Las verdades que quemamos (Hollow Boys 2) 27 #2
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Me acuerdo de Eddison, el anciano que se sentaba junto a la ventana. Cuando sufría alucinaciones graves, las enfermeras lo ayudaban a concentrarse en lo que era real y dejar de lado lo que no lo era para evitar que tuviera un episodio psicótico, así que me propongo hacer lo mismo.

—Silas, soy yo, Sage —digo con delicadeza, guardando las distancias para que no se sienta acorralado—. Estamos en tu casa. Estás a salvo. Lo demás no es real.

Su respiración se vuelve errática. Aprieta los dientes y comienza a pasearse de un lado a otro de la habitación.

Sé lo devastador que sería para él sufrir un episodio completo.

Podría quedarse atrapado en su propia mente durante meses o incluso años.

No quiero que llegue tan lejos, pero lo único que puedo hacer es intentar traerlo de vuelta a la realidad recordándole que lo que está experimentando es solo producto de su enfermedad.

—Estamos en tu casa, Silas. Con tu madre, tu padre, Caleb y Levi. Somos reales y estamos aquí para apoyarte, ¿me oyes?

Silas Hawthorne es el perfecto ejemplo de que el amor por sí solo no es suficiente. Si lo fuera, no buscaría problemas ni se lanzaría de cabeza a la oscuridad. El cariño de sus padres lo habría metido en vereda y le habría hecho apreciar lo que le rodea.

Si el amor bastara, Rosie seguiría viva, porque, aunque desapareciera todo lo que Rook, Thatcher, Alistair o yo sentimos por ella, Silas tendría acumulado en su interior el amor suficiente para mantenerla con vida durante una eternidad.

Pero no basta con querer a alguien para salvarlo.

Me duele en lo más profundo de mi ser ver cómo lucha contra sí mismo, pero no me queda más opción que limitarme a esperar que no se deje arrastrar por su delirio y consiga volver en sí.

De pronto, comienza a caminar más despacio al mismo tiempo que inhala por la nariz y exhala por la boca, una y otra vez, hasta que logra respirar con normalidad de nuevo. En la cara se le nota lo cansado que está, tanto física como mentalmente.

—Silas —lo llamo en voz baja, con el ceño fruncido.

—Estoy bien —susurra—. No pasa nada. Solo necesito… —Deja la frase suspendida en el aire y para de frotarse las sienes.

—¿El qué? ¿Cómo puedo ayudarte?

—Solo necesito dormir un poco —termina de decir—. ¿Qué hora es? —Se saca el móvil del bolsillo delantero de los pantalones y enciende la pantalla—. Tengo que tomarme las pastillas.

Vuelvo a respirar más tranquila, aliviada de saber que sigue con la medicación. Soy consciente de que las alucinaciones forman parte de su rutina y que algunos días son peores que otros, pero, aun así, no puedo evitar preocuparme.

—Quizá sería buena idea que hablaras con tu médico para que te recetara otras pastillas o te cambiara la dosis. Deberías contárselo a tus padres, por lo menos. O a Rook.

Levanta la cabeza de golpe hacia mí y me mira fijamente.

—No es por la medicación.

—Entonces…

—Solo estoy cansado. Llevo un tiempo sin dormir y las alucinaciones suelen empeorar cuando no descanso lo suficiente. No es por las pastillas, Sage, de verdad. Estoy bien —me asegura—. Lo siento. No era… —Se detiene por un instante—. Sé que no eres Rose. Lo sé.

Las profundas ojeras que le enmarcan los ojos respaldan sus palabras y, aunque desconozco los detalles de su diagnóstico, no me parece tan descabellado que todo el estrés al que se está enfrentando últimamente haya podido agravarle los síntomas.

Quiero creer que se encuentra bien de verdad, pero temo que una alucinación más fuerte de la cuenta acabe destrozándolo por completo.

—Vale, no pasa nada. Lo entiendo —respondo con el corazón martilleándome en el pecho—. Ve a dormir un poco.

Asiente con la cabeza, se mete las manos en los bolsillos y camina hacia la puerta, pero, antes de irse, se aferra al marco y vuelve a dirigirse a mí.

—Sage —murmura—. Me gustaría que esto quedara entre nosotros. Los demás ya tienen demasiados problemas como para preocuparse por una simple alucinación, sobre todo Rook, es el que más se altera.

No me siento bien ante la idea de seguir ocultándole cosas a Rook. Aún no me cree del todo; lo último que necesito es darle más razones para desconfiar de mí. Además, si le ocurriera algo a Silas, nunca me perdonaría a mí misma habérmelo callado. Y sé que Rosie tampoco me lo perdonaría jamás.

—Yo no voy a contárselo —le informo—. Vas a hacerlo tú. Te doy unos días, Silas, pero ten por seguro que, si no se lo dices tú, lo haré yo.

—¡Vamos, Sage!

Su voz resuena en mis oídos con un cosquilleo agradable y su risa rebota contra los árboles. Me doy la vuelta y contemplo el denso manto de nieve que cubre la tierra.

—¿Rosie? —susurro, entrecerrando los ojos para acostumbrarme al resplandor que se refleja en la blancura del suelo.

Me abrazo a mí misma para protegerme del frío, pero no llevo nada más que una camiseta de manga corta y unos pantalones que ni siquiera me llegan a las rodillas.

Más allá de la línea de árboles, a través de las nubes de vaho que forma mi aliento en el aire, distingo a Rosie de pie en medio del río Tambridge. Solo he venido a este sitio un par de veces cuando estaba en el instituto para celebrar algún que otro evento en verano.

Avanzo a duras penas hasta la orilla del río y descubro una gruesa capa de hielo sobre su cauce. Frunzo el ceño, confundida, y alzo la vista.

—¡Ro! Vuelve conmigo. ¡Ahí no estás a salvo!

No me responde. Permanece inmóvil, con los brazos colgando a los lados. El color oscuro de su pelo contrasta con el vestido claro que lleva puesto. Al cabo de un instante, comienza a girar sobre sí misma, como si estuviera bailando: primero lentamente, y luego cada vez más rápido.

—¡Rosemary! —la llamo a voces de nuevo, pero sigue sin oírme.

Inhalo con fuerza cuando veo que el suelo cede bajo sus pies y cae al agua. Siento el impacto de su cuerpo contra la corriente de agua y un torrente de adrenalina me recorre todo el cuerpo.

Sin importarme mi propia seguridad, cruzo a toda prisa el río helado, y me doy cuenta de que voy descalza.

El aire frío me quema los pulmones a medida que balanceo los brazos a toda velocidad para impulsarme hacia delante, pero me da la sensación de estar corriendo constantemente en el mismo sitio.

Por más que me esfuerce, es imposible alcanzarla.

«Va a ahogarse».

«Va a morir».

—¡Rosie! —vuelvo a gritar.

Cuando al fin logro llegar al agujero que se ha abierto en el hielo, me doy de bruces con un pozo de agua negra como la tinta.

El corazón me retumba con fuerza en los oídos y el sudor me empapa la frente.

Me desplomo de rodillas y comienzo a gatear con desesperación, tratando de localizar el punto exacto donde ha podido arrastrarla la corriente.

El pánico se apodera de mí y, de pronto, me siento como si hubiera mil agujas punzándome la piel. Ignorando el ardor del frío, deslizo las manos sobre el hielo para retirar la escarcha en busca de cualquier rastro bajo la superficie.

«No permitas que se ahogue».

«No la dejes morir».

Una chispa de esperanza se prende en mi interior al captar un destello de su pelo.

Entonces, alza una mano y la presiona contra el hielo, como si estuviera atrapada al otro lado de un muro de cristal.

Golpeo la superficie una y otra vez con los puños para liberarla.

La sangre me brota de los nudillos, creando un fuerte contraste con el blanco etéreo, y fluye sin cesar.

«Puedes hacerlo. Puedes salvarla».

Levanto ambos puños por encima de la cabeza y los estrello con fuerza contra la capa de hielo una vez más.

Estoy empezando a notar los brazos cansados y temblorosos por el esfuerzo.

Me cuesta respirar y el dolor punzante de las manos me recorre todo el cuerpo, pero, aun así, no me detengo hasta romper la superficie.

El agua burbujea y me apresuro a meter los brazos en la corriente gélida. Los agito con ímpetu para hacerle saber que estoy aquí y que voy a salvarla.

Pero no llego a tocar su cuerpo.

Entonces, unas uñas afiladas como dagas se me clavan en los brazos y la veo emerger del agua de repente, con el pelo pegado a la cabeza y unos ojos negros que no parecen humanos. De las cuencas le gotea un fluido oscuro, como si se le hubieran podrido, pero lo único que puedo hacer es gritar.

—Deberías haber sido tú —sisea mientras le rezuma de la boca algo parecido al alquitrán.

—¡Rose! —jadeo, incorporándome de un salto en la cama con la mano aferrada a la camiseta, justo por encima del corazón.

Me noto la respiración agitada y siento cómo el sudor me resbala por la parte baja de la espalda.

Me quito de encima la manta con una patada enérgica y me froto los ojos con las palmas de las manos para espabilarme.

Los dígitos verdes que parpadean en el reloj me indican que son las tres de la madrugada.

Es la primera vez que tengo una pesadilla desde que salí del psiquiátrico. Creía que mi subconsciente me había dado por fin un respiro y había decidido dejar de atormentarme con las mismas pesadillas de siempre, pero, al parecer, me equivocaba.

Salgo de la cama y apoyo los pies descalzos sobre el frío suelo de madera. Necesito beber agua con urgencia para quitarme la sensación pastosa que me inunda la boca. Espero no haber despertado a ningún Hawthorne.

Cojo el cárdigan que llevaba puesto antes y me lo echo por encima por si hay alguien más levantado a esta hora.

El padre de Silas podría estar preparándose ya para ir a trabajar y lo último que me apetece con este cansancio es tener que dar explicaciones por las cicatrices que me adornan las muñecas.

La puerta emite un chirrido al abrirse, provocando que me estremezca.

Camino lentamente por el pasillo, bajo las escaleras y cruzo el salón para llegar a la cocina abierta, integrada en la misma estancia.

Reviso con cuidado un armario tras otro en busca de un vaso, tratando de hacer el menor ruido posible, hasta que, al cabo de un rato, tras haberlos examinado absolutamente todos, por fin doy con uno.