31
El fénix
Sage
Solo un día más.
Tenemos un plan y, después de tanto tiempo esperando, por fin se acerca la hora de llevarlo a cabo. Esa certeza impregna el aire con la misma persistencia que el hedor de la carne podrida y me sigue a todas partes, carcomiéndome por dentro poco a poco.
Me habría gustado hacerlo hoy, pero hemos tenido que esperar porque Alistair está con Briar, celebrando el cumpleaños de su tío. Así es como se asegura de mantener el equilibrio entre el deseo de venganza y el amor.
Tras todas estas semanas que he pasado rodeada de ellos, he comprendido que Alistair siente la necesidad de estar presente siempre que ocurre algo serio, y no solo por su manía de controlarlo todo o de querer estar al mando, sino porque, si las cosas se tuercen, prefiere ser él quien cargue con toda la culpa para proteger a sus amigos de cualquier peligro.
Es su guardián.
Su sombra.
Y lo respeto por ello, aunque todavía no haya terminado de aceptarme.
En realidad, todos se muestran bastante fríos conmigo, sobre todo Thatcher, que se ha encargado de dejarme muy claro que no soy de su agrado.
Pero no pasa nada. Con el calor de Rook me basta.
Y pienso seguir siendo el oxígeno que nuestra llama necesita para mantenerse viva.
Desde el almuerzo en casa de los Sinclair, hace ya unos días, no ha habido ni un solo momento en que no haya estado metido entre mis piernas, y me parece más que perfecto.
Incluso en medio de todo el tumulto y el caos que nos rodea, hemos sabido encontrar nuestro pequeño refugio en el que disfrutarnos a solas con tranquilidad.
No me había dado cuenta de lo mucho que me estaba perdiendo antes por verme obligada a ocultar lo nuestro.
Ahora puedo quedarme embobada mirándolo cada vez que nos cruzamos o sentarme a su lado en clase cuando me dé la gana y, pese a estar atravesando una época de tanto dolor, nunca me había sentido tan viva.
Sé que ya no tengo que volver a enfrentarme a la oscuridad sola, porque él es la luz que nunca se apaga. Y es toda mía.
Me maravilla que todos sigamos llevando una vida tan normal mientras urdimos planes tan sombríos. Que seamos capaces de extraer algo de belleza entre toda la maldad que nos rodea.
—No tardo nada, te lo prometo. Me cambio y salgo —le digo a Lyra, que va caminando detrás de mí por la acera que conduce a la casa de Silas.
Rook insiste en que me quede aquí hasta que acabemos con Frank.
—¿Qué le pasa a lo que llevas puesto? Si solo vamos a la cafetería de Tilly.
Al mencionar la ropa, no puedo evitar acordarme de lo que descubrí en el armario de Lyra.
Sé que, en un sitio como este, es inevitable que todos los trapos sucios terminen saliendo a la luz, pero, hasta que eso pase, mantendré la boca cerrada tal y como le juré que haría.
Es su secreto y solo le corresponde a ella contarlo.
—Me he tirado todo el día con esta falda y necesito con urgencia ponerme unas mallas. Tardo dos segundos como mucho, de verdad.
Al abrir la puerta de casa, el mundo se me viene abajo de repente. Todo estaba yendo tan bien que debería haber esperado que se torciera en algún momento; sin embargo, nada podría haberme preparado para esto.
Por una parte, veo a Zoe, la madre de Silas, sentada en el sofá, con el rostro surcado de lágrimas y a Caleb y a Levi a ambos lados consolándola.
Por otra, Scott Hawthorne, que suele ser un padre sofisticado y apacible, está dando vueltas por el salón sin parar mientras mantiene una discusión acalorada con alguien al teléfono.
Y, por último, cuando me fijo en el suelo, distingo un rastro de sangre que lleva hacia la puerta.
No hay suficiente como para temer por la vida de nadie, pero sí bastante como para preocuparse.
—¡Sage! —exclama Zoe, poniéndose de pie—. ¿Sabes algo de Silas?
—No, ¿por qué? ¿Está bien? —contesto, con un tono de creciente pánico en la voz.
Ay, no.
No, no, no.
Al decirlo, me percato del vendaje blanco que envuelve la mano de Scott y que está empezando a empaparse de la sangre que hay debajo.
—¿Qué ha pasado? —pregunto, aunque me da miedo la respuesta.
—A Silas le ha dado un brote psicótico. Llevaba sin sufrir uno de esos episodios desde que era un niño. Ha sucumbido por completo a su delirio y ha empezado a convencerse de que las alucinaciones son reales.
—¿Y las pastillas? Creía que le estaban yendo bien.
—Sí, lo ayudaban a controlarlo —afirma Zoe entre sollozos—, pero ha dejado de tomárselas.
No nos hemos enterado hasta hoy. Su padre se ha enfrentado a él porque no comprendía por qué sus síntomas estaban empeorando y entonces ha admitido que ha cambiado las pastillas por un suplemento vitamínico. ¿Cómo íbamos a darnos cuenta?
Me giro hacia Lyra. Mi primer impulso es llamar a Rook. Al fin y al cabo, él lo conoce mejor que nadie. Seguro que sabe qué hacer.
Pero la culpa me corroe por dentro al pensar que todo esto es en parte culpa mía. Le concedí demasiado tiempo para que hablara con Rook sobre lo ocurrido aquel día y, como estos últimos días parecía encontrarse mejor, lo dejé pasar.
No debería habérmelo callado.
—Intenté impedir que se fuera, pero estaba tan metido en su propia realidad que no sirvió de nada.
Me enfrenté a él y traté de retenerlo en casa el tiempo suficiente para llamar a una ambulancia, pero…
—Scott alza la mano vendada, permitiendo que la imagen sustituya las palabras que le cuesta pronunciar—.
No dejaba de repetir que las voces le estaban indicando lo que tenía que hacer para…
—Se le quiebra la voz por la tristeza y la preocupación—. Para recuperar a Rose.
Eso podría significar muchas cosas y, a la vez, ninguna.
Por más que queramos ponernos en la piel de Silas, solo él es capaz de entender la batalla que se está librando en su cabeza.
La esquizofrenia es una enfermedad mental imprevisible que no muestra piedad alguna con sus víctimas, y Silas no es la excepción.
Me saco el móvil del bolsillo con las manos temblorosas.
—No sabemos dónde está, a dónde va, ni lo que podría hacerse a sí mismo —añade su padre, pasándose la mano por la cara, frustrado.
—Mi niñito precioso —se lamenta Zoe hecha un mar de lágrimas mientras se dirige hacia su esposo en busca de un consuelo que no va a lograr sentir hasta que Silas se encuentre a salvo en casa—. Scott, nuestro niño.
La atrae hacia su pecho y la estrecha con fuerza contra su cuerpo como si sus brazos pudieran protegerla de cualquier tormento.
—Voy a llamar a Rook —ofrezco con nerviosismo—. Tal vez él sepa a dónde ha ido.
Pulso sobre su contacto, aún guardado como «Lucero del alba».
—Ya lo hemos llamado. Ha sido la primera persona a la que hemos avisado —responde Scott justo cuando se interrumpe el tono de llamada.
Oigo la respiración de Rook al otro lado de la línea.
Puedo sentir su pánico. Su angustia. Su dolor.
—Lo traeremos de vuelta —les aseguro, sin tener muy claro qué decir para brindarles un poco de calma.
—No prometas cosas que no sabes si vas a poder cumplir, FT —me contesta Rook al oído, provocando que se me forme un nudo en el pecho.
Lyra y yo salimos de la casa y nos encaminamos hacia el coche.
—Rook, tengo que contarte algo —murmuro—. Debería habértelo dicho antes. Es culpa mía… Yo…
No me atrevo a terminar la frase. Soy consciente de que, en cuanto lo haga, va a odiarme, y no soporto la idea de perderlo de nuevo.
En una de las últimas conversaciones que tuve con Rosie, me dijo que tenía miedo de que Silas llegara a odiarla, y me pareció ridículo que temiera algo tan insignificante. Sin embargo, ahora la comprendo a la perfección.
—Lo siento muchísimo, pero Silas…
—Me lo contó.
De repente, me invade una mezcla de alivio y confusión.
—¿Todo? —pregunto con la voz entrecortada.
—Todo. Incluso la parte en la que lo amenazaste con acudir a mí si él no lo hacía. —Exhala con fuerza—. No es culpa tuya.
Me deslizo en el asiento del copiloto del coche de Lyra, ansiando con todas mis fuerzas estar hablando de esto con él cara a cara.
—Tampoco es culpa tuya, Rook. Creías que se estaba tomando las pastillas. Ni tú ni nadie podría haberse dado cuenta de que las había cambiado.
Sé lo que está pensando. Sé que se está castigando a sí mismo por no haberlo intuido y que quiere hacerse daño por no haber reconocido las señales que nos han conducido hasta este instante.
—No es culpa tuya —susurro, con la esperanza de que consiga entenderlo.
—Es mi mejor amigo, Sage. Sabía que algo iba mal, pero no quise verlo. Y ahora…
Percibo un estruendo de fondo, como si un puño hubiera impactado contra algo duro, seguido de la voz de Thatcher murmurando algo sobre mantener la calma.
—Ya no podemos hacer nada al respecto, Rook, pero tienes razón. Es tu mejor amigo. Lo conoces mejor que nadie. ¿A dónde crees que iría en un momento como este?
Es una apuesta arriesgada, porque, al fin y al cabo, no conocemos a Silas en ese estado. Pero Rook es el único que podría dar con su paradero. Estoy dispuesta a cargar con el dolor que necesita experimentar, pero ahora mismo es vital que se centre en encontrar a Silas.
Aunque sea su mejor amigo, también es la única persona a la que mi hermana le entregó su corazón. Si le pasara algo, no sería capaz de perdonármelo. Y sé que ella tampoco.
—Rook —insisto, alzando un poco la voz—. ¿A dónde iría Silas?
Se produce un breve silencio.
—A por Frank. Va a por Frank.
Rook
Sabía que no estaba bien.
Lo sabía desde hacía tiempo.
Incluso antes de que me confesara que había intentado besar a Sage en mitad de una alucinación. Y, aun así, no hice nada porque confiaba en que las pastillas que se estaba tomando le hicieran efecto y lo protegieran de las voces a las que yo no podía enfrentarme en su lugar.