25 #3
De pronto, el orgasmo me sacude hasta los huesos con la violencia de un maremoto. Gimo con fuerza al mismo tiempo que me corro dentro de ella y la lleno por completo hasta que mi semen termina rebosando.
Siento cómo Sage se relaja entre mis brazos a la vez que continúa retorciéndose de placer.
Respiro con dificultad e intento recuperar el aliento.
Una vez me he recompuesto, me deslizo fuera y le vuelvo a colocar las bragas en su sitio, usando la tela para limpiar la corrida que ha empezado a gotearle del coño.
La polla se me endurece de nuevo solo de imaginármela andando por ahí con mi semen manchándole la ropa interior.
Estoy abrochándome el cinturón cuando me doy cuenta de que se ha dado la vuelta para mirarme. Tiene el cuerpo apoyado contra el confesionario y sus ardientes ojos azules clavados en mí. Está esperando que diga algo, que le explique qué acaba de pasar entre nosotros.
—¿Qué? —le espeto.
Un destello de dolor cruza su rostro, pero lo disimula enseguida. Asiente con la cabeza y se muerde el labio inferior; acto seguido, se recoloca la camiseta como puede y se baja la falda a su sitio.
—O sea, que puedes follar conmigo, pero no confiar en mí, ¿no?
—Bueno, tu coño no me miente. Es tu boca la que no para de soltar mentiras.
El silencio se apodera del espacio. La adrenalina y la tensión se van disipando poco a poco. Me llevo la mano al bolsillo, saco uno de mis cigarrillos, me lo meto entre los labios y lo enciendo.
—Tienes razón. Te mentí —responde, recogiéndose el pelo detrás de las orejas y dejando al descubierto sus mejillas encendidas.
—Ahórratelo…
—No, ahora me toca a mí hablar —me interrumpe—. Te mentí aquel día en el teatro. Cuando te dije que Easton y yo estábamos hechos el uno para el otro y que solo te estaba usando. Todo eso era mentira.
Esas palabras eran las que más ansiaba escuchar cuando me enteré de su compromiso; sin embargo, ahora no pueden importarme menos. El daño ya está hecho. No van a cambiar una mierda.
Sage da un paso hacia mí.
—El compromiso fue para favorecer a mi padre.
Stephen Sinclair le estaba dando dinero y, para seguir financiando todos sus gastos, le puso como condición que me casara con Easton.
Supongo que se pensaría que así lograría tenerlo todo controlado.
Cuando comencé a sentir algo por ti, te juro por mi hermana que decidí dejar toda esa mierda atrás después de la graduación y estar contigo.
Los ojos se le empiezan a humedecer mientras se aferra a los últimos resquicios de su orgullo.
—Quería estar contigo más que nada en el mundo, Rook —dice con la voz quebrada, derramando las primeras lágrimas—, pero Easton se enteró de lo nuestro y me advirtió que, si yo no seguía adelante con el matrimonio, obligaría a Rosie a ocupar mi lugar, y no podía permitir que le hicieran eso a mi hermana.
Trata de secarse las mejillas, pero las lágrimas le caen con tal rapidez que todo esfuerzo es en vano.
—A mí ya me habían destrozado. Cain me había obligado a perder la inocencia.
Me había hecho acostumbrarme a lo que conlleva ese tipo de vida, pero Rosemary era libre y feliz.
No podía arrebatarle su futuro de esa forma solo porque quisiera pensar en mí misma.
Me había cansado de ser egoísta. Solo estaba intentando protegerla a ella. Y a ti.
Mi instinto, mi corazón y mi mente dudan de todo.
Los límites entre la sinceridad y el engaño se desdibujan y el bien y el mal vuelven a entremezclarse de nuevo con la podredumbre que brota de las entrañas de Ponderosa Springs.
De repente, me pregunto si en realidad me mintió alguna vez o si me pasé un año entero odiando a la única mujer que había logrado despertar mi interés y mantenerlo vivo.
«Me da igual la respuesta».
«Me da igual».
«Me…».
—¿Que Cain hizo qué? —suelto de golpe con el ceño fruncido, acortando la distancia que nos separa.
Dejo que la rabia se apodere de mí y enmascare la punzada de dolor que me atenaza el pecho.
No estoy listo para enfrentarme a esa supuesta verdad.
Al menos, no en este instante. Tengo que asimilar demasiadas cosas, y ni siquiera sé si puedo creerme algo de lo que me ha dicho.
Sus palabras siempre me hacen dudar de todo.
—¿Eso es lo que…?
—Sage —la corto con brusquedad—. Si en algún momento te he importado aunque fuera un poco, respóndeme de una puta vez. ¿Qué te hizo Cain?
Entonces, un velo de inexpresividad le cubre el rostro, como si estuviera apartando las emociones que el recuerdo evoca en su mente para poder pronunciarlo en voz alta.
—El hombre del que te hablé en la casa del lago, el que me tocaba de niña. —Asiente con la cabeza—. Era Cain.
La piel me arde tanto que la oigo crepitar, como si me estuvieran vertiendo aceite hirviendo sobre ella. La sangre me corre a tal velocidad que empieza a faltarme el aire. El dolor disminuye a medida que crece mi ira, y necesito hacerlo desaparecer por completo.
Llevaba todo este tiempo convencido de que solo estaba intentando borrar sus huellas de mi cuerpo cuando, en realidad, trataba de cortar el lazo que había forjado con ella. Cada vez que Thatcher me hundía la hoja en la carne, buscaba evadirme del dolor que había compartido conmigo.
Sentía sus heridas, su tristeza y su ira como si fueran mías y, en cierto modo, lo eran.
La odiaba por haberse atrevido a destruir algo tan poderoso.
Un vínculo que mi corazón se negaba a creer que hubiera sido falso.
Por eso, aunque Sage permanezca impasible ante su propio tormento, yo no puedo actuar como si nada.
—Lo hacía todas las noches desde que tenía diez años hasta que cumplí los trece, que fue cuando se marchó a la academia. —Se detiene durante un breve instante—. Pero él no es lo importante. Ya me da igual.
Se ha vuelto tan insensible a su dolor que no le interesa lo que le ocurra al hombre que la hirió a ella; se ha centrado únicamente en el que le quitó la vida a su hermana, pese a tener que resignarse a ver la cara de quien la despojó de su inocencia antes de que pudiera comprender siquiera lo que era.
De quien le robó las alas.
Ya no sé qué creer. Lo único que tengo claro en este momento es que quiero usar los intestinos de Cain a modo de collar.
—Vas a venir conmigo.
—¿Por qué? ¿A dónde vamos? —pregunta.
Al fijarme en sus ojos, me encuentro con una mujer que se ha reconstruido a partir de la última chispa de unas brasas que ya estaban a punto de consumirse.
Un fénix. Uno que no se excusa por ser quien es ni se disculpa por calcinarte con su fulgor.
A pesar de que le arrancaron las alas, se ha valido de sus cenizas para fabricarse unas nuevas con la llama azul más candente. Y pienso romper las cadenas que la mantienen anclada a la tierra con tal de verla alzar el vuelo. Pero antes…
—Quiero comprobar una teoría.