Las verdades que quemamos (Hollow Boys 2) 26 #2
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Tal vez Sage no sea mi amiga, puede que incluso nos odiemos el uno al otro, pero tenemos algo que es solo nuestro. Y ella es mía.

—Hijo de pu…

—Ya basta —nos ordena Sage, alzando el tono de voz y mirándonos a ambos—.

A ver si os queda claro a todos: no soy una damisela en apuros y no voy a dejar que os pongáis en peligro por un asunto que puedo solucionar yo sola.

Sé de sobra cómo enfrentarme a mis demonios y no necesito que nadie me preste ningún arma.

Ahí está de nuevo. El ave fénix. Brillante, resplandeciente, imparable. Intentaron reducirla a cenizas y resurgió de ellas con una fuerza arrolladora.

—Calmaos todos de una puta vez. Hablaremos de este tema cuando hayamos tenido tiempo de procesarlo —resuelve Alistair—, pero creo que es buena idea que te quedes en casa de Silas. Así nos será más fácil vigilarte.

—No necesito…

—A mí me importa una mierda tu seguridad —la corta bruscamente, clavando sus ojos oscuros en los suyos; sé que su hostilidad se debe sobre todo a que aún no ha superado lo que le pasó a Briar—.

Ni siquiera estoy seguro de que podamos confiar en ti todavía, así que tómatelo como una medida de precaución.

Estaremos vigilando cada uno de tus movimientos y, si se te ocurre colaborar con ese agente, seremos los primeros en enterarnos.

La lluvia caía con fuerza de un cielo oscuro como el carbón. La contemplaba desde mi sitio en el patio cubierto de Thatcher. Un relámpago iluminó durante un breve segundo el jardín de esculturas que se encontraba más allá de la piscina antes de que las sombras volvieran a engullirlo todo.

Cerré los ojos justo cuando el trueno sacudió la tierra y dejé que el intenso chapoteo del agua me envolviera por completo.

—Venga, cariño. Vamos a bailar.

Eché un vistazo hacia el manto de lluvia que cubría todo el paisaje exterior y luego alcé la cabeza para mirar a mi madre. Tenía esas arrugas que se le formaban en las comisuras de los ojos cada vez que sonreía y los mechones ondulados de pelo castaño oscuro le rozaban la parte baja de la espalda.

No me apetecía bailar aquel día. Estaba triste y lo único que quería era refugiarme en casa, apartado del resto del mundo.

—Pero, mami, está lloviendo —murmuré.

Se acuclilló hasta quedarse a mi altura. Me colocó un mechón de pelo detrás de la oreja y me acarició la mejilla con la palma de la mano. Ese gesto siempre me daba sueño, porque era lo que hacía cuando llegaba la hora de irse a la cama.

—Has tenido un mal día hoy, ¿no?

Asentí con la cabeza.

Los niños de la iglesia habían sido especialmente crueles.

Habían hecho un corrillo a mi alrededor y me habían gritado comentarios muy desagradables sobre mi marca de nacimiento.

La tenían tomada conmigo por ser diferente.

Si hubiera sabido lo despiadados que podían llegar a ser, no habría dicho nada en la escuela dominical. Me habría callado sin más.

—El agua te ayudará a olvidarte de todo eso. Se llevará consigo la tristeza y el dolor y te dejará limpio por dentro y por fuera. No hay mejor momento para bailar que bajo la lluvia.

—Papá dice tengo que hacerme fuerte.

Ella se echó a reír.

—A papá se le debe haber olvidado lo que es que se metan con uno mismo.

Te contaré un secreto, cariño: tu padre no siempre ha sido fuerte.

También fue pequeño, igual que tú, y llevaba unas gafas de las que los demás niños solían reírse por ser diferente; sin embargo, eso fue precisamente lo que me gustó de él y es lo que me encanta de ti.

A veces te sentirás solo en la vida por ser distinto al resto, pero, cuando encuentres a las personas que te acepten tal y como eres, las tendrás a tu lado para siempre.

Y, entonces, bailamos bajo la lluvia. Dejamos que el agua nos resbalara por la piel y recuerdo que me pareció estar nadando. No volví a meterme en casa hasta que estuve completamente empapado.

Cuando mi madre murió, experimenté un montón de emociones.

Pero nunca me sentí solo. Los tenía a ellos y, desde el mismo instante en que los conocí, supe que me comprendían.

No tuve que explicarme para encajar; me aceptaron con mis cicatrices, mi dolor y todo lo que cargaba a mis espaldas.

Y, como me dijo mi madre, tuve la certeza de que permanecerían a mi lado para toda la vida.

—¿Cuánto tiempo? —pregunta Alistair al salir al patio, seguido de cerca por Thatcher y Silas.

—¿… Duro en la cama? —continúo por él mientras me saco el cigarrillo de la boca—. Unas dos horas en un día bueno. Veintidós centímetros de polla dan para mucho, ¿hace falta que entre en detalles o…?

Pone los ojos en blanco, me arrebata el cigarrillo de entre los dedos y le da una larga calada antes de retomar la palabra.

—¿Cuánto tiempo llevas follándote a Sage?

Dejo caer la cabeza contra la pared. Era consciente de que tarde o temprano íbamos a tener que abordar el tema, pero no sé por dónde empezar.

No la mantuve en secreto por malicia ni porque no confiara en ellos.

Creo que simplemente me daba miedo decirlo en voz alta.

Si hubiera hablado de lo nuestro o de ella, entonces todo se habría convertido en una verdad tangible.

Y eso habría hecho que perderla me hubiera resultado aún más insoportable.

—Queríamos darte tiempo para que nos lo contaras tú mismo, pero necesitamos saber qué significa para ti antes de cargarnos a alguien por ella. No pienso mancharme las manos de sangre por un polvo de una noche.

No me sorprende que se hayan dado cuenta.

Cuando compartes con alguien un lazo tan estrecho como el nuestro, es imposible que algo como esto pase inadvertido.

Sabemos leer los gestos, las señales y las emociones de los otros como si las sintiéramos en nuestras propias carnes.

Ha sido así desde que me alcanza la memoria.

—No vamos a matarlo solo por ella. Como ha dicho Silas, esto también es por Rose.

—Para ti no lo es —interviene Thatcher—. Lo haces por Sage y, por favor, no te molestes en negarlo. Estoy harto de fingir que no es evidente.

Al fijarme en Silas, veo que tiene los hombros más relajados. La mirada trastornada de antes ha desaparecido, pero el nudo que siento en el estómago sigue intacto.

Me aseguré de que se tomara las pastillas en el aniversario de la muerte de Rosie y lo había estado vigilando cada mañana antes de ese día.

Sin embargo, a pesar de que no parece haberse saltado ninguna toma, me da la impresión de que algo va mal, y convencerlo de ir al médico para que le cambie la medicación no va a ser tarea fácil.

Aunque, tratándose de él, nada lo es.

—Cuánto tiempo —repite Alistair, pero esta vez no lo pronuncia como una pregunta, sino más bien como una orden.

Respiro hondo y me rasco la nuca. Aunque sé lo que tengo que decir, no encuentro las palabras para expresarlo.

—Empezó a principios del último año de instituto.

Se suponía que no iba a ser nada serio, solo buscaba divertirme un poco corrompiendo esa fachada de princesita para demostrarle que no estaba por encima de ninguno de nosotros.

Pero descubrí que no era como me la había imaginado, sino mejor, y no pude evitar que empezara a convertirse en algo más.

Es complicado ponerle nombre a lo nuestro; a alguien que lo era todo para mí y, al mismo tiempo, no podía ser nada. Era la única persona, aparte de los chicos y Rose, a la que quería permitirle conocer cada detalle de mí. Ansiaba mostrarle mi verdadero ser porque creía que me aceptaría. Creía que…

—¿No estaba prometida con Easton por esa fecha?

Aprieto los dientes.

—Sí, pero yo me enteré más tarde. Sabía que seguían saliendo, y lo dejé pasar porque me aseguró que tenía que esperar hasta la graduación para dejarlo o a sus padres se les iría la olla.

En su momento no lo entendí, aunque me imaginé que se debía a mí.

Al fin y al cabo, tampoco es que mi reputación sea la de Easton.

—Eso explica por qué no ha parado de darnos tanto por culo últimamente —comenta Alistair en un tono burlón—. ¿Y qué pasó después?

Todo.

Nada.

—Descubrí lo del compromiso y ella… —«Me destrozó por completo»—. Cortó conmigo. Me contó un rollo sobre que solo era una fase y que nunca se había planteado dejar a Easton de verdad.

—¿Por eso te presentaste en mi puerta? ¿He estado lacerándote la espalda todo este tiempo por ella? —pregunta Thatcher, con un deje de algo que se asemeja a la ira en la voz, aunque con él es difícil saberlo.

—Sí. —Me paso las manos por la cara con frustración—.

Intentaba sacármela de la mente con cada corte.

Quería castigarme por haber sido tan tonto como para confiar en ella, pero es como un puto virus que no deja de propagarse por cada célula de mi cuerpo.

—Suelto un suspiro profundo—. Ahora no sé qué creer ni qué pensar.

Me confesó lo de Cain y me dijo que la habían obligado a comprometerse.

Al parecer, Stephen estaba dándole dinero a su padre y, a cambio, le pidió una esposa para su hijo.

Luego, Easton se enteró de lo nuestro y la amenazó con casarse con Rose en su lugar, así que se vio forzada a tomar una decisión y nos hemos odiado desde entonces.

Esa es mi verdad. Una que estaba destinada a quemarse y ascender al cielo entre volutas de humo. El dulce veneno que me corroe por dentro ha quedado expuesto al mundo.

Decirlo en voz alta no me ha liberado como esperaba, solo me ha hecho sentir aún más ingenuo por haberme enamorado de una chica a la que no le importaba una mierda, pese a ser consciente de ello.

Sabía que Sage era una criatura peligrosa y que su belleza había sido concebida para llevarte a la ruina, como las ranas con patrones de colores vibrantes, las medusas que te hipnotizan con su bioluminiscencia o las orugas exóticas.

Todas ellas diseñadas para atraerte y ahuyentarte a la vez.

Sabía perfectamente a qué me estaba enfrentando y, aun así, decidí perseguirla, subestimando el daño que podía causarme.

—¿Por qué te lo callaste? —inquiere Alistair.

Le quito el cigarrillo de las manos y aspiro hasta llenarme los pulmones de alquitrán.

—¿Por qué mientes tú sobre Dorian? —pregunto, porque ellos no son los únicos capaces de ver a través de las mentiras—.

¿Qué vas a hacer cuando salga de rehabilitación por una adicción que nunca tuvo?

Tus padres no van a poder mantenerlo allí encerrado para siempre.

¿Qué vas a decirle a Briar cuando descubra la verdad?

Todos tenemos secretos que terminan saliendo a la luz tarde o temprano, así que no finjas que tú no guardas ninguno.

—No seas capullo —responde—. No estoy cabreado por lo tuyo con Sage. Lo que me jode es que hayas sentido la necesidad de ocultárnoslo.

—Supongo que pensé que no lo entenderíais.

—No nos hace falta, Rook. Nunca nos ha hecho falta.

La lluvia arrecia y comienza a caer a cántaros. La tormenta que llevaba gestándose todo el día se desata por fin y atraviesa el cielo con rayos y truenos.

—Irías a por Cain incluso si te dijera que no lo hicieras, ¿verdad?

Deslizo la mirada por cada uno de ellos. Todos forman una parte esencial e indispensable de mi vida. Aunque nuestra relación sea disfuncional y nos pasemos la mayor parte del tiempo discutiendo, son mi hogar. Uno oscuro, sangriento y condenado, pero mío, al fin y al cabo.

Me detengo en Alistair y lo miro fijamente. Es el hermano mayor que nunca tuve.

—¿Qué harías tú si se tratase de Briar?

—Ya estaría muerto.

Asiento con la cabeza. Sabía que esa sería su respuesta.

—Entonces es problema mío. Asumiré la culpa si todo se va al garete. Así no tendréis que preocuparos de las posibles repercusiones.

—Compartir es de buenos hermanos —dice Thatcher—. No vas a matar a nadie solo, pero que quede claro: no me gusta Sage y no confío en ella.

—¿Cuándo te ha gustado a ti alguien? —Alzo una ceja, divertido por la situación.

—Nunca. La especie humana me repugna en todo su conjunto.

Me río brevemente y luego dirijo la vista hacia Silas, que no ha dejado de observarme desde que salimos al patio.

—Oye, Silas…

—¿La quieres? —pregunta sin rodeos.

Sé lo que es querer a alguien. Quise a mi madre y, en algún momento de mi vida, quise a mi padre; de hecho, a veces aún lo quiero. Además, aunque nunca lo haya dicho en voz alta, también quiero a los chicos.

Sin embargo, con Sage todo es diferente. Nunca he experimentado nada parecido a lo que me hace sentir ella, así que me resulta imposible contestar con precisión.

—No sé qué siento por Sage. —Un relámpago cae con fuerza y sacude la tierra—. Pero sea lo que sea, es algo que me pertenece.