29 #2
En realidad, me muero por contestarle que sé que se trae algo entre manos, aunque, a juzgar por el sutil cambio que percibo en su postura, diría que es consciente de ello.
Si descubro que está implicado de alguna forma en lo que le ocurrió a Rosie, no esperaré prudencialmente a que llegue el momento de cargármelo como estamos haciendo con mi padre. Lo mataré enfrente de la mismísima comisaría y luego me entregaré a las autoridades.
—Si tanto te interesa —empieza a decir con un suspiro—, se trata de una oportunidad para obtener financiación.
Queremos ampliar la oferta de becas para que los jóvenes con talento que provienen de familias con pocos recursos puedan asistir a nuestra universidad sin preocuparse por el dinero. Como tu amiga Briar.
Entrecierro los ojos cuando menciona su nombre. Me está mintiendo descaradamente. Se ve que la imbecilidad ha ido transmitiéndose entre los hombres Sinclair de generación en generación.
—Qué gesto tan humanitario de tu parte, Stephen —comento—. Ha sido un placer hablar contigo, pero tengo que ir al baño.
Alzo la copa de champán hacia ambos y, acto seguido, doy media vuelta para alejarme de ellos.
Me dirijo hacia las puertas francesas por donde está pasando todo el personal de servicio.
Todos van enfundados en sus chalecos blancos y caminan de un lado a otro con bandejas de plata y un aspecto derrotado.
Entre ellos, reconozco a uno de los chicos que nos atrapó a Briar, Lyra y a mí en el Guantelete.
La gente de West Trinity Falls suele trabajar para los habitantes de Ponderosa Springs.
Por eso en este sitio los tratan siempre como si solo fueran unos sirvientes que están ahí para limpiar nuestros estropicios.
Me sorprende no haberme dado cuenta hasta ahora de cuántos de ellos se someten a los ricos solo para tener la oportunidad de labrarse un futuro por sí mismos.
No puedo ni imaginarme lo que pensarán de nosotros.
Probablemente cuchicheen sobre lo afortunados que somos y lo fácil que lo tenemos todo, y lo cierto es que no se equivocan.
Pero la tragedia no distingue entre pobres y ricos.
Acabas experimentándola tarde o temprano, vivas en una mansión o en un cuchitril plagado de cucarachas. Nos devora a todos por igual.
Deambulo por los pasillos, sin prisa por volver a la fiesta.
Por desgracia, he pasado aquí gran parte de mi adolescencia, así que conozco la casa de los Sinclair como si fuera la mía.
Entro al estudio y recorro los libros polvorientos con los dedos antes de salir a la terraza.
Permanezco inmóvil, observando desde la segunda planta a todos los invitados relacionándose entre sí en el jardín trasero.
La viva imagen de lo que más despreciaba en mi infancia.
Puedo oler en la brisa el aroma de los arreglos florales: ramos de hortensias, violetas y orquídeas.
Todos ellos dispuestos con elegancia alrededor del vasto césped verde mientras el sol tiñe de calidez sus pétalos.
Han colocado estratégicamente unas grandes carpas blancas para ofrecerles algo de sombra a los comensales.
Las mesas circulares están vestidas con una decoración impecable, fruto del talento de algún diseñador que jamás recibirá el reconocimiento que merece.
Las mujeres con sus enormes sombreros y los hombres trajeados contribuyen a completar el cuadro como si fuesen un ornamento más.
No hay nada fuera de lugar. No se ve a ningún niño correteando alegremente bajo el sol ni se oyen carcajadas que rompan la armonía del ambiente. Cada detalle está orquestado al milímetro para aparentar riqueza.
A pesar de que todos sus rostros me resultan familiares, nunca llegué a entablar una conversación de verdad con ninguna de las personas que se encuentran allí abajo.
Distingo a Lizzy de pie junto a sus padres y no puedo evitar preguntarme si sigue ocultando su auténtico ser bajo ese vestido blanco hecho a medida.
Toda la gente influyente de Ponderosa Springs se ha reunido hoy aquí para celebrar la reelección de mi padre. Una victoria que se había asegurado gracias a la compasión de los demás y a unos cuantos fajos de dinero manchados de sangre.
Al contemplarlos con sus joyas y su ropa de alta costura, me doy cuenta de que es la primera vez que los veo tal y como son: un gran espejismo de éxito y felicidad.
Desde lejos, da la impresión de que llevan una vida perfecta con la que cualquiera soñaría, pero basta acercarse para percatarse de que, en realidad, todo es una farsa.
Una fachada tras la que se esconden para desviar la atención de sus interiores ruinosos y destartalados, infestados de secretos que lo corroen todo a su alrededor como alimañas.
No creo en maldiciones ni en fantasmas, pero si tuviera que existir un lugar plagado de entes malignos sería sin duda Ponderosa Springs.
—Aquí fue donde me besaste por primera vez.
Una oleada de náuseas me recorre el cuerpo.
—Me amenazaste con cortarme el pelo con unas tijeras si no lo hacía —respondo, girándome para mirar a Easton.
Lleva una camisa almidonada, unos pantalones azul marino y el pelo rubio peinado hacia atrás con esmero, haciendo gala de un atractivo natural que sería capaz de admirar si no supiera lo despreciable que es como persona.
—Vaya, parece que recordamos las cosas de manera diferente —bromea, hundiendo las manos en los bolsillos.
—Tú y yo no recordamos nada igual.
Lo nuestro se remonta a un pasado muy remoto.
Nos emparejaron incluso antes de que fuésemos capaces de comprender lo que significaba.
Cuando éramos niños, nos llevábamos bien como amigos.
Él era divertido e inteligente. Siempre se le ocurría algún plan para entretenernos, ya fuese trepar árboles, montar en bici o comer helado.
Crecimos el uno al lado del otro, pero no sé en qué momento se convirtió en quien es ahora y pasamos de ser amigos de la infancia a enemigos declarados.
Tal vez todo habría sido distinto si hubiera podido amarlo. Así, no me habría enfrentado tanto a la vida que pretendían imponerme. Tal vez me habría rendido y me habría transformado en la novia que él necesitaba, pero, aun siendo una adolescente, sabía que ese futuro no era el que quería.
—¿Qué te ha pasado en la cara? —pregunto tras darle un sorbo a mi copa de champán.
Una venda ostentosa le cubre el lado izquierdo de la cara, resguardando alguna herida de posibles infecciones.
Aprieta los dientes y se lleva la mano hacia la gasa.
—Pensaba que ya habías dejado atrás todo ese teatrillo de niña buena, Sage.
Frunzo el ceño, completamente perdida.
—¿No lo sabes? —responde con una risita burlona—. El psicópata de tu follamigo, Rook, me quemó la mitad de la cara. Han tenido que hacerme dos injertos de piel y, aun así, voy a ir por ahí pareciendo un rarito.
—¿Por qué me da la sensación de que te lo merecías?
Me dispongo a salir de allí cuando, de pronto, Easton me agarra del antebrazo y me atrae hacia él de tal modo que pierdo el equilibrio y termino apoyada contra su pecho.
Ese gesto desencadena una serie de recuerdos de los momentos que compartimos juntos y me dan ganas de romperle los dedos por haberme tocado.
No tiene derecho a hacerlo. Nunca lo ha tenido, y me avergüenza haber creído lo contrario en el pasado.
Se me revuelve el estómago al notar cómo me roza la oreja con la boca.
—Hacíamos buena pareja. Éramos felices. Todavía puedes recuperar ese estilo de vida que siempre has deseado, la atención, la fama. Aún estás a tiempo, Sage. Solo tienes que volver conmigo.
Nunca fui esa persona que quiere de vuelta a su lado. Lo único que él conoció fue la máscara que tuve que ponerme para soportar la presión de vivir en este pueblo. Y nuestra relación solo formaba parte de esa estrategia de defensa.
—Suéltame, Easton —escupo con rabia.
Por un instante, capto un atisbo del chico que solía ser. Ese que alguna vez fue mi amigo y no el hombre que me consideraba un objeto y solo se preocupaba por cómo lo veían los demás.
—Hubo un tiempo en el que me rogabas que te tocara, Sage Donahue. Antes de Rook y de todo esto. Sabes quién soy, te has criado conmigo. Podríamos estar muy bien juntos. Déjame demostrártelo.
El pánico se apodera de mí ante sus palabras e intento zafarme de él, pero me agarra del brazo con más fuerza.
—Será mejor que le quites las manos de encima, Sinclair. —Reconozco esa voz—. A menos que quieras que se te derrita también el otro lado de la cara.
Rook.
Su presencia es una nube oscura en este día soleado, y me toma por sorpresa lo mucho que he añorado esa sombra. Está apoyado de brazos cruzados contra el marco de la puerta, demostrándome lo lejos que puede llegar para sembrar el caos.
A diferencia de su padre, que asiste a la mayoría de las reuniones de este tipo, él nunca se ha mezclado con esta gente. No encaja en los ambientes en los que ellos se mueven. Los mismos en los que yo me había movido en su día.
Me suelto de un tirón del agarre de Easton y me alejo de su alcance.
—He oído lo de tu accidente, tostadito. A ver si aprendemos a tener más cuidado con las motos. Tienden a quemar mucho —comenta Rook con una sonrisa de suficiencia, echándole más leña a un fuego que ya de por sí ardía con fiereza.
El corazón me da un pequeño vuelco al fijarme en él.
La luz del sol se le refleja en la cadena de plata del cuello, guiando mi atención hacia los botones desabrochados de su camisa. La tinta que le adorna la piel del pecho asoma lo justo para hacer que me humedezca los labios y dejarme con ganas de más.
Alza una de sus oscuras cejas, como si se hubiera dado cuenta de que me lo estoy follando con los ojos.
La camisa morada que lleva se ciñe a la anchura de sus hombros y los pantalones negros de vestir le marcan los músculos de los muslos. No estoy acostumbrada a verlo con estas pintas, pero tampoco me importaría que se convirtiera en su uniforme habitual.
—Ay, pobrecito —responde Easton, poniendo un puchero—. ¿Sigues celoso porque yo me la tiré antes que tú, o lo que te jode es que esté aquí, en el sitio al que pertenece, y no fingiendo orgasmos contigo?
Rook se separa del marco de la puerta y entra en la estancia, adueñándose de ella por completo con su mera presencia. No me pasa inadvertida la forma en la que Easton retrocede en cuanto se percata de que ha dado un paso hacia él.
—Ahí es donde te equivocas, Sinclair —dice—. Conmigo nunca ha tenido que fingir.
Su rebeldía me cala hasta los huesos. Ha estado escuchando toda su vida que es el diablo y ha acabado aceptando ese rol como escudo para protegerse de su propio dolor y del resto del mundo.
Lo ha interiorizado de tal modo que no creo que pueda llegar a desprenderse del todo de él, así que he aprendido a convivir con sus heridas.
Aunque eso no significa que no lo considere capaz de aspirar a algo más.
—¿Eso es lo que quieres? —pregunta Easton, dirigiéndose a mí—. ¿Vivir en la miseria? ¿Ser una paria? Tú no eres así, y lo sabes. Vuelve conmigo, yo me encargaré de que todos tus problemas desaparezcan. Si te vas con él, solo te complicarás más la vida.
Desde que volví, no han dejado de decirme que he caído en desgracia. Que me he transformado en alguien completamente diferente, pero creo que, en realidad, solo estoy convirtiéndome en quien estaba destinada a ser. Y quiero seguir haciéndolo junto a la persona con la que siempre debí estar.
Este instante marca el inicio de mi condena eterna.
En lugar de esconderme, admito por primera vez en público lo que deseo.
Le muestro exactamente el futuro que ansío tener.
Paso de largo junto a Easton, consciente de que mis acciones le darán la respuesta que busca, y siento cómo me fulmina con la mirada mientras me expulsa de su paraíso moral.
Pero no puede desterrarme de un sitio que yo misma he decidido dejar atrás.
Me coloco al lado de Rook, sin tener muy claro el lugar que ocupo en su vida, pero con la certeza de que quiero estar presente de todos modos.
Me pierdo en el fuego infernal de sus ojos, consciente de que, si cayera de nuevo del cielo e impactara contra la tierra como un rayo, yo sería el trueno que lo acompaña. Me quedaría allí con él, ardiendo entre las llamas eternas, siempre y cuando su fuego acariciara cada rincón de mi cuerpo.
Él es mi Lucifer, y ha llegado la hora de demostrarle que se encuentra ante su Lilith.