Las verdades que quemamos (Hollow Boys 2) 32
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Dolor y placer

Sage

Estoy sentada contra la pared de uno de los tantos cuartos de invitados que tienen los Pierson. Al igual que Alistair, Thatcher vive en una finca.

Creía que el interior de este sitio se parecería más a una morgue que a una casa. De hecho, estaba casi convencida de que, en algún momento, iba a encontrarme a Thatcher durmiendo en un ataúd en su habitación, como aquella criatura con la que a la gente le encanta compararlo.

Pero me equivocaba.

La primera vez que vine, hace unas semanas, estaba demasiado distraída como para reparar en la magnitud de la riqueza de los Pierson; sin embargo, ahora me doy cuenta de que la extravagante casa a la que llaman hogar es un fiel reflejo de su fortuna.

Aunque la mayoría de nosotros proviene de familias pudientes, lo de Thatcher es harina de otro costal.

El arduo trabajo de su abuelo, que fue el primero en fundar una empresa inmobiliaria, le ha resuelto el futuro a él y a su familia entera.

Incluso si Thatcher, sus hijos y sus nietos no dieran un palo al agua en la vida, seguiría sin faltarles de nada.

La altura desmesurada de los techos y la arquitectura al estilo Gatsby hacen que mi casa se parezca más a las dependencias del servicio.

Nosotros nos encontramos en el ala oeste, donde nos han dicho que suelen hospedarse los invitados, pero no puedo evitar sentirme rara al estar en una casa tan lujosa después del crimen que acabamos de cometer.

Cierro los ojos, apoyo la cabeza contra la pared y vuelvo a perderme en el recuerdo del humo y el remolino de llamas anaranjadas.

Me quedé de pie inmóvil en el césped delantero de mi casa, dándole la mano a Rook, que estaba justo a mi lado, mientras las luces intermitentes de los vehículos de emergencia nos bañaban el rostro y los vecinos salían de sus casas para curiosear a nuestro alrededor.

El incendio daría de qué hablar en el pueblo durante bastantes meses.

Las lágrimas no dejaban de correrme por la cara, no por lo que había perdido allí dentro, sino porque, al contemplar cómo el fuego lo devoraba todo a su paso, tuve la certeza de que por fin había acabado todo.

Por primera vez desde la muerte de Rosie, me sentí en paz, aunque a ojos de los demás pareciera justo lo contrario.

Me consolaba pensar que mi padre, el detective Breck y todos los recuerdos dolorosos que había vivido en aquella casa iban a convertirse en el hollín que los bomberos se limpiarían de las botas al día siguiente.

Y, ahora que ya han pasado unas cuantas horas, sigo sin arrepentirme de nada de lo que he hecho.

Se supone que, al matar a alguien, la culpa debería corroerte el alma y devorarte por dentro hasta quebrarte de tal modo que termines confesando ante el resto del mundo tu pecado.

Tal vez me retrate como una psicópata, pero, en mi caso, lo único que siento es alivio.

El hombre que me había causado el mayor dolor que he experimentado en mi vida ha quedado reducido a un montón de huesos carbonizados y piel chamuscada.

Solo espero que su alma sufra el mismo tormento y se pase toda la eternidad pagando por haber vendido a su propia familia.

Rook mencionó el Infierno de Dante cuando le pregunté si creía que mi padre recibiría algún tipo de castigo en el más allá.

Me dijo que quienes caen en el pecado de la avaricia por acumular demasiado dinero o anteponer la riqueza a todo lo demás son enviados al cuarto círculo del Infierno, pero que a él le aguardaría un destino mucho peor.

Me aseguró que le correspondería el último círculo, el noveno, reservado a quienes traicionan a su propia sangre, y que se pasaría la eternidad con la cabeza sumergida en un lago de hielo, porque, a diferencia de lo que enseñan la mayoría de las doctrinas religiosas, para Dante el infierno era un lugar frío y desolador.

Me contó todo esto mientras esperábamos a que llegaran la policía y los bomberos, y recuerdo haber sonreído al pensar en lo irónico que me resultaba ese desenlace, teniendo en cuenta que mi padre siempre subía el termostato cuando estaba en casa porque no soportaba el frío.

—¿Qué haces en el suelo?

Al abrir los ojos, veo a Rook cubierto únicamente por una toalla blanca que lleva envuelta alrededor de la cintura. El pelo mojado le cae sobre la frente y unas cuantas gotas de agua se le resbalan por el pecho.

A pesar de que mi cuerpo está agotado física y mentalmente por todo lo que hemos vivido en las últimas horas, consigo reunir la fuerza necesaria para ponerme de pie y acercarme a él.

Tiene la piel al rojo vivo. Estoy segura de que se ha quedado bajo el chorro de agua caliente hasta que ha salido fría. Extiendo los dedos para recorrerle el hombro, sin poder evitar que la tristeza se me refleje en los ojos.

—Rook —susurro.

—No, Sage —me interrumpe, con la mandíbula apretada—. La promesa que te hice está pendiendo de un hilo ahora mismo.

—Lo que le ha pasado a Silas esta noche no ha sido culpa tuya —respondo, aunque soy consciente de que no es lo que quiere escuchar en este instante.

Se aparta de mí, ofendido por mis palabras, y se deja caer en el borde de nuestra cama. Tras soltar un suspiro , agacha la cabeza y fija la vista en el suelo.

Sé que, en realidad, solo está enfadado consigo mismo por no haber sido capaz de impedir el desastre en el que ha desembocado todo.

—Entonces, ¿de quién es la culpa, eh? —gruñe, con la voz quebrada por la emoción contenida.

Aguantó el tipo durante todo el rato que estuvimos en el hospital, incluso cuando la madre de Silas se desmoronó llorando entre sus brazos.

Se limitó a abrazarla con fuerza en la sala de espera, pese a que se le notaba claramente la espalda rígida y la mandíbula tensa.

Por primera vez desde que lo conozco, dejó a un lado todo lo que sentía y suprimió los impulsos que solían apoderarse de él.

En ese momento, pensé que tarde o temprano iba a tener que derrumbarse.

Era imposible mantener esa fortaleza para siempre.

Y, efectivamente, cuando presenció cómo se llevaban a su amigo en silla de ruedas hasta una ambulancia para internarlo en un psiquiátrico, percibí el dolor abriéndose paso en su mirada. Aquello lo destrozó por completo.

—Sabía que no estaba bien. —Se presiona los dedos contra el pecho—. Lo sabía, joder, y no hice nada. Es mi mejor amigo, Sage, y casi dejo que se mate.

Cierra los dedos en un puño y empieza a golpearse el pecho repetidamente, buscando el alivio que siente siempre que se hiere a sí mismo. Me arrodillo entre sus piernas y le sujeto las muñecas, con el corazón en un puño al verlo así.

Mi dios del fuego, ese que arde con un brillo cegador y feroz, se va apagando a cada segundo que pasa.

—Rook, mírame —susurro—. Mírame —repito hasta que alza sus ojos vidriosos hacia los míos.

No hay ni rastro del fuego infernal que suelen albergar, solo un vibrante tono avellana. En este instante, no pertenecen al diablo con el que lo asocian ni al mismísimo Lucifer, sino a un hombre con el alma destrozada que no encuentra la forma de repararla.

—La culpa es de la esquizofrenia —digo—. No es ni tuya, ni mía, ni de nadie. Silas tiene una enfermedad y necesita ayuda. No podrías haber evitado que dejara de tomarse las pastillas.

Intento razonar con él y hacerle comprender que Silas se ha cansado de librar una batalla constante contra su mente, pero la herida está tan reciente que no sirve de nada. La única opción que me queda es aplicar presión y confiar en que no se desangre antes de que pueda empezar a cicatrizar.

—Necesito el dolor, FT —responde con la voz entrecortada—. Necesito sufrir. Joder. Que alguien me castigue por esto. Ve a por Thatcher. Llama a Alistair. Lo que sea. Por favor, cariño. Necesito que me hagan daño.

Me siento como si estuviera envuelta en un alambre de púas que va ciñéndose a mi alrededor más y más con cada palabra suya y no tuviera forma de escapar de su agarre sin desgarrarme la carne. No puedo permitir que salga de esta habitación y vaya al sótano a que Thatcher le corte la espalda.

Debo elegir entre que otra persona le inflija daño, que él se lesione o hacerlo yo misma, pero la simple idea de causarle algún dolor físico o mental me revuelve el estómago.

Le apoyo las manos en los muslos, me humedezco los labios y acerco mi frente a la suya de tal modo que nuestras narices se rozan.

El aroma a menta y humo que despide su loción para después del afeitado me inunda los sentidos.

Dejo que mi mirada deambule por su rostro, siguiendo el surco de las gotas de agua que la toalla no ha alcanzado a secar.

Nos separan apenas unos centímetros. El aire entre nosotros está tan caldeado que parece abrasarnos por dentro con cada respiración.

Le deslizo las manos debajo de la toalla hasta llegar a su entrepierna y lo escucho inhalar entre los dientes.

—¿Qué estás haciendo? —gime, y ese sonido provoca que una descarga eléctrica me recorra las entrañas.

—Lo único que puedo hacer por ti ahora mismo —murmuro—. Confía en mí —me atrevo a decir, aunque, después de todo por lo que hemos pasado, me pone nerviosa pedirle algo así.

El calor que su cuerpo emite tras la ducha me calienta la mano. Mis dedos se ciernen alrededor de su miembro semierecto y el corazón se me sube a la garganta al notar cómo se endurece bajo mi agarre.

—Esto es lo último que necesito ahora mismo —replica, y toma una profunda bocanada de aire en cuanto nota cómo le acaricio la punta con el pulgar—. Mierda —se queja entre gruñidos de placer.

No puedo hacerle daño. Al menos, no como a él le gustaría. Pero sé que necesita algo que lo ayude a relajarse y a recuperar el control, y quiero ser yo quien se lo ofrezca. Tal vez sea mi forma de compensarlo por todas las veces en las que no he estado ahí para apoyarlo.