29
Hora de elegir bando
Sage
«Venga, tú puedes. Es solo un día».
Me repito una y otra vez esas palabras, consciente de que he pasado por cosas peores a lo largo de mi vida.
He estado meses encerrada en un psiquiátrico en el que me maltrataron física y psicológicamente, asesinaron a mi hermana de forma atroz, de niña atravesé la experiencia más horrible que una pueda imaginarse y, aun así, he sobrevivido a todo ello.
Pero este almuerzo primaveral en honor a mi padre parece ser la gota que colma el vaso.
Cuando oigo que me llaman por mi nombre, me preparo para entablar otra de esas conversaciones insulsas con alguien a quien ni siquiera le interesa mi respuesta.
El guion siempre es el mismo. Todo el mundo me pregunta cómo estoy y qué carrera he escogido.
Algunos incluso se creen muy originales y sueltan entre risitas el típico comentario sobre que los años de universidad son los mejores de tu vida.
Mi padre interviene de vez en cuando para alabar mis notas y hablar del futuro tan brillante que me aguarda.
Sin embargo, sus expresiones son como un libro abierto.
En sus ojos puedo leer que lo que les gustaría saber en realidad es si estoy mentalmente estable, cómo llevo lo de Rosie y cómo me ha afectado la ausencia de mi madre.
Pero en lugar de atreverse a formular las preguntas pertinentes, se limitan a quedarse callados y sacar sus propias conclusiones en cuanto me alejo de ellos.
Parpadeo y, al girar la cabeza, veo a Conner Godfrey, el orientador de la universidad, de pie junto a mí con una sonrisa en la cara y una copa de champán en la mano.
—Parecías un poco decaída y he pensado que esto podría venirte bien —me explica, ofreciéndome la bebida.
—Gracias —me limito a responder mientras me llevo a los labios el borde de la copa.
Asistir a este ridículo evento no había sido idea mía. Cuando hablé con Cain en la iglesia y le dije que no había descubierto nada nuevo, me puso como condición que me presentara aquí con un vestido bonito y desempeñara el rol de hija servicial para conservar su favor.
—No sabía que fueras amigo de mi padre —comento con la intención de darle algo de charla.
No quiero presuponer nada, pero me intriga por qué ha venido.
—Hemos hablado de pasada. En realidad, me ha invitado Stephen. A él lo conozco desde la universidad —responde, sonriendo con simpatía—. De hecho, si no fuera por su ayuda, me habría sido imposible conseguir un puesto en la Hollow Heights. No vengo de una familia tan rica como las de aquí.
—Nunca lo habría dicho con un apellido como Godfrey.
—Suelen hacerme ese comentario más a menudo de lo que te piensas.
—¿Stephen ya era así de arrogante e imbécil de joven? —suelto, incapaz de contenerme, y a él se le escapa una risita por lo bajo.
—Siempre ha sido… —Se detiene un instante para buscar la palabra adecuada—.
Ambicioso. Pero, lo creas o no, a veces llegaba borracho como una cuba al apartamento que compartíamos.
Su padre lo presionaba mucho para que se hiciera cargo del negocio familiar y creo que, con los años, simplemente ha hecho lo que se esperaba de él para ganarse el orgullo de sus padres, igual que hemos hecho todos en algún punto de nuestras vidas.
Tiene razón. Soy incapaz de imaginarme a Stephen desmelenándose de esa forma, y menos habiendo convertido a su hijo en el mismo hombre que le obligaron a ser a él: uno alimentado por la masculinidad tóxica y el sentido de privilegio.
—No todos intentamos lo mismo —contesto sin pelos en la lengua—. A veces preferimos todo lo contrario.
No se me ocurre ningún motivo por el que deba mentir ni mantener las apariencias.
Si guardo silencio es únicamente para proteger a Rook, pero que no vaya a ir gritando por ahí que mi padre forma parte de una red de tráfico sexual y que es el responsable de la muerte de mi hermana no significa que tenga también que fingir que me agrada. Ya no.
Pese a que mi respuesta hace que se quede pensativo durante un segundo, luego asiente con la cabeza, aceptando mi afirmación con mucha más madurez de la que habría mostrado el resto de los presentes en esta fiesta.
—Todos tenemos algo que nos mueve. Da igual lo que sea, siempre y cuando nos impulse a convertirnos en mejores personas.
—Sabias palabras. ¿Te has planteado alguna vez ser orientador? —Arqueo una ceja y le dedico una sonrisa burlona a la que él me corresponde con otra de oreja a oreja.
Puede que todavía no sepa quién soy ni lo que quiero para mí misma (aunque, a decir verdad, no creo que eso sea lo importante, porque, al fin y al cabo, se supone que debemos ir creciendo, cambiando y sanando heridas a lo largo de toda nuestra vida), pero sí sé que lo que me mueve es no convertirme en las personas de las que me he estado rodeando siempre.
Me niego a volver a darles el gusto de moldearme según lo que esperan de mí.
Y eso me parece mucho más relevante que tener claro quién soy.
—Ahí estás —oigo decir a mi padre—. Mi preciosa hija. Ese es el vestido que te compré en París cuando cumpliste los dieciséis, ¿verdad?
Bajo la mirada hacia el vestido negro estilo Audrey Hepburn que llevo.
Lo mandaron a hacer a medida, así que se ciñe a cada una de mis curvas como un guante, pero el calor provoca que se me pegue aún más al cuerpo.
Era consciente de que iba a sudar por culpa de las mangas largas, pero cuando tu prioridad es cubrir las cicatrices que te adornan los brazos, la moda pasa a un segundo plano.
Además, he elegido este vestido por una razón.
—No intentes llevarte el mérito. Fue Rosemary la que me lo compró.
Alzo de nuevo la vista hacia él y le dirijo una mirada tan cortante que podría rajarle el cuello con ella.
—Bueno, me voy —interviene Conner, aclarándose la garganta—. Ha sido un placer hablar contigo, Sage.
Observo cómo desaparece entre el gentío, dejándome a solas con mi padre por primera vez en casi un año. Me fijo en la chaqueta de color rosa empolvado y los pantalones crema de Frank. Me avergüenza estar de pie a su lado, como si lo apoyara, y más aún compartir sangre con un hombre como él.
Un asesino. Un farsante. Un cerdo podrido por la codicia.
Mi familia murió el mismo día que Rosie, y cuando todo esto acabe, pienso cortar cualquier vínculo con el apellido Donahue.
—No hay necesidad de complicar las cosas, Sage —murmura, abriendo la puerta que da al patio trasero—. Sigo siendo tu padre.
—¿Mi padre? —me río con desdén, sin poder ocultar el desprecio que siento hacia él—. Un padre haría lo que fuera con tal de proteger a la familia que él mismo ha construido. Tú no eres más que un ser miserable y el cobarde que le arrebató la vida a mi hermana.
Busco en sus ojos cualquier rastro de arrepentimiento o tristeza, pero no encuentro nada. Solo veo al hombre que me pasó la mitad de sus genes y me arruinó la vida.
Y, pronto, no será más que un cadáver.
—¡Anda! Has logrado dar con ella —nos interrumpe Stephen Sinclair, acercándose a mí para darme un beso en la mejilla como si tuviera todo el derecho del mundo—.
¡Cuánto tiempo! Me alegro de verte. Perdona que no me haya parado a saludarte en el campus.
Con todo el caos que se desató el semestre pasado, he estado de aquí para allá apagando un fuego tras otro.
Levanto la comisura izquierda en una media sonrisa, sin pasar por alto la frase hecha que ha utilizado en referencia al fuego. Desconozco el grado de implicación de Stephen en todo este asunto, pero sus palabras me han dejado claro que, como mínimo, sabe lo que están tramando Rook y sus amigos.
—Un gran poder conlleva una gran responsabilidad —replico con sarcasmo.
—Y, encima, citando a Voltaire. Siempre le dije a Easton que eras todo un portento. Qué pena que lo vuestro no haya funcionado. Hacíais una pareja maravillosa.
A pesar de que soy la primera que se alegra de haber cortado con Easton, no deja de parecerme un tanto hipócrita que esa sea la versión que haya querido venderles a los demás, como si él no me hubiera hecho la cruz de por vida en cuanto me encerraron en un psiquiátrico.
Mi estancia allí habría ensuciado el buen nombre de su familia, algo que, por supuesto, no podía permitir que sucediera.
—Es de Spider-Man , en realidad —lo corrijo, ladeando la cabeza mientras tomo un sorbo de mi copa—. Pero no te preocupes, Mary es mucho más lista y dócil que yo. Creo que encaja mejor con ella que conmigo.
Me da igual el origen de la cita, solo tengo ganas de callarle la boca.
Él y su familia no se merecen ni un ápice de mi respeto.
Stephen no es el único aquí que sabe jugar sucio.
Si tiene ganas de lanzarme cuchillos, más le vale que se compre una espada, porque mis cortes serán más profundos que los suyos.
Me han arrebatado muchas cosas este año, pero aún no he perdido mi lengua afilada.
Él suelta una risa sincera, como si le hubiera contado la broma más hilarante que ha escuchado en años al atreverme a enfrentarlo.
—Quizá lleves razón —responde una vez se ha calmado—.
Aun así, tengo algunos negocios que atender en la costa este las próximas semanas y le he pedido a tu padre que nos acompañe a Easton y a mí.
A lo mejor deberías considerar venir tú también.
Podrías tomarte el viaje como unas pequeñas vacaciones y aprovechar la oportunidad para arreglar las cosas con Easton.
Mi instinto se pone en alerta máxima. Ya no se trata de ver quién es más listo. ¿Qué está tramando con mi padre?
Cruzo los brazos y los miro a ambos con recelo.
—¿Negocios? —pregunto, tratando de mantener un tono neutral—. ¿Qué clase de negocios? Eres el decano de una universidad. Creía que tus labores consistían en presupuestar matrículas y planificar almuerzos.
Me observa atentamente.
—No sabía que estuvieras tan interesada en los entresijos de mi trabajo, Sage. ¿Piensas ocupar mi puesto algún día?
—Bueno, prefiero no cerrarme ninguna puerta —respondo.