30 #2
—Ya no eres un pajarillo indefenso, Sage. Te has convertido en un fénix. Trataron de extinguir tus llamas, pero no lo lograron. Resurgiste de tus cenizas por ti misma. Nadie te ayudó a hacerlo.
Me meto la mano en el bolsillo delantero de los pantalones y saco la fina cadena de oro que llevo guardada. La luz se refleja en el pájaro que cuelga de ella.
—La muerte es demasiado fácil. ¿Estarías dispuesta a arder por mí? —pregunto en un tono de súplica, ofreciéndoselo como obsequio.
Alarga el brazo para sostener el colgante y acaricia con el dedo la criatura alada de metal.
—¿Dónde lo has conseguido? —susurra, con una lágrima cayéndole por la mejilla.
Al contemplarla, me invade el impulso primitivo de limpiársela con la lengua y tragarme su tristeza para hacerla desaparecer por completo.
—Fundí la placa de Cain y lo moldeé a partir de ella —le explico—. Como recordatorio de que ni él ni nadie podrá tocarte nunca más. A menos que tú se lo permitas.
En sus ojos leo las preguntas que no se atreve a pronunciar en voz alta. Quiere saber qué pasó y qué le hice, pero es consciente de que este no es el momento para hablar del tema.
Cojo el colgante, se lo coloco alrededor del cuello y se lo abrocho por detrás de modo que repose justo en el centro del pecho.
Baja la vista hacia el adorno y se queda observándolo en silencio.
Por un momento, pienso que no le ha gustado.
Al fin y al cabo, es un regalo un tanto macabro.
Sin embargo, mis dudas se disipan cuando vuelve a mirarme, decidida a darme su respuesta.
—Rook, quiero que me toques.
Eso es todo cuanto necesito oír.
Acerco mi cuerpo al suyo, trepo por la mesa y me subo encima de ella. Encajo mi cintura entre sus muslos pálidos y la beso apasionadamente hasta que los labios se le enrojecen.
Tendría que bajar el mismísimo Dios de los cielos y fulminarme con su ira para que me apartara de ella. Ni siquiera me importaría que nos pillaran aquí Easton, su padre y todos los asistentes de esta puta fiesta.
Es más, que entren. Así podrán admirar lo preciosa que es cuando está entre mis brazos.
Noto cómo sus gemidos resuenan en mi interior mientras entrelazamos las lenguas, devorándonos mutuamente, volcando hasta la última pizca de nuestras emociones en la boca del otro. Todo el tormento, el dolor que hemos soportado solos, el amor.
Una nueva clase de dolor me atenaza el pecho. El corazón me late con fuerza, como si despertara por fin del letargo en el que llevaba sumido más de un año. Sienta bien recompensarse por una vez y liberarse de las cadenas incandescentes que me mantenían preso.
Percibo su anhelo, sus ansias de entregarse a mí sin reservas.
Desciendo con mi boca hasta la delicada piel de su cuello. Soy incapaz de distinguir si sabe más a fresas o a miel, pero desearía que se me quedara grabado a fuego el regusto que me deja en la lengua.
Voy cubriéndola de marcas púrpuras y rojas a medida que bajo por su cuerpo. Quiero llenar cada centímetro con mis huellas para gritarle al puto mundo entero que es mía.
—Tienes una boca perfecta —gimotea mientras palpo la suavidad de sus pechos y jugueteo de una forma tortuosamente lenta con sus pezones.
Llevaba demasiado tiempo negándome a mí mismo la realidad: ella siempre había sido mía. Y ahora estoy volviéndome loco ante la mera idea de poseerla en su totalidad y reclamar cada ápice de su ser.
—Pues está a punto de parecerte aún más perfecta —susurro, depositándole un beso en la piel justo encima de las bragas—. Joder, te echaba de menos.
—¿A mí o a…?
—A ti. A tu sabor —respondo con un hilo de voz conforme recorro con la lengua su cuerpo desnudo—. Echaba de menos follarte. No he pensado en otra cosa desde que te fuiste. No he tocado a nadie más. Solo a ti.
Le bajo las bragas y se las quito de un tirón. Estoy hambriento de ella. Se me hace la boca agua al ver su coño rosado y húmedo esperándome. Me he estado privando del placer de saborearla durante tanto tiempo que me es imposible contenerme. Necesito mi dosis.
Le separo las piernas, acomodo los hombros entre sus muslos y le paso la lengua desde el monte de Venus hasta la entrada de su sexo. Ella se aprieta contra mí en respuesta, intentando frotarse con mi cara para darse placer.
Sus deseos son órdenes para mí, de modo que poso la boca sobre su clítoris y succiono con la presión justa para que lo sienta.
Empiezo a trazar círculos perezosos con la lengua para encendernos a ambos, pero me resulta imposible resistirme al impulso de comer de la fruta prohibida que se esconde entre sus muslos.
Me enreda los dedos en el pelo y me empuja desesperadamente hacia ella en busca de más. Exploro sus húmedos pliegues con la calidez de mi lengua y devoro cada recoveco como si fuese mi última cena en la Tierra.
Me sirvo de sus fluidos para lubricarme dos dedos y los deslizo en su apretado interior, sintiendo cómo se contrae alrededor de ellos a medida que los meto y los saco.
—¿Todos estos ruiditos húmedos son para mí? —gimo contra su sexo, provocando que las vibraciones de mi voz le retumben en el punto más sensible de su sexo—. Qué detalle tan dulce por tu parte, cariño.
Le apoyo la lengua sobre el clítoris y dejo que se frote contra ella al ritmo y la intensidad que necesita, permitiendo que me use a su antojo para alcanzar el éxtasis.
Frunce ligeramente el ceño a medida que sus gemidos se intensifican y arquea la espalda contra la mesa. La polla me palpita, ansiosa por enterrarse en la estrechez de sus paredes.
Sé que le falta poco.
Conozco a mi chica.
Siento sus jugos resbalándose por mi barbilla y empapándome la piel como si fueran un elixir capaz de purgar al mundo de cualquier pecado. Con la mano que me queda libre, le extiendo sus fluidos y utilizo la yema de un dedo para masajearle el ano.
—¿Vas a ser una buena putita y dejar que te folle también este agujero?
Una parte solo busca tentarla, pero la otra se muere por poseer cada orificio de su cuerpo sin ningún tipo de contención.
Ella gimotea y asiente con la cabeza mientras introduzco la punta del dedo y gruño al comprobar lo apretado que está.
—Dilo. Pídemelo.
Se incorpora sobre los codos, con el rostro enrojecido del placer, y me mira a través de la abertura de sus muslos.
—Quiero que me folles el culo. —El azul de sus ojos rebosa tanto deseo que no puedo negarme—. Por favor.
—Joder —murmuro con voz ronca al mismo tiempo que me levanto y me acerco a ella para meterle la lengua en la boca y que pruebe su propio sabor—. Me tienes a tus pies, Sage.
Me bajo los pantalones hasta las rodillas, me agarro el miembro y muevo la mano de arriba abajo, observando cómo brotan de la punta un par de gotas de líquido preseminal.
—Rook, por favor. Te necesito, cielo —suplica entre gemidos, restregándose contra mí.
Con cuidado, le separo aún más los muslos y la atraigo hacia mí. Entonces, le coloco las manos bajo las nalgas para alzarla y ella me apoya las piernas sobre los hombros, con los tacones aún puestos.
Aprovecho su humedad para lubricarme el miembro antes de dirigirme a su culo.
—¿Has dejado alguna vez que otro te folle por aquí, zorra? —pregunto, apretando los dientes mientras voy penetrándola poco a poco.
Su estrechez se resiste a mi tamaño, pero sigo insistiendo.
—N-no, no, solo a ti —responde, sacudiendo la cabeza y cerrando los ojos con fuerza a la vez que trata de adaptarse a mí—. Hostia, cómo duele.
Le estimulo el clítoris con el pulgar para facilitarme la entrada.
—Tienes que relajarte, cariño. No te resistas —susurro, introduciéndome cada vez más en ella—. Eso es, buena chica. Joder, eres increíble. ¿Sientes cómo tus paredes se amoldan a mi polla?
—M-me siento… —Un gemido le recorre todo el cuerpo—. Llena. De maravilla.
Una vez he logrado impulsarme por completo en su interior, se ciñe a mi alrededor de tal forma que no sé si voy a poder volver a sacársela.
Empiezo a mecer las caderas mientras le restriego el clítoris un poco más rápido y se me escapa una sonrisita de satisfacción al notar cómo se va dilatando, permitiéndome acelerar el ritmo.
—Qué buena putita eres, Sage. Mira qué bien te entra.
Pronto comienzo a embestirla con más ímpetu y percibo la tensión que se le refleja en el rostro. Mis muslos chocan con su piel con cada acometida.
Estoy a punto de llegar al clímax, pero necesito contenerme.
Antes quiero ver cómo se corre ella. Presenciar cómo la euforia le atraviesa el cuerpo de la cabeza a los pies.
No me importaría no correrme nunca más con tal de admirar esa cara durante el resto de mi vida.
Su placer es suficiente para darme por satisfecho.
—Joder, mierda —maldice, clavándome las uñas en las caderas—. ¡Rook!
—Me encanta lo apretadito que lo tienes —gruño.
Mis embestidas se vuelven más erráticas a medida que siento su cuerpo temblar bajo el mío.
Necesito más. Lo quiero todo de ella. Quiero follármela hasta que acabe rendida y tenga que llevármela en brazos de esta puta fiesta plagada de gente que no la comprende y solo busca encerrarla en una jaula por miedo a lo que sería capaz de hacer si la dejaran volar.
—Córrete otra vez —le ordeno, y la agarro de los tobillos para colocarle las piernas de nuevo sobre la mesa de modo que se abra aún más ante mí.
Le hundo el dedo corazón y el anular en el coño mientras sigo metiéndosela hasta el fondo por el otro agujero.
—No puedo más —se queja a duras penas—. Joder, es demasiado.
Voy aumentando el ritmo al mismo tiempo que le introduzco y le saco los dedos, asegurándome de rozar ese punto que la hace estremecer.
—He dicho que te corras —repito.
El orgasmo se apodera de mí al notar que Sage suelta un grito silencioso y sucumbe por completo al placer.
Arquea la espalda, intentando alejarse de mí, pero sigo vertiéndole mi semen bien adentro y moviéndole los dedos sobre el clítoris.
Entonces, se corre de nuevo y su coño me empapa la parte baja del abdomen con un líquido transparente.
Su cuerpo se retuerce entre mis brazos y gruño con fuerza.
La habitación se llena de respiraciones entrecortadas mientras ambos nos sumimos en un estado de éxtasis y ella sigue experimentando los últimos coletazos de su orgasmo.
Aún enterrado en ella, me inclino y le cubro de besos el cuello. Recorro con la lengua las marcas que le he dejado antes, rebosante de euforia y deseo, y saboreo el sudor salado que le impregna la piel.
—Ahora eres solo mía —sentencio de forma tajante, con una voz seca que me pide a gritos un poco de agua.
Me hunde los dedos en el pelo, tirándome ligeramente de las raíces, y siento cómo los labios se le curvan en una sonrisa.
—Siempre he sido tuya, Rook. Siempre.