Las verdades que quemamos (Hollow Boys 2) 27
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Un accidente lo tiene cualquiera, ¿no?

Sage

—¿Qué estás haciendo aquí?

Dejo mi maleta abierta a un lado y, cuando me doy la vuelta, me encuentro a dos versiones más bajitas de Silas, ambos con la piel marrón clara y el pelo oscuro, aunque lo llevan peinado de distinta forma.

Uno sostiene una pelota de baloncesto bajo el brazo mientras el otro me observa con los brazos cruzados.

—Pues, por lo visto, me estoy colando en vuestro cuarto de invitados —bromeo, con la esperanza de que mi tono sirva para romper el hielo con estos dos adolescentes que no parecen estar muy dispuestos a quitarme el ojo de encima.

Al ver que no les ha hecho ni una pizca de gracia, me coloco un mechón de pelo tras la oreja.

—Soy… Eh… —comienzo a decir, dubitativa—. Soy una amiga de Silas. Solo voy a quedarme hasta que arreglen mi habitación. El moho es una mierda.

Opto por soltarles la misma mentirijilla que les contamos a los padres de Silas. Al fin y al cabo, tampoco me entenderían si les dijera que estoy aquí para que puedan vigilarme mejor porque me consideran un peligro y necesitan asegurarse de que no les he mentido con respecto a mis intenciones.

—Silas no tiene amigos —contesta el de la pelota de baloncesto—. Bueno, sí, pero no son como tú.

— Touché —admito—. Nos hemos hecho amigos hace poco. Nos ha costado llevarnos bien.

—Eres la gemela de Rosie, ¿verdad? —interviene el que se encuentra junto a él—. Me recuerdas a ella.

Creo que este es Caleb y el que ha hablado antes se llama Levi, pero no estoy segura porque son prácticamente iguales, solo que uno es un pelín más alto que el otro.

Hacía mucho tiempo que nadie me preguntaba eso.

Asiento con la cabeza.

—Sí, lo soy.

Relajan los hombros ante mi respuesta, como si hubieran comprendido de pronto que no supongo ninguna amenaza, y todo gracias a mi hermana.

—Rosie nos llevaba al desguace cuando iba a buscar materiales para sus esculturas.

—Y luego nos tomábamos un yogur helado, que es muchísimo mejor que el helado —añade Levi, esbozando una sonrisa deslumbrante al evocar ese momento.

—¿Os enseñó alguna vez nuestra combinación ultrasecreta de yogur helado?

Se les ilumina la mirada ligeramente.

—¡No! —dicen al unísono.

—Supongo que tendremos que ir en algún momento para seguir con la tradición.

En realidad, la mezcla no era nada del otro mundo, pero, cuando se nos ocurrió de niñas, nos pareció una auténtica genialidad.

Básicamente, la idea consistía en echarle ositos de gominola a un yogur helado con sabor a tarta.

Nos gustaba tanto que éramos capaces de meternos tarrinas de más de un litro entre pecho y espalda.

Esta casa me recuerda a aquellos días felices con Rosemary en los que pensábamos que el mundo era un lugar lleno de infinitas posibilidades.

Lo cierto es que me sorprendí bastante al entrar aquí.

Silas es un hombre callado, sombrío y lleno de ira; sin embargo, su casa no tiene nada que ver con la imagen que él proyecta.

Cuando llegué, su madre se encontraba en la cocina preparando la cena y su padre acababa de quitarse el traje y estaba bajando las escaleras.

Ambos me recibieron con los brazos abiertos.

Zoe y Scott se habían mostrado amables conmigo cada vez que coincidíamos de pasada en algún evento del instituto o en los partidos de fútbol. Creía que solo estaban interpretando un papel, como todos los demás, pero ahora me doy cuenta de que entre estas paredes se respira un cariño genuino.

Me sentí mal por que Silas se hubiera visto obligado a mentirles.

Les dijo que mi compañera de cuarto se había puesto mala y mi padre volvía tarde del trabajo, así que no quería quedarme sola en casa.

Probablemente hayan pensado que me pone triste estar allí sin Rose y mi madre.

Ni siquiera se les habrá pasado por la mente que estoy tramando la muerte de mi padre.

—¿La echas de menos? —pregunta Levi.

—Sí. —Asiento suavemente, con una sonrisa en la cara—. Muchísimo.

Levi frunce los labios.

—Nosotros también.

Los chicos de la familia Hawthorne parecen tener dos cosas en común: son hombres de pocas palabras y, al igual que todo el mundo, adoraban a Rosemary, lo cual no es de extrañar.

Rose siempre había sido de ese tipo de personas con las que uno no puede evitar encariñarse.

Su empatía y su serenidad atraía a todo aquel que se cruzara en su camino.

Cualquiera que la conociera de verdad sabía lo especial que era.

—Caleb, Levi, dejadla en paz.

Silas sube las escaleras y se coloca detrás de ellos. Les saca unas cuantas cabezas, pero la forma en la que alzan la mirada hacia él no se debe solo a su altura; se nota que admiran a su hermano de verdad.

—Hasta luego —dicen los dos al mismo tiempo antes de desaparecer por el pasillo.

Silas los sigue con los ojos durante unos instantes y luego centra toda su atención en mí.

Se adentra un poco en la habitación y se apoya en el marco de la puerta con los brazos descubiertos cruzados frente al pecho.

No me había fijado en que tenía tatuajes porque siempre lleva manga larga, como yo últimamente.

Solo que, en mi caso, son para esconder las cicatrices y, en el suyo, supongo que para ocultarse a sí mismo.

El silencio que se instala entre nosotros me resulta un tanto incómodo, así que trato de buscar cualquier tema de conversación sencillo que nos permita sobrellevar esta situación lo mejor posible.

En unas semanas, les habrá quedado claro que no soy ninguna soplona, habremos borrado del mapa a mi padre y cada uno podrá seguir por su lado.

—¿Son gemelos? —pregunto, refiriéndome a sus hermanos, mientras saco algo de ropa de mi maleta y me dirijo con ella a la cómoda que hay contra la pared.

—No, se llevan un año y pico. Caleb es el mayor, pero nunca se comporta como tal.

—¿Levi es el que juega a baloncesto?

Deslizo la ropa dentro del cajón y, al echar un vistazo por encima de hombro, me lo encuentro mirándome fijamente.

—Sí, y se le da bastante bien, aunque se le dará aún mejor cuando comprenda que aprovecharse de la nula coordinación de su hermano para ganar no lo convierte en un jugador excepcional.

Empiezo a reírme y abro la boca para contestarle sin pararme a pensar en mis palabras.

—¿Sabías que Rosemary intentó ser animadora de pequeña? Nos quedábamos despiertas toda la noche ensayando la coreografía y, aun así, al día siguiente se le olvidaban todos los pasos.

No sé por qué he pensado que se reiría o esbozaría una sonrisa siquiera. A mí me reconforta recordarla con alegría, por la persona que fue y no por lo que le pasó, pero comprendo que es un tema delicado, una herida abierta, y que quizá a él hablar de ella lo haga sentirse peor.

—Lo siento, no tendría que haberla mencionado.

—No pasa nada. No me importa. Me gusta que la gente me cuente anécdotas suyas.

Resulta sencillo decirlo, pero la realidad nunca es tan simple.

—Sé que debe de ser muy difícil para ti tenerme aquí y verme —digo—. Soy consciente de lo mucho que nos parecemos. Podría haberme quedado en un hotel o en la residencia. No hacía falta que me abrieras las puertas de tu casa.

No me responde de inmediato, por lo que empiezo a preguntarme con desesperación qué diantres se le estará cruzando por la mente ahora mismo. Soy el vivo recordatorio de lo que ha perdido y, teniendo en cuenta su duelo, probablemente también sea la última persona que necesita ver todos los días.

—Todo me resulta difícil. Despertarme. Respirar. —Suelta un suspiro—. Pero tenerte delante es lo único que me brinda paz. Porque, al mirarte, sé que la mitad de su alma ha logrado salvarse. Que una parte de ella aún pervive en ti.

Me noto la garganta seca, como papel de lija. Me invade una mezcla de preocupación y desconcierto. Esa forma de pensar solo va a causarle más daño, pero no tengo el valor de decírselo.

—No…

Me detengo en seco al darme la vuelta y encontrarme a Silas a escasos pasos de mí.

Su sigilo me toma por sorpresa y no puedo evitar sobresaltarme.

Me pone nerviosa que haya tan poca distancia entre nosotros.

Mi espalda choca contra los tiradores de la cómoda y noto cómo la madera se me clava en la piel mientras intento ganar desesperadamente un poco de espacio.

Está cerca. Demasiado cerca.

—Y haré lo que sea para proteger esa parte de ella. —Su aliento me roza la cara.

Trato de pensar en la mejor forma de salir de este apuro.

—Silas, ¿qué estás haciendo? —pregunto con suavidad, preocupada por él.

La dureza de su mirada se desvanece, los rasgos se le suavizan y, por un momento, creo que va a romper a llorar por mi hermana. Sin embargo, en cuanto vuelve a hablar, me doy cuenta de lo que está pasando.

—Cariño —murmura, con la voz quebrada y llena de dolor, como si la simple palabra le hubiera desgarrado el pecho, pero yo no soy la persona a la que se dirige—. Te he echado mucho de menos.

Se inclina aún más sobre mí, entregándose a una fantasía que nunca será real. Presa del pánico, le apoyo las manos en el pecho y lo empujo con toda la fuerza que logro reunir para apartarlo.

—¡Silas! ¡No soy Rose! —grito.

Me siento fatal por ponerle los pies en la tierra e incluso por existir en su presencia ahora mismo.

No voy a fingir que comprendo la batalla interna que tiene que librar día tras día consigo mismo, pero soy consciente de que su mente le está jugando una mala pasada y sometiéndolo a la peor de las torturas.

Parpadea un par de veces, se lleva las manos a la cabeza y se aprieta las sienes con tanta intensidad que duele solo con mirarlo.

—Para, para, para —murmura—. ¡No! Esto no está bien. No está bien. No puedes seguir así…

Sé que no me está hablando a mí, sino a algo mucho más oscuro.

El psiquiátrico de Monarch no había sido más que una pesadilla que me habría gustado borrar de mi memoria; sin embargo, aunque me cueste creerlo, en este instante agradezco haber estado allí.