Las verdades que quemamos (Hollow Boys 2) 31 #3
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Al girarme con la pistola en alto, me encuentro al detective Finn Breck sosteniendo su propia arma contra la cabeza de Thatcher mientras le rodea el cuello con un brazo y tira de él hacia su pecho para inmovilizarlo. Mantengo la pistola apuntando hacia Breck con las manos temblorosas.

Thatcher le gana ligeramente en altura a su captor, lo que hace que formen una estampa un tanto ridícula. Si su vida no corriese peligro, la escena me resultaría hasta cómica.

—¿Por qué le ha dado a la gente ahora por apuntarme con armas de fuego? —resopla Thatcher, poniendo los ojos en blanco como si fuera más una molestia que una cuestión de vida o muerte.

Ambos están de pie frente a la cocina, por lo que supongo que Breck ha entrado por la puerta trasera. Lo más probable es que Frank lo hubiera llamado antes de que Silas lo inmovilizara.

—O bajas el arma y vienes conmigo por las buenas o disparo a tu amigo aquí mismo como venganza por lo de mi compañero —me advierte, con los ojos llenos de malicia.

No me molesto en negarlo, porque solo uno de nosotros va a salir vivo de esta, y yo no pienso morir de rodillas como un puto cobarde.

—Y yo que creía que tú eras uno de los buenos… ¿Le echan algo al agua de aquí para que os volváis todos unos traidores de mierda? ¿O es que lleváis en la sangre lo del gusto por la esclavitud sexual y la pedofilia? —pregunto, ladeando la cabeza.

Debería haberme sorprendido mínimamente que también estuviera metido en el ajo con el fiambre de su compañero, ese mismo que había comprobado en sus propias carnes el efecto milagroso del ácido sulfúrico a la hora de deshacer un cadáver.

Pero lo cierto es que me lo esperaba. Al fin y al cabo, este pueblo se rige por la inmoralidad. Todos sus habitantes beben de ella.

—No te creas superior a mí por cosas que no entiendes, niñato.

Por el rabillo del ojo, veo que la puerta trasera se abre poco a poco en silencio y, aunque nunca me he considerado una damisela en apuros que necesita ser rescatada, en este instante no me vendría nada mal un poco de ayuda.

—Tienes razón. No entiendo cómo un padre de familia puede tirarlo todo por la borda a cambio de un poco de dinero fácil y sucio. Eso sí que es de ser un niñato.

—Lo que habéis descubierto es solo la punta del iceberg.

No os hacéis ni una idea del poder que tiene Aureola ni de la cantidad de gente a la que controlan.

Por más que creáis que habéis encontrado la forma de libraros de ellos, no se detendrán hasta mataros a todos.

Os conocen. Se saben vuestros nombres y el de vuestras familias.

Os estoy haciendo un favor al acabar con vosotros aquí y ahora.

—Se ríe—. Antes de que otras personas mucho más temibles que yo vengan a daros caza.

—Me da a mí que no vamos a ser nosotros los que acabemos muertos —contesto, rodeando a Silas con el brazo para impedir que se mueva.

—Ah, ¿no? ¿Y quién crees que está al mando en esta situación? —se burla, agarrando con más fuerza a Thatcher, que entrecierra los ojos de forma amenazante, harto de que un desconocido lo manosee—. ¿Un grupo de universitarios desatados o un agente condecorado?

La gente enfadada tiende a cometer locuras cuando se la deja a solas con su dolor, pero la gente buena es capaz de llegar aún más lejos cuando se ve obligada a proteger a quienes quiere.

—Yo diría que la chica del cuchillo.

Lyra hunde la hoja plateada en el cuello del detective y le atraviesa la vena como si estuviera hecho de mantequilla. La sangre mana a borbotones en cuanto retira el arma.

El líquido carmesí cae en cascada sobre el hombro de Thatcher y se le desliza por la parte delantera de la camisa como si fuera un río impetuoso, impregnándole la ropa de un fétido olor a metal.

Los ojos de mi amigo arden con un brillo salvaje que no había visto nunca mientras contempla las gotas que se le resbalan del cuello de la camisa.

Lyra deja caer el cuchillo al suelo con el pulso firme.

En su rostro no hay miedo ni pánico; conserva la misma expresión serena e indiferente de siempre, como si nada en el mundo pudiera alterarla, pese a tener su diminuta y pálida mano empapada de sangre.

En vez de fijarse en el hombre al que acaba de matar, se limita a dar un paso atrás para que el cuerpo se desplome contra el suelo, sin apartar la vista de Thatcher ni por un segundo.

—Esta camisa era nueva —resopla mi amigo, y se gira con el pecho agitado para mirarla; lo único que se interpone entre ellos es un cadáver.

—Era fea. La sangre la ha mejorado —responde Lyra, alzando sus ojos hundidos hacia él.

Con la mano ensangrentada y las ojeras violáceas por la falta de sueño, parece sacada de una peli de Tim Burton. Es el típico personaje con el pelo encrespado, la piel pálida y unos ojos demasiado grandes para su cara.

—¿Está muerto? —oigo desde la cocina, y esa voz es suficiente para hacer que me olvide de todo lo demás.

Nunca he creído en el cielo ni en el infierno. Tampoco en el destino o en los deseos que conceden las estrellas fugaces. Pero sí creo en ella.

—¿Mi padre está muerto? —repite entre jadeos, con la mirada cargada de una malicia inocente que me incita a perderme en la belleza de su caos.

De niño, incluso antes de que muriera mi madre, solía sentarme delante de la chimenea durante horas y me quedaba embelesado con el humo que danzaba en espirales y las brasas que me quemaban la piel. Esas mismas llamas que me cautivaban son las que ondean en los bordes del azul ardiente de sus ojos.

Quizá, pese a todo, fuese el destino mostrándome su mirada en el fuego. O tal vez simplemente me sintiese atraído hacia su calor.

—Todavía no —dice Thatcher—. Tenemos que limpiar esto, Rook.

—Coge a Silas y vete con Lyra. No te quiero aquí cubierto de sangre cuando llegue la poli —le ordeno mientras me acerco a Sage.

—¿Y tú qué vas a hacer? —replica.

—Lo que sea necesario, pero tenéis que iros de aquí.

Dicho eso, acuno el rostro de Sage con las manos, la atraigo hacia mí para besarla y me refugio en sus labios por un instante en medio del desastre que nos rodea, como si hubiera logrado alcanzar un pedacito de cielo dentro de mi propio infierno.

—¿Confías en mí? —murmuro contra su boca.

Ella asiente con la cabeza y me agarra las muñecas.

—Siempre.

La conduzco hacia el interior de la cocina, recorriendo el espacio en busca de los utensilios que necesito. Lanzo una sartén de cobre sobre los fogones, abro la nevera, saco un trozo de carne congelada al azar y cojo el aceite vegetal.

No tenemos tiempo para deshacernos de dos cadáveres y limpiar nuestras huellas como es debido. Hay demasiadas variables en juego, de modo que es vital que lo solucionemos todo de una sola vez.

—¿Qué vamos a hacer? —pregunta, observándome mientras enciendo todos los fogones al máximo y coloco la sartén con la carne en uno de ellos.

A continuación, vierto toda la botella de aceite sobre los fogones, la sartén y la encimera.

La mejor manera de salir de esta es provocar un incendio y procurar que parezca un accidente.

Así, pensarán que las personas que han muerto dentro se quedaron atrapadas entre las llamas y no sospecharán de asesinato.

Este es el momento que tanto ansiábamos.

Cada vez que me impacientaba, Alistair no paraba de decirme que Roma no se había construido en un día. Sin embargo, ese fue el tiempo que tardó en quemarse hasta los cimientos.

—Prenderle fuego. Reducirlo a cenizas. Pero no voy a hacerlo yo —respondo, con la certeza de que, si algo saliera mal, sería capaz de cualquier cosa con tal de protegerla.

Nunca ha sido la inocente Eva del jardín.

Siempre ha sido mi Lilith. Mi igual. Mi reina. Mi fénix.

Me meto la mano en el bolsillo delantero y saco mis cerillas.

—Esta es tu venganza. Tu oportunidad para resurgir de entre las llamas y alzar el vuelo. Solo necesitabas una chispa.