30
Castigo
Rook
Nunca le he temido a nada.
Solía decirme a mí mismo que, si alguna vez tenía miedo, no apartaría la cara; me enfrentaría a él con una sonrisa y una cerilla en la mano, al igual que pensaba enfrentarme a Easton hace apenas unos instantes.
Si ha logrado irse de rositas es porque se ha limitado a lanzarle a Sage una mirada de desprecio y luego ha regresado a la fiesta dando un portazo.
Supongo que no le apetecían más retoques estéticos en la cara.
Aun así, por muy clara que tuviera mi postura, en cuanto sentí el más mínimo atisbo de miedo, como aquel día en que Sage me mintió en el auditorio, hice exactamente lo contrario. Me di la vuelta y eché a correr.
Nunca le he temido a nada.
Hasta que apareció ella.
—¿Qué puñetas estás haciendo aquí? —inquiere.
La puerta de la sala de billar se cierra tras ella, sumiéndonos en el olor a madera de teca que impera en la estancia. A juzgar por la forma en la que crepita el fuego de la chimenea, sé que necesita más leña, pero decido ignorarlo.
—¿Qué clase de hombre sería si dejara que te presentases en la fiesta de tu padre sin un acompañante? —respondo con tono burlón.
—Rook —me reprende, con los brazos cruzados a la defensiva.
No tenía pensado venir, pero entonces me invadió una especie de miedo.
No suele pasarme, de modo que la reconocí de inmediato.
Caí en la cuenta de que iba a estar rodeada de su padre, de Easton y de todas las personas tras las que una vez se escudó y que no dudaron en darle la espalda cuando más las necesitaba.
No temía que pudieran hacerle algo; al fin y al cabo, no son más que gente débil y cobarde.
Lo que temía, en realidad, es lo que ella pudiera hacerles a ellos.
Sentía la rabia que la consumía y la desesperación que le infundía este lugar.
Sabía que perdería la poca paciencia que le quedaba si su padre la presionaba demasiado o si Easton intentaba algo como lo de antes.
Bastaba con que saltara una chispa para que se convirtiera en un incendio imparable que arrasara con todo y todos a su paso.
Así que se me ocurrió que sería una buena idea calmar ese fuego interior concediéndole su mayor anhelo.
—Tengo que decirte algo. Un par de cosas, en realidad.
Camino hacia ella sin prisa, dejando que se pregunte qué estoy tramando. Me observa con ojos escépticos, lo cual tampoco me sorprende, ya que todo el mundo me conoce por mi impulsividad.
—¿Y no podías esperar a más tarde?
Esbozo una media sonrisa y me detengo justo cuando la punta de mis zapatos roza la de sus tacones. Su perfume me inunda las fosas nasales, provocando que me palpite la entrepierna.
—Eso es lo que llevamos haciendo todo este tiempo, FT —susurro, y me saco la cerilla de la boca—. Esperar a entrar en acción, a que se vayan los federales, a matar a tu padre.
Le acerco la cabeza de la cerilla a la piel y se la deslizo por encima de la clavícula, justo donde se encuentra la cicatriz que tiene a juego con la mía. La misma que me hice para asegurarme de que el destino supiera que somos almas gemelas.
Noto los nervios que le atraviesan todo el cuerpo en oleadas. Probablemente esté preguntándose qué me traigo entre manos. Si voy a hacerle daño, si planeo ponerle fin a todo este asunto de una vez por todas o si simplemente quiero tocarla.
—Me he cansado de esperar.
—¿Y qué hay de la poli? ¿Qué pasa con Cain? —responde con el ceño fruncido, aunque los ojos se le han iluminado de la emoción.
—Ya está todo solucionado —murmuro, trazando con el dedo una línea desde su cicatriz hasta el centro de su pecho—. Nada nos impide actuar.
—¿Por eso has venido?
—Es una de las razones.
—¿Y cuáles son las otras?
Disfruto de estos momentos en los que la pillo desprevenida, con las mejillas sonrojadas y sin saber muy bien qué hacer. Solo yo consigo desestabilizarla de esta forma. Ante el resto del mundo, es una puta fuerza de la naturaleza imposible de domar.
Me la pone dura ver cómo la gente se encoge de miedo a su alrededor. Pese a todo el poder que cree haber perdido, los demás aún la temen, y me fascina esa parte de ella. Me encanta ser el único que puede quebrar sus defensas y penetrar en sus muros.
Desciendo las manos por su cuerpo, las coloco bajo la curva de sus glúteos y la levanto con delicadeza.
Se le entreabre la boca y un jadeo escapa de sus labios.
—¿Q-qué estás haciendo?
La llevo en brazos hasta la mesa de billar y la apoyo en el borde.
—Disculparme —contesto en voz baja.
Me separo apenas unos centímetros de ella y la miro fijamente a los ojos.
—Rook, no tienes nada de lo que disculparte.
Con calma, dejo caer una rodilla al suelo y luego la otra, preparándome para lo que pienso hacer a continuación. Le recorro las piernas con las manos, me detengo en las pantorrillas y se las masajeo suavemente con el pulgar.
—Sí que lo tengo —replico, alzando la vista desde el suelo para contemplarla.
Mi altar.
Mi salvación.
—Por haber desconfiado de ti, por no haber creído en nosotros.
Por no haber sabido ver a través de la mentira y luchar por mantenerte a mi lado, como debería haber hecho.
—Me desabrocho los botones de la camisa, me descubro los hombros y dejo que la tela se me deslice por los brazos hasta aterrizar sobre el suelo—. Haz que duela. Hazme pagar por ello.
Había estado tan cegado por el miedo a que me traicionara, a que me hiciera daño o acabase perdiéndola, que me permití odiarla e ignoré lo que mi corazón había tratado de advertirme desde el principio: que ella era diferente.
Que era mía.
Me empeñé en odiarla y permití que pasara por un infierno sola.
Este es el único modo que conozco de compensárselo.
Aguardo un instante y entonces noto la punta de sus zapatos de tacón levantándome la barbilla. Clavo mis ojos en los suyos con una ceja arqueada y ella me observa desde arriba con los hombros erguidos, destilando autoridad y control.
Mi fénix.
—No necesito infligirte dolor, Rook Van Doren. Solo quiero que me prometas una cosa.
Nunca he deseado nada con tanta intensidad como la deseo a ella en este instante. Le entregaría el mundo entero con tal de que me dejara devorarla por completo.
—Pídeme lo que quieras y te lo concederé, cariño. Lo que sea.
Sube las piernas a la mesa con una actitud seductora y las separa de tal modo que el vestido se le sube hasta las caderas y se queda totalmente expuesta ante mí.
—Prométeme que no vas a volver a hacerte daño.
El aire se torna denso y me quema en los pulmones. El dulzor de su aroma me embriaga los sentidos. Recorro con la mirada el sendero que dibujan sus dedos hasta alcanzar su sexo. Una vez allí, los desliza de arriba abajo de forma provocativa por encima de la tela.
—¿Quieres resarcirte? ¿Quieres tocarme, pirómano?
Sería capaz incluso de rezarle a Dios para sentirla ahora mismo.
—Entonces prométeme que no habrá más cortes ni dolor. —Presiona los dedos con más fuerza contra su coño y suelta un gemido—. Prométeme que acudirás a mí. Podemos ayudarnos el uno al otro.
La boca se me hace agua ante la mancha de humedad que se le empieza a formar en las finas bragas que lleva. Los pechos le suben y le bajan al ritmo de su respiración agitada. La lujuria y la desazón se arremolinan en mi mente.
¿Podrá lograr que me perdone a mí mismo? ¿Que supere todo lo que me atormenta?
No soy un necio. No creo en los cuentos de hadas. He estado mucho tiempo negándome a dejarme llevar por la retorcida ilusión de que ella me correspondiera.
Sin embargo, el dolor que suelo buscar no es nada comparado con el que siento al pensar en no volver a tocarla ni tenerla para mí. Podría aprender a perdonarme a mí mismo, pero no estar sin ella.
No soportaría perderla de nuevo.
—No será agradable —digo con la voz ronca—. Mi dolor es una bestia horrible y voraz, Sage. ¿Podrás lidiar con ella?
—No eres el único que se hace daño al verse sobrepasado por la realidad, Rook.
Observo cómo se lleva las manos a la espalda y se baja lentamente la cremallera del vestido tras el que oculta el resto de su cuerpo.
Se toma su tiempo para desvestirse. Primero saca los brazos de las mangas y luego empuja la tela negra hacia abajo, hasta que se queda amontonada alrededor de sus caderas.
Me paso la lengua por el labio inferior al ver cómo se lo saca por las piernas y lo arroja al suelo con un pie.
No sé dónde posar la mirada primero: en el azul ardiente de sus ojos, en las delicadas curvas de sus caderas o en el tono perfecto de rosa pálido de esos pechos firmes que parecen implorar el roce de mi boca.
Ella fue la que me rompió el corazón y me dejó un vacío tan profundo que pensé que jamás podría llenarlo de nuevo, de modo que me acostumbré al cráter insondable que su pérdida me había originado en el alma.
Pero también es mi única salvación.
La única diosa ante la que me atrevería a postrarme.
Estira los brazos frente a su cuerpo y, entonces, me fijo en las cicatrices blanquecinas que le nacen en las muñecas y desembocan justo antes de llegar al interior de los codos.
—Mi padre tomó una decisión, y yo actué en consecuencia —murmura con la voz entrecortada—. Eligió quedarse conmigo y yo quise asegurarme de que nos perdiera a las dos. No tenemos por qué sufrir solos, Rook.
Me pongo de pie. Jamás podremos ir juntos al jardín del Edén ni atravesar las puertas del cielo. Ya es demasiado tarde. Pero aún estamos a tiempo de forjar nuestra propia paz. Nuestra propia salvación. Nuestra propia ciudad celestial en medio del infierno.
Le agarro las muñecas y examino la piel hundida, imaginándome todos los puntos de sutura que tuvo que recibir y la cantidad de sangre que seguramente perdió.
Llegó a sentirse tan sola que prefirió acabar con todo.
Si lo hubiera conseguido, no habría vuelto a verla jamás.
La habría perdido para siempre. La simple idea hace que me sienta como si me hubieran dado una patada en el estómago y una puñalada en el corazón.