Las verdades que quemamos (Hollow Boys 2) 28 #2
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Me pongo de pie, arrojo los alicates al suelo y me guardo el mechero en los vaqueros.

Dejo a esa escoria ahí sufriendo, voy caminando tranquilamente hacia las cadenas y el candado que hay tirados sobre el asfalto y, a continuación, lo recojo todo mientras silbo en voz baja.

Los eslabones chocan y tintinean entre sí al arrastrarlos por la pista.

Cain lloriquea e intenta rodar hacia un lado para luchar contra su destino, como si se negara a asimilarlo. Supongo que es la reacción más lógica; cuando te encuentras cara a cara con la muerte, el instinto te impulsa a apartarle la mirada.

A veces, me cuesta creer que este pueblo tenga el valor de alabar la inmoralidad y condenar la inocencia.

Le otorgan puestos de poder a corruptos, encubren a violadores y glorifican a aquellos que trafican con personas al mismo tiempo que desprecian al niño que presenció cómo su madre ardía viva en un coche.

Para ellos me he convertido en un villano por el simple hecho de haberlo perdido todo. Soy el mismísimo Lucifer.

Pero esta noche, por primera vez, la maldad no saldrá impune.

—D-Dios, po-por favor… —balbucea como puede, implorando auxilio a un espíritu sagrado pese a haber estado cometiendo actos tan infernales.

Su hipocresía me cabrea todavía más.

—No te está escuchando —gruño en respuesta, agarrando un extremo de la cadena para enrollársela alrededor de las piernas—. Te ha dejado en mis manos y se ha olvidado de ti.

Tras darle unas cuantas vueltas, aseguro el candado entre los eslabones, lo cierro y me quedo contemplando mi obra como un boy scout orgulloso que acaba de ganarse una medalla por haber conseguido hacer su primer nudo.

Vuelvo a colocarme sobre él y pongo un pie a cada lado de su cuerpo. Lo observo temblar entre lágrimas mientras sacude la cabeza en una súplica muda. Alzo una ceja y se me escapa una risa burlona al fijarme en la enorme mancha de humedad que se le extiende por los vaqueros desde la entrepierna.

—¿Preparado? —pregunto, ladeando la cabeza con sorna—. El infierno lleva tiempo esperándote.

Me aparto de su cuerpo, me doy la vuelta con el otro extremo de la cadena en la mano izquierda y voy sintiendo la maldad que impregna el aire a medida que avanzo hacia mi moto.

Cuando la alcanzo, fijo el gancho situado en la punta de la cadena al chasis y echo un vistazo atrás para ver por última vez el cuerpo intacto de Cain antes de subirme a la moto y arrancarla.

El cráneo me palpita por la adrenalina. Las piernas me vibran ante la potencia del motor que se agita debajo de mí.

Mis amigos se encuentran apoyados en la alambrada, mirándome fijamente.

Centro toda mi atención en las cuatro curvas del circuito que tengo delante. Aunque es muy probable que Cain ni siquiera sobreviva a una vuelta, guardo la esperanza de que aguante solo para poder prolongar su agonía.

Acelero la moto con un giro de muñeca y salgo disparado hacia delante. En apenas unos segundos, la cadena se estira y siento el peso del cuerpo de Cain arrastrándose detrás de mí.

Sus gritos duran más de lo que pensaba, pero los ahogo pensando en Sage.

La otra noche, en el silencio de aquel momento que compartimos, me permití bajar la guardia por completo frente a ella, y una parte de mí habría querido quedarse un poco más allí, en ese remanso de paz que había hallado en medio de tanto caos.

Aún puedo sentir la calidez de su piel contra la mía.

No fue nada sexual ni físico, sino algo mucho más profundo.

El reconfortante aroma de su cabello recién lavado despertó en mí un sentimiento muy parecido al perdón y, aunque una sola noche en la cocina no bastaría para sanar mis heridas, enfrentarme a mi pasado y reconciliarme conmigo mismo, en ese instante me pareció más que suficiente.

Sin embargo, no podía quedarme allí. Al menos, no para siempre.

En mi mundo no existe tal redención. No importa lo que fuimos ni los muros que logramos derribar aquella noche, porque, ahora mismo, pienso convertirme en esa alma grotesca, vil y sedienta de venganza por la que el resto me toma con tal de asegurarme de que nadie vuelva a cortarle las alas jamás.

Llego a la línea de meta con la respiración agitada y me detengo justo en el mismo sitio donde había comenzado el circuito. El pulso me late con fuerza en el cuello mientras bajo la pata de cabra y dejo que el motor siga rugiendo.

El cuerpo de Cain ha ido rodando, rebotando y estrellándose contra la pista por la fuerza del arrastre. Me sorprende que aún conserve todas las extremidades unidas al torso. Al acercarme, compruebo el destrozo que le ha causado el asfalto.

Un rastro espeso de sangre y piel se extiende tras él y serpentea a lo largo de todo el recorrido. Cuando me agacho para examinar su figura temblorosa y deformada, veo que una parte del cuero cabelludo se le ha desprendido del hueso y le cuelga de la cabeza.

La fricción le ha hecho jirones la ropa y le ha quemado la carne expuesta.

Un fragmento de tibia le ha atravesado la piel y el color blanco marfil del hueso contrasta con las zonas de tejido y músculo desgarrado que tiene repartidas por todos lados.

Sin embargo, el pecho aún le sube y baja con dificultad.

Ojalá pudiera curarlo para continuar torturándolo de mil formas distintas sin cesar, pero, por desgracia, el cuerpo humano tiene sus límites.

—P-por-por favor… —balbucea entre gorgoteos, atragantándose con el líquido carmesí que le encharca los pulmones.

Una sensación de victoria se apodera de mí.

Silas solo me pidió una cosa: que lo hiciera suplicar. Y he cumplido su deseo.

Lo he sometido a tal tormento que ha acabado implorándome que ponga fin a su vida, pero, como a Thatcher le gusta decir, la muerte hay que ganársela.

—Una vuelta más.