31 #2
No contaba con que las hubiera sustituido por unas putas vitaminas.
Por más que lo intento, no consigo comprender por qué ha cometido una imprudencia como esa.
Por qué se arriesgaría a sucumbir por completo a una enfermedad que ya lo devoraba por dentro, además de soportar el duelo por la pérdida de Rose.
Creía que, a lo largo de todos estos años, me había informado lo suficiente sobre la esquizofrenia y que estaba preparado para cualquier cosa que pudiera ocurrir.
Pero me equivocaba.
—Silas…
—¡Cállate la puta boca! ¡Cállate! —oigo gritar a mi amigo—. Sé lo que hiciste. Y ellos también. Lo sabemos todos. Tengo que hacerlo. Es la única manera de recuperarla, ¿me entiendes? Puedo recuperarla.
Se encuentra de espaldas a mí, pero veo a Frank tumbado en el suelo del salón, con la frente ensangrentada y las manos alzadas, como si estuviera implorándole clemencia a algún dios.
—No va a volver —responde con la voz temblorosa—. Lamento lo que hice, pero no va a volver. Matarme no te servirá de nada.
Todo lo contrario.
Matarlo alimentaría a los sabuesos del infierno que llevamos dentro.
La muerte se ha aferrado a él como el aroma nauseabundo de una colonia cara y no va a soltarlo hasta que consiga segar su alma.
Ya ha corrompido y embaucado a suficiente gente en vida; ha llegado la hora de que rinda cuentas en el más allá.
Sin embargo, esta guerra no acabará con su muerte.
No podemos ceñirnos a nuestro plan de entregarle al FBI o a la policía la información que hemos encontrado, y menos sabiendo que Cain estaba implicado.
No tenemos ni idea de cuántos de ellos formarán parte de Aureola, así que sería un error acudir a las autoridades, pero tampoco podemos ignorar el hecho de que han desaparecido un montón de chicas por su culpa.
Aunque habíamos decidido cargar con el peso de la muerte en nuestra conciencia y seguir viviendo con las manos manchadas de sangre, ¿seríamos capaces de mirar hacia otro lado, pese a todas las chicas que estaban secuestrando y vendiendo como esclavas sexuales?
No puedo hablar por los demás, pero yo tengo clara mi respuesta.
—No, no —murmura Silas, con una pistola temblándole entre las manos—. Ya lo sé. Lo sé. Sé lo que he hecho. Sí, sé lo que tengo que hacer, pero… —Se aprieta las sienes con las manos—. Silencio. Silencio.
Es como si estuviera hablando con varias personas al mismo tiempo y le fuera imposible decidir a quién responder primero. Las palabras le salen atropelladas y nada de lo que dice tiene sentido. Está librando una batalla contra su propia mente y no dispongo de ningún arma o escudo para ayudarlo.
No puedo hacer nada.
—Silas —digo con calma mientras me adentro poco a poco en la habitación, con Thatcher siguiéndome de cerca—. Tranqui, tío, soy yo.
Detesto tener que tratarlo como si fuera un animal salvaje, porque no lo es. Solo está atrapado en su propia cabeza y necesita ayuda para vislumbrar la salida.
De pronto, se da la vuelta y me mira fijamente, aunque me da la impresión de que, en realidad, no me está viendo a mí.
—Rook —contesta—. No me han dejado esperar. No podía esperar más. Nos estábamos quedando sin tiempo.
Asiento con la cabeza.
—No pasa nada. No tenemos por qué esperar. No tienes por qué esperar.
Avanzo hacia él, consciente de que tengo que arrebatarle esa pistola de las manos cuanto antes.
Estaba acostumbrado a colocarme delante de varios blancos mientras Silas disparaba a los objetos que había a mi alrededor.
Jamás cuestionaría su puntería ni le impediría matar a Frank; lo que temo es lo que pueda hacer una vez que haya descargado el arma contra él.
—Déjanos ayudarte, ¿vale? Por eso hemos venido. Estamos aquí para ayudarte —añado, tratando de mantener la voz serena pese a los nervios.
Sigo avanzando hasta situarme justo delante de él y centro toda mi atención en su persona.
Nunca había entrado en la casa de los Donahue. Solo la había visto por fuera cuando traíamos a Rose o cuando sacaba a Sage a escondidas por la noche. Aunque, a estas alturas, no me sorprende que un lugar aparentemente normal pueda albergar tal grado de maldad.
—No dejéis que me mate, por favor. Se le ha ido la cabeza. No podéis dejar que me mate. ¡Ayudadme! —grita Frank desde el suelo.
Silas sacude la cabeza con fuerza y fija la vista a mi derecha, donde no hay nada más que un sillón de dos plazas vacío.
—Es mi amigo. Él no haría eso —responde—. No lo haría.
—Ey, Silas. Mírame —le pido, intentando anclarlo a la realidad, sin atreverme a tocarlo por si mi contacto le causa algún daño—. ¿Qué te dicen las voces? Háblame.
—Me… —Aprieta los párpados con fuerza, encogiéndose como si padeciera un gran dolor—.
Me dicen que vas a detenerme. Que no quieres que recupere a Rose.
Quieren que… —Abre los ojos de nuevo y, cuando los clava en mí, lo único que veo es un grito desesperado de ayuda reflejado en ellos—. Quieren que te mate.
Siento cómo Thatcher se mueve a mi espalda al escucharlo.
—Si pudiera devolverle la vida a Rosie, te juro por Dios que lo haría, Silas. Daría lo que fuera con tal de traerla de vuelta —digo de corazón—. Pero no puedo. Las voces que oyes son solo producto de tu imaginación. No son reales, ¿de acuerdo? Tu mente te está jugando una mala pasada.
Me enfurece no ser capaz de evitar que las voces de su cabeza lo alejen de mí y, pese a que no soy yo el que tiene que luchar contra ellas, me siento inútil. Prometí que cuidaría de él, que no permitiría que le pasara nada, y he faltado a mi palabra.
—No podéis hacerlo. No os lo permitirán.
Las manos empiezan a temblarme de la furia y me vuelvo hacia Frank.
—Si vuelves a abrir la boca, te abrasaré los putos ojos, ¿te queda claro? —le advierto entre dientes.
—Por favor, Rook. Me conoces desde que eras un crío.
No hagas esto. Si dejas que viva, te diré todo lo que sé.
Hay mucha más gente de la que te imaginas implicada en Ponderosa Springs.
Yo solo fui una víctima de su organización.
Hay personas más poderosas al mando. Puedes meterlos a todos en la cárcel, incluido a mí, pero, por favor, no me mates.
—Frank —gruño, mirándolo fijamente—. ¿Qué es lo que no te entra en la cabeza? No necesitamos que nos ayudes. No nos sirves de nada vivo, ¿me entiendes? El mayor favor que puedes hacerme ahora mismo es morir.
Sacude la cabeza mientras las lágrimas le empapan la cara hinchada.
—Por favor, yo no quería que Rose muriera. Era mi niña…
—¡Te ha dicho que te calles! —vocifera Silas, y le estampa la culata de la pistola en la cabeza.
Frank se cae redondo al suelo, con los ojos cerrados y el cuerpo flácido, pero el pecho todavía se le mueve, señal de que sigue vivo.
Por un instante, me asalta la duda y me pregunto si de verdad seremos capaces de descubrir quién más está involucrado en la red de trata sin un informante. Aunque, pensándolo bien, hemos conseguido llegar bastante lejos sin ayuda. No creo que nos haga falta indagar mucho.
Serán ellos mismos los que vengan a por nosotros. Y no tardarán mucho.
Silas continúa deambulando de un lado a otro, murmurando incoherencias para sí mismo y para quienes sea que esté viendo en este momento. Me acerco un poco más y extiendo la mano con cautela.
—Se ha acabado, Silas. Todo ha acabado. Frank está muerto, ¿lo ves?
—Señalo el suelo donde yace completamente inmóvil el recién reelegido alcalde de Ponderosa Springs; solo está inconsciente, pero Silas no tiene por qué saberlo—.
Lo hemos conseguido. Ahora podemos buscarte ayuda —añado con tiento—.
Dame el arma y te prometo que todo irá bien. Confía en mí.
El cuerpo le tiembla y la cabeza se le sacude como si estuviera sufriendo físicamente, pero no puedo hacer nada para aliviar la angustia que lo consume.
—No, no, algo va mal. Se suponía que iba a recuperarla. —Se pasa la mano por la cara y dirige de nuevo la vista hacia la derecha en lugar de mirarme a mí—. ¿Qué quieres decir? —pregunta con el ceño fruncido—. ¿Me lo prometes? Vale, si me lo prometes, lo haré.
Todo mi mundo parece detenerse en seco cuando Silas me devuelve la mirada. No veo más que un abismo insondable en ella mientras se lleva el cañón de la pistola a la cabeza.
La boca se me seca de repente y el estómago se me retuerce al percatarme de las lágrimas que comienzan a brotarle por las comisuras de los ojos.
—No me hagas esto, Silas —le pido, acortando la distancia que nos separa—. Déjame ayudarte.
Se muerde el labio inferior y niega con la cabeza, provocando que las lágrimas que se le resbalan por la mejilla aterricen en el suelo.
—No puedes ayudarme. La única salida es la muerte. Tienes que entenderme. No me queda otra opción.
—No —digo con dificultad a la vez que lo agarro del hombro—. No vas a abandonarme. No pienso permitirlo. Este no eres tú. Las voces no son reales, Silas. Vuelve con nosotros.
Algo se rompe en su interior ante mis palabras; en cuanto percibo que afloja el agarre sobre la pistola, le arranco el arma de las manos y la sujeto con firmeza. Entonces, deja caer la cabeza sobre mi hombro y su cuerpo se desploma entre mis brazos.
—Estoy cansado, Rook —susurra.
—Lo sé —contesto, frotándole la espalda.
Soy consciente de que está cansado de las voces.
De su enfermedad.
De todo lo que conlleva.
A veces me pregunto si fuimos nosotros mismos los que causamos que empeorara al ofrecernos a investigar lo que le ocurrió a Rose.
Sabíamos que la venganza no nos la devolvería ni haría que notáramos menos su ausencia.
Al parecer, lo único que hemos logrado es que Silas se hunda aún más en el abismo de su mente.
—Hijo, voy a tener que pedirte que bajes esa arma. Todo el mundo con las manos en alto.
Tiene que ser una puta broma.