Las verdades que quemamos (Hollow Boys 2) 26
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Todos nuestros secretos

Rook

—Tenemos que hablar.

La puerta que acabo de abrir de un empujón rebota contra la pared.

Mis ojos se posan en Thatcher, que está sentado sobre la colcha de su cama, con las piernas cruzadas y en silencio, mientras alza una ceja por encima del libro que sostiene entre las manos.

—No hay necesidad de que entres dando golpes —dice Alistair, reclinándose en la silla para girarse hacia nosotros y apartarse del escritorio sobre el que había estado encorvado antes de que irrumpiéramos en el cuarto—. ¿Qué hace ella aquí?

Miro a mi lado y veo a Sage de pie, con los brazos cruzados y una mezcla de frustración y desconcierto en la cara.

—Eso quisiera saber yo —murmura.

Tras amenazarla con pincharle las cuatro ruedas del coche y arrastrarla aquí en contra de su voluntad, accedió a acompañarme. Era consciente de que no me estaba tirando ningún farol y de que no iba a aceptar un no por respuesta.

Necesitaba traerla ante ellos para averiguar si estoy bajo algún tipo de embrujo que me incita a creerme todas sus mentiras o si esta vez dice la verdad. No puedo volver a arriesgarme a caer en sus redes. No sobreviviría a otra traición suya, y tampoco dejaría que se fuera de rositas de nuevo.

—¿Estás bien? —susurra Silas, escudriñándole el rostro antes de recorrerle el cuerpo de arriba abajo con la mirada.

Sé que no se esconde ningún interés sexual tras ese gesto; solo está comprobando que no se encuentra herida, pero me enerva de todos modos. Cuando empieza a avanzar con decisión hacia ella, me interpongo en su camino como por instinto.

Se detiene en seco y la punta de sus zapatos choca con la de los míos.

Nuestros ojos se cruzan y entre ambos surge un desafío tácito.

No voy a enfrentarme a él por un impulso que no ha nacido del deseo, sino de la añoranza.

Pero, aun así, tampoco pienso permitir que envuelva a Sage entre sus brazos solo porque le recuerda a Rose.

—Está perfectamente —le espeto—. ¿Te has tomado la medicación?

No me sentí capaz de preguntárselo en el cementerio porque teníamos las emociones a flor de piel; sin embargo, ahora que he constatado que no se está comportando como él mismo, me es imposible contenerme.

—No necesito una niñera, Rook —responde firme en su sitio, sin dejar de sostenerme la mirada.

—No voy a preguntártelo dos veces. ¿Te has tomado…?

—Sí —me interrumpe.

Esto no ha hecho más que empezar.

Vuelvo la cabeza por encima del hombro hacia donde se encuentra Sage.

—Quiero que les cuentes exactamente lo que me has contado a mí sobre Cain. Hasta el último detalle.

—¿Por qué voy a…?

—Sage —pronuncio su nombre en un susurro, como si se tratara de un conjuro hermoso y letal; una maldición tenebrosa y desolada—. Por una vez en tu vida, limítate a hacer lo que te pido.

Sé que ansía desafiarme; al fin y al cabo, esa es su especialidad. Pero también siente la necesidad de demostrarme que no me está mintiendo, así que, aunque tarda un instante, acaba obedeciéndome.

Me aparto a un lado y observo detenidamente el movimiento de su boca.

Contemplo cómo se le eleva la lengua y le roza ligeramente el paladar cada vez que articula una palabra que lleva la letra ele.

Intento captar algún cambio en el color de sus ojos, cualquier cosa que haya podido pasar por alto antes.

Nunca me había invadido una calma tan calculada. No me parece prudente tomar una decisión impulsiva en este caso, por más que desee creerla para así poder arrancarle a Cain McKay el corazón de cuajo y devorarlo en sus narices mientras aún sigue latiendo.

Esta era la teoría que quería comprobar.

Necesito ver si Alistair es capaz de percibir la traición en su voz o si Thatcher puede atravesar los muros que ella ha erigido a su alrededor y revelar sus verdaderas intenciones.

Tal vez incluso Silas reconozca en Sage algún gesto parecido al que se le escapaba a Rose cuando soltaba alguna mentirijilla.

Necesito saber si soy el único que está ignorando todas las señales. Si las pecas color canela que tiene espolvoreadas sobre las mejillas, el arco de sus labios y la conexión que sentía con ella me han cegado tanto que ni siquiera puedo oler sus mentiras.

Ellos poseen una mirada imparcial. No comparten ningún tipo de vínculo con ella, de modo que quizá ese detalle les permita distinguir si dice la verdad o solo nos la está jugando a todos. En especial, a mí.

Les cuenta todo lo de Cain y su padre, tal y como le he pedido, y, al llegar a los recuerdos de su infancia, el dolor vuelve a azotarme como si nunca hubiera desaparecido del todo.

—Una historia triste, sin duda. —Thatcher es el primero en hablar mientras se ajusta las gafas, sentado al borde de su cama blanca como la nieve—.

Pero eso no significa que vaya a creerte.

Nada me asegura que no se trate de una gran farsa lacrimógena que has montado para ganarte nuestra confianza y, aunque pueda conmover a mis amigos, que, por más que afirmen lo contrario, tienen corazón…

—Hace una pausa—. Yo no lo tengo, así que conmigo no va a servirte de nada.

A pesar de que está cuestionando sus motivos, Sage permanece firme e inquebrantable.

—No os lo he contado para daros pena. No necesito que ninguno de vosotros se apiade de mí —contesta, asegurándose de fijar la vista en mí al decir lo último—. Os lo he contado para ayudaros y para que todos podamos obtener lo que buscamos: justicia para mi hermana.

—¿Por qué ibas a ayudarnos? ¿Por qué no te has limitado a aceptar el trato, entregarnos y huir con el rabo entre las piernas?

Esa es la pregunta que nos ronda a todos. La misma a la que no he podido parar de darle vueltas desde que optó por abrir la boca y contarme toda esa historia. No nos llevábamos precisamente bien en el instituto y, además, ella siempre nos ha dejado claro lo mucho que le desagradamos.

—Por Rosie —responde con un hilo de voz—.

Vio algo especial en todos vosotros, aunque tratarais de ocultarlo en lo más profundo de vuestro ser y yo no lograra entenderlo.

Se le daba bien ver más allá de las apariencias.

Lo hizo conmigo y no me extraña que lo hiciera también con vosotros.

Intentó explicármelo en varias ocasiones y no la escuché.

No estoy aquí para estrechar lazos, sino porque es lo que ella habría querido y se lo debo.

Se merece descansar en paz sabiendo que sus seres queridos están a salvo. Y eso os incluye a todos vosotros.

Su recuerdo nos provoca una punzada aguda de dolor.

La memoria de Rosemary sigue presente en cada uno de nosotros e inunda la habitación con su energía.

Ella es la razón por la que estamos haciendo todo esto.

El mundo nos arrebató de golpe a una de las pocas personas buenas que habitaban la faz de esta enfermiza tierra y nos privó de su luz para siempre.

Observo a su hermana, que se mantiene de pie, con los ojos vidriosos y la espalda erguida, pese a que resulta evidente lo cerca que está de derrumbarse. Las manos me tiemblan de las ganas que tengo de estrecharla. Por más que trato de negarlo, me es imposible seguir engañándome.

Ansío con todas mis fuerzas volver a encontrarme de nuevo con la chica que se esconde tras la máscara. Derribar todos sus muros y empaparme de ella.

Pero no puedo. Al menos, no de momento.

—Cain tiene que desaparecer —sentencio—. Lo quiero muerto.

—Y tú vas a necesitar que te protejan hasta entonces —añade Silas, perforando a Sage con la mirada.

La mandíbula se me tensa de inmediato al escucharlo. No le corresponde a él cuidarla. Ella no es nada suyo.

—No me hace falta un guardaespaldas. Puedo encargarme de Cain yo sola. Es una pérdida de tiempo que gastéis energía en él.

Thatcher se pone de pie.

—Si va a derramarse sangre, me apunto.

El pulso se me acelera y la calma que me había invadido va disipándose poco a poco a medida que la rabia comienza a bullir de nuevo en mi interior, provocando que se me vengan a la mente mil formas de hacerlo pedazos.

—No nos precipitemos —interviene Alistair para controlar la situación, como siempre—. No digo que no debamos tomar cartas en el asunto, pero tenemos que asegurarnos de planearlo con frialdad y no dejarnos llevar por nuestras emociones.

Sus ojos oscuros se desvían un instante hacia mí.

En ese momento, me doy cuenta de que estoy de mierda hasta el cuello.

Aunque las palabras de Alistair son sensatas, mi mente no atiende a razones y se niega a escucharlas.

A pesar de que sé que no es buena idea y los necesito a mi lado, sería capaz de ir por mi cuenta tras ese despojo humano y torturarlo hasta que acabe llamando a su madre a gritos y suplicándome que lo mate rápido como el medio hombre que es.

No me importaría cargar con las consecuencias. Porque nadie, ni siquiera yo, se merece el dolor que alberga Sage en su alma por lo que le hizo.

—Vamos a encargarnos de él —insiste Silas—, y quiero que te quedes en la casa de mis padres hasta que todo haya acabado.

El cuarto se sumerge en un silencio sepulcral y la sangre me empieza a correr a toda prisa por las venas.

—Ni de coña —gruño—. No va a irse contigo.

Gira la cabeza en mi dirección a tal velocidad que casi puedo oír cómo le cruje el cuello.

—Te recuerdo, Rook, que es mi novia la que murió y es a ella a quien estamos vengando.

Camino hacia él, repitiéndome a mí mismo que está atravesando un duelo que lo atormenta a unos niveles inimaginables, pero no sirve de nada.

—Te recuerdo, Silas —siseo entre dientes—, que tu novia no es Sage y no necesita que la protejas.

—Ah, ¿no? ¿Por qué? ¿Vas a ofrecerte tú?

Doy un paso atrás, sin entender muy bien qué coño pretende decir ahora.

Sé que perdió a Rose y trata de aferrarse desesperadamente a lo que queda de ella, pero esto me está cabreando más de lo que esperaba.

Percibo en su mirada una ferocidad ardiente que no había visto nunca y que hace que lo considere más una amenaza que un hermano.