28
Cuando Abel mató a Caín
Rook
El Cementerio.
Durante los fines de semana, está lleno de vida y apesta a actividades ilícitas.
Es el lugar al que acuden los niños ricos para saciar sus ansias de emociones y vivir al límite sin enfrentarse a las consecuencias.
El caos de la multitud suele rugir casi con la misma fuerza que los motores de la pista.
Es la encarnación de una bestia que se alimenta de pura adrenalina.
Peleas. Drogas. Sexo.
El sitio perfecto para meterte en problemas si eso es lo que buscas.
—Yo no he venido hasta aquí para ser la mula de carga —jadea Thatcher mientras ayuda a Alistair a arrastrar el cuerpo inconsciente de Cain hacia la pista desierta.
—Deja de quejarte —le espeta Alistair con los dientes apretados.
Al soltarlo sobre el asfalto, la cabeza se le estampa contra el suelo con tal brutalidad que empieza a mover los párpados y va recobrando la conciencia poco a poco.
El puñetazo que Alistair le había asestado en la sien bastó para noquearlo, lo que nos ha dado el tiempo suficiente para traerlo aquí sin ningún obstáculo…
, bueno, exceptuando el lastre que supone transportar un peso muerto.
A pesar de que no hay ni un alma en el Cementerio esta noche, en el aire aún flota ese olor a goma quemada y a gasolina que tanto me gusta.
Es un miércoles como otro cualquiera, así que todo el mundo está inmerso en sus obligaciones cotidianas, aguardando con impaciencia a que llegue el momento de huir de la rutina y entregarse de nuevo a la anarquía que reina en este lugar.
Sin embargo, para nosotros, el caos forma parte del día a día.
Esta noche, el Cementerio se convertirá en el cadalso donde un monstruo responderá ante sus crímenes, incluso aunque se niegue a confesarlos. Pagará con su vida por haberla tocado.
Cuando vuelve en sí, se percata de inmediato de que está atado. Las cuerdas que le envuelven los pies y las manos le impiden levantarse del suelo y dudo que pueda reptar para escapar de su destino. Ya va siendo hora de que reciba su merecido.
Alistair se acerca a mí y me da una palmada en el hombro.
—Todo tuyo.
Muerdo la cerilla que llevo en la boca y me tamborileo los muslos con los dedos. No necesito su aprobación, pero agradezco el apoyo.
Thatcher toma una profunda bocanada de aire, lanza un escupitajo que aterriza sobre el pecho de Cain y luego me mira.
—Más te vale hacerlo sangrar, ha intentado dispararme.
Me río por la nariz y sacudo la cabeza con una ligera sonrisa en los labios.
Vale, igual lo de sacar a Cain de su piso no había sido tan fácil.
Antes de caerse al suelo inconsciente, le había dado tiempo a desenfundar una pistola y apuntar a Thatch con ella.
Conociendo a mi amigo, no va a dejar pasar ese detalle tan fácilmente.
Cain intenta gritar a través de la cinta adhesiva que le cubre la boca, pero lo único que logra es recordarme que sigue respirando el mismo aire que ella. No sé si matarlo rápido o alargar la tortura hasta que su cuerpo no aguante más.
Al girar la cabeza, me encuentro con Silas. Permanece inmóvil durante un buen rato, observándome, y después levanta del asfalto un manojo de cadenas para ofrecérmelas.
—Haz que suplique —dice de forma escueta, depositando los eslabones pesados en mis manos.
Asiento con la cabeza. Entiendo perfectamente a qué se refiere sin necesidad de más explicaciones. Respiro hondo, me crujo el cuello y centro toda mi atención en Cain.
No es tonto. En su rostro puedo ver cómo giran los engranajes de su cabeza mientras trata de dar con un modo de salir de esta, lo que hace que la experiencia me resulte aún más satisfactoria, porque da igual la idea que se le ocurra; no va a ser capaz de huir de mí.
Ha llegado el momento de que se enfrente a su juicio final.
Cada vez que lo miro, la locura que habita en mi interior se desata con violencia y me aumenta la presión de la cabeza. En mi mente no dejan de sucederse imágenes del diminuto cuerpo de Sage hecho un ovillo entre las sábanas mientras llora en silencio, sintiéndose vacía y mancillada.
Le habían arrebatado todos sus sueños de futuro y esa alegría que nace de no saber qué clase de oscuridad alberga este mundo.
Necesitaba que alguien la salvara y, cuando nadie acudió a su rescate, se vio forzada a convertirse en su propia salvadora, forjándose un escudo a partir de toda la maldad que había sufrido a manos de otros solo para sobrevivir.
Los chicos y yo sabemos mejor que nadie lo que es tener que resurgir de entre las llamas.
Sage es capaz de librar sus propias batallas, pero su niña interior aún ansía esa ayuda que nunca le fue concedida, y, aunque probablemente rezara por que un ángel atendiera sus plegarias, es un hombre enfadado y con cuernos el que por fin va a hacer lo que nadie más pudo.
Protegerla.
Mis pasos retumban sobre la pista a medida que avanzo hacia su cuerpo. Cuando me encuentro lo suficientemente cerca, me tomo mi tiempo para recorrerlo de arriba abajo con la mirada.
—Antes de quitarte la cinta de la boca, voy a ahorrarte algunas preguntas. —Me agacho a su izquierda, junto a su cabeza—. ¿Por qué estoy aquí? —digo, imitando su voz—. Pues porque eres un puto pedófilo de mierda, Cain McKay.
Los ojos se le abren de par en par y sacude la cabeza con brusquedad en un intento desesperado de negar las acusaciones que acabo de lanzar contra él.
—No, no. —Chasqueo la lengua—. Mentir no va a servirte de nada, así que, cuando te despegue esta cosa de la boca, no malgastes tus últimas palabras tratando de convencerme de lo contrario.
Me meto la mano en el bolsillo trasero y saco dos de los objetos que he traído expresamente para este momento: mi Zippo y unos alicates que he tomado prestados de la caja de herramientas de Thatcher, a quien, por cierto, no va a hacerle ninguna gracia lo mucho que van a ensuciarse.
—Veamos… ¿Qué más? No lo hagas, blablablá. Podemos hablarlo, blablablá. ¡Ah, sí! ¿Qué vas a hacerme? —pregunto en un tono de congoja, remedando de nuevo su voz—. Buena pregunta, Cain. Esa es mi favorita.
Enciendo el Zippo y dejo que el silbido del fuego inunde el aire. Un cosquilleo de expectación se apodera de mis dedos al contemplar la llama imperturbable que aguarda paciente ante mí.
—Voy a matarte —sentencio mirándolo fijamente a los ojos, porque, aunque no se merezca morir con honor, quiero que vea la oscuridad de mi alma; quiero que sepa que va a sufrir—.
Ahora que nos hemos quitado de en medio todas esas preguntas…
—Le arranco de un tirón la cinta de los labios—. Pongámonos manos a la obra.
Tal y como suponía, empieza a gritar con un tono tan estridente y nasal que me perfora los oídos.
—Conque esas tenemos, ¿eh? —respondo.
Abro la boca, me lleno los pulmones de aire, y le contesto con otro grito atronador, pero, mientras el suyo rezuma miedo, el mío está cargado de ira y voracidad. La mezcla de ambos me saca una sonrisa.
—Tú también te has criado aquí, Cain. No mueras como un gilipollas. Sabes de sobra que en el Cementerio nadie va a venir a salvarte por más que grites.
Tarda unos instantes en parar, pero esta noche no tengo prisa. Bajo la vista hacia la placa que reposa sobre su pecho, la alzo y tiro de ella hasta que la cadena plateada a la que está unida se le desprende del cuello.
—A un hombre no se le quita la placa, niñato de los cojones —sisea con la voz rasgada de tanto usarla.
—Tú no eres un hombre. Eres un cerdo asqueroso que se aprovecha de niñas —escupo—. Así que te quitaré lo que me dé la puta gana.
Me la guardo en el bolsillo de la sudadera para algo que se me ha ocurrido hacer con ella cuando todo esto termine.
—¿Eso es lo que te ha contado ella? —Suelta una risita temblorosa—.
Sería capaz de cualquier cosa con tal de recibir más atención que Rose.
Incluso de mentir. Es lo único que sabe hacer.
Siempre montando un espectáculo para que el mundo entero le rinda pleitesía.
Tú no eres más que otro peón en su tablero.
Rechino los dientes. Hasta ahora he estado siendo simpático, pero no pienso permitir que hable mal de una chica de la que ha abusado, y menos de ella. Me aseguraré de que no sea capaz ni de pronunciar su nombre nunca más.
—¿Qué te he dicho de mentir, Cain? —le advierto, y, acto seguido, le doy un guantazo en la frente de tal modo que la cabeza le rebota contra el asfalto.
—Irán a por ella. Da igual que me mates o no. Saben que está metida en esto. Os matarán a todos.
Le agarro la lengua con los alicates y tiro de ella con fuerza hasta sacársela de la boca.
—Que lo intenten. Acabarán igual que tú —replico entre dientes—. Aunque nos manden a todo tu grupito.
Enciendo de nuevo el Zippo y le acerco la llama a la lengua. Como era de esperar, empieza a forcejear para alejarse del fuego, pero le hundo la rodilla en el pecho con tanta fuerza que se le corta la respiración y deja de resistirse.
El calor provoca que se le evapore la saliva al instante y que se le seque el tejido antes de que se queme de verdad. Entonces, el músculo rosado comienza a burbujear y a tornarse de un color rojo vibrante ante la llama directa, lo que le arranca un aullido desgarrador.
—Te estoy chamuscando miles de terminaciones nerviosas en este instante y, aun así, el dolor que estás experimentando no representa ni una mínima parte de todo el que tú le causaste a ella —añado, manteniéndome firme mientras le achicharro la carne.
Me deleito en el olor rancio que desprende. Las lágrimas le brotan de los ojos sin cesar y trata de liberarse pataleando. Pero no tiene escapatoria. Soy el fuego que nunca se apaga y no pienso detenerme hasta verlo reducido a cenizas.
Cuando el músculo empieza a ennegrecerse, retiro el mechero y noto cómo el metal me abrasa la palma de la mano, pero aprovecho ese breve fogonazo de dolor para alimentar mi sed de venganza.