27 #3
—Cómo no —susurro—. La vida me lo tiene que poner todo tan difícil que no puedo encontrar ni un puto vaso a la primera.
Abro el grifo y, una vez me he asegurado de que el agua sale fría, lleno el vaso hasta arriba.
Me lo llevo a los labios y me bebo la mitad de un solo trago mientras clavo la mirada en la ventana que se encuentra frente a mí.
La lluvia repiquetea suavemente contra el cristal y espero que siga cayendo así cuando vuelva a la cama, porque ese sonido siempre me ayuda a conciliar el sueño.
Vuelvo a llenarme el vaso y giro sobre la punta del pie para dar un paso, pero entonces vislumbro a Rook ahí, apoyado contra la puerta del frigorífico, observándome desde la oscuridad.
El vaso se me resbala de las manos, se estampa contra el suelo y se rompe en un montón de fragmentos grandes y pequeños que quedan esparcidos sobre las baldosas.
Entre el estruendo que acompaña la escena y su figura envuelta en las sombras, no puedo evitar pegar un respingo.
Un pinchazo como el de una aguja me obliga a levantar el pie del suelo mientras maldigo entre dientes. Con la escasa luz que se filtra en la cocina, alcanzo a ver que un trozo de cristal reluciente me ha hecho un corte en la planta del pie.
Reconozco el sonido de sus pasos acercándose a mí.
Al elevar la vista, capto su rostro iluminado por la tenue luz de la luna y todo mi ser se estremece de dolor.
Tiene el pelo alborotado por el sueño y los ojos encapotados, pero su mirada sigue siendo aguda y penetrante.
Las sombras de la noche resaltan su torso desnudo, delineando cada surco y cada relieve como si lo hubieran esculpido en piedra.
Los músculos del abdomen se le tensan al respirar y me asombra lo muchísimo que me enciende esa imagen. Me paso la lengua por los labios agrietados y extiendo la mano para detenerlo antes de que pise los cristales que hay desperdigados entre ambos.
—Quieto —digo en voz baja, pero Rook se limita a hacer lo que mejor se le da: ignorarme.
Da un paso más, sin inmutarse ante los pedacitos de cristal, me enrosca un brazo alrededor de la cintura, me alza en brazos y me estrecha contra la calidez de su cuerpo. Recorro con la mirada el tatuaje de serpiente que le decora un lado del cuello y desciende hacia la espalda.
Me muerdo el labio inferior con fuerza, conteniéndome para no hundirle la nariz en la piel e impregnarme de su aroma.
Los restos del perfume que se ha echado esta mañana y el olor terroso de la maría se adhieren a él como si formaran parte de su esencia.
Me encantaba dormir con sus sudaderas precisamente por la calidez y la paz que me transmitía su fragancia.
Con una delicadeza sorprendente, me coloca encima de la isla de la cocina y me quedo sentada con los pies colgando por el borde.
—No te muevas de aquí —me ordena.
Su voz suena áspera, quizá se deba a que acaba de despertarse o a que ha estado fumando. En cualquier caso, me deja con ganas de escucharla de nuevo.
Cuando se da la vuelta, el resplandor de la luna le ilumina la espalda y, esta vez, aparte de apreciar sus músculos tonificados, me fijo en el tatuaje que se extiende de un omóplato a otro.
Unas alas de ángel le rozan el extremo de los hombros y se unen al cuerpo de un hombre encadenado en mitad de la columna; sin embargo, no es la perfección con la que el diseño encaja en su piel lo que me toma por sorpresa, sino las cicatrices que lo acompañan.
Algunas están curadas del todo, hundidas y ligeramente descoloridas.
Otras, en cambio, son de un tono rosado que indica que han comenzado a cerrarse hace poco.
Pero hay unas cuantas heridas que siguen en carne viva, cubiertas por una fina costra que parece amenazar con desgarrarse ante el más mínimo roce.
Empiezan justo debajo del tatuaje y bajan a lo largo de la hendidura de la columna, ocupando casi toda la superficie de su espalda.
Algunas dan la impresión de haberse reabierto tantas veces que dudo que puedan llegar a curarse por completo.
Regresa a la cocina con un botiquín de primeros auxilios abierto y lo coloca junto a mí para sacar lo que necesita.
—No es nada. No hace falta que te molestes.
—Me da igual. Se te ha caído el vaso por mi culpa, así que deja que te lo mire.
Acto seguido, se agacha, me agarra el tobillo y me levanta el pie para examinar de cerca la herida. El silencio que se hace entre nosotros no es incómodo ni tenso, sino todo lo contrario.
Se sirve de los dientes para abrir el envoltorio de unas toallitas con alcohol. El olor penetrante y desagradable que desprenden me quema las fosas nasales al instante y provoca que me estremezca.
—¿Estás bien?
Asiento con la cabeza.
—Sí. Es solo que odio ese olor. Me recuerda al Monarch. Parecía que empapaban los pasillos con esa porquería todas las noches. —Me pasa la toallita por la zona del corte y un escozor punzante me recorre todo el pie al bajar la vista hacia él—. ¿Qué haces aquí?
—Quería asegurarme de que estabas a salvo.
El corazón me da un pequeño vuelco.
—No sabía que te importaba lo que me pasase.
—Ojalá pudiera evitarlo.
«Vaya. Supongo que me lo merezco».
—Se te da bien esto. ¿Estás acostumbrado a limpiar heridas?
Esboza una sonrisa de suficiencia.
—Alistair se ha abierto los nudillos varias veces en todos los años que llevamos siendo amigos. Si no hubiera aprendido a hacerlo, seguro que se habría desangrado.
—¿Y las heridas de la espalda? ¿También te las limpias tú? —inquiero con curiosidad, pese a que soy consciente de que no tengo derecho a saber la verdad que se esconde tras ellas.
Me presiona el corte recién hecho un poco más y doy un bote en el sitio.
—No hagas ese tipo de preguntas si no estás preparada para conocer la respuesta, friki del teatro.
El pulso se me acelera al escucharlo llamarme así. Hubo un tiempo en que me molestaba; sin embargo, cuando estuve encerrada entre aquellas cuatro paredes, no había día que no anhelase volver a oír ese mote saliendo de sus labios.
—¿Quién te dice que no lo esté? En su día te rogué que me contestaras y apenas obtuve nada. Siempre he estado dispuesta a conocer tus verdades, Rook.
Cuanto más intimábamos el año pasado, más parecía ocultarse de mí. A pesar de que me abrí en canal ante él, solo recibí a cambio los pedacitos de sí mismo que le mostraba al resto.
Lo único que quería era entenderlo mejor. Saber quién era de verdad y no solo su nombre. Quería que me confesara sus pasiones, sus sueños —si es que aún le quedaban algunos—, sus miedos. Quería conocerlo a él, sin más, pero creo que nunca llegó a confiar realmente en mí.
—¿Qué te pasó? —insisto, con la esperanza de que esta vez sí comparta algo conmigo, lo que sea.
—Nada. Me los hice yo —gruñe, cogiendo la gasa que tengo al lado—. Bueno, fue Thatcher el que empuñó la hoja, pero a petición mía.
—¿Qué? ¿Por qué? —pregunto con el ceño fruncido, desconcertada.
Cuando le he visto los cortes, he supuesto que su padre había decidido ir más allá de partirle el labio o dejarle el ojo morado; lo último que me imaginaba era que hubiese sido uno de sus mejores amigos.
La relación que mantienen es un enigma. Por más que intente descifrarlo, nunca lograré comprender los extremos a los que serían de capaces de llegar los unos por los otros.
Y Rook es el más complejo de los cuatro.
Es un rompecabezas que se vuelve más confuso a medida que vas juntando las piezas, pero, aun así, quiero desentrañar cada una de las partes que lo conforman y pasarme cada día resolviendo los misterios que lo envuelven, porque eso es lo que se merece: alguien que nunca se dé por vencido con él.
Con delicadeza, me envuelve la gasa alrededor del pie y ata los extremos en la parte superior.
—Fue un castigo —dice por fin.
Sale de la cocina para devolver el botiquín a su sitio y, cuando regresa, se apoya en la encimera frente a mí y cruza los brazos sobre el pecho.
—¿Por qué iba Thatch a castigarte? ¿Qué le habías hecho?
—¿Aparte de tocarle los huevos? Nada. —Inclina la cabeza hacia la izquierda y se cruje el cuello con fuerza—. Quise que me cortara para castigarme a mí mismo. Podría haberlo hecho yo solo, pero habría sido demasiado egoísta no compartir la experiencia, así que se lo pedí a él.
Un escalofrío me cala los huesos y me eriza todo el vello del cuerpo.
—¿Por qué?
Clava sus ojos en los míos y, aun en la penumbra, percibo cómo le arden con una luz fulgurante.
—Por ti.
El vacío de mi pecho se vuelve de pronto más latente y, aunque creía que era imposible quebrarme aún más, algo en mi interior se hace trizas al escuchar esas dos palabras.
—Le pedí que me cortara porque necesitaba castigarme a mí mismo por haber confiado en ti. Por haberme permitido ser débil.
—Rook, no lo entiendo —murmuro.
—Mi padre se aseguró de enseñarme que todos debemos responder ante nuestros pecados y asumir las consecuencias de nuestros actos. Prefiero ser yo quien determine el castigo que me corresponde por todo lo que he hecho.
«Hay cosas que no merecen ser perdonadas, Sage», recuerdo que me dijo una vez. ¿Qué lo ha impulsado a flagelarse durante todo este tiempo? ¿Haber confiado en mí? ¿Esos actos deshonrosos que se supone que ha cometido?
—¿Por eso dejas que te pegue?
—Me gusta el dolor. Vivo por y para él —afirma, encogiéndose de hombros, y esa confesión me parte el alma en dos.
Lleva toda la vida haciéndose daño para expiar unos errores que ni siquiera son suyos. Lo han destrozado tanto que el dolor se ha convertido en su única vía de escape.
—No me lo creo. Ese no puede ser el motivo que…
—Porque maté a mi madre —me interrumpe, con las fosas nasales dilatadas—. ¿Eso es lo que quieres oír? ¿La cruda y amarga realidad? Pues ahí la tienes, Sage: maté a mi madre.
Suelta un suspiro hondo y se pasa los dedos por el pelo.
—Acababa de salir del colegio e íbamos en el coche de camino a casa.
Ella estaba hablando por teléfono con mi padre sobre pedir comida tailandesa para la cena.
Parecía un día como otro cualquiera. Nunca me habría imaginado que acabaría de aquella forma.
—Sacude la cabeza—. Una persona tan buena como ella no debería haber tenido un final tan trágico.
Permanezco allí sentada, inmóvil, sintiendo el peso de cada palabra en lo más profundo de mi ser.
—Estaba portándome mal sin ningún motivo, dándole patadas al respaldo de su asiento, y ella se giró para regañarme.
—Se le quiebra ligeramente la voz—. No se dio cuenta de que el coche que iba delante había frenado.
No pudo reducir la velocidad a tiempo. La cabeza me dolía tanto que lo veía todo borroso, pero recuerdo que alguien me sacó de allí y me puso a salvo justo antes de que el coche saliera ardiendo y se consumiera entre el humo y las llamas.
No pude distinguir nada dentro del coche.
Pensaba que había logrado escapar del fuego. Que la habían salvado igual que a mí.
Ese es el pecado que cree haber cometido. La raíz de todo su dolor. Lleva la mayor parte de su existencia culpándose por la muerte de su madre.
—Fui yo. —Se señala el pecho con el dedo—. Yo le quité la vida. Así que sí, le dejo que me pegue. Es lo mínimo que me merezco después de haberle arrebatado a su alma gemela.
Me bajo de la isla y, aunque soy consciente de que no quiere ni verme ahora mismo, camino hacia él, sin importarme nada de lo ocurrido entre nosotros antes de este instante.
Avanzo a través de los trozos de cristal roto, permitiendo que me corten de nuevo las plantas de los pies solo para poder sentir un ápice de su dolor.
Cuando estaba en el psiquiátrico de Monarch, había una chica joven con depresión en uno de mis grupos de apoyo que se hacía cortes en los muslos y las muñecas para lidiar con su mente.
Es una batalla muy dura de librar, sobre todo en soledad, y Rook lleva bastante tiempo inmerso en esa guerra sin ni siquiera saber quién es su enemigo.
Al dejar que su padre le pegue, provocar a Alistair para que lo golpee o pedirle a Thatcher que le corte la espalda, busca lo mismo que aquella chica que se sentaba en su habitación y se presionaba una cuchilla contra la piel: ver reflejado en el exterior el dolor que lo consume por dentro.
Se ha vuelto adicto a infligirse daño para afrontar la muerte de su madre y todas las pérdidas que ha sufrido a lo largo de su vida. Incluida la mía.
—Rook —digo casi en un susurro, extendiendo los dedos para tocarlo—, tú no mataste a tu madre. Fue un accidente terrible, sí, pero no fue nada más que eso: un accidente.
Con un movimiento rápido, me agarra la muñeca y la aprieta firmemente.
—No intentes excusarme. Sé lo que hice. —La mandíbula le tiembla al apretar los dientes y capto el destello de una lágrima solitaria que le escapa por la comisura de un ojo—. Sé lo que soy.
Alzo la otra mano y le enjugo la gota salada que le surca el rostro con la yema de los dedos.
Aunque se muestre como un demonio lleno de rabia y odio, en el fondo no es más que un ángel caído que lo perdió todo al ser expulsado del cielo y apartado del amor de su padre.
El mundo que conocía se consumió entre las llamas de aquel coche y, a partir de ese día, se vio forzado a sobrevivir con lo poco que le quedaba.
Se forjó en el caos y el dolor, convencido de que era mejor reinar en la oscuridad que ser condenado en la luz.
—Eres humano y, por lo tanto, sientes dolor y tristeza. No te mereces lo que has estado consintiendo que te hagan otros. No eres el diablo, Rook.
Su coraza se resquebraja y, por primera vez, me encuentro de frente con su vulnerabilidad. Su mirada es tan pura y sincera que me roba el aliento. Lo veo a él en todo su esplendor, tal y como es, y su belleza me resulta asombrosa.
Me suelta la muñeca, me agarra la nuca por encima del pelo y me atrae hacia su pecho con suavidad, envolviéndome en su aroma.
—Nunca he querido serlo —susurra.
Y, después de tanto ruido, por fin reina el silencio entre nosotros.
No nos hace falta decir nada más ni tenemos ninguna discusión que ganar.
Soy consciente de la cruda realidad que nos aguarda fuera de este refugio que hemos creado, pero puede esperar a mañana.
Por ahora, me entrego a sus brazos por completo y me permito enamorarme de él sin reservas, pese a que no pueda decirlo en voz alta.
Sé que lo que tenemos no es idílico. Está hecho pedazos y lleno de imperfecciones. Es más, nada me asegura que no vuelva a odiarme en cuanto el sol se abra paso de nuevo entre las nubes.
Pero es nuestro y, en este momento de desesperanza, es más que suficiente.