana. Entreno rigurosamente antes del amanecer. Desayuno lo mismo cada día y sigo una rutina de la que nunca me salgo.
Mi vida se basa en una serie de momentos calculados al detalle. Todo lo que hago o digo cumple una finalidad. ¿Por qué tendría que malgastar tiempo, aliento o dinero en algo que carece de propósito?
Aun así, muy a mi pesar, me adentro entre los árboles porque hay un misterio que necesito… desentrañar.
La brisa veraniega me acaricia el rostro, arrastrando consigo un ligero aroma floral que queda sepultado bajo el olor almizclado de los pinos. Soy capaz de percibir todos esos detalles, pero no de sentirlos. Al menos, no como la mayoría de la gente.
Cuando el bosque comienza a despejarse, atisbo el antiguo mausoleo iluminado por los rayos del sol. Allí dentro yacen un montón de cuerpos pudriéndose en el olvido. Es una pena que nunca se hayan molestado en trasladarlos a otro sitio.
Justo a las puertas de la siniestra edificación, encuentro a quien he venido a buscar.
Está arrodillada sobre el suelo húmedo. Lleva unas botas de agua amarillas y un horrendo sombrero de pescador que apenas logra contener los rizos rebeldes que, a todas luces, no se molesta en cuidar.
Lyra Abbott me provoca arcadas.
Siempre va con la ropa llena de barro y los dedos pringosos por esas cerezas que engulle sin parar. Además, la incomprensible obsesión que tiene con los insectos me revuelve el estómago.
Todo lo que hace y representa es contrario a mí.
Ella es sodio, y yo, potasio. Ella es hidróxido de amonio, y yo, ácido acético.
Cada vez que la veo paseándose a sus anchas con la ropa y las manos sucias me dan ganas de bañarme en lejía y frotarme los ojos hasta borrarme su imagen de las retinas. Su forma de mirarme hace que me sienta contaminado.
Habría disfrutado de estar empapado de ese preciado líquido espeso y carmesí que brotaba de la yugular del detective Breck si no hubiera sido por la expresión tan inquietante que se le reflejaba a ella en los ojos.
Nadie debería reaccionar de ese modo después de haber matado a alguien.
Lo lógico habría sido que se quedara paralizada, que llorara o que se desmayara.
Sin embargo, parecía aliviada. Un brillo de satisfacción le cruzó el rostro y la calma se apoderó de todo su ser en cuanto le clavó el cuchillo.
Se notaba que había disfrutado matándolo, y creo que, si volviera a surgir la oportunidad, lo haría de nuevo. Por eso necesito respuestas.
Hasta el momento, había logrado ignorar su presencia, incluso cuando la notaba cerca y sentía su mirada sobre mi piel, pero ha despertado en mí una curiosidad que me es imposible no satisfacer.
Me pregunto si mi padre contribuyó a dar vida a otra versión de mí a partir del crimen atroz que cometió. Si pasarse un día entero junto al cadáver ensangrentado de su madre la impulsó a desarrollar algún tipo de psicopatía.
Sé que la mía es innata. Hice las paces con mi naturaleza hace mucho tiempo.
Pero ¿podría ella haberla adquirido? ¿Nos habría unido mi padre sin quererlo a través de su macabro pasatiempo?
El crujido de una rama bajo mis pies provoca que se gire en busca del origen del ruido.
Cuando me localiza, se queda paralizada y esbozo una sonrisa fría.
Todos nos encontramos a un suspiro de la muerte.
Cada aliento nos acerca un poco más a ella.
Y yo soy la mano que acelera ese destino.
—Creo que ya va siendo hora de que tengamos una charla, mi querido fantasma.